24 febrero 2011

N.89-Lo que aprendí de la crisis económica mundial Año 2000 ( Joseph Stiglitz)

En este articulo del 2000, que resumo,  expone varias claves de la crisis actual, citando los errores de malas acciones de politica economica en Mexico,Asia y Rusia que vale la pena volverlo a leer, para los  piensan que la crisis no era evitable, o para los charlatanes que dicen que la crisis nadie la vio a venir . Y teniendo en cuenta que la crisis actual tiene tambien otras razones derivadas de las actuaciones del G-2 (expasión monetaria, deslocalizaciones y cambios geoestrategicos)



La crisis del 1997 , fue el primer aviso de la crisis actual, entonces el BPI recomendaba actuaciones en el sistema financiero para evitar crisis mas duras en un futuro. Los paises emergentes de Asia aprendierón la leccion de esta crisis, y actuarón para no sufrir otra vez las conesecuencias. La globalización marco el paso de una economia mundial basada en paises perifericos vs paises centrales a paises emergentes (ahorradores-producctores) vs paises con déficit ( no ahorradores y con deslocalizaciones) El G-2 China-USA acentuo los desequilibrios globales, dejando a Europa entre dos frentes.

Joseph Stiglitz: The Insider. The New Republic. --Abril 17, 2000--

Stiglitzh expone que los "remedios" económicos del FMI frecuentemente empeoran el estado de cosas: transforman las caídas de la economía en recesiones y las recesiones en depresiones
Stiglthz fue economista principal del Banco Mundial (BM) desde 1996 hasta  finales del 1999, durante la más grave crisis económica de 1987,  analizo  como el FMI, en tándem con el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos  respondió a esa crisis. Y quedo horrorizado.

La crisis económica global comenzó en Tailandia el 2 de julio de 1997. Los países de Asia Oriental venían de tres décadas asombrosas: los ingresos se habían incrementado, la salud había mejorado y la pobreza se había reducido de modo impresionante. No solamente la alfabetización era ahora universal, sino que en pruebas internacionales de ciencia y matemáticas muchos de estos países presentaban mejores resultados que los Estados Unidos. Algunos de ellos no habían tenido ni un solo año de recesión en tres décadas.

Pero las semillas del desastre habían sido plantadas. A comienzos de la década del 90, los países de Asia Oriental habían liberalizado sus mercados financieros y de capitales. No porque necesitaran atraer más fondos (la tasa de ahorro oscilaba alrededor del 30% o más) sino a causa de presiones internacionales, incluidas algunas provenientes del Departamento del Tesoro. Estos cambios provocaron una inundación de capital de corto plazo, esto es, la clase de capital que busca el máximo retorno al día, semana o mes siguiente, muy diferente a la inversión a largo plazo en ramas como la fabril. En Tailandia, este capital a corto plazo contribuyó a producir un insostenible auge de la propiedad raíz. Y, como la gente en todo el mundo (incluido los norteamericanos) ha aprendido dolorosamente, cada burbuja de la propiedad raíz tarde o temprano revienta, a menudo con consecuencias catastróficas.
 Tan repentinamente como entró, el capital salió. Cuando todo mundo trata de sacar su dinero al mismo tiempo, se origina un problema económico. Un problema económico de grandes dimensiones.

América Latina en el decenio de 1980, cuando déficit públicos inflados y políticas monetarias laxas condujeron a la inflación galopante. Allí, el FMI había impuesto correctamente la austeridad fiscal (presupuestos equilibrados) y medidas monetarias más rigurosas, exigiendo que los gobiernos aplicaran esas políticas como condición previa para recibir ayuda.

En 1997 el FMI le impuso erroneamente  las mismas exigencias a Tailandia: la austeridad, segun Stiglitz fue un error porque a diferencia de las naciones latinoamericanas, los países de Asia Oriental ya estaban manejando excedentes presupuestarios. En Tailandia, el gobierno operaba con excedentes tan grandes que en realidad estaba privando a la economía de las tan necesarias inversiones en educación e infraestructura, esenciales ambas para el crecimiento económico. Y también las naciones de Asia Oriental ya tenían rígidas políticas monetarias: la inflación era baja y seguía en descenso. (En Corea del Sur, por ejemplo, la inflación se mantenía en un muy respetable 4 por ciento) El problema no era de un gobierno imprudente, como en América Latina; el problema radicaba en un sector privado imprudente: todos aquellos banqueros y prestatarios, por ejemplo, que habían apostado a la burbuja de la propiedad raíz.

Bajo tales circunstancias Stiglitz temia  que las medidas de austeridad no reavivarían las economías del Asia Oriental sino que las zambullirían en la recesión o incluso en la depresión general. Las elevadas tasas de interés podrían aniquilar las empresas altamente endeudadas, ocasionando más bancarrotas e insolvencias. La reducción del gasto gubernamental sólo contraería aún más la economía.
.....Pudo convencer a la gente del Banco Mundial de mi análisis resultó fácil; pero " cambiar las mentes en el FMI fue virtualmente imposible" .inisistiendo de que las altas tasas de interés podrían aumentar las bancarrotas, con lo que sería aún más arduo restaurar la confianza en las economías de los países de Asia Oriental – al principio estuvieron renuentes. Luego, después de fracasar en traer a colación un real argumento en contra, ellos recurrieron a otra respuesta: ojalá yo entendiese la presión proveniente de la junta de directores ejecutivos del FMI, el organismo designado por los ministros de finanzas de los países industriales desarrollados que aprueba todos los préstamos del Fondo
El significado de lo que decían era claro. La junta se inclinaba a ser incluso más severa, mientras esta gente personificaba en realidad una influencia moderadora. Mis amigos, que eran directores ejecutivos, expresaron que quienes estaban siendo presionados eran ellos. El asunto era enloquecedor, no simplemente porque la inercia del FMI era tan difícil de acabar, sino porque, como todo ocurría entre bastidores, era imposible saber quién era el verdadero obstáculo para lograr el cambio. ¿Era este personal el que apremiaba a los directores ejecutivos, o eran éstos los que apremiaban al personal? A ciencia cierta, todavía no lo sé.

Obviamente, todos en el FMI me aseguraron que serían flexibles: si sus políticas realmente resultaban demasiado restrictivas, forzando las economías de Asia Oriental a entrar en una recesión más profunda que la necesaria; entonces las revertirían. Escuchar esto me produjo escalofrío. Una de las primeras lecciones que los economistas enseñan a sus estudiantes universitarios es la importancia de los intervalos: un cambio en la política monetaria (elevando o bajando la tasa de interés) se demora entre 12 y 18 meses para producir plenos efectos.

Stiglth, trabajaba en la Casa Blanca como Presidente del Consejo de Asesores Económicos, trabajando  en pronosticar dónde estaría la economía en el futuro, para  poder  saber qué políticas recomendar hoy. Jugar a ignorar que pasará en el futuro era el colmo de la locura. Y, sin embargo...nos indica " eso era precisamente lo que los funcionarios del FMI se proponían hacer"
El FMI le gusta ocuparse de sus asuntos sin extraños que hagan demasiadas preguntas. En teoría, el Fondo apoya las instituciones democráticas en las naciones que atiende. En la práctica, socava el proceso democrático mediante la imposición de políticas. Oficialmente, por supuesto, el FMI no "impone" nada. Solo "negocia" las condiciones para recibir ayuda. Pero todo el poder en las negociaciones está en un lado –el del FMI– y éste rara vez concede suficiente tiempo para lograr un amplio consenso o incluso para consultas extensas con los Parlamentos o la sociedad civil. A veces el FMI prescinde de fingir total transparencia y negocia pactos secretos.

Cuando el FMI decide ayudar a un país, despacha una "misión" de economistas. Éstos frecuentemente carecen de experiencia suficiente en ese país. ....Los modelos matemáticos que el FMI usa frecuentemente son defectuosos o anticuados. Los críticos acusan a la institución de enfocar la economía como si se tratase de un molde para hacer galletas, y tienen razón. . Pero los hombres más viejos que conforman el personal del Fondo –y ellos son predominantemente hombres viejos– actúan como si sobre sus hombros llevaran la que Rudyard Kipling describió como carga del hombre blanco.


Con el paso del tiempo, mi frustración creció. (Uno podría haber pensado que ya que el Banco Mundial estaba contribuyendo literalmente con miles de millones de dólares a los paquetes de rescate, su voz sería escuchada. Pero fue ignorado casi tan resueltamente como lo es la gente de los países afectados) El FMI sostuvo que todo lo que pedía a los países de Asia Oriental era que equilibraran sus presupuestos durante la recesión. ¿Todo? ¿La administración de Clinton no había tenido que librar una gran batalla en el Congreso para evitar una reforma del equilibrio presupuestario en este país? ¿Y no fue el argumento clave de esa administración que, frente a la recesión, algo de gasto deficitario podría ser necesario? Ésto es lo que yo y la mayoría de otros economistas hemos venido enseñando a nuestros graduados durante 60 años. Con toda franqueza, un estudiante que hubiera dado la respuesta del FMI a la pregunta "¿cuál debe ser la postura fiscal de Tailandia para encarar una caída económica?", habría reprobado con un cero.


Cuando la crisis se extendió a Indonesia, me preocupe aún más. Una nueva investigación del Banco Mundial mostraba que la recesión en un país tan étnicamente dividido podría desencadenar toda clase de turbulencias sociales y políticas. De modo que a fines de 1997, en una reunión de ministros de finanzas y directores de bancos centrales celebrada en Kuala Lumpur, emití una declaración que preparé cuidadosamente y fue revisada por el Banco Mundial, en la que sugerí que un programa monetario y fiscal excesivamente contraccionista podría conducir a la perturbación política y social en Indonesia. Una vez más, el FMI se sostuvo en su posición. El director administrativo del Fondo, Michel Camdessus, repitió allí lo que había dicho en público: que el Asia Oriental simplemente tenía que apretar los dientes tal como lo había hecho México. Prosiguió su intervención anotando que a pesar del padecimiento durante un corto plazo, México había surgido más fortalecido de esa experiencia.
Pero ésta era una analogía absurda. México no se había recuperado debido a que el FMI lo hubiera forzado a fortalecer su débil sistema financiero, el cual continuaba débil años después de la crisis. Se recuperó en razón de una oleada de exportaciones a Estados Unidos, la cual se produjo gracias al auge económico norteamericano y al Nafta. En contraste, el principal socio comercial de Indonesia era Japón, que por entonces estaba, y aún permanece, atorado en el estancamiento. Además, Indonesia era política y socialmente mucho más explosiva que México, con una historia mucho arraigada de disensiones étnicas. Un resurgimiento de disensiones causaría la huída masiva de capitales (facilitada por el relajamiento de las restricciones a los flujos monetarios alentado por el FMI). Pero ninguno de estos argumentos importaron. El FMI apremió exigiendo reducciones en el gasto del gobierno. En consecuencia, las subvenciones para satisfacer necesidades básicas como las de alimentos y combustible fueron eliminadas en el preciso momento en que las políticas contraccionistas hacían que esas subvenciones fueran más necesarias que nunca.

En enero 1998 las cosas habían tomado un rumbo tan malo que el vicepresidente del Banco Mundial para Asia Oriental, Jean Michel Severino, invocó las temidas palabras "r" (recesión) y "d" (depresión) al describir la calamitosa economía en Asia. Lawrence Summers, entonces subsecretario del Tesoro de los EE.UU., se fue lanza en ristre contra Severino por hacer que las cosas parecieran peores de lo que eran. Pero ¿qué otra manera había para describir lo qué estaba pasando? La producción en algunos de los países afectados cayó 16 por ciento o más. La mitad de los negocios en Indonesia estaban implícitamente en bancarrota o próximos a caer en ella y, como resultado,  el país no pudo ni siquiera aprovechar las oportunidades de exportación que le brindaba el tipo de cambio más bajo. En países que en esencia carecían de redes de seguridad social, el desempleo se elevó, incrementándose hasta diez veces y los salarios reales se desplomaron. El FMI no sólo no lograba restaurar la confianza en la economía del Asia Oriental, sino que estaba socavando el tejido social de la región. Y entonces, durante la primavera y el verano de 1998, la crisis se esparció más allá de Asia Oriental llegando al país más explosivo de todos: Rusia

El descalabro en Rusia compartía características claves con el desastre en Asia Oriental, sin que fuera la menor el papel que jugaron las políticas del FMI y el Tesoro de los Estados Unidos en instigarlas. Sin embargo, en Rusia la instigación comenzó mucho antes. A continuación de la caída del muro de Berlín, dos escuelas de pensamiento habían surgido respecto a la transición a una economía de mercado en Rusia. Una de éstas, a la que yo pertenecía, la conformaba una mezcla de expertos sobre la región, ganadores del premio Nobel como Kenneth Arrow y otros.

El primer grupo es la  escuela que defiende " la importancia de la infraestructura institucional de la economía de mercado, desde las estructuras legales que hacen forzoso el cumplimiento de los contratos hasta las estructuras reglamentarias que hacen funcionar el sistema financiero" Arrow y Stigltth  formaban parte de este  grupo de la Academia Nacional de Ciencias que, diez años antes, había discutido con los chinos su estrategia para la transición. Nosotros pusimos énfasis en la importancia de fomentar la competencia –más que limitarse a la simple privatización de las empresas de propiedad estatal– y apoyamos una transición más gradual hacia una economía de mercado (aunque estábamos de acuerdo en que para combatir la hiperinflación ocasionalmente podían ser necesarias medidas fuertes).

El segundo grupo estaba integrado en su mayor parte por macroeconomistas, cuya fe en el mercado no era desafiada por la apreciación de las sutilezas de sus bases, es decir, las condiciones que requiere el mercado para funcionar efectivamente. Estos economistas se caracterizaban por su poco conocimiento de la historia o las singularidades de la economía rusa y no creían necesitar ninguno. La gran fortaleza, y fundamental debilidad, de las doctrinas económicas en las que se apoyaban radica en que las doctrinas son –o se supone que deben ser– universales.

Para este tipo de economistas "las instituciones, la historia, o incluso la distribución del ingreso, simplemente no importan"

- Buenos economistas son los que conocen las verdades universales y pueden ver más allá del montón de hechos y detalles que oscurecen esas verdades. Y la verdad universal es que la terapia de choque funciona para países en transición a la economía de mercado. Verdad que se amplía con esta idea: mientras más fuerte sea la medicina (y más dolorosa la reacción), más rápida será la recuperación. Por ahí iban los argumentos.

Para infortunio de Rusia, la segunda escuela ganó la discusión en el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y en el FMI. O, para ser más preciso, tanto el uno como el otro hicieron cuenta de que no había debate abierto y entonces prosiguieron ciegamente por la segunda vía. Aquellos que se opusieron a ese curso de acción no fueron consultados o no los consultaron durante mucho tiempo. En el Consejo de Asesores Económicos, por ejemplo, había un brillante economista, Peter Orszag, quien había servido como estrecho consejero del gobierno ruso y había trabajado con muchos de los economistas jóvenes que con el tiempo asumieron posiciones de influencia allí. Era precisamente el tipo de persona cuya pericia le era necesaria al Tesoro y el FMI. No obstante, quizás porque conocía demasiado, casi nunca lo consultaron

Todos sabemos lo que sucedió después. En las elecciones de diciembre de 1993 los electores rusos les infligieron a los reformistas una gran derrota, de la cual, realmente, todavía tienen que recobrarse. Strove Talbott, encargado en ese entonces de los aspectos no económicos de la política en Rusia, admitió que este país había experimentado un "excesivo choque y muy poca terapia". Y todo ese choque no había llevado a Rusia a ninguna verdadera economía de mercado. La rápida privatización urgida a Moscú por el FMI y el Departamento del Tesoro había permitido que un pequeño grupo de oligarcas ganara el control de los activos del Estado. El FMI y el Tesoro habían modificado los incentivos económicos en Rusia, lo que está bien, pero de manera equivocada. Al no prestarle atención suficiente a la infraestructura institucional que permitiría el florecimiento de una economía de mercado –y al facilitar el flujo de capitales hacia dentro y fuera de Rusia– el FMI y el Tesoro habían sentado las bases para el pillaje de los oligarcas. Mientras el gobierno carecía del dinero para pagar a los pensionados, los oligarcas estaban enviando a cuentas bancarias de Chipre y Suiza el dinero obtenido del despojo de los activos y la venta de los valiosos recursos nacionales del país.

Los Estados Unidos se implicaron en estos sucesos abominables. A mediados de 1998, Summers, en vísperas de ser nombrado sucesor de Robert Rubin como secretario del Tesoro, realmente convirtió en una exhibición pública su presencia junto a Anatoly Chubais, el arquitecto principal de las privatizaciones en Rusia. Con tales actos los Estados Unidos parecían alinearse junto a las mismas fuerzas que empobrecían al pueblo ruso. Nada tiene de asombroso que el antinorteamericanismo se propagara rápidamente.
Al principio, no obstante la admisión de Talbott, los verdaderos creyentes dentro del Tesoro y el FMI continuaban insistiendo en que el problema no era demasiada terapia sino muy poco choque. Pero, a mediados de la década del 90, la economía rusa continuaba hundiéndose. La producción había caído a la mitad. Mientras sólo el dos por ciento de la población había vivido en la pobreza incluso al final del deprimente período soviético, la "reforma" vio cómo los índices de pobreza se elevaron casi en 50 por ciento, con más de la mitad de los niños de Rusia viviendo bajo la línea de pobreza. Solo recientemente el FMI y el Departamento del Tesoro han reconocido que la terapia fue menospreciada, aunque ahora insisten en que siempre lo dijeron así.

"los niveles de vida en Rusia permanecen muy por debajo de donde estaban al comienzo de la transición. La nación vive asediada por la enorme desigualdad y la mayoría de los rusos, amargados por la experiencia, han perdido confianza en el libre mercado"

 Todo lo que el FMI hizo llevó a que las recesiones en Asia Oriental fueran más profundas, más largas y más severas. En realidad, Tailandia, que siguió las prescripciones del FMI más estrictamente, tuvo un desempeño peor que el de Malasia y Corea Sur, que siguieron cursos más independientes.



Me han preguntado a menudo cómo gente sagaz, incluso brillante, pudo haber elaborado tan malas políticas. Una razón es que esta gente lúcida no practicaba una ciencia económica acertada. Una y otra vez yo me quedaba consternado al ver cuán anticuados y cuán discordantes con la realidad eran los modelos de Washington utilizados por los economistas. Por ejemplo, fenómenos macroeconómicos tales como la bancarrota y el temor a la insolvencia estaban en el centro de la crisis del Asia Oriental. Pero los modelos macroeconómicos utilizados para analizar estas crisis no estaban enraizados típicamente en microfundamentos, de modo que esos modelos no tomaban en cuenta las bancarrotas.

Mas la mala economía era solo un síntoma del problema de fondo: el sigilo. Las personas agudas son más proclives a hacer cosas estúpidas cuando se aíslan de la crítica y el consejo que les llega de afuera.

Si hay algo que he aprendido estando en el gobierno, es que la apertura es más esencial en aquellos ámbitos donde la pericia parece ser lo más importante. Si el FMI y el Departamento del Tesoro hubieran acogido un mayor escrutinio, su necedad se habría tornado más evidente, mucho antes. Críticos de derecha, tales como Martin Feldstein y George Shultz, respectivamente presidente del Consejo de Asesores Económicos y secretario de Estado de Reagan, se unieron a Jeff Sachs, Paul Krugman y yo en condenar esas políticas. Pero, con el FMI insistiendo en que sus políticas estaban más allá de los reproches –y sin ninguna estructura institucional que los obligara a prestar atención– nuestras críticas eran de poca utilidad. Críticos más timoratos, incluso internos, particularmente aquellos bajo responsabilidad democrática directa, fueron mantenidos en la penumbra. El Departamento del Tesoro es tan arrogante con respecto a sus análisis y prescripciones económicos, que frecuentemente mantiene un control estricto –demasiado estricto– incluso sobre lo que el presidente ve.
La discusión abierta habría suscitado preguntas profundas a las que aún se les presta poca atención en la prensa estadounidense: ¿en qué medida el FMI y el Departamento del Tesoro propugnan políticas que realmente han contribuido a la crecida volatilidad económica global? (El Tesoro impulsó la liberalización en Corea en 1993 saltándose la oposición del Consejo de Asesores Económicos. El Tesoro ganó la batalla interna en la Casa Blanca, pero Corea, y el mundo, pagaron un alto precio.) ¿Algunas de las duras críticas del FMI en Asia Oriental fueron hechas con la intención de distraer la atención sobre la culpabilidad propia de la agencia? Lo que es más importante, ¿Estados Unidos –y el FMI– impulsaron esas políticas porque nosotros, o ellos, creíamos que ayudarían al Asia Oriental o porque creíamos que ellas beneficiarían los intereses financieros de los EE.UU. y el mundo industrial desarrollado? Y, si nosotros creíamos que nuestras políticas ayudaban al Asia Oriental, ¿dónde estaba la prueba? Como participante en estas discusiones, procuré ver la prueba. No había ninguna.

Desde el fin de la guerra fría un inmenso poder se ha depositado en gente encargada de llevar el evangelio del mercado a los más lejanos rincones del globo. Estos economistas, burócratas y funcionarios actúan en el nombre de los Estados Unidos y los otros países industriales avanzados, y sin embargo hablan un lenguaje que pocos ciudadanos corrientes comprenden y que pocos de quienes trazan la política se molestan en traducir. La política económica es hoy quizás la parte más importante de interacción de los Estados Unidos con el resto del mundo. Y sin embargo, la cultura de la política económica internacional que existe en la democracia más poderosa del mundo no es democrática.

Ésto es lo que tratarán de decir los manifestantes (Seattle)que gritarán desde afuera de los recintos del FMI la próxima semana (Abril 2000)  Por supuesto, las calles no son el mejor lugar para discutir estos temas altamente complejos. Algunos de los protestantes no están más interesados en la discusión abierta que lo que están los funcionarios del FMI. Ni todo lo que los protestantes digan será correcto. Pero si la gente a quienes confiamos el manejo de la economía global –en el FMI y el Departamento del Tesoro– no comienza un diálogo y toma sus críticas en serio, las cosas continuarán muy, pero muy mal. Yo ya he visto lo que acontece.

17-Abril-2000

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Nota:


En enero de 1998 Stiglitz ya había criticado el Consenso de Washington, calificándolo como "desorientador" y "frecuentemente desastroso". Asimismo, en esa misma conferencia que dictó en Helsinki, afirmó que el rápido crecimiento económico del sudeste asiático se debió en buena medida al intervencionismo estatal y que, por el contrario, la crisis regional de 1997 se precipitó por las decisiones de los inversionistas privados, quienes sin embargo le echaron el agua sucia al Estado y continuaron promoviendo una mayor liberalización. También argumentó que una inflación moderada es inofensiva, que los déficits presupuestales no son necesariamente perjudiciales, que la privatización no es una panacea y que la deregularización doméstica y los mercados financieros internacionales pueden ocasionar graves perjuicios.
En otras ocasiones sostuvo que los trabajadores y los pequeños empresarios estaban siendo lesionados por no estar adecuadamente representados en los procesos de toma de decisiones.
Y que restringir la libertad de los movimientos globales de capital podía hacer que el mundo fuese menos propenso a las crisis.



Todo ello ocasionó que el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, le "tirase las orejas" y que Lawrence Summers, el secretario de Hacienda de Clinton, le dijese a Wolfensohn que si quería otro periodo como presidente del Banco Mundial Stiglitz tenía que salir. Entonces en noviembre de 1999 se anunció su "renuncia". No obstante, fue mantenido como consultor del Banco hasta que escribió el artículo transcrito, cuando fue retirado totalmente de la institución en mayo del 2000.



Summers, quien purgó a Stiglitz y Ravi Kanbur (quien redactó el borrador inicial del Informe del Banco Mundial del 2000, que en alguna medida se apartaba de la línea tradicional propugnada por el Banco Mundial, por lo que se le ordenó que lo cambiase, ante lo cual renunció), también había ocupado el cargo de economista en jefe del Banco Mundial entre 1991 y 1993, donde había escrito memorandos sugiriendo que África estaba "vastamente sub polucionada" y que "la lógica económica de arrojar una carga de basura tóxica en un país de bajos salarios era impecable". Según Doug Henwood, el periodista que escribió el artículo de donde se extrajeron los anteriores datos ("Stiglitz y los límites de la reforma", publicado en The Nation el 2 de octubre del 2000), "ni Stiglitz ni Kanbur son radicales bajo ningún parámetro; ambos son reformadores humanos a quienes sinceramente les importan los pobres del mundo. Pero incluso eso fue demasiado para el Banco Mundial y el FMI"



. El último conjunto de crisis financieras había ocurrido en del Banco Mundial. También se desempeñó como presidente del Consejo de asesores Económicos de 1993 a 1997. Este artículo fue publicado en inglés bajo el título "The insider" en The New Republic, el 17 de abril de 2000, y fue uno de los trabajos que le significó ser despedido del Banco Mundial, al entrar en polémica con Lawrence Summers,el actual asesor de Obama.



Puede consultar la versión original en esta url :http :/ / www.tnr.com/polics/storyht ml?id=413dd501-eede-4c1f-9549-1ad070e65fe8


El año 2001 Stiglitz compartió el Premio Nobel de Economía con George Akerloff y  Michael Spence por sus investigaciones sobre la información asimétrica. Para Stiglitz los mercados no son perfectos (como señala la teoría neoclásica tradicional), y la generalización de las fallas del mercado induce a un reparto ineficiente dado que no existe la denominada “mano invisible".

http://es.scribd.com/doc/17233663/Stiglitz-the-Insider-Lecciones-de-Una-Crisis-Mundial

http://articulosclaves.blogspot.com/2009/07/lo-que-aprendi-de-la-crisis-economica.html

Jaque al Neoliberalismo – http://www.mamvas.blogspot.com/