12 julio 2016

Rudolf Kalman

Rudolf Kalman

Con unos días de retraso me llega la notica de que Rudolf Kalman murió el sabado pasado(en la foto recibiendo la Medalla Nacional de Ciencia del Presidente Obama). Para todos los que hacemos macro y econometría pocos instrumentos más útiles existen que el filtro de Kalman. Tom Sargent siempre bromea que, para mantener el carnet de macroeconomista al día, uno tiene que re-derivar al menos una vez al año el filtro de Kalman. En mi caso es fácil, pues lo suelo enseñar cuando cubro la evaluación de funciones de verosimilitud de modelos escritos en el espacio de estados. Una vez que uno lo entiende, el filtro de Kalman es obvio y trivial, pero quizás este sea el mayor tributo al genio de Kalman: antes de su desarrollo, muchos problemas de filtrado (como a los que se enfrentaba el programa espacial de la NASA) eran simplemente intratables. La única duda que me queda es el cómo un país tan pequeño como Hungría ha producido tantos y tan buenos científicos/matemáticos.
http://nadaesgratis.es/fernandez-villaverde/robert-kalman

Una de las cosas que mas me maravilla de la vida es como cosas diseñadas para controlar el modulo Apolo (como el filtro de Kalman) resulta que funcionan para aviones, para modelos en macro o para mejorar las encuestas electorales 
Muy usado en robótica también, para obtener información de sensores ruidosos:
Filtro de Kalman-Bucy.

06 julio 2016

El dinero en la historia del pensamiento económico: la teoría monetaria post-keynesiana y su confrontación con la ortodoxia

El dinero en la historia del pensamiento económico: la teoría monetaria post-keynesiana y su confrontación con la ortodoxia



Resumen Las disputas en torno a determinados aspectos del dinero, como su neutralidad y el carácter endógeno o exógeno de la oferta monetaria, han sido permanentes entre las distintas escuelas de pensamiento y autores, estando su origen, probablemente, en la época de desarrollo del pensamiento escolástico. En este artículo pretendemos, en primer lugar, realizar un recorrido cronológico e histórico sobre el tratamiento científico económico del dinero, para, en segundo lugar, poner sobre la mesa la macroeconomía ortodoxa a la que han dado lugar las interpretaciones al respecto, así como los enfoques alternativos frente a este pensamiento dominante. Finalmente, intentamos poner en valor los desa-rrollos monetarios post-keynesianos, integrados en lo que denominan " Economía Monetaria de Producción " , confron-tándolos con la llamada Nueva Síntesis Neoclásica. Palabras clave: dinero, pensamiento económico, endogeneidad del dinero, neutralidad monetaria Abstract Disputes over certain aspects of money, as its neutrality and the endogenous or exogenous nature of the money supply , have been ongoing between the various schools of thought and authors, its origin probably being at the time of development of scholastic thought. In this paper we intend, firstly, to make a chronological and historical overview about money, with the objective of highlighting the monetary developments of the orthodox macroeconomics, as well as the alternative approaches against this dominant thought. Finally, we try to value the post-Keynesian monetary developments, which are integrated into what is called " Monetary Economy of Production " , confronting them with the so-called New Neoclassical Synthesis. 1. Introducción Las controversias sobre el papel del dinero en la economía han sido permanentes entre las dis-tintas escuelas de pensamiento y autores, estando su origen, probablemente, en la época de desa-rrollo del pensamiento escolástico. Algunos de los pensadores que podemos situar en esta co-rriente medieval ya bosquejaban una primitiva " teoría cuantitativa del dinero " , al asociar vaga-mente las variaciones en los precios de las mercancías con la entrada de oro y plata en Europa procedente de las colonias españolas de América. Este planteamiento exógeno del dinero derivaría de la supuesta e histórica vigencia en el mundo de un sistema dinero-mercancía, en el que la base monetaria de los países podía verse alterada por el intercambio comercial (esto es, por la existencia de flujos internacionales de metales preciosos entre las naciones) o por el descubrimiento de nuevos yacimientos de oro, siendo, por tanto, las variaciones de la cantidad de dinero en circulación no susceptibles de ma-nipulación política ni controlables directamente por los agentes, esto es, exógenas al sistema.

https://www.researchgate.net/publication/304898134_El_dinero_en_la_historia_del_pensamiento_economico_la_teoria_monetaria_post-keynesiana_y_su_confrontacion_con_la_ortodoxia


05 julio 2016

La automatización y la participación del trabajo en la renta.Samuel Bentolila

La automatización y la participación del trabajo en la renta

Samuel Bentolila 23-06-2016
http://nadaesgratis.es/bentolila/la-automatizacion-y-la-participacion-del-trabajo-en-la-renta
C-3POMientras esperamos al resultado del referéndum de hoy sobre el Brexit (mis deseos están cantados aquí), me voy a ocupar de algo que también preocupa a mucha gente: la automatización. Cada día hay más funciones que antes hacíamos las personas y que ahora hacen programas y máquinas (quizá este blog lo acaben escribiendo ellas). ¿Podemos entonces achacar la caída tendencial de la participación del trabajo en la renta que se viene observando en todo el mundo desde hace décadas a la automatización? Una investigación reciente encuentra que solo en parte.
Hace tiempo les conté que parece haber una tendencia mundial a la caída de la participación del trabajo en la renta −en favor del capital− de unos 5 puntos porcentuales en los últimos 35 años y que un trabajo de Loukas Karabarbounis y Brent Neiman la atribuye a la sustitución del trabajo por el capital, debida a su vez a la caída tendencial del precio de este, en especial de la maquinaria. (1)
La automatización se ha acelerado en las últimas décadas de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Esto ha desatado el temor a que las máquinas destruyan gran parte del empleo. Sin embargo, desde la primera revolución industrial ha habido progreso tecnológico y no por ello hemos tenido tasas inexorablemente crecientes de paro. La razón es que las nuevas tecnologías vuelven inviables algunos empleos (p. ej. en las empresas de diligencias de caballos) y abren oportunidades para crear otros (p. ej. en los fabricantes de coches a motor), la cuestión es atisbar cuáles serán estos últimos.
Es común pensar que las TIC perjudican más −en términos de sus empleos y salarios− a los trabajadores menos cualificados. No obstante, el asunto no es tan sencillo, porque la capacidad de las máquinas para reemplazar a los trabajadores depende en gran medida de lo rutinarias que sean sus tareas.
Como señalaron por primera vez David Autor, Frank Levy y Richard Murnane, las tareas de los trabajadores más cualificados −porque requieren pensar más y porque son especialmente productivas en combinación con las máquinas− y algunas tareas de los menos cualificados −porque requieren más contacto humano, pensemos en los cuidadores de niños o de personas mayores− son menos rutinarias. Por el contrario, pueden ser más fácilmente reemplazados por máquinas algunos trabajadores de cualificación intermedia −como los contables− que hacen tareas que pueden hacer los ordenadores. Esto no significa que los empleos para trabajadores menos cualificados no se vayan a reducir (recordemos la carrera entre la educación y la tecnología), sino que no todos desaparecerán.
Entonces, si tenemos en cuenta la división entre capital intensivo y no intensivo en TIC y entre los trabajadores que realizan principalmente tareas rutinarias (operarios, administrativos, vendedores, etc.) y no rutinarias (profesionales, gestores, técnicos, servicios personales, etc.), ¿podemos atribuir a la automatización la caída de la participación del trabajo en la renta?
Esta es la pregunta que aborda un trabajo reciente, de Maya Eden y Paul Graggl (aquí están las transparencias que lo resumen), para Estados Unidos entre 1968 y 2013, presentado la semana pasada en Madrid en una conferencia sobre "Crecimiento, productividad y desigualdad", organizada por el Banco de España y el Banco Mundial.
Resumo sus respuestas en dos gráficos y un cuadro. El primer gráfico muestra que el aumento de la participación del capital en la renta (valor añadido), de algo más de 6 puntos, se reparte casi a partes iguales entre el capital TIC (que pasa del 1.3% al 4.1%) y el no intensivo en TIC (del 35.3% al 38.8%):
capitalshare
(Entre paréntesis, es curioso el estancamiento de las tendencias a partir del año 2000, posiblemente debido a la burbuja inmobiliaria americana, cuyos efectos parecen corregirse hacia el final del periodo... ¿les suena familiar?).
Más llamativo resulta ver que los 6 y pico puntos de caída de la participación del trabajo se reparten entre una subida de 9 puntos de la participación de los empleos no rutinarios (del 24.8% al 33.6%) y un desplome de 15 puntos de la participación de los empleos rutinarios (del 38.6% al 23.6%):
laborshare
Todo ello aparece resumido en este cuadro:
twoshares
Finalmente, aplicando un modelo económico a los datos, los autores logran explicar 12 de esos 15 puntos de caída de la participación de los empleos rutinarios, de los cuales 10 puntos van a los empleos no rutinarios y solo 2 puntos van al capital TIC. Por eso, Eden y Gaggl concluyen que quizá estemos dedicando demasiada atención a la caída de la participación del trabajo y demasiado poca a la redistribución entre distintos tipos de empleos.
Estos cálculos también son posibles para España, gracias a la descomposición de capital TIC y no TIC que elabora el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE). Este trabajo, dirigido por Matilde Mas,
 Francisco Pérez y Ezequiel Uriel y elaborado con otros autores, muestra la composición del capital no residencial en España en 1964 y 2013:
ticespanya
El capital TIC ha crecido mucho, pero el resto del capital ha crecido más, de forma que el primero solo ha pasado del 4.2% al 4.8% del total, lo que supone un gran problema para nuestra eficiencia productiva. (Si quieren aprender más sobre el caso español, vean esta presentación de Francisco Pérez).
Sin embargo, no conviene pensar que estamos protegidos de la automatización. Como ya nos contó aquí Sara de la Rica, en España también está cayendo el empleo rutinario, situándonos en una situación intermedia en el contexto europeo en términos de la proporción de empleos en riesgo de ser computarizados, como nos mostró aquí Florentino Felgueroso.
Me temo que todos deberíamos estar pensando en qué medida afectará la automatización a nuestro empleo. Ni siquiera los más cualificados están libres de riesgo. Por ejemplo, los que nos dedicamos a la docencia de tercer ciclo (grado o postgrado) podríamos ser desplazados por las nuevas tecnologías. Hay unos magníficos cursos abiertos masivos en internet (MOOC), impartidos por excelentes profesores de universidades norteamericanas, como los de edX. Y en universidades como el MIT, por ejemplo, ponen los contenidos de los cursos en internet gratis; como este curso de economía laboral de David Autor. ¿Qué podemos hacer los simples mortales para sobrevivir? Pues, aparte de mejorar nuestra docencia e investigación, dedicarnos a lo que no pueden hacer esas estrellas: dedicar más tiempo y esfuerzo a la interacción con los estudiantes.

(1) Digo "parece" porque un trabajo reciente de Dongya KohRaül Santaeulàlia-Llopis y Yu Zheng afirma que en Estados Unidos la caída puede explicarse completamente por la importancia creciente de la propiedad intelectual y su forma de valoración en las cuentas nacionales.

Las ganancias del comercio internacional: un intermezzo en Brexit

Las ganancias del comercio internacional: un intermezzo en Brexit

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¿Cómo de grandes son las ganancias de bienestar creadas por el comercio internacional? ¿Cuánto gana el Reino Unido (y por tanto puede perder) por comerciar con la Unión Europea? La respuesta a ambas preguntas es más sutil de lo que pudiese parecer. Y después de ver muchas de las respuestas a mi primera entrada sobre Brexit y, en general, de seguir la discusión en los medios de comunicación al respecto, he decidido que merece la pena tener un intermezzo en mi serie sobre una visión diferente de Brexit en el que someramente repasaré las respuestas a estas preguntas. En mi primera entrada, quizás preocupado erróneamente por la longitud de la misma (y olvidándome que muchos lectores no están familiarizados con la literatura en comercio internacional), me salté una explicación más detallada al respecto y el argumento quedó, desafortunadamente, corto.
Si hay un tema que separa a los economistas del resto de los ciudadanos es el comercio internacional. En una encuesta entre académicos de prestigio en Estados Unidos, prácticamente todas las respuestas eran que el libre comercio incrementaba el bienestar y la productividad y solo dos personas expresaban ciertas dudas sobre su posible efecto distribucional. Pero ni un solo economista respondió de manera negativa. En cambio, entrela población en general, el libre comercio siempre es visto con sospecha, con las exportaciones como algo bueno (“crean trabajo”) y las importaciones como algo malo (“destruyen empleo”).
Los economistas, frente a las falacias mercantilistas de la mayoría de la población, nos hemos pasado dos siglos largos explicando las ventajas del libre comercio (aun reconociendo la posibilidad de situaciones paradójicas donde no se cumple la proposición, pero que en general no son muy relevantes desde el punto de vista empírico, y los posibles efectos redistributivos que mencionaba en el párrafo anterior). El propio Keynes solo participó de joven en actividades políticas para defender el libre comercio.
Pero a la vez, de tanto insistir en el tema, corremos el peligro de perder el orden de magnitud de las cifras y caer en sesgos en la evaluación de políticas.
Un primer nivel
El punto de partida es que, a un nivel básico, el comercio internacional es clave para que una economía moderna funcione. España no produce, ni de lejos, el petróleo que necesita y Noruega no tiene el mejor clima del mundo para las naranjas. España puede enviar a Noruega naranjas a cambio de petróleo y los dos salimos ganando. La experiencia de las dos guerras mundiales del siglo XX deja claro cómo de costoso puede ser prescindir del comercio internacional. Durante la primera guerra mundial, el bloque aliado a Alemania llevó, a finales de 1917, a situaciones de carencias generalizadas en las potencias centrales que terminaron jugando un papel clave en la derrota de las mismas en el otoño de 1918. En la segunda guerra mundial las consecuencias fueron menores por la capacidad de Alemania de conquistar buena parte de Europa durante los dos primeros años de la contienda (y seguir comerciando con países como España o Suecia), pero el esfuerzo bélico germano sufrió claramente por la falta de petróleo (esto fue incluso más acusado en el caso de Japón y su flota de alta mar).
El problema es más grave para las naciones pequeñas. Los 10.5 millones de portugueses no son masa crítica suficiente para que muchas empresas tengan mercados lo suficientemente grandes para producir bienes (en teoría del crecimiento endógeno, esto se llama “efecto de tamaño de mercado”). Una factoría para construir procesadores te sale estos días por al menos 2,000 millones de dólares. Sumándoles costes de desarrollo, estas cifras nos dicen que resulta imposible pensar que ningún país pequeño pueda vivir al margen del comercio internacional.
Un segundo nivel
Pero a la vez, ¿qué ocurre si no estamos tratando de un país pequeño y no estamos hablando de eliminar todo el comercio internacional sino únicamente una parte del mismo? Esta pregunta es la relevante para pensar sobre Brexit porque el Reino Unido tiene 64 millones de habitantes, la mitad de su comercio de bienes y servicios es con países que no son miembros de la Unión Europea e, incluso con estos, en el peor caso pasará a las reglas por defecto de la OMC que son relativamente liberales.
Llegado a este momento, tenemos que emplear un poco de teoría económica y datos.
El estado de la literatura
Un buen lugar para comenzar es este capítulo de Arnaud Costinot y Andrés Rodríguez-Clareen el Handbook of International Economics, volumen 4. El título, Trade Theory with Numbers: Quantifying the Consequences of Globalization, ya dice casi todo de qué va el mismo. Es un resumen de lo que sabemos y lo que no sabemos los economistas sobre los beneficios del comercio internacional.
El modelo básico de evaluación, llamado de Armington, se encuentra en la sección 2 del capítulo. No voy a repetir aquí las derivaciones del modelo pues me llevaría un poco de algebra y podría asustar a más de un lector, así que explicaré, de manera verbal, los pasos del ejercicio.
Se comienza pensando en un mundo con n países. n puede ser, por ejemplo, los aproximadamente 200 países que hay en el mundo; depende un poco cómo los contemos, o quizás regiones o bloques comerciales. Cada país produce un bien diferente: España naranjas y Noruega petróleo. Por supuesto esto se puede generalizar a tener muchísimos más bienes por país pero la gracia del modelo básico es que es como un Lego, una vez que se ha construido el caso básico, generalizarlo es muy sencillo.
Los hogares de cada país quieren consumir todos los bienes del mundo: a un británico le apetece ir en su coche (alemán) con gasolina (noruega) a sentarse a ver el test de Cricket contra Australia (bate indio, pelotas inglesas, DRS japonés), comiéndose una tostada (francesa) con mermelada de naranja (española) mientras su mujer lee en el Kindle (chino) una novela escrita por Emma Straub (americana).
El problema es que transportar naranjas a Dundee para hacer mermelada cuesta dinero. Parte de estos costes son inevitables: hay que poner las naranjas en un camión o un barco y llevarlas a Escocia. Parte del coste es evitable: trabas burocráticas, aranceles, etc. Los acuerdos de libre comercio y el mercado único de la Unión Europea buscan reducir estos segundos costes.
Dados estos costes de transportar bienes de un país a otro podemos encontrar el conjunto de precios y cantidades que “soluciona” el modelo, es decir, los precios y cantidades donde todos los agentes hacen lo mejor que pueden y satisfacen sus restricciones presupuestarias (aquí hay un tema importante: el modelo básico es estático y no permite considerar superávits y déficits, pero se puede generalizar a tener comercio intertemporal).
Una vez que tenemos esta “solución” podemos acometer contrafactuales: ejercicios en los que vemos qué ocurre si los costes de transporte o arancelarios cambian (se pueden mirar también los efectos de otros cambios; pero no son los que buscamos aquí). Lo bonito del modelo es que, de manera casi sorprendente, al final resulta que uno solo tiene que computar un número. El efecto de bienestar para el país j es:
C^j=λ^jj1ε
formula que nos dice que el cambio porcentual en bienestar, C^j, depende de dos números, la elasticidad del comercio, ε, y el cambio porcentual de gasto en el bien producido por el propio país, λ^jj (los estudiantes que me lean deberían intentar derivar el resultado en detalle ellos solos, el contenido sale en las páginas 4 a 7 del capítulo del Handbook y las matemáticas necesarias son triviales).
Ahora el problema es determinar estos dos números para el Reino Unido después de Brexit. Costinot y Rodríguez-Clare sugieren que una estimación central para la elasticidad es 5 y, como me parece que es un número sensato y que concuerda con lo que sabemos de muchas fuentes de datos, me quedo con él.
Más complejo es decidir cuál será el cambio porcentual de gasto en el bien producido por el propio Reino Unido. Las importaciones de bienes y servicios de la Unión Europea vienen a ser el 15.6% del PIB británico en 2015 (sobre unas importaciones totales de, redondeando, el 29.4% del PIB británico).
Si Brexit genera una caída de las importaciones desde la Unión Europea del 5% (pasamos del 15.6% al 10.6%), el coste de bienestar vendría a ser equivalente al 1.37% de la renta británica.
He tomado esa caída del 5% porque es la que sugiere, por ejemplo, Paul Krugman en esta entrada de su blog, basándose en los patrones de comercio que tenía el Reino Unido antes den entrar en las por aquel entonces Comunidades Europeas. Él emplea una elasticidad de 4, que a mí me parece excesivamente baja, y por eso le sale un coste un tanto más alto de 1.7%). Otros economistas muy favorable a “remain”, como este grupo de la LSE-CEP y con un poco de trabajo adicional sobre como predecir estos cambios de volumen e incluyendo las transferencias fiscales, utilizan caídas de las importaciones que van desde el 3.9% al 6.9% del PIB. En estos escenarios, el coste de bienestar varía del 1.28% al 2.61% de la renta (tabla A.5).[1]
Pero la gran ventaja de la formula anterior es que cada uno puede poner los números que más le gusten, siempre y cuando respete que las importaciones desde la Unión Europea solo pueden caer 15.6 puntos de PIB (“bloqueo continental”) y que la elasticidad no puede ser muy diferente de 4-6, y calcular el efecto con la calculadora del Iphone.
¿Es 1.37% de la renta poco o mucho? Es mucho porque en general los economistas sabemos de pocas políticas que seguro que nos den ganancias de 1.37% de renta: por eso los economistas defendemos el libre comercio. Es poco porque es el equivalente a un buen año adicional de crecimiento económico: perder ese 1.37% no es ni mucho menos el final del mundo que nos han contado los medios de comunicación y más de un economista, quizás atacado por un fervor europeísta comprensible pero exagerado.
¿Por qué sale un número como 1.37%? Primero porque el Reino Unido seguirá comerciando mucho con el resto del mundo. No dejará de haber petróleo o naranjas. Lo que ocurrirá es que las naranjas españolas serán potencialmente más caras. Los británicos a los que de verdad les guste la mermelada de naranja pagaran unos céntimos más por cada tarro y los que estén más cerca de la indiferencia (los restaurantes al poner las bandejas de los desayunos) cambiarán de mermelada de naranja a mermelada de fresas de Devon. Segundo, porque siendo una economía grande y diversificada, la mayoría de los bienes y servicios seguirán siendo producidos localmente.
El argumento, claro, cambia si enriquecemos el modelo de Armington y si consideramos, por ejemplo, los efectos dinámicos a lo largo del tiempo (hay muchísimos otros elementos para enriquecer el modelo, pero creo que los dinámicos son los más importantes). Aquí entramos en parte de la discusión que ya repasé en mi primera entrada.
Primero, si las naranjas son más caras dependerá, básicamente, de lo que decida hacer el Reino Unido. Las ganancias de bienestar de los británicos vienen de que ellos coman tostadas con mermeladas de naranja, no de que nosotros comamos mermeladas de fresas de Devon. El bienestar viene de importar, que es lo que consumimos, no de exportar, que es el “precio” que tenemos que pagar por las importaciones. Si el Reino Unido decide tomar una postura muy liberal en su política comercial y la Unión Europea no es recíproca, la libra británica bajará un poco su cotización para re-equilibrar sus exportaciones e importaciones relativas con el conjunto del comercio internacional. Esto ligeramente reducirá el bienestar británico al empeorar su relación de intercambio, pero seguirá habiendo mermelada de naranja a un precio sensato en las estanterías de Sainsbury's.
Segundo, porque en Florida o Marruecos también producen naranjas. El modelo de Armington asume que solo hay naranjas en España (o, en una interpretación más generosa, que las naranjas de Valencia y de Florida son suficientemente distintas para ser consideradas dos bienes diferentes) y que al subir su precio los británicos se cambiarán a las fresas de Devon. Pero en el mundo real, las posibilidades de sustitución son altísimas y dudo que muchos aprecien la diferencia en la mermelada de dónde vengan las naranjas. De nuevo, si el Reino Unido decide, por ejemplo, tener un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos ahora que la “excepción cultural” ya no importa, el coste de Brexit será la diferencia entre las naranjas de Valencia y las de Florida y esa, lo siento por mis lectores valencianos, es muy pequeñita, incluso en transporte. Mi posición, que argumenté en la primera entrada de esta serie, es que dada la anemia de la eurozona, lo mismo tiene más sentido engancharse al carro de Estados Unidos o India, que al de la Unión Europea.
Estos dos mecanismo son ignorados, por ejemplo, por el grupo de la LSE al que me refería antes, que en cambio sí que considera efectos dinámicos favorables a la permanencia en la Unión (básicamente, que los costes de comercio dentro de la Unión Europea seguirán reduciéndose en las próximas décadas, algo que a mi me cuesta mucho ver dada la evidencia de los últimos 10 años).
Más de un lector me podrá decir que estas ganancias dinámicas que asumo serán improbables con los nuevos líderes en el Reino Unido, proclives al intervencionismo y al proteccionismo. Quizás. Pero entonces el causante no es Brexit, el causante serán esos políticos y, aunque los últimos hayan llegado al poder como consecuencia del referendum, como economista tengo que hablar del mecanismo económico, pues el mismo nos aclara que aún existen grados de contingencia notables.
Termino pues este breve intermezzo resumiendo las principales conclusiones:
1) En un modelo estándar de comercio internacional, el coste estático de Brexit considerando el comercio de bienes y servicios es el 1.37% de la renta británica. A Paul Krugman, con una elasticidad baja, le sale 1.7%, a un grupo de la LSE entre 1.28% y 2.61%.
2) 1.37% (con intervalo entre 1.28% y 2.61%) no es un número pequeño pero no es ni muchísimo menos el apocalipsis retratado en los medios de comunicación.
3) Los efectos dinámicos me hacen sospechar que bien pudiera ser que, en 10 años, el Reino Unido esté mejor en términos de comercio internacional.
El lector podrá estar totalmente en desacuerdo con 3). Esta conclusión está basada en mi creencia que los mercados son muy rápidos en encontrar sustitutos a los bienes que se encarecen y que la eurozona tiene un futuro poco halagüeño. Pero, aún así, quedémonos con 1.37%. La próxima vez que lea la prensa recuerde que una pérdida del 1.37% de renta quizás no sea el día del juicio final.
1. Señalo que estos economistas son muy favorables a “remain” no porque crea que estén sesgados en su investigación. En este blog me he cansado una y otra vez de fustigar la tan castiza manía de descalificar los argumentos basándose de donde vienen y no en su contenido. Es simplemente para resaltar que no estoy siendo selectivo y escogiendo a gente que estaba a favor de Brexit y por tanto quizás dados a “minimizar” los costes de la misma. Paul Krugman igualmente ha declarado estar en contra de Brexit aunque su visión es que los costes de tal decisión están siendo exagerados. Justo en este caso estamos de acuerdo (Amicus Plato, sed magis amica veritas). Aunque yo creo que los costes son incluso más pequeños que los que señala Krugman, él en todo caso está mucho más preocupado por las consecuencias políticas. Aquí un resumen de su visión global y esta entrada sobre los aspectos macroeconómicos.
http://nadaesgratis.es/fernandez-villaverde/las-ganancias-del-comercio-internacional-un-intermezzo-en-brexit