27 diciembre 2010

Nuevas preguntas...Geoff Mulgan

l sistema bancario estadounidense
se enfrenta a pérdidas de más de
tres billones de dólares. Japón vive
una depresión. China se encamina
al crecimiento cero. Algunos todavía
tienen la esperanza de que la cirugía
de urgencia restaure el statu quo. Pero
unos más creen que estamos en uno
de esos raros puntos de inflexión
después de los cuales nada vuelve a
ser lo mismo.
Pero si un sueño ha terminado,
¿qué otros sueños nos esperan en las
sombras? ¿Se adaptará el capitalismo? ¿O deberíamos hacernos
de nuevo una de las grandes preguntas que ha animado
la vida política durante casi dos siglos: qué puede venir tras el
capitalismo?
Hace sólo unos años esta pregunta fue aparcada, considerada
tan juiciosa como preguntar qué vendría después de la
electricidad. Los mercados globales habían puesto a China y la
India en su órbita, el triunfo del capitalismo parecía completo y
el islam medievalista y los maltrechos ejércitos que rodean las
cumbres del g8 empujaban para ser su último y débil competidor.
Las empresas multinacionales, se decía, iban a comandar
imperios más grandes que la mayoría de los Estados-nación, y
en ciertos aspectos se habían ganado la afiliación de las masas
gracias a sus marcas.
Pero la lección del propio capitalismo es que nada es permanente:
“Todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, como
dijo Marx. En el capitalismo hay tantas fuerzas que lo socavan
como fuerzas que lo empujan hacia delante.
En este ensayo contemplo en qué se podría convertir el
capitalismo al otro lado del desplome. No pronostico ni el
resurgimiento ni el colapso. Sugiero más bien una analogía
con otros sistemas que en el pasado parecieron igualmente
inmutables. En las primeras décadas del siglo xix las monarquías
europeas parecían haber visto la desaparición de sus
enemigos revolucionarios, cuyos sueños fueron enterrados
en el fango de Waterloo. Los monarcas y los emperadores
dominaban el mundo y habían demostrado ser extraordinariamente
adaptables. Al igual que los defensores del capitalismo
de hoy, sus partidarios podían sostener plausiblemente que
las monarquías tenían sus raíces en la naturaleza. Entonces lo
natural era la jerarquía; hoy es la codicia individual. Entonces
se había experimentado la democracia de masas y demostró ser
un fracaso. Hoy el socialismo es visto del mismo modo, como
un experimento bienintencionado que fracasó porque estaba
en contra de la naturaleza humana.
Lo que sucedió con el ejército es otro marco útil para pensar
en el capitalismo del futuro. Estamos a pocas generaciones de
distancia de esas sociedades en las que el ejército estaba en la
cumbre del estatus y el respeto. La guerra era parte del orden
natural, la forma inevitable de resolver disputas. Pero, contra
todo pronóstico, en buena parte del mundo los ejércitos fueron
domesticados y civilizados, convertidos de crueles amos y
señores en servidores profesionales.
No sugiero que el capitalismo vaya a desaparecer, como
tampoco lo ha hecho la guerra. Las economías de mercado
complejas e interconectadas seguirán proporcionando inmensos
excedentes alimentados por el flujo continuado de nuevo
conocimiento científico. Pero al igual que la monarquía pasó
del centro del escenario a un lugar más periférico, el capitalismo
no dominará la sociedad y la cultura en el mismo grado en que
lo hace hoy. El capitalismo puede, en resumen, convertirse en
un sirviente y no en un amo, y el desplome acelerará este cambio.
Las depresiones del pasado fueron crueles, pero también
arrojaron ideas procedentes de los márgenes al centro de la
discusión, aceleraron su movimiento por las tres etapas que
Schopenhauer afirmó que atravesaban todas las verdades nuevas:
primero ridiculizadas, después violentamente combatidas,
después consideradas evidentes.
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Para comprender en qué puede convertirse el capitalismo primero
tenemos que comprender lo que es. No es tan sencillo. El
capitalismo incluye la economía de mercado, pero muchas economías
de mercado tradicionales no son capitalistas. Incluye
el comercio, pero el comercio, también, es muy anterior al
capitalismo. Incluye el capital, pero los faraones egipcios y los
dictadores fascistas también exigían excedentes.
El historiador francés Fernand Braudel ofreció quizá la
mejor descripción del capitalismo al referirse a él como una
serie de capas construida sobre la economía de mercado cotidiana:
de cebollas y madera, fontanería y cocina. Estas capas,
locales, regionales, nacionales y globales, se caracterizan por
una abstracción aún mayor, hasta que en la cima se hallan
las finanzas incorpóreas, que buscan rendimientos en todas
partes, sin compromiso alguno con un lugar o una industria
en particular, y convierten en commodity cualquier cosa, todo.
El capitalismo se convirtió en un “ismo” cuando la vigorosa
banca y el comercio de Ginebra y Venecia, Londres y Brujas, se
sumaron a la inventiva manufactura para crear un mundo en el
que los poseedores del capital abstracto se hicieron dominantes
y desplazaron a muchos otros competidores por esa posición
prominente, desde los soldados y los eruditos hasta los burócratas
y los creadores de cosas.
Ha habido más versiones de capitalismo en el camino a
los hedge funds y los derivados de hoy. Entre ellas, las estrechas
alianzas con el Estado (un cuarenta por ciento de la inversión
en Silicon Valley procedió del gobierno), el reinado de grandes
grupos industriales (como en Corea) o extraños híbridos de
capitalismo mercantilista comunista como en China y el capitalismo
liderado por magnates del sudeste asiático. Ha habido
libres mercados bucaneros, como en Estados Unidos en el siglo
xix, y otros muy socializados, como Suiza en el xx.
Pero como predijo Karl Marx, el capitalismo es expansivo:
los capitalistas del siglo xix compraban políticos, colecciones
de arte, paisajes y universidades con la misma fruición. El
capitalismo contemporáneo se siente como en casa con el
patrocinio corporativo, las calaveras de diamantes y los viejos
maestros, así como con programas de software y viajes al espacio.
Sus métodos se han expandido a la sanidad, la gestión de la
tierra y la caridad (aunque el “filantrocapitalismo”, la idea de
que los ricos pueden salvar el mundo, puede no sobrevivir a la
crisis). Cualquier cosa puede ser convertida en una commodity
para ser comprada y vendida –el sexo, el arte, la religión; si
algo se puede decir del capitalismo es que es inventivo. Hasta
el cambio climático se ha convertido en un potencial boom del
capitalismo, los contribuyentes subsidian nuevas olas de investigación
y desarrollo y los gobiernos han decidido patrocinar
los mercados de carbono que dan a los traders, los brokers y los
inversores una forma más de enriquecerse.
El capitalismo tiene una complicada relación con la política:
a veces es constreñido y dominado por ésta, y a veces trata
de dominarla. Tanto el Partido Conservador como el Liberal
británicos dependen sustancialmente de las donaciones de
hedge funds. El Labour ha sido rescatado por los financieros de
la City y ha pedido a una sucesión de banqueros que lideren
comisiones sobre temas tan lejanos a su competencia como la
sanidad pública y la reforma del Estado de bienestar. Boris
Johnson, alcalde conservador de Londres, cedió la supervisión
del consejo del empleo y las profesiones a un hombre que había
estado dirigiendo un hedge fund. Lo mismo puede observarse en
los Estados Unidos, donde los dos partidos están atrapados en
Wall Street, razón por la cual les ha sido tan difícil responder
a una crisis que tanto ha puesto en duda lo que daban por sentado
(los primeros pasos de Obama han parecido en ocasiones
menos seguros y menos radicales que los de Roosevelt, en parte
porque, mientras éste utilizó a consejeros relativamente ajenos
a Wall Street, Obama ha optado por hombres pertenecientes a
ese mundo, como Larry Summers y Tim Geithner).
El carácter expansivo y creativo del capitalismo alentó
tanto al hombre de Davos como a sus críticos radicales a dar
por sentado que el gran capitalismo, inevitablemente, se haría
aún más grande, se entrelazaría aún más con la política y la
cultura. En un momento en que se reclutaba a niñas de siete
años para vender a comisión muñecas Barbie a sus amigos, esa
idea parecía lógica. Desde los medicamentos que hacen cambiar
de opinión hasta los juegos de ordenador o los deportes
extremos, el capitalismo parecía estar llegando a lo más hondo
de los deseos humanos como en el pasado sólo lo habían hecho
las religiones.
Pero hace sólo algunas décadas había ya un gran interés
por saber qué sustituiría al capitalismo. Las respuestas iban del
comunismo al gestionalismo, y de las esperanzas de una edad de
oro del ocio a sueños de un regreso a la armonía de la comunidad
y la ecología. Hoy en día estas utopías pueden hallarse
en los movimientos que rodean el Foro Social Mundial, en los
extremos de todas las grandes religiones, en las subculturas
radicales que rodean internet y en forma moderada en miles
de grupos cívicos de todo el mundo. Van a encontrar nuevos
partidarios. Pero su debilidad y la debilidad de mucha de la
literatura anticapitalista actual (de David Korten, Wendell
Berry, Alain Lipietz o Michael Albert) es que ofrecen pocas
explicaciones de cómo podrían materializarse sus visiones y
cómo se vencerían intereses poderosamente afianzados.
La fortaleza intelectual del marxismo, por contraste, procedía
de su afirmación de que el capitalismo no era el sistema
todopoderoso retratado hoy por escritores como Michael
Hardt y Antonio Negri, sino más bien un sistema que estaba
condenado a destruirse a sí mismo. En el relato marxista,
el desarrollo tecnológico sería el que acarrearía el cambio y
se volvería revolucionario por medio de las contradicciones
entre las fuerzas y las relaciones de producción. En el siglo
xix se esperaba que el mecanismo fuera el empobrecimiento
del proletariado; en los relatos revisados en el siglo xx sería
la obtención de poder (o en algunos casos la proletarización)
de los trabajadores del conocimiento. En cualquier caso, el
capitalismo generaría a sus propios enterradores.
El hecho de que esto no sucediera, y de que el capitalismo
expandiera la riqueza a gran escala, ha empujado al marxismo
hasta la periferia, a partidos de protesta como el nuevo Nouveau
Parti Anticapitaliste francés o las pacificadas discusiones académicas
de un marxismo que se mezcla con las abstracciones
de la teoría literaria.
Pero el incansable capitalismo ha seguido dando pie a la
idea de que podría autodestruirse. Hace una generación el
científico social americano Daniel Bell escribió sobre las “contradicciones
culturales del capitalismo” con la idea de que el
capitalismo erosionaría las normas tradicionales sobre las que
descansa: disposición a trabajar duro, transmisión de legados
a los hijos, evitar un excesivo hedonismo. En los años noventa
Japón fue un buen ejemplo: sus adolescentes gandules rechazaron
la ética del trabajo de sus padres que había producido
el milagro económico.
Argumentos parecidos han presentado la demografía como
el talón de Aquiles. El materialismo capitalista ha minado los
incentivos para que la gente tenga hijos, sacrifique ingresos y
placer por el duro trajín de la vida familiar (la meritocracia alienta
aún más a los padres a preservar sus ambiciones de mejora con
sólo uno o dos hijos). De ahí las tasas de nacimiento enormemente
reducidas en Europa y entre los estadounidenses blancos.
En algún momento los desequilibrios demográficos resultantes
amenazan con minar el contrato generacional del que depende
toda sociedad, con un creciente grupo de viejos exigiendo más
a un cada vez más reducido grupo de trabajadores jóvenes. El
colapso del índice de ahorro –de alrededor de cero en 2007 en
Estados Unidos, cuando debería ser cercano al treinta por ciento
para hacer frente al envejecimiento– es un claro síntoma de un
capitalismo que ha perdido la capacidad de proteger su propio
futuro. (Irónicamente, puede ser que China, a pesar de sus altos
índices de ahorro, se halle más en riesgo conforme la política de
un solo hijo la transforma de un país joven en uno viejo a una
velocidad que no se ha conocido en la historia del hombre.)
Otros críticos han puesto el énfasis en la vulnerabilidad
del capitalismo ante el éxito. Las extraordinarias mejoras de
productividad en la manufactura reducen su parte del pib y
dejan que las economías se hagan más dependientes de los servicios,
cuyo crecimiento es inherentemente más difícil. Hay una
vulnerabilidad semejante en el consumo. Habiendo satisfecho
con éxito las necesidades materiales de la gente, el capitalismo
queda amenazado si la gente pierde interés en trabajar duro y
hacer dinero y prefiere las consultorías de tipo new age, los años
sabáticos de la mediana edad y los fines de semana de tres días.
La única respuesta del capitalismo es invertir aún más en crear
nuevas necesidades propiciadas por la ansiedad por el estatus, o
por la belleza y el cuerpo, un resultado perverso que puede hacer
que las sociedades capitalistas con mayor desarrollo estén más
perturbadas psicológicamente que sus contrapartes pobres.
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Todas estas críticas han dado en algunos blancos, aunque
ninguna ofrece claridad en cuanto a cómo pueden resolverse
las contradicciones del capitalismo. Ni tampoco dicen mucho
sobre la dinámica turbulenta del capital en sí mismo. Para
encontrar una visión perspicaz sobre cómo la crisis actual
puede conectar con estas tendencias de largo plazo no hay que
voltear hacia Marx, Keynes o Hayek, sino hacia el trabajo de
Carlota Pérez, una economista venezolana cuyos escritos están
atrayendo cada vez más atención.
Pérez es una estudiosa de los patrones a largo plazo del cambio
tecnológico. Según ella, los ciclos económicos comienzan
con la aparición de nuevas tecnologías e infraestructuras que
prometen riqueza; éstas a su vez atizan la locura de las inversiones
especulativas, con alzas extraordinarias en las acciones y
otros valores. Durante estas fases las finanzas van en ascenso y
las políticas del laissez faire se convierten en la norma. Los booms
son seguidos por caídas dramáticas, ya sea en 1797, 1847, 1893,
1929 o 2008. Después de estas caídas, y de periodos de inestabilidad,
el potencial de las nuevas tecnologías e infraestructuras
es eventualmente completado, pero sólo una vez que aparecen
nuevas instituciones mejor alineadas con las características de
la nueva economía. Cuando eso ha ocurrido, las economías
gozan de brotes de crecimiento y progreso social, como la belle
époque del milagro de la posguerra.
Antes de la Gran Depresión, los elementos de una nueva
economía y una nueva sociedad ya estaban disponibles –e
inflaron las burbujas especulativas de los años veinte–, pero
no fueron comprendidos por la gente en el poder ni fueron
incrustados en las instituciones. Entonces, durante los años
treinta, la economía se transformó, en palabras de Pérez, de
una basada en “acero, equipo eléctrico pesado, grandes trabajos
de ingeniería y química pesada... en un sistema de producción
masiva que abastecía a los consumidores y a los mercados masivos
de defensa. Se tuvieron que hacer innovaciones radicales en
el manejo de la demanda y en la redistribución del ingreso, de
las cuales el papel directamente económico del Estado es tal vez
la más importante”. El resultado fue el surgimiento del consumo
masivo, y una economía apoyada en mayor infraestructura
para electricidad, vías y telecomunicaciones. Durante los años
treinta no estaba claro qué innovaciones institucionales serían
más exitosas (el fascismo, el comunismo y el corporativismo
eran todos contendientes), pero después de la Segunda Guerra
Mundial emergió un nuevo modelo de capitalismo regulado
por el Estado, caracterizado por los suburbios y las autopistas,
los Estados de bienestar y la administración macroeconómica,
que apuntalaron el crecimiento de la posguerra.
Bajo esta luz, la Gran Depresión fue tanto un desastre como
un acelerador de la reforma. Contribuyó a introducir nuevas
políticas económicas y sociales en países como Nueva Zelanda
y Suecia, que posteriormente se convirtieron en la corriente
principal del mundo desarrollado. En los Estados Unidos llevó
a la reforma bancaria, al New Deal y al gi Bill. En Gran Bretaña
la depresión, tanto como la guerra, llevó a la creación del Estado
de bienestar y al nhs (Servicio Nacional de Salud).
Una implicación del trabajo de Pérez, y del de Joseph
Schumpeter antes que ella, es que parte de lo viejo debe borrarse
antes de que lo nuevo halle sus formas más exitosas. Sostener
a las industrias fallidas es, bajo esta luz, una política riesgosa.
Pérez sugiere que tal vez estemos en el borde de otro gran
periodo de experimentación e innovación industrial que llevará
a nuevos compromisos entre las exigencias del capital y las
exigencias de la sociedad y la naturaleza. Retrospectivamente,
estos acomodos periódicos son partes tan integrales del capitalismo
como las crisis financieras –en efecto: es sólo a través de
las crisis y de las reformas institucionales que el capitalismo se
adapta a un medio ambiente en transformación y redescubre la
brújula moral que es tan vital para que los mercados funcionen
bien. El acuerdo de finales del siglo xix vino en respuesta al
miedo a la revolución y nos trajo las pensiones estatales, la
educación universal, los sindicatos y el sufragio universal,
finiquitando los ideales del liberalismo del xix. Cincuenta años
después vino un segundo acuerdo, surgido de la depresión y
de la guerra, e hizo que variantes de las democracias sociales
y cristianas fueran la norma en cada país rico, incrementando
la contribución estatal del pib e introduciendo manos visibles
para guiar la mano invisible del mercado.
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Si otro gran acuerdo está en camino, estará moldeado por la
triple presión de la ecología, la globalización y la demografía.
Predecir en detalle el papel de estas presiones no tiene sentido y,
como siempre, hay igual número de posibilidades tanto malignas
como benignas, desde un militarismo redivivo y la autarquía
hasta la estigmatización de las minorías y un acelerado colapso
ecológico. Pero las nuevas tecnologías –redes de alta velocidad
y nuevos sistemas de energía, fábricas bajas en carbono, software
open source y medicina genética– tienen un tema en común: cada
una, potencialmente, replantea con más claridad al capitalismo
como un sirviente y no como un amo, sea en el mundo del dinero,
del trabajo, de la cotidianidad o del Estado.
El capital mismo es un buen punto de comienzo. Una de las
rarezas de la economía contemporánea es que los sistemas de
distribución de capital se hayan divorciado de tal forma de la
economía real. Gran parte de la financiación del nuevo conocimiento
científico viene de los gobiernos, no de los mercados, y
gran parte de la financiación de las grandes compañías que producen
bienes, tecnologías y servicios se genera internamente y
no procede de los mercados de valores. Mientras tanto, la mayor
parte del trabajo de los mercados financieros ha involucrado un
capital financiero que actúa contra sí mismo, compensando y
apostando mediante instrumentos cada vez más opacos.
Incluso antes de la crisis hubo varias tendencias que iban
en sentido contrario, y todas intentaban restablecer el capital
como un sirviente de la economía real y forzar una mayor transparencia.
Había justificaciones prácticas (el riesgo de mercado
se amplifica mientras más grados de separación haya entre los
precios de bienes financieros y el valor precedente) y morales
(a más grados de separación, menos posibilidades tienen los
mercados de actuar con responsabilidad moral). Entre los
muchos movimientos en esta dirección se incluyen los intentos
aún tentadores por lograr que las inversiones en fondos de
pensiones tengan que rendir cuentas por sus efectos sociales
y ambientales (por ejemplo, a través de grandes fondos estadounidenses
como Calpers o Calvert); los razonamientos de
que la bolsa debe vigilar la transparencia y la integridad de sus
inversores; los planes de ilegalizar los paraísos fiscales; el lento
pero seguro crecimiento de una industria de inversión social
(que hoy significa una décima parte de los bienes invertidos
en Estados Unidos); y el crecimiento de un genuino capital de
riesgo que apuesta por nuevas ideas y tecnologías (tristemente,
gran parte de la industria británica no estaría a la altura de
esa definición). También estamos escuchando nuevamente la
propuesta de que los bancos públicos financien la vivienda, la
infraestructura o la innovación. Cuando el gobierno en Gran
Bretaña se canse de ser dueño de los bancos podría incluso
decidir que éstos sobrevivirían mejor como mutuas y no como
empresas cotizadas.
Otra parte intrigante de esta historia es el crecimiento del
capital en manos de fideicomisos y corporaciones de beneficencia,
que ahora se enfrentan al dilema de usar sus bienes
sustanciales (cinco mil millones de libras en Gran Bretaña)
no sólo para entregar un dividendo anual sino también para
reflejar sus valores. Bill Gates se vio a sí mismo en el filo de este
dilema cuando los críticos le señalaron que los vastos activos
de su fundación solían ser invertidos de maneras que iban en
contra de lo que buscaba conseguir a través de sus gastos.
Incluso el dinero puede ser repensado. Los privilegios
que acompañan a la habilidad de crear dinero acarrearán en
el futuro más responsabilidades, pero también puede ser que
veamos más entusiasmo por monedas alternativas que están
más implantadas, como las monedas locales en Alemania o
los bancos de tiempo.
El consumo es el segundo lugar en el que las señales de cambio
son inequívocas. En los países muy endeudados (incluidos
Estados Unidos y Gran Bretaña) simplemente va a tener que
haber menos deuda y más ahorro. Es una ironía que tantas de las
medidas tomadas para enfrentarse al impacto inmediato de la
recesión, como recortes del iva y paquetes de estímulos fiscales
avancen en la dirección opuesta a lo necesario a largo plazo.
Pero ya hay fuertes movimientos para contener los excesos del
consumo de masas: comida lenta, el movimiento de la simplicidad
voluntaria y las muchas medidas para detener la creciente
obesidad son todos síntomas de un giro hacia un consumo
que sea visto menos como una ayuda inofensiva y más como
un villano. El alcalde de São Paulo, Gilberto Kassab, prohibió
todos los carteles publicitarios en 2006. David Cameron ha
clamado contra el capitalismo tóxico como corruptor de los
niños, además de darle vueltas a la idea de cuentas personales
de carbono para limitar las formas de vida que consumen
grandes cantidades de ese elemento. El refuerzo de estas tendencias
es un giro en el equilibrio de la economía que la aleja
de los productos y los servicios y la acerca a una “economía de
apoyo” basada en las relaciones y los cuidados (desde guarderías
y terapias hasta entregas semanales de comida orgánica).
Las tecnologías en red contribuyen a esta tendencia, y en un
extremo del mercado hay una creciente subcultura de clubs que
reúnen a consumidores para que compren a los productores (el
Ebbsfleet United es un ejemplo de ello en Gran Bretaña: un
club de fútbol que es propiedad de unos veinte mil seguidores,
reunidos en la web, que ganó el Football Association Challenge
Trophy el año pasado).
Reflejo de estos cambios son los giros en la forma en que se
hacen las cosas a medida que el capitalismo se aleja de la destrucción
de la naturaleza para acercarse un tanto al equilibrio
con ella. Visiten las fábricas de bmw en Alemania y verán un
nuevo modelo de capitalismo que trata de reutilizar todos los
materiales necesarios para hacer un coche. Estos sistemas de
producción señalan distintos ideales de fabricación que serán
celebrados en la Expo de Shanghái en 2010, donde la economía
que crece más rápidamente en el mundo presentará una visión
del capitalismo de bajo carbono muy distinta de la versión que
China ha adoptado en las dos últimas décadas.
También el conocimiento está distinguiendo entre los
modelos capitalistas y las alternativas cooperativas. Hace una
década, todas las políticas industriales del gobierno hacían
hincapié en la creación y protección de la propiedad intelectual.
Las universidades eran obligadas a comercializar sus ideas
con el argumento de que sin incentivos financieros no habría
forma de galvanizar la biotecnología o la siguiente generación
de inteligencia artificial. Pero, en contra de las expectativas,
también han prosperado otros modelos. Una elevada proporción
del software utilizado en internet es open source. Los creative
commons están ganando terreno en la cultura como alternativa
a los derechos de autoría tradicionales, y la Wikipedia se ha
convertido en un inesperado símbolo del poscapitalismo.
En tercer lugar deberíamos buscar cambios en el mundo
del trabajo. Las variedades de trabajo son muchas, con
grandes disparidades de sueldo, satisfacción y poder. En
algunos sectores la depresión dará un nuevo impulso a la
vieja idea de que los trabajadores deben emplear el capital
y no al revés. Cooperativas como el grupo Mondragón (que
tiene más de 100.000 empleados y ha duplicado su tamaño
cada década) y empresas propiedad de los empleados como
John Lewis han prosperado. También en otros sectores se
ha producido una tendencia a largo plazo hacia el hecho de
que más gente quiere que el trabajo sea un fin además de un
medio, una fuente de satisfacción además de ingresos. La
cuestión decisiva aquí, con todo, es si el capitalismo puede
encontrar un nuevo acomodo con respecto a la familia. El
capitalismo está siendo llevado cada vez con más intensidad
a la vida familiar, y muchas de las áreas de mayor perspectiva
de crecimiento de empleo están en la periferia de la familia,
con la sanidad y los cuidados. Pero en todas partes de ese
ámbito hay también señales de una tensa división entre
trabajo y familia, pues una creciente proporción de empleados,
especialmente las mujeres, tienen al mismo tiempo que
cuidar de niños pequeños y padres ancianos. Innumerables
pruebas confirman el papel vital que la familia tiene en el
cultivo de las habilidades y las actitudes de futuros ciudadanos,
pero seguimos sin contar con una nueva arquitectura
de derechos y flexibilidades.
Muchos de estos cambios están obligando a los Estados
a reconsiderar de nuevo cómo socializar nuevos riesgos. Los
dos últimos acuerdos –el de finales del siglo xix y el de
mediados del xx– eran en su raíz sobre el riesgo, pues los
gobiernos asumieron la tarea de proteger a su gente contra
los riesgos de la pobreza en la tercera edad, la mala salud y el
desempleo. China parece dispuesta a alcanzar a Occidente
en este respecto; necesita desesperadamente crear un Estado
de bienestar y un servicio de sanidad viables si el Partido
Comunista quiere mantener legitimidad y contener una violenta
reacción política contra los excesos capitalistas. En el
resto del mundo la batalla será la atención. A medida que
las poblaciones envejecen es en principio viable para todo
el mundo asegurarse, e incluso que ese seguro sea calibrado
con resultados de adn y formas de vida. Pero la experiencia
indica que es difícil diseñar mercados de seguros para la
atención que sean al mismo tiempo eficientes y considerados
justos. Para la mayoría la distancia entre lo que se necesita
y lo que se ofrece está creciendo a medida que la esperanza
de vida sigue creciendo y la discapacidad se convierte en la
norma. En una generación podríamos estar en el umbral de
una mayor expansión de la previsión colectiva, surgida de
nuestro compartida vulnerabilidad ante la discapacidad, la
demencia y quedar sin hijos o cónyuges que nos cuiden. Esa
previsión estará conformada por el acceso a información
mucho más precisa sobre predisposiciones individuales, o
por la efectividad de los tratamientos, y sin duda hará uso
de los recursos empresariales. Pero es muy improbable que
sea capitalista.
Los gobiernos también podrían verse más arrastrados a los
servicios financieros. Hasta ahora la industria de los servicios
financieros ha sido notablemente lenta en ofrecer productos
más ajustados a las necesidades contemporáneas: como hipotecas
variables que puedan interrumpirse durante los periodos
de desempleo. Pero algunos gobiernos (como el de Dinamarca
y el de Singapur) han creado cuentas presupuestarias personales
para ciudadanos, y no resulta difícil imaginar que algunos
ofrezcan servicios mediante los que la gente pueda tomar prestado
dinero durante un periodo de recapacitación, permiso por
paternidad o desempleo y después pagarlo mediante el sistema
de impuestos durante veinte o treinta años, o por medio de una
tasa sobre los hogares, con costes de transacción mucho más
bajos que en los bancos.
Cuentas de bienestar personal; presupuestos personales
en sanidad; asignaciones personales de carbono. Todo esto
pueden ser partes distintas de la arquitectura de un Estado
reformado que crea un fondo común de riesgos y, al mismo
tiempo, personaliza sus servicios. Todo puede ser parte de
nuevos pactos que combinen nuevos riesgos con mayores obligaciones
de ahorrar, de pagar por sanidad y educación, y de
compartir los costes que procederán de una mayor flexibilidad
en el trabajo.
Los últimos acuerdos fueron sobre el Estado, y los Estados
están siendo devueltos a papeles mucho más activos a medida
que la recesión se profundiza. Pero algunas de las garantías de
seguridad más importantes están más allá del alcance directo
del gobierno. En Estados Unidos la proporción de gente que
dice que no tiene a nadie con quien hablar de asuntos importantes
ha subido del 10 al 25 por ciento en veinte años. La
biología y las ciencias sociales contemporáneas han confirmado
hasta qué punto somos animales sociales que dependemos
de los demás para nuestra felicidad, para nuestro respeto por
nosotros mismos, nuestra valía o nuestra vida. No hay ninguna
contradicción inherente entre capitalismo y comunidad. Pero
hemos aprendido que esas relaciones no son automáticas:
tienen que ser cultivadas y premiadas, y las sociedades que
invierten grandes proporciones de sus excedentes en poner
anuncios para persuadir a la gente de que el consumo individual
es el mejor camino a la felicidad acaban pagando un
elevado precio.El hecho de que nuestras relaciones sociales importen
tanto como nuestros ingresos puede cambiar el modo en que
se piensa en la política. El efecto a corto plazo del desplome
será concentrar toda la atención en la desalentadora caída del
producto interior bruto. Pero la tendencia a más largo plazo
consiste en considerar el pib como algo menos importante
que otros indicadores de éxito social, incluido el bienestar.
En el transcurso del último año, la ocde ha movilizado un
reluciente grupo de premios Nobel para que adviertan sobre
lo que puede haber “más allá del pib”: el presidente Sarkozy
ha anunciado su disposición a adoptar algunas de sus ideas
y Obama querrá medidas de éxito que tengan en cuenta las
mejoras en la salud, ciudades más verdes y mejor educación
y no sólo cuánto dinero ha gastado la gente.
Lo que también está más allá del pib es una idea más plural
sobre cómo deberían gestionarse las empresas. Durante décadas
las empresas cotizadas han sido la norma. Pero la crisis
actual nos está recordando que las formas empresariales más
diversas pueden ser más resistentes. Las sociedades concesionarias
de hipotecas que no se privatizaron han sobrevivido
mejor que las que lo han hecho. Las organizaciones caritativas
tienden a sobrevivir a las recesiones mejor que las empresas
convencionales y en Gran Bretaña alrededor de 55.000 organizaciones
con fines sociales podrían recuperarse más rápidamente
que firmas sin misión social. No es de sorprender
que los conservadores estén dándole vueltas a ideas políticas
para fortalecer las instituciones financieras sin ánimo de lucro
(credit unions) y los fondos de inversión en la comunidad, las
cooperativas de alimentos y las empresas de prestación de
servicios energéticos, todo parte de una búsqueda de una
visión económica que sustituya la de los años ochenta del big
bang y las grandes compañías de servicios privatizadas.
La crisis del capitalismo es, naturalmente, global, y ha
mostrado las limitaciones de las instituciones globales que
cobraron forma hace medio siglo. China está destinada a
convertirse en el actor dominante de un fmi y un Banco
Mundial fortalecidos, seguida de la India y Brasil. El g20
está sustituyendo al g8 como club realmente importante.
Y a la espera se hallan nuevas instituciones para sentar
políticas sobre el carbón y gestionarlo, para encargarse de
todo, desde la migración global hasta la regulación de la
biotecnología, junto a instituciones menos formales que
ayuden a la sociedad mundial a implicarse, desde e-parlamentos
hasta plataformas para campañas globales como
Awaaz, un periódico online.
Nadie puede saber cuál de estas posibilidades cristalizará.
En principio, hay un número infinito de direcciones
que pueden tomar los sistemas sociales. Pero la historia
sugiere que en momentos clave la evolución es altamente
selectiva. Sólo unos pocos modelos resultan ser sostenibles,
afines con las tecnologías, los valores y las estructuras de
poder prevalecientes.
En la primera fase de la crisis quienes con más éxito
han exigido ayuda han sido las grandes, decadentes (y bien
conectadas) industrias de la última era del capitalismo.
Pero las discusiones avanzan: sobre cómo los planes de
recuperación pueden apoyar el crecimiento del empleo y
arreglar el futuro (como en las infraestructuras para coches
eléctricos de San Francisco o el inmenso programa de
trabajos verdes de Corea), en lugar de tratar de arreglar
los errores del pasado. No está claro todavía qué políticos
serán capaces de articular una visión de un “capitalismo
sirviente” mejor ajustada al siglo xxi. David Cameron
ha hecho algunos intentos, por muy duro que eso pueda
ser para el descendiente de generaciones de corredores
de bolsa. Gordon Brown es hijo de la casa de un pastor
protestante, pero también está profundamente implicado
en la crisis. Obama debería estar idealmente preparado
para ofrecer una nueva visión, aunque se ha rodeado con
abanderados del sistema que ahora parece estar viniéndose
abajo.
El resultado es que se está abriendo un gran espacio
político. En el corto plazo, se llenará de ira, miedo y confusión.
A largo plazo puede que se llene de una nueva
visión del capitalismo y sus relaciones con la sociedad y
la ecología, una visión que será más clara acerca de cuánto
queremos crecer y cuánto no. En el pasado, las democracias
han domesticado, guiado y revivido el capitalismo una y
otra vez. Han impedido la venta de personas, de votos, de
cargos públicos, el trabajo infantil y el tráfico de órganos, y
han impuesto derechos y reglas mientras vertían recursos
para satisfacer la necesidad que tiene el capitalismo de
ciencia y habilidades; ha sido con esta mezcla de conflicto y
cooperación como el mundo ha alcanzado el extraordinario
progreso del último siglo.
Para descubrir lo que vendrá ahora, quizá deberíamos
mirar hacia arriba. Los perfiles de las ciudades son la prueba
más simple de lo que la sociedad valora y dónde se
controlan sus excedentes. Hace algunos siglos los mayores
edificios de las ciudades del mundo eran fuertes, iglesias y
templos: después, por un tiempo, se convirtieron en palacios.
Brevemente, en el siglo xix, los edificios civiles, las
estaciones de ferrocarril y los museos les hicieron sombra. Y
a finales del siglo xx eran en todas partes los bancos. Pocos
creen que esto vaya a seguir siendo así mucho tiempo más.
Pero qué vendrá ahora: ¿grandes palacios de ocio y estadios
deportivos, universidades y galerías de arte, torres de agua
y jardines colgantes, o quizás emporios de biotecnología?
Tenemos que reavivar nuestra capacidad para imaginar y
para ver a través de la tormenta, todavía en formación, que
tenemos ante nosotros. ~

Traducción de Ramón González Férriz y Julio Trujillo
Geoff Mulgan. New York Times Syndicate



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