Europa en un mundo de precedentes: reglas sin poder, poder sin reglas

 

Europa en un mundo de precedentes: reglas sin poder, poder sin reglas

Introducción: del orden normativo al orden por precedentes

Durante décadas, el debate sobre el sistema internacional se articuló en torno a una pregunta central: ¿funcionan bien o mal las reglas?
Hoy, esa pregunta ha quedado obsoleta.

La transformación en curso no es una simple crisis del multilateralismo, ni un ciclo más de rivalidad entre potencias. Es un cambio de régimen sistémico: el paso de un orden basado en reglas explícitas a un orden basado en precedentes acumulativos. En este nuevo entorno, el poder no se legitima por la norma, sino por la capacidad de crear hechos sin asumir costes inasumibles.

Este capítulo integra tres diálogos analíticos —dos entre expertos y un tercero centrado en Europa— para formular una tesis central del marco RMS:

Europa no ha perdido valores; ha perdido soberanía operativa en un mundo donde las reglas solo existen si alguien puede sostenerlas.


1. El fin del “orden basado en reglas”: no colapso, sino mutación

Desde 1945, el sistema internacional funcionó bajo un principio imperfecto pero estable:
instituciones multilaterales (ONU, OMC, FMI), previsibilidad jurídica y un ancla de poder —Estados Unidos— dispuesto a sostener ese marco incluso cuando no le beneficiaba a corto plazo.

Ese ancla ya no es fija.

El giro no consiste en la desaparición de las instituciones, sino en su pérdida de centralidad ordenadora. Siguen existiendo, pero ya no estructuran la competencia entre grandes potencias. En su lugar, emerge una lógica distinta:

  • primero se actúa,

  • luego se justifica,

  • y finalmente ese acto se convierte en precedente.

Este desplazamiento explica por qué la política internacional contemporánea no se rige por acuerdos estables, sino por ensayos de poder que miden reacciones, costes y tolerancias.


2. No hay “reparto del mundo”, hay colisión sistémica

La narrativa del “reparto del mundo” entre Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping resulta atractiva porque evoca el siglo XIX: esferas claras, fronteras funcionales, acuerdos implícitos.

Pero esa imagen es engañosa.

Hoy no existe un concierto de potencias. Existe una colisión entre modelos:

  • Estados Unidos se desplaza hacia un realismo transaccional y decisionista: ejecuta primero y negocia después.

  • China no compite dentro del mercado, sino por diseñar el mercado: cadenas de valor, estándares tecnológicos, escala industrial.

  • Rusia no busca reglas universales, sino zonas de veto, coerción y capacidad de disrupción.

No hay reparto pactado; hay fricción permanente en múltiples planos (económico, tecnológico, financiero, militar).


3. Rusia y China: alineamiento táctico, no alianza estructural

Uno de los errores analíticos más frecuentes es tratar el eje Pekín–Moscú como un bloque cohesionado. La evidencia apunta a algo distinto: una relación asimétrica, funcional en el corto plazo, pero estructuralmente inestable.

La noción de “canibalización imperial” resume bien esta dinámica:

  • Rusia aporta energía barata, profundidad estratégica y capacidad de disrupción.

  • China transforma esa relación en dependencia funcional: absorbe influencia en periferias, reorienta flujos y consolida jerarquía.

No se trata de una alianza entre iguales, sino de una jerarquización progresiva. Esto no reduce la fragmentación global; la hace más volátil. La asimetría no genera orden: genera tensiones latentes que pueden reconfigurar alianzas en el futuro.


4. Venezuela como caso test del orden por precedentes

La intervención estadounidense en Venezuela no es una anomalía regional. Es un caso test del nuevo orden.

El patrón es claro:

  • EE. UU. no interviene para restaurar democracia,

  • interviene para asegurar perímetro estratégico, recursos y exclusión de rivales,

  • incluso aceptando continuidades del régimen si eso reduce costes y violencia.

Aquí se manifiesta una lógica central del marco RMS:

La estabilidad precede a la legitimidad; el control precede a la democracia.

Venezuela no es el “botín” de un reparto, sino un laboratorio de precedentes: hasta dónde se puede actuar, qué reacciones se producen y qué costes reales se pagan.


5. Europa: soberanía formal sin soberanía operativa

Es en este punto donde Europa aparece como el gran actor desalineado.

Como ha señalado con crudeza José Manuel García-Margallo, la Unión Europea prosperó sobre tres pilares hoy erosionados:

  1. energía barata rusa,

  2. mercado chino como válvula de crecimiento,

  3. seguridad garantizada por Estados Unidos.

La consecuencia no es solo económica, sino estratégica:
Europa conservó soberanía jurídica, pero externalizó los activos de soberanía real (defensa, energía, tecnología).

En un orden basado en precedentes, quien no puede imponer costes no es coautor del sistema: es objeto del sistema.


6. Borrell y Margallo: convergencia desde lenguajes distintos

Las posiciones públicas de Josep Borrell y García-Margallo convergen más de lo que parece.

  • Borrell lo formula en clave institucional: Europa fue diseñada para pacificar antagonismos internos, no para competir externamente; la unanimidad bloquea toda capacidad de acción; es necesario pensar en una “Europa dentro de Europa”.

  • Margallo lo expresa en lenguaje realista: en un mundo de depredadores, no se puede ser herbívoro; sin músculo, no hay asiento en la mesa.

La diferencia es de tono, no de diagnóstico. Ambos coinciden en lo esencial:

Sin integración ejecutiva, Europa será cliente o teatro, pero no actor.


7. La unanimidad: de seguro normativo a riesgo sistémico

Uno de los puntos más reveladores del nuevo contexto es la inversión funcional de la unanimidad.

  • En el mundo normativo, la unanimidad era un seguro: protegía a los Estados pequeños y evitaba fracturas.

  • En el mundo de decisión y precedentes, la unanimidad se convierte en un inhibidor de respuesta.

Cada veto no solo bloquea una decisión: permite que otro actor fije el precedente.

La soberanía formal, cuando no va acompañada de capacidad ejecutiva, deja de ser protección y pasa a ser freno estructural.


8. Tecnología, poder y el fin del regulador europeo

La dimensión tecnológica confirma el diagnóstico:

  • China domina producción industrial y escalado.

  • Estados Unidos domina finanzas y el dólar.

  • Europa intenta dominar la regulación… sin controlar ni la innovación ni las plataformas.

Pero el poder regulatorio solo existe cuando se apoya en capacidad material. Cuando no es así, se evapora rápidamente, como muestran las amenazas de represalias ante la aplicación de normas tecnológicas europeas.

En el nuevo orden, no se regula lo que no se controla.


Conclusión: la elección europea

Este capítulo no plantea una elección moral, sino una bifurcación estratégica.

Europa puede:

  1. seguir apelando a reglas que ya no ordenan el sistema,

  2. o dotarse del poder que hace posibles esas reglas.

No se trata de “más o menos Europa”, sino de una Europa capaz o una Europa irrelevante.

Venezuela no es un problema lejano. Es el espejo donde se observa qué ocurre cuando la norma pierde fuerza y el precedente manda. Europa aún puede decidir si quiere ser quien escribe precedentes… o quien los padece.

Las reglas no desaparecen. Simplemente dejan de proteger a quien no puede sostenerlas

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