La medición incorrecta de la productividad de Europa Luis Garicano,Aghion y Bergeaud vs Krugman

  La medición incorrecta de la productividad de Europa

El debate lo ha abierto Paul Krugman, quien rechaza que Europa esté en declive respecto de EEUU en renta per cápita. Luis Garicano y otros economistas han refutado sus tesis. Lo que está en juego es saber si el PIB mide bien la realidad

Krugman defiende que Europa no se ha descolgado de EEUU. Si comparas la renta per cápita en paridad de poder adquisitivo, la brecha con Alemania, Francia o Italia apenas se ha movido desde el año 2000. Suena tranquilizador. El problema es que la herramienta engaña.

Luis lo explica bien: la PPA descansa sobre deflactores que divergen con el tiempo, así que comparar bienestar con esa vara termina midiendo cosas distintas en cada país. Donde se ve la diferencia de verdad es en los salarios. En los mismos sectores, el trabajador estadounidense cobra bastante más que el europeo, y esa distancia se ensancha año tras año.

Detrás de los salarios está la productividad, y detrás de la productividad, la innovación. Ahí EEUU saca una ventaja real. Restarle importancia porque consumimos a precios parecidos lo que se inventa fuera es quedarse en la foto de hoy. La innovación marca el techo de los salarios de mañana, y ese techo en Europa lleva años sin subir.


Lo más delicado del argumento de Krugman es la coartada que ofrece. Convencerse de que vamos a la par, de que no pasa nada, es la mejor receta para no mover ficha. Europa puede mirar el PIB en paridad de poder adquisitivo y respirar tranquila. O puede preguntarse por qué sus salarios reales llevan años sin acercarse a los americanos.


The Mismeasurement of Europe’s Productivity

How to understand purchasing-power parity

By Philippe Aghion, Antonin Bergeaud, and Luis Garicano* (with a postscript responding to Krugman’s answer)

En una reciente serie de publicaciones en Substack, Paul Krugman hizo un argumento contraintuitivo para apoyar la opinión de que Europa no está sufriendo ningún declive de productividad en relación con Estados Unidos. Yo (Luis) respondí previamente en Silicon Continent (con Pieter). Aquí, aclaramos por qué una cadena de índices actuales de paridad de poder adquisitivo (PPA) no nos dice nada útil sobre el crecimiento de la productividad, o de hecho sobre el “crecimiento” en términos más generales. Esta es una versión de nuestra columna en Project Syndicate revisada para mayor claridad. Hay una nota técnica de uno de nosotros (Bergeaud) con los detalles minuciosos.

In a recent series of Substack posts, Paul Krugman made a counterintuitive argument to support the view that Europe is not suffering any productivity decline relative to the United States. I (Luis), previously responded on Silicon Continent (with Pieter). Here, we clarify why a chain of current purchasing power parity (PPP) indexes does not tell us anything useful about productivity growth, or indeed “growth” more broadly. This is a version of our Project Syndicate column revised for clarity. There is a technical note by one of us (Bergeaud) with the gory details.

While a PPP measures purchasing power across places at one moment, a deflator compares prices across time in one place.

PPP is useful for comparing purchasing power across countries at a point in time. But a sequence of current-PPP comparisons is not automatically a measure of real growth, because the prices used to value output change from year to year.

Mientras que un PPP mide el poder adquisitivo en distintos lugares en un momento determinado, un deflactor compara los precios a lo largo del tiempo en un lugar.

 El PPP es útil para comparar el poder adquisitivo entre países en un momento dado. Pero una secuencia de comparaciones de PPP actuales no es automáticamente una medida del crecimiento real, porque los precios utilizados para valorar la producción cambian de un año a otro

Un deflactor de precios hace lo contrario: compara los precios de un país a lo largo del tiempo. Estados Unidos vendió mucho más en 2024 que en 2000, pero parte de esto se debe a la inflación. Para eliminar el impacto de la inflación, los estadísticos construyen un deflactor: un índice que muestra cómo han variado los precios internos año tras año, de modo que los precios más altos no se confundan con una mayor producción. El deflactor responde a una pregunta diferente: cuánto más produjo Estados Unidos en términos reales.


Se podrían recopilar 25 años de índices del Big Mac, pero eso solo mediría cómo cambió el precio relativo de un producto entre países. Esto es moderadamente útil para comparar economías en un momento determinado. Es inútil como medida del crecimiento de la producción total a lo largo del tiempo.


Además, el Big Mac es la excepción. La mayoría de los productos no son tan fácilmente comparables entre países. Difieren en calidad y en su grado de representatividad de lo que la gente compra. Por eso, Angus Deaton afirmó en su discurso presidencial de 2010 ante la Asociación Estadounidense de Economía que «las comparaciones de la paridad del poder adquisitivo entre países muy diferentes se basan en fundamentos teóricos y empíricos débiles».

Los dos índices de precios no tienen por qué coincidir

Ambos son índices de precios, por lo que resulta tentador suponer que se ajustan perfectamente. Sin embargo, la trayectoria de la paridad del poder adquisitivo (PPA) actual cambia el criterio de medición cada año: la producción anual se valora utilizando el sistema de precios internacional vigente. Cuando la trayectoria de la PPA y la del deflactor nacional divergen, el crecimiento de la PPA actual combina cambios en las cantidades con cambios en los precios utilizados para valorar dichas cantidades. Nada hace que ambas coincidan, incluso cuando están perfectamente construidas: no existe ningún teorema que asegure que una nueva PPA sea igual a una anterior arrastrada por la inflación relativa.

La nota técnica adjunta lo afirma formalmente: si se compara la PPA actual de Francia y Estados Unidos y se calcula la diferencia entre años, no se recupera la diferencia en su crecimiento real. Se recupera esa diferencia más un residuo de precios: la cantidad en la que la PPA entre ambos países se desvió de lo que predicen las tasas de inflación de cada país. Este residuo no proporciona información sobre cuánto más produjo cada país y es la única fuente de la discrepancia.

La discrepancia entre estas dos medidas se muestra en el gráfico a continuación, que compara dos líneas, cada una con valor cero en 1995. La línea azul representa la paridad del poder adquisitivo (PPA) real entre Francia y Estados Unidos, calculada anualmente por sus respectivas agencias estadísticas. La línea naranja muestra cuál habría sido esa paridad si se hubiera tomado la cifra de 1995 y simplemente se hubiera extrapolado utilizando el deflactor de cada país (su propia inflación). Si ambos indicadores midieran lo mismo, las líneas estarían superpuestas.

Garicano, Aghion y Bergeaud: el problema europeo de productividad no es una ilusión estadística

Tesis central

El artículo de Luis Garicano, Philippe Aghion y Antonin Bergeaud responde al debate abierto por Paul Krugman sobre si Europa realmente está perdiendo productividad frente a Estados Unidos. La tesis del artículo es clara:

Europa sí tiene un problema real de productividad. No puede esconderlo detrás de una mala interpretación de las paridades de poder adquisitivo.

El punto técnico es importante, pero la consecuencia política es mucho mayor. Si Europa se convence de que su retraso productivo frente a Estados Unidos es solo un problema de medición, entonces no hará las reformas necesarias: integración de mercados, escalado empresarial, capital profundo, difusión tecnológica, inteligencia artificial, digitalización y política industrial.

La lectura sistémica sería:

Europa no solo tiene un problema de productividad; tiene un problema de diagnóstico. Y un sistema que se diagnostica mal, se reforma mal.


1. El núcleo técnico: PPP no mide crecimiento real de productividad

El artículo distingue dos conceptos que suelen confundirse:

  • Paridad de poder adquisitivo, PPP/PPA: compara cuánto compra el dinero entre países en un momento concreto.
  • Deflactor nacional: compara los precios dentro de un país a lo largo del tiempo para medir crecimiento real.

La PPA sirve para comparar niveles de vida entre países en un año determinado. Pero una secuencia anual de PPA no sirve automáticamente para medir crecimiento real, porque cada año cambia la vara de medir: cambian los precios internacionales con los que se valora la producción.

Dicho de forma sencilla:

La PPA compara espacios; el deflactor compara tiempos. Confundir ambos permite suavizar artificialmente la brecha de productividad europea.

El ejemplo del Big Mac es útil: comparar el precio de una hamburguesa en EE. UU. y Europa puede decir algo sobre poder adquisitivo en un momento dado. Pero encadenar 25 años de Big Mac no mide la producción real de una economía. Solo mide cómo cambia el precio relativo de ese producto entre países.


2. El error de fondo: mover la regla de medir cada año

Garicano, Aghion y Bergeaud sostienen que usar PPA corriente año tras año cambia el patrón de valoración continuamente. Cuando los precios internacionales cambian, parte del crecimiento real puede desaparecer estadísticamente.

Esto es especialmente importante en tecnología. En sectores como ordenadores, software, chips o servicios digitales, la cantidad producida aumenta mucho, la calidad mejora rápido y los precios relativos caen. Si Estados Unidos produce más de esos bienes cuyos precios caen rápidamente, una comparación basada en PPA corriente puede infravalorar parte de su ganancia real de productividad.

En otras palabras:

Estados Unidos puede producir mucha más tecnología, pero si esa tecnología se abarata rápidamente, una medición con PPA corriente puede ocultar parte del avance real.

Ahí está el centro del debate con Krugman. Krugman mira que, ajustado por PPA, Europa parece no estar cayendo tanto. Garicano, Aghion y Bergeaud responden que esa comparación no mide correctamente el crecimiento real de productividad.


3. El punto político: si se niega el problema, no se corrige

El artículo no es solo técnico. Su preocupación de fondo es política.

Los autores afirman que varias series estándar de productividad —con métodos distintos y equipos distintos— coinciden en que la productividad estadounidense ha crecido bastante más que la francesa y europea durante tres décadas. La única serie que parece cerrar la brecha es la que convierte el PIB cada año con PPA corriente. Para ellos, ese resultado no demuestra que Europa esté bien; demuestra que se está usando una herramienta inadecuada para esa pregunta.

La conclusión es muy fuerte:

Europa no debe persuadirse de que no tiene un problema real confundiendo niveles de vida con crecimiento de productividad.

Esto conecta con nuestra tesis anterior sobre la arquitectura cognitiva europea. Europa produce buenos informes, pero muchas veces evita las conclusiones difíciles. Si encuentra una métrica que reduce la sensación de urgencia, puede refugiarse en ella.


4. Relación con Draghi y Krugman

Este artículo clarifica el debate Draghi-Krugman.

Krugman tenía razón al recordar que Europa conserva ventajas sociales importantes: mejor esperanza de vida, menor desigualdad relativa, mayor protección social y costes de vida menos extremos en varios países.

Pero Draghi tenía razón en el punto central: sin productividad, innovación y escala tecnológica, ese modelo social puede volverse insostenible.

Garicano, Aghion y Bergeaud refuerzan a Draghi: el problema de productividad europeo no es una ilusión estadística. Europa realmente tiene debilidades estructurales:

  • mercados fragmentados;
  • empresas demasiado pequeñas;
  • mercados de capital poco profundos;
  • difusión tecnológica lenta;
  • pocas empresas digitales de escala global;
  • menor capacidad de convertir investigación en productividad.

La síntesis sería:

Krugman mira el bienestar actual; Draghi y Garicano miran la capacidad futura de sostenerlo.


5. Conexión con competencia sistémica

Aquí el artículo se vuelve clave para todo nuestro marco.

En un mundo normal, una brecha de productividad sería un problema económico. En un mundo de competencia sistémica, es un problema de poder.

La productividad financia:

  • salarios altos;
  • Estado del bienestar;
  • pensiones;
  • defensa;
  • transición energética;
  • investigación;
  • inteligencia artificial;
  • reindustrialización;
  • autonomía tecnológica.

Los propios autores lo dicen de forma muy directa: la productividad paga todo lo que Europa quiere conservar.

Esto conecta con nuestra idea central:

Europa no tiene que competir mejor para ser más rica solamente. Tiene que competir mejor para seguir viviendo como quiere vivir.

Frente a China y Estados Unidos, la productividad ya no es solo un indicador económico. Es la base material de la soberanía.


6. RMS: recursos, mecanismos y sistema

Recursos

Europa dispone de recursos importantes:

  • capital humano;
  • universidades;
  • empresas industriales avanzadas;
  • mercado de gran tamaño;
  • ahorro;
  • Estado del bienestar;
  • legitimidad democrática;
  • capacidad regulatoria.

Pero el artículo muestra que esos recursos no se convierten suficientemente en productividad.

Mecanismos

Los mecanismos fallan en varios puntos:

  • mercados nacionales fragmentados;
  • baja integración de capitales;
  • empresas que no escalan;
  • lenta adopción de tecnología;
  • falta de campeones digitales;
  • regulación y burocracia que dificultan crecimiento;
  • menor conexión entre innovación y producción.

Sistema

El sistema europeo produce bienestar, pero no suficiente dinamismo productivo. Produce protección, pero no suficiente escala. Produce regulación, pero no suficientes empresas tecnológicas globales.

La conclusión RMS sería:

Europa tiene recursos de potencia, pero mecanismos de fragmentación. Por eso su sistema produce menos productividad de la que debería.


7. Bucles sistémicos

Bucle de complacencia estadística

Uso de PPA corriente
→ la brecha parece menor
→ disminuye la urgencia política
→ se retrasan reformas
→ la productividad real sigue rezagada
→ aumenta la dependencia tecnológica.

Bucle de baja productividad

Mercados fragmentados
→ empresas pequeñas
→ menor inversión tecnológica
→ menor productividad
→ menor capacidad de escalar
→ más fragmentación y menos campeones europeos.

Bucle de dependencia estratégica

Baja productividad tecnológica europea
→ dependencia de Big Tech estadounidense y manufactura china
→ menor autonomía digital e industrial
→ menor capacidad de negociación
→ más dependencia.

Bucle de salida

Diagnóstico honesto
→ integración de mercados y capitales
→ empresas más grandes
→ más inversión tecnológica
→ mayor productividad
→ más salarios, bienestar y soberanía.


8. Relación con España

El artículo también refuerza todo lo analizado sobre España.

España no debe conformarse con crecer por población, turismo, empleo extensivo o servicios de bajo valor añadido. La cuestión decisiva es si aumenta el valor por hora trabajada.

Si Europa tiene un problema general de productividad, España lo vive de forma más intensa por:

  • estructura empresarial más pequeña;
  • fuerte peso de servicios intensivos en mano de obra;
  • menor inversión en I+D;
  • menor tamaño medio de empresas;
  • menor productividad agregada;
  • dificultad para absorber talento cualificado;
  • dependencia de sectores low-cost.

La advertencia para España sería:

si Europa no puede esconder su brecha de productividad detrás de una métrica confusa, España tampoco puede esconder su modelo extensivo detrás de buenos datos de PIB o empleo.


9. Relación con China

Este artículo habla sobre todo de Europa y Estados Unidos, pero tiene una implicación directa frente a China.

Si Europa mide mal su productividad, también medirá mal su capacidad para competir con China. Y China no compite solo en poder adquisitivo o niveles de vida: compite en escala, manufactura, baterías, vehículos eléctricos, IA aplicada, telecomunicaciones, tierras raras y cadenas de suministro.

La productividad europea rezagada significa menor capacidad para:

  • producir tecnologías críticas;
  • sostener industria avanzada;
  • financiar defensa comercial;
  • invertir en IA;
  • construir baterías y chips;
  • reducir dependencia de China;
  • mantener salarios altos sin perder competitividad.

La frase clave sería:

un error estadístico puede convertirse en un error estratégico si lleva a Europa a subestimar su pérdida real de capacidad productiva.


10. Qué encaja con nuestro marco previo

Encaja con varias tesis que venimos desarrollando:

  1. La productividad no es técnica; es soberanía material.
  2. Europa tiene un problema de arquitectura, no solo de coyuntura.
  3. El bienestar europeo necesita base productiva.
  4. No basta con medir bien el presente; hay que medir la capacidad de sostener el futuro.
  5. Europa necesita diagnóstico propio, claro y honesto.
  6. Sin una arquitectura cognitiva común, Europa puede convencerse de que no necesita hacer lo que realmente necesita.

El artículo tiene razón en corregir el uso inadecuado de la PPA para medir crecimiento de productividad. Pero conviene no caer en el extremo contrario.

La productividad no es el único criterio de éxito social. Europa debe defender sus ventajas en salud, esperanza de vida, cohesión, desigualdad, calidad urbana y protección social. La cuestión no es sacrificar ese modelo para copiar a Estados Unidos.

La productividad no es el único criterio de éxito social. Europa debe defender sus ventajas en salud, esperanza de vida, cohesión, desigualdad, calidad urbana y protección social. La cuestión no es sacrificar ese modelo para copiar a Estados Unidos.

Observaciones de Oliver Blanchard y Juan F.J. :

"Parece haber al menos tres dimensiones de medición relevantes: precios PPA frente a precios nacionales, ajustes de calidad para cada uno y precios corrientes frente a precios constantes. Los debates parecen mezclarlas de diversas maneras, además de distintos conceptos: crecimiento de la productividad, nivel de vida y excedente del consumidor."O.B.

"Si se quieren comparar los NIVELES del PIB per cápita, se utiliza la paridad del poder adquisitivo (PPA) actual; si se quiere comparar el CRECIMIENTO de la productividad, se utiliza el deflactor de precios nacional (no ajustado a la PPA).  

Pero, en efecto, existe una incógnita...¿Cómo es posible que, con un menor crecimiento de la productividad en la zona euro, el PIB per cápita relativo entre Europa y EE. UU. (ajustado por paridad de poder adquisitivo) haya aumentado? Resulta aún más desconcertante si se tiene en cuenta el rápido envejecimiento de la población en la zona euro..." JFJ

La forma correcta de leer este debate es separar tres discusiones distintas que a menudo se mezclan:

  1. Productividad: cuánto valor produce una economía por hora trabajada o por trabajador.
  2. Nivel de vida: cuánto bienestar material disfruta la población.
  3. Modelo social: cómo se reparten renta, salud, tiempo libre, seguridad, vivienda, educación y cohesión.

El artículo base tiene razón en una cosa importante: no se debe usar una cadena de PPA corrientes para medir crecimiento real de productividad. La PPA sirve para comparar poder adquisitivo entre países en un momento concreto; el deflactor nacional sirve para medir crecimiento real dentro de un país a lo largo del tiempo. El propio texto lo resume así: la PPA compara lugares; el deflactor compara precios dentro de un país a través del tiempo.

Pero también conviene evitar el error contrario: convertir la productividad en el único criterio de éxito social.


Garicano, Aghion y Bergeaud corrigen una confusión técnica relevante.

La PPA responde a esta pregunta:

¿Cuánto puede comprar una persona en un país frente a otra en otro país en un año determinado?

El deflactor nacional responde a otra pregunta:

¿Cuánto ha aumentado realmente la producción de un país descontando su propia inflación?

Por eso, si queremos comparar niveles de vida entre Europa y Estados Unidos en 2025, la PPA es útil.

Pero si queremos comparar crecimiento de productividad entre 1995 y 2025, no podemos encadenar PPA corrientes como si fueran crecimiento real. Cada año cambia la vara de medir: los precios internacionales usados para valorar la producción cambian. El texto lo advierte: una secuencia de comparaciones PPA actuales no mide automáticamente crecimiento real porque los precios utilizados cambian de año en año.

La crítica técnica es sólida.

Dicho de manera sencilla:

PPA = comparación espacial.
Deflactor = comparación temporal.

Confundir ambas cosas puede hacer que Europa parezca menos rezagada en productividad de lo que realmente está.


 La crítica de Olivier Blanchard también es correcta

La observación de O.B. es muy pertinente porque señala que el debate mezcla varias dimensiones:

  • precios PPA frente a precios nacionales;
  • ajustes de calidad;
  • precios corrientes frente a precios constantes;
  • crecimiento de productividad;
  • nivel de vida;
  • excedente del consumidor.

Esa mezcla genera confusión.

Por ejemplo, Estados Unidos puede haber aumentado más su productividad porque produce más software, IA, chips, plataformas digitales o servicios tecnológicos. Pero parte de ese valor puede no aparecer igual en el bienestar cotidiano de la población si se combina con:

  • sanidad más cara;
  • desigualdad mayor;
  • menor protección social;
  • ciudades menos accesibles;
  • endeudamiento privado;
  • menor esperanza de vida;
  • peor equilibrio entre trabajo y vida.

Europa, por el contrario, puede crecer menos en productividad, pero conservar ventajas sociales reales:

  • mayor esperanza de vida;
  • menor desigualdad;
  • mejor protección social;
  • más seguridad urbana;
  • acceso sanitario más amplio;
  • más vacaciones;
  • mayor cohesión territorial;
  • menor pobreza extrema.

Por tanto, el artículo tiene razón en la métrica de productividad, pero no debe leerse como una invitación a copiar el modelo estadounidense.


La incógnita de Juan F Jimeno: ¿cómo puede subir el PIB per cápita relativo en PPA si la productividad europea crece menos?

La paradoja es aparente, pero se entiende si distinguimos conceptos.

El PIB per cápita no depende solo de la productividad. Depende también de cuántas personas trabajan, cuántas horas trabajan y cómo se miden los precios relativos.

Una forma sencilla de verlo:PIB per cápita = productividad por hora × horas trabajadas por ocupado × tasa de empleo sobre población

Si Europa mejora su empleo, reduce paro o aumenta participación laboral, puede mejorar su PIB per cápita relativo aunque su productividad por hora crezca menos.

También puede influir la PPA. Si los precios relativos europeos evolucionan de forma favorable respecto a Estados Unidos —por ejemplo, si ciertos servicios básicos son relativamente más baratos o si los precios estadounidenses suben más en bienes esenciales—, el PIB per cápita ajustado por PPA puede mejorar sin que eso signifique que Europa haya cerrado la brecha productiva.

Además, el envejecimiento complica el análisis. Una población más envejecida debería presionar a la baja el PIB per cápita si cae la proporción de personas ocupadas. Pero ese efecto puede ser compensado temporalmente por:

  • más empleo femenino;
  • inmigración;
  • reducción del desempleo;
  • mayor participación laboral;
  • más población ocupada en servicios;
  • cambios en precios relativos medidos por PPA.

Por tanto, no hay contradicción lógica. Puede ocurrir simultáneamente que:

Europa mejore en PIB per cápita relativo medido en PPA y que Europa pierda terreno en productividad real frente a Estados Unidos.

Son preguntas distintas.


4. Productividad no es bienestar, pero sin productividad el modelo social se debilita

Aquí está el punto político central.

La productividad no es el único criterio de éxito social. Pero es una condición material para sostener muchas de las cosas que Europa valora.

Europa no debería sacrificar su modelo social para copiar a Estados Unidos. Pero tampoco puede defender su modelo social ignorando la productividad.

Sin productividad suficiente, se deterioran:

  • salarios reales;
  • financiación de pensiones;
  • sanidad pública;
  • inversión en defensa;
  • transición energética;
  • universidades;
  • vivienda;
  • innovación;
  • autonomía tecnológica.

El error sería plantearlo como una falsa alternativa:

O productividad estadounidense, o modelo social europeo.

La verdadera pregunta es otra:

¿Puede Europa elevar su productividad sin destruir sus ventajas sociales?

Esa debería ser la tesis.


5. El artículo base tiene una implicación sistémica

El texto no es solo una discusión estadística. Tiene una consecuencia estratégica:

si Europa se diagnostica mal, se reforma mal.

El propio documento insiste en que negar el problema de productividad puede llevar a no hacer las reformas necesarias: integración de mercados, escalado empresarial, capital profundo, difusión tecnológica, inteligencia artificial, digitalización y política industrial.

Eso conecta con nuestro marco RMS:

R — Recursos

Europa tiene recursos: talento, universidades, empresas, mercado, ahorro, Estado de bienestar, instituciones y calidad de vida.

M — Modelo

Pero su modelo convierte esos recursos de forma incompleta en productividad tecnológica, escala empresarial y liderazgo industrial.

S — Sistema

En un mundo de competencia sistémica con Estados Unidos y China, esa debilidad productiva se convierte en dependencia estratégica.

La productividad no importa solo para ganar más dinero. Importa porque determina la capacidad de financiar soberanía.


6. Europa no debe copiar a Estados Unidos

Estados Unidos tiene ventajas reales:

  • más productividad tecnológica;
  • más capital riesgo;
  • más escala empresarial;
  • universidades de frontera;
  • mercado de capitales profundo;
  • liderazgo en IA;
  • mayor capacidad de atraer talento;
  • hegemonía financiera.

Pero también tiene problemas sociales profundos:

  • desigualdad elevada;
  • sanidad carísima;
  • menor esperanza de vida que muchos países europeos;
  • mayor inseguridad económica de los hogares;
  • ciudades muy desiguales;
  • polarización extrema;
  • endeudamiento privado;
  • menor protección social.

Por eso, copiar a Estados Unidos sería un error.

Europa no necesita menos Estado social. Necesita un Estado social más productivo, más innovador y más compatible con el crecimiento tecnológico.


7. La síntesis correcta

La posición equilibrada sería esta:

El artículo acierta al decir que la PPA no sirve para medir crecimiento de productividad. Europa sí tiene un problema real de productividad frente a Estados Unidos. Pero ese diagnóstico no autoriza a reducir el éxito económico a productividad. Europa debe mejorar productividad, innovación y escala empresarial sin renunciar a sus ventajas sociales: salud, esperanza de vida, cohesión, menor desigualdad, calidad urbana y protección social.

La pregunta no es:¿Europa debe parecerse a Estados Unidos?

La pregunta es:¿cómo puede Europa aumentar productividad sin perder lo que la hace socialmente superior en muchos aspectos?


 Formulación final 

El debate sobre PPA y productividad no debe convertirse en una coartada para negar el retraso productivo europeo, pero tampoco en una excusa para sacrificar el modelo social europeo. La PPA sirve para comparar niveles de vida; el deflactor nacional, para medir crecimiento real. Si Europa confunde ambas cosas, se diagnosticará mal. Pero si reduce todo a productividad, también se equivocará. El desafío europeo no es copiar a Estados Unidos, sino construir una economía capaz de combinar productividad alta, innovación, cohesión social y soberanía tecnológica. La productividad no es el único fin, pero sin productividad suficiente el modelo social europeo pierde su base material


El artículo de Garicano, Aghion y Bergeaud aporta una pieza fundamental: la brecha europea de productividad frente a Estados Unidos no puede descartarse como una ilusión estadística basada en PPA. El problema es real, persistente y estructural.

Pero lo más importante no es la discusión técnica. Lo decisivo es la consecuencia política: si Europa se convence de que no está cayendo atrás, no reformará sus mercados, no escalará sus empresas, no integrará sus capitales, no acelerará su digitalización y no construirá campeones tecnológicos.

En un mundo de competencia sistémica, medir mal no es un error académico. Es una vulnerabilidad estratégica.

Europa no perderá su modelo social porque viva peor que Estados Unidos hoy; lo perderá si se convence de que puede conservarlo sin resolver su problema de productividad, escala e innovación

 La cuestión es :cómo aumentar productividad sin destruir el modelo social europeo.

Esa es la síntesis correcta.

The Mismeasurement of Europe’s Productivity

How to understand purchasing-power parity

Luis Garicano 

Since 1986, The Economist has published its “Big Mac” index, tracking the price of Big Macs in each country. Suppose a Big Mac costs $6 in the US and €5 in the eurozone. At a market exchange rate of $1.10 to the euro, the European burger costs $5.50, meaning the euro is a bit undervalued. For a Big Mac to cost the same in both places, the euro would have to strengthen to $1.20 per euro. This is the PPP: the exchange rate implied by what money actually buys.

A PPP is a form of exchange rate, built from the prices of actual goods rather than from financial markets. It is a comparison across space. The Big Mac works because the product is unusually standardized: a Big Mac in France and a Big Mac in the US are close enough that comparing their prices tells us something meaningful about relative purchasing power.

A price deflator does the opposite: it compares one country’s prices over time. The US sold far more in 2024 than it did in 2000, but some of this is due to inflation. To remove the impact of inflation, statisticians build a deflator: an index of how domestic prices have moved, year by year, so that higher prices are not mistaken for higher production. The deflator answers a different question: how much more the US produced in real terms.

You could string together 25 years of Big Mac indexes, but that would only measure how the relative price of one product changed across countries. That is moderately useful for comparing economies at a particular moment. It is useless as a measure of total output growth through time.

On top of that, the Big Mac is the exception. Most products are not so neatly comparable across countries. They differ in quality and in how representative they are of what people buy. That is why Angus Deaton famously said in his 2010 American Economic Association presidential address that “PPP comparisons between widely different countries rest on weak theoretical and empirical foundations.”

The two price indexes need not agree

Both are price indexes, so it is tempting to assume they fit together cleanly. But a current-PPP trajectory changes the yardstick every year: each year’s output is valued using that year’s international price system. When the PPP path and the national deflator path diverge, current-PPP growth mixes changes in quantities with changes in the prices used to value those quantities. Nothing causes the two to agree, even when both are built perfectly: there is no theorem that a new PPP equals an old one carried forward by relative inflation.

The companion technical note makes this statement formally: if you take the current-PPP comparison of France and the US, and difference it across years, you do not recover the difference in their real growth. You recover that difference plus a price residual: the amount by which the cross-country PPP moved away from what the two countries’ own inflation rates predict. That residual carries no information about how much more either country produced, and it is the entire source of the disagreement.

The disagreement between these two measures is shown in the chart below, which compares two lines, each set to zero in 1995. The blue line is the actual France-US PPP as their statistical agencies build it each year. The orange is what that parity would have been if you had taken the 1995 figure and simply carried it forward using each country’s own deflator—its own inflation. If the two indicators measured the same thing, the lines would be on top of each other.

The image shows a line graph depicting the relative GDP deflator correction and PPP (Purchasing Power Parity) change for France compared to the United States from 1995 to 2025.

AI-generated content may be incorrect.

France and the US. 1995 = 0. In blue, the change in the France-US PPP. In orange, the change the two countries’ national deflators would predict. If a PPP were simply an old comparison updated for inflation, the lines would coincide. Source: OECD.

The lines track together until about 2005, then split—and keep splitting. By 2024, they are roughly 18 log points apart. That gap is large enough to neutralize nearly all the measured growth divergence between France and America. Current PPPs and national deflators are giving sharply different answers to what at first sight looks like the same price question. Indeed, a 2026 research note by Robert Inklaar finds the same divergence and shows it is economically large in recent Europe-US comparisons.1 The gap is much smaller when France is compared with several large European countries.

There are two reasons for this lack of coincidence: one is the problem of measuring technological progress; the other is the way the baskets are constructed.

The problem of technology

Krugman cites the finding by the Federal Reserve Bank of Chicago that information technology is about 8% of US private-sector output but produced about 45% of all American productivity growth since 1988. This is exactly the kind of sector where measurement is difficult. The volume produced has exploded, the price per unit has collapsed, and the quality of the products has changed enormously.

There are two ways this can create a wedge. The first is a weighting issue. If the US produces more of the goods whose prices fall rapidly, then valuing both economies at today’s prices can make part of the earlier volume gain look smaller. The following chart, from a May 2026 paper by Charles Jones and Christopher Tonetti, shows that the increase in the quantity of computers sold took place at the same time as an even larger decrease in the price of computers, leading to a drop in the share of value added of computers.

The Share of Factor Income Paid to Computers

The graph illustrates a downward trend in the share of value added to computers within the private sector over a 25-year period.

AI-generated content may be incorrect.

The factor-income share of information technology in the private business sector in the US. Source: Jones and Tonetti (2026) with data from the Bureau of Labor Statistics.

The second concerns quality adjustments. National deflators aim to account for quality and technological progress over time. They ask how the price of mobile-phone services and devices in France changed between 2023 and 2024, after adjusting for changes in quality. If this year’s phone is more expensive than last year’s phone, the statistician must account for how much of the increase is true inflation and how much reflects higher quality.

By comparing products at the same date, PPP tries to avoid that problem. If the same phone is sold in France and in the US in 2024, the PPP survey can compare the two prices directly. It does not have to ask whether the 2024 phone is better than the 2023 phone, but whether French and US products are sufficiently similar at that date. A sequence of current PPPs never makes this adjustment over time, and so never records the technological progress the deflator builds in year by year. Where products improve fastest, as in information technology, that gap is largest.

If a country doubles its computer output while the international price of computers decreases to half the old price, current PPP records no increase in value. The quantity gain has been offset by a change in the price yardstick.

How the sausage is made

But there is a more structural problem: There exists no basket of products that is simultaneously representative within each country, comparable across countries, and stable through time. The technology section made the point about the failure of stability over time; here we tackle the clash between a representative basket and one that is comparable across countries.

Consider mobile phones. A PPP comparison would ideally compare the price of the same phone in France and the US. That sounds simple if both countries sell the same iPhone model. But even then, the relevant product may differ in contract provisions, taxes, distribution, or regulation.

Things get even more complicated once we move from standardized products to categories shaped by local tastes. Comparing Brie cheese in Paris with cheddar in Chicago would be meaningless. But comparing only Brie in both countries would also be misleading, because Brie may be representative in France and niche in the US.

The objective of the PPP construction is to price goods that are both comparable across countries and representative within each, and those two demands conflict.

The two indexes differ because they pick the basket of products by different rules. A national price index needs items that represent what its own country buys, and that is the only test it must pass. France can track a baguette, the United States can track whatever bread Americans buy, and each follows its own goods through time. To hold comparability, the International Comparison Program does not name brands and instead writes out the features that set a price, so that two countries pricing rice price the same quality grain. It marks each item as typical or not in each country.

The program cuts GDP into roughly 155 basic headings, the smallest groupings for which it knows how much each country spends. The France-US parity in our chart is the output of one such system, the comparison that Eurostat and the OECD run jointly, which prices a shared list of about 2,500 consumer goods and services, and runs without pause rather than in benchmark years. It matches those products across countries at each date. These are different baskets that answer different questions, which is why the parity and the inflation paths do not line up. Inklaar (2026) shows that even when similarly named price categories are matched across the two methods, a large gap survives, due to the specific products sampled within each category, not to the weights placed on them.

Seven time series, one conclusion

The table below puts the issue in perspective. The first seven rows report standard real labor-productivity growth: GDP is transformed using national deflators, from national accounts and related datasets. The last row reports growth in output per hour when GDP is converted every year using current PPPs.

The first seven rows are the product of different teams, different datasets, and different methods, though most ultimately rely on national accounts. They agree that US productivity has grown substantially faster than French productivity for three decades.

Now read the last row. Convert GDP every year with a current PPP, as in the Krugman-style calculation, and, voilà, French output per hour grows at a similar rate to the US. The match is built by the conversion. The United States anchors the international dollar, so its PPP equals one and the yearly conversion leaves it untouched: its 3.89 is the growth in nominal output per hour, real productivity of around 1.9 percent on top of a US GDP deflator of 2 percent. France’s 3.75 carries the same two parts and one more: French real productivity, plus that same American deflator, minus the gap between the France-US PPP and the two countries’ relative inflation. Because the PPP falls faster than relative inflation can account for, that gap is negative, and subtracting a negative number lifts France’s figure by almost the whole point that its real productivity, at 0.85, trails the American 1.93. The two rates nearly meet because one US deflator inflates both and the price gap erases the real difference between them. Nothing in the last row measures how much more either country produced.

Contrary to Krugman’s argument, the US lead in technology and innovation is not helping America and Europe in the same way. It has led to higher US wages and profits, and the gap is widening each year.

So, Europe’s productivity problem is not an accounting issue. As Krugman himself once famously remarked, “productivity isn’t everything, but in the long run, it is almost everything.” Productivity growth pays for everything Europe wants to keep. It is what allows countries to raise wages, fund a welfare state, rearm, finance the green transition, and support research at the technological frontier.

We Europeans should not persuade ourselves that we do not have a real problem by confusing productivity levels with growth. We have real weaknesses, as Mario Draghi’s report on European competitiveness documented—and as all researchers and international institutions find every time they look.

In our view, these findings are not controversial. The European Union’s markets remain too fragmented. Europe’s firms stay too small. Its capital markets are insufficiently deep. And its technology, particularly digital tools, diffuses too slowly. And Europe has too few technology companies built to global scale.

These are policy choices, not fate, and they can be changed. But we in Europe will fail to change them if citizens and leaders persuade themselves that the productivity gap is an illusion because one price index makes it look smaller.

PPP is a useful instrument. It tells us what money buys in different places. But a sequence of current PPPs changes the valuation benchmark over time, and therefore cannot by itself settle a question about real productivity growth. Europe should defend what it does well. But we should be upfront about where and why we are falling behind. Otherwise, we will not cure what ails us.

Postscript in response to Krugman’s answer: Krugman has answered to the earlier version of this piece which ran in Project Syndicate, in a post dated May 30. Krugman and we agree that (1) European productivity growth has trailed the United States for three decades, and Krugman says so clearly (”I am not arguing that European productivity is mismeasured, and never said that.”) (2) Current-PPP chain and a national deflator answer different questions. (3) The weighting mechanism by which an economy that produces goods with falling relative prices sees part of its volume gain valued away, is part of the channel to explain the paradox. We disagree still on one crucial question: Krugman reads the flat current-PPP line as evidence that Europe is not falling behind, while we see it as the product of moving the price measurement stick every year. Hence we do not see the current- PPP line as indicative of anything interpretable.




We are comfortable considering that measuring growth only with national deflators is not perfect and that there is a case to support the idea that Europe falling behind may be hard to fully and precisely appreciate with one number. The precise size of the gap is open to honest argument. Two things are not. Current PPP does nothing to repair this; it trades one measurement problem for a larger one by re-pricing output every year. And for the measured decline to be an artifact rather than a fact, the error would have to be enormous: the divergence is roughly a point of annual productivity growth each year for three decades, close to eighteen log points by 2024. No quality adjustment anyone has proposed comes within reach of that.

Krugman asks us to confront the possibility that Dutch output per hour sat about 25 percent above the American level in 2000 and has fallen toward it since. He sees this as a reductio ad absurdum: surely the Netherlands was not that much more productive a generation ago. We are quite comfortable with the possibility that the Netherlands was ahead in 2000 and it has been falling behind the US year after year. This is Europe’s productivity problem, which the current-PPP comparison hides and which is the whole point of the last row of our table.

Krugman nos invita a considerar la posibilidad de que la producción por hora en los Países Bajos se situara un 25 % por encima de la estadounidense en el año 2000 y que desde entonces haya disminuido hasta alcanzarla. Considera esto una reducción al absurdo: seguramente los Países Bajos no eran mucho más productivos hace una generación. Nos resulta bastante plausible la posibilidad de que los Países Bajos estuvieran por delante en 2000 y que, año tras año, se hayan quedado rezagados con respecto a Estados Unidos. Este es el problema de productividad de Europa, que la comparación actual en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA) oculta y que constituye el objetivo principal de la última fila de nuestra tabla.


*Philippe Aghion is a 2025 Nobel laureate in economics and a professor at the Collège de France and at INSEAD and a visiting professor at the London School of Economics. Antonin Bergeaud is Associate Professor of Economics at HEC Paris. A version of this piece was published in Project Syndicate on Friday 29th. We revised it to clarify the table interpretation and the way PPP indexes are built and also reordered some paragraphs to increase clarity. Paul Krugman has answered to this piece, but our revision was done before his answer-only the postscript incorporates them.

https://www.siliconcontinent.com/p/the-mismeasurement-of-europes-productivity

1

Inklaar, R. (2026, April). Comparing PPP changes with relative inflation: Evidence from PWT, Eurostat/BEA, and official PPP statistics. Draft research note

I-El auge de la política industrial de China entre 1978 y 2020.  Barry Naughton   II- The Trajectory of China’s Industrial Policies —IGCC Working Paper, junio de 2023


Europe Versus America: A Response to the Critics

The puzzle is real, even if you don’t like my explanation

A note for most readers: This is inside economics baseball football, a discussion mostly among professionals — and covers issues that even economists seem to be perplexed by. You have been warned.

Phillipe Aghion, Antonin Bergeaud and Luis Garicano have written a response to my discussions of the Europe/US productivity gap. I respect their standing as serious analysts, who have produced a body of valuable work.

Yet I found their article baffling, because their arguments appear to rest on the same confusion about the implications of different national productivity trends that I am trying to clarify. In fact, their apparent confusion about the point that I am making – that people often misunderstand what productivity trends mean for cross-country comparisons -- is reflected in the very title of their article, The Mismeasurement of Europe’s Productivity.

Let me be clear: I am not arguing that European productivity is mismeasured, and never said that. I am, instead, arguing that standard measures of productivity do not have the implications for cross-country comparisons of living standards and economic welfare that many people – including many economists – think they have. To put it a slightly different way: people are using data that is unsuited for the kinds of comparisons that they are trying to make. Thus, the conclusions that they are drawing from the data are misguided. But this is not to say that the data are wrong.

The apparent misunderstanding by Aghion et al of what I am trying to say is also reflected in their discussion. Their presentation mostly centers on arguing that European productivity growth is in fact lower than US productivity growth. This is puzzling, because I am not arguing that European productivity growth matches or exceeds US productivity growth. Like Aghion et al, I am fully aware that European productivity growth is lower than in the U.S. But this is not the actual issue that I am trying to address. My question is whether the standard comparison of European and US productivity growth rates is a good indicator of what is actually going on in the two economies over time.

From my viewpoint, the starting point for the debate on the relative performance of the EU and the US should be the acknowledgment that a comparison of US-Europe productivity trends looks very different if you use two different metrics.

One method is to compare the growth in inflation-adjusted GDP per hour within countries. This is a standard way to make cross-country comparisons, but one that answers the wrong question. The other method is to compare the year-by-year value of output per worker-hour, adjusted for differences in national price levels to control for exchange rate instability, but not for changing price levels over time. This measure is, I would argue, much more meaningful for comparing trends in economic welfare across countries.

You might think, and I suspect that many observers have assumed, that these two approaches tell similar stories. But they don’t.

I’ve been in the Netherlands recently, looking at Dutch data. As a high-productivity nation with much lower measured productivity growth at constant prices than the US, the Netherlands, it turns out, offer a kind of reductio ad absurdum for many US-EU comparisons. So I’ll initially focus on Dutch data to make my point, although the basic story applies to much of the EU.

Let’s look at OECD estimates of GDP per worker-hour in the US and NL, adjusting the data two ways. The first (the blue line) looks at the ratio of NL to US productivity year by year at current prices, adjusted only for purchasing power parity. By this measure, Dutch productivity is slightly higher than US productivity now, probably because of the presence of highly capital-intensive industries associated with the port of Rotterdam. NL productivity was also slightly higher in 2000, with no significant trend:

Suppose, however, that we measure GDP and hence productivity growth adjusting for national inflation rates (the black line). The OECD uses 2020 as a base year, so the two measures of relative productivity are equal in that year. But as we move back in time, they diverge. By this measure, Dutch productivity was 25 percent higher than US productivity in 2000.

Was the Netherlands drastically richer and more productive than America a generation ago? I doubt that many people would agree with that proposition. It’s certainly not what people believed at the time.

But if you find this proposition implausible, you must also concede that the conventional understanding of the implications of differing productivity growth in Europe and the US is highly problematic. If we want to compare relative economic welfare in two countries over time, surely we want to compare the value of the goods each worker can produce in any given year, tracked over time.

Think about it. Do you really want to claim that Dutch workers were much more productive than U.S. workers in the year 2000 because the goods they produced per hour, although roughly equal in value to the goods produced per hour by US workers at that time, would eventually be worth much more than US production at prices that didn’t prevail at the time — but would prevail two decades later, in 2020? Huh? Yet, when using constant-price productivity comparisons, that is exactly the claim that people are making.

Now, I have tried to explain the apparent paradox that Europe has lower productivity growth than the US but has not seen a decline in relative output per hour at current prices by pointing to the fact that the US and European economies produce different mixes of goods, with the US mix tilted toward high-tech goods with rapid productivity growth but falling relative prices. I’m open to alternative explanations of the US-EU paradox. But the paradox is there and needs explanation.

OK, as I read Aghion et al they offer four criticisms of my analysis, as follows:

First, international comparisons of GDP using purchasing power parity are problematic and unreliable: This is, of course, true. But estimates of real GDP, which are supposed to let us compare GDP within a single country in different years, are also, and I would argue equally, problematic. In a sense both comparisons of different national economies at a single point in time and comparisons of a single national economy at different points in time are imperfect metaphors resting on imperfect numbers. But I’m not aware of any reason to believe that these imperfections bias the comparisons I’ve been making in any systematic way.

Second, productivity at constant national prices has risen much faster in the US than in Europe. Why, yes. That’s not a refutation of my analysis, it’s precisely where I started — I wanted to understand how to reconcile these different rates of productivity growth with the fact that relative European productivity and purchasing power at current prices have not declined. The same data that underly the chart above show this for US and NL productivity at 2020 prices:

These numbers show US productivity rising 1.6 percent per year, while NL productivity rises only 0.6 percent per year. But that comparison is already incorporated in my discussion. So citing such numbers as a supposed refutation of my analysis simply misses the point. In particular, I have no idea why Aghion et al believe that a table showing multiple estimates of higher productivity growth in the US contributes to the discussion.

Third, “Current PPPs and national deflators are giving sharply different answers to what at first sight looks like the same price question, but as we saw, is not.” Indeed. That’s exactly the point I’ve been trying to make. The important point is to ask which is the right question — and if we’re asking whether Europe is falling behind in purchasing power and living standards, PPPs, which say that it isn’t, are the right measure.

A related point: Aghion et al assert as a problem with current-price comparisons that “If the US produces more of the goods whose prices fall rapidly, then valuing both economies at today’s prices can make part of the earlier volume gain look smaller.” Color me confused. That’s not a problem with these comparisons — it is precisely the mechanism I invoke to explain the apparent US-EU growth paradox. See the formal model I laid out!

Finally, Aghion et al assert that the U.S. lead in technology “has led to higher US wages and profits, and the gap is widening each year.” OK, that’s the crux of the discussion. But this assertion — which they don’t back with any data — is simply untrue. And I began this whole discussion with the observation that it isn’t true. The sum of profits and wages is factor income, which is by definition equal to GDP. Let me switch from the Netherlands to the euro area as a whole, which has somewhat lower GDP per capita than the US adjusted for differences in the price level. But this gap has not widened over time:

Or, if you want an independent data source, look at mean household income as estimated by LIS, the cross-national data center in Luxembourg. Between 2000 and 2021, these data show nominal income rising 3.1 percent annually in the Netherlands, 3.3 percent in the U.S. Given slightly lower inflation in Europe, this does not show a widening gap. My guess is that people simply assume that the gap must have widened because they know about the standard productivity growth comparisons. But my whole point is that these comparisons don’t mean what people think they mean.

The bottom line here is that while I could of course be wrong about the US-EU comparison, the Aghion et al critique doesn’t make the case that I’m wrong. The data that they claim refute my argument are basically the same data I used to make that argument and are completely consistent with what I’ve been saying. They are, in fact, exactly what my attempts to model the paradox predict we’d see.

Again, I’m quite willing to be proved wrong. But if we’re going to have a serious discussion, the critiques have to go beyond simply restating productivity data that show Europe lagging. They need to acknowledge the reality that despite these data, comparisons between the US and Europe at each point in time don’t show the gap between Europe and the United States widening, and at least try to explain why


https://paulkrugman.substack.com/p/europe-versus-america-a-response


La respuesta de Krugman mejora el debate porque obliga a distinguir algo fundamental:

una cosa es medir crecimiento real de productividad, y otra medir bienestar relativo o poder adquisitivo entre países en cada momento.

Su crítica no niega que Estados Unidos haya tenido más crecimiento de productividad que Europa. Lo que dice es: ese dato no implica automáticamente que el nivel de vida europeo se haya alejado tanto del estadounidense como muchos creen.

Ahí está el centro del desacuerdo.


1. Qué dice Krugman realmente

Krugman no afirma que la productividad europea esté mal medida. De hecho, acepta que la productividad medida a precios constantes nacionales ha crecido menos en Europa que en Estados Unidos.

Su punto es otro:las comparaciones estándar de crecimiento de productividad no sirven directamente para comparar bienestar económico relativo entre países.

Según él, si usamos deflactores nacionales y precios constantes, aparece una conclusión extraña: Países Bajos habría sido en 2000 un país un 25% más productivo que Estados Unidos y desde entonces habría ido perdiendo ventaja hasta igualarse. Krugman considera esto poco plausible.

Por eso propone mirar la productividad relativa a precios corrientes ajustados por PPA año a año, porque eso mediría mejor el valor relativo de lo producido por hora en cada momento.

Dicho en términos simples:

  • Garicano, Aghion y Bergeaud preguntan: ¿quién ha aumentado más su producción real por hora en su propia economía?
  • Krugman pregunta: ¿quién produce más valor por hora en términos comparables de poder adquisitivo en cada año?

Son preguntas distintas.


2. Qué responden Garicano, Aghion y Bergeaud

El artículo base sostiene que la PPA sirve para comparar poder adquisitivo entre países en un momento dado, pero no para medir crecimiento real a lo largo del tiempo. Su frase clave es que la PPA compara espacios, mientras el deflactor compara tiempos. El texto señala que una secuencia anual de PPA corrientes no mide automáticamente crecimiento real porque cada año cambia la vara de medir: cambian los precios internacionales con los que se valora la producción.

Su crítica a Krugman es que, al usar PPA corriente año tras año, se mezcla crecimiento de cantidades con cambios en precios relativos. El archivo lo expresa claramente: cuando la trayectoria de la PPA y la del deflactor nacional divergen, el crecimiento medido con PPA corriente combina cambios reales de producción con cambios en los precios usados para valorar esa producción.

Por tanto, para ellos, la conclusión de Krugman puede ser válida para hablar de nivel de vida relativo, pero no para negar el retraso de productividad real europeo.


3. Quién tiene razón

La respuesta equilibrada es :ambos tienen parte de razón, pero están respondiendo a preguntas diferentes.

Krugman tiene razón al advertir que no debemos traducir mecánicamente menor crecimiento de productividad europea en una caída equivalente del bienestar europeo frente a Estados Unidos.

Garicano, Aghion y Bergeaud tienen razón al insistir en que la PPA corriente no mide crecimiento real de productividad y que Europa sí tiene un problema productivo si se mira la evolución de producción real por hora, innovación, tecnología, escala empresarial y frontera digital.

La confusión aparece porque se mezclan tres conceptos:

  1. Productividad real: cuánto más produce una economía por hora en términos reales.
  2. Nivel de vida relativo: cuánto puede comprar la gente en cada país.
  3. Poder estructural: quién controla tecnología, capital, datos, empresas, patentes y cadenas de valor.

Krugman se centra sobre todo en el segundo.
Aghion, Garicano y Bergeaud se centran en el primero.
Para nuestro análisis sistémico, el más importante es el tercero.


4. El punto fuerte de Krugman

Krugman acierta en algo importante: la productividad no debe confundirse automáticamente con bienestar social.

Estados Unidos puede tener más productividad en sectores tecnológicos, pero eso no significa que todos los estadounidenses vivan mejor que los europeos. Europa mantiene ventajas claras en:

  • sanidad;
  • esperanza de vida;
  • menor desigualdad;
  • seguridad urbana;
  • cohesión social;
  • vacaciones;
  • protección laboral;
  • calidad urbana;
  • acceso a servicios públicos.

Por tanto, no es correcto decir: “Estados Unidos tiene más productividad, luego su modelo social es superior”.

Ese salto es falso.

También es cierto que parte de la productividad tecnológica estadounidense se traduce en precios más bajos para consumidores globales. Si Estados Unidos innova en software, chips, plataformas digitales o IA, Europa puede beneficiarse como consumidora aunque no capture toda la renta como productora.

Esta es una idea relevante: Europa puede disfrutar excedente del consumidor sin liderar la producción.

Pero ahí empieza el problema estratégico.


5. El punto débil de Krugman

El punto débil de Krugman es que su enfoque sirve para medir bienestar relativo, pero no capta bien el problema de poder productivo.

En el siglo XXI no basta con preguntar:

¿pueden los europeos comprar bienes y servicios a buen precio?

También hay que preguntar:

¿controlan los europeos las empresas, tecnologías, datos, plataformas, patentes, energía, IA y cadenas de suministro que hacen posible ese bienestar?

Ahí el argumento de Aghion, Garicano y Bergeaud es más fuerte.

Europa puede no haberse empobrecido claramente frente a Estados Unidos en términos de PPA corriente. Pero sí puede estar perdiendo posición en:

  • IA;
  • cloud;
  • software;
  • plataformas digitales;
  • capital riesgo;
  • semiconductores;
  • biotecnología avanzada;
  • empresas de escala global;
  • productividad industrial;
  • defensa tecnológica;
  • mercados de capitales.

Y eso importa porque el poder económico moderno no depende solo del consumo actual, sino del control de las arquitecturas futuras.


6. El ejemplo de Países Bajos

Krugman usa Países Bajos como reducción al absurdo: si usamos precios constantes nacionales, parecería que Países Bajos era muchísimo más productivo que Estados Unidos en 2000. Él dice: eso no parece creíble.

Pero la réplica posible es:

sí puede ser plausible que Países Bajos tuviera una productividad por hora muy alta en 2000, especialmente por su estructura portuaria, logística, energética, agroindustrial y de servicios avanzados.

Países Bajos no necesita tener el tamaño tecnológico de Estados Unidos para tener una productividad por hora muy elevada. Economías pequeñas, abiertas, muy capitalizadas y especializadas pueden presentar productividad por hora superior a grandes economías más heterogéneas.

Ahora bien, Krugman tiene razón en que si esa conclusión depende demasiado del año base y de los precios usados, hay que ser prudente. Su ejemplo revela que la medición es menos intuitiva de lo que parece.

La conclusión no debería ser “Krugman está equivocado” o “Aghion está equivocado”, sino:

las medidas de productividad responden a preguntas concretas; si se usan para otra pregunta, inducen conclusiones engañosas.


7. Productividad, bienestar y poder: la distinción clave

Para nuestro marco España-Europa-China, la distinción decisiva sería esta:

A. Productividad

Sirve para saber si una economía produce más valor real por hora.

Aquí Europa va peor que Estados Unidos.

B. Bienestar

Sirve para saber cómo vive la gente.

Aquí Europa resiste mejor de lo que su brecha productiva sugeriría, porque tiene sanidad, cohesión, menor desigualdad y servicios públicos.

C. Poder estructural

Sirve para saber quién decide el futuro.

Aquí Europa tiene un problema grave, porque depende crecientemente de Estados Unidos en tecnología digital y de China en manufactura avanzada, baterías, materias primas procesadas y parte de la transición verde.

Este tercer punto es el que Krugman tiende a infravalorar.


8. La síntesis correcta

Krugman tiene razón contra una lectura simplista: menor crecimiento de productividad europea no implica automáticamente colapso del bienestar europeo. Pero Aghion, Garicano y Bergeaud tienen razón contra una lectura complaciente: Europa sí tiene un problema real de productividad, innovación y escala, y no puede esconderlo detrás de comparaciones PPA.

El debate no debe resolverse preguntando solo quién mide mejor el PIB. Hay que preguntar qué queremos medir:

  • Para comparar niveles de vida actuales, usamos PPA.
  • Para comparar crecimiento real de productividad, usamos deflactores nacionales.
  • Para comparar capacidad estratégica, miramos tecnología, escala empresarial, capital, industria, datos, energía y autonomía productiva.

Y desde esta tercera perspectiva, Europa está en una posición más vulnerable de lo que su nivel de vida actual sugiere.


9. Aplicación al modelo europeo

Europa no debe copiar a Estados Unidos. Ese sería un error.

Pero tampoco debe consolarse diciendo que, como su bienestar medido en PPA no ha caído tanto, no hay problema.

El verdadero riesgo europeo es vivir bien hoy sobre arquitecturas que otros controlan mañana.

Puede mantener buena sanidad, buenos servicios públicos y alta calidad de vida durante un tiempo, incluso si pierde liderazgo tecnológico. Pero a largo plazo, si no mejora productividad y poder industrial, tendrá dificultades para financiar:

  • pensiones;
  • sanidad;
  • defensa;
  • transición energética;
  • investigación;
  • universidades;
  • autonomía tecnológica;
  • política industrial.

Por eso la productividad no es el único fin, pero sí una condición de sostenibilidad del modelo social europeo.


10. Formulación final para artículo

Una buena forma de cerrar el debate sería:

Krugman acierta al recordar que la productividad no debe confundirse mecánicamente con bienestar. Europa no es Estados Unidos ni debe aspirar a serlo: conserva ventajas sociales, sanitarias y urbanas que no aparecen plenamente en el PIB por hora. Pero Garicano, Aghion y Bergeaud aciertan al advertir que la PPA corriente no mide crecimiento real de productividad. El riesgo europeo no es solo estadístico, sino estratégico: puede seguir disfrutando de buen nivel de vida mientras pierde control sobre las tecnologías, empresas y cadenas de valor que sostendrán el bienestar futuro. La pregunta no es si Europa vive peor que Estados Unidos hoy, sino si conserva suficiente poder productivo para financiar y defender su modelo mañana

El debate lo abrió hace unas semanas el economista Paul Krugman, conocido en EEUU y en el mundo académico por sus posiciones liberales en el sentido estadounidense del término. Lo que defiende Krugman, convertido en el pepito grillo del establishment económico, es que, en contra de lo que se suele argumentar (incluido Mario Draghi), Europa no se está quedando atrás respecto de EEUU. Krugman, de hecho, según sus palabras, niega que Europa haya perdido “todo el dinamismo que alguna vez tuvo y se está convirtiendo en un museo de sus antiguas glorias”. Europa no está en declive, viene a decir Krugman. Por el contrario, “está a la par de EEUU”.

 

Según su interpretación, si la comparación entre EEUU y Europa se hace en términos de PIB per cápita (cociente entre la producción anual de un país y el volumen de población), efectivamente, Europa está perdiendo posiciones desde al menos el comienzo del siglo. Pero si la comparación se hace en términos de paridad de poder adquisitivo (un método que tiene en cuenta los precios interiores), resulta que desde el año 2000 no ha disminuido el PIB per cápita en los tres países seleccionados: Alemania, Francia e Italia. Es verdad que apenas ha avanzado, pero no se ha reducido y, por lo tanto, la brecha con EEUU no ha crecido.

 

Krugman lo defiende así: “La dominación estadounidense en sectores que experimentan un rápido crecimiento de la productividad [gracias a las nuevas tecnologías] conlleva un aumento del PIB relativo de EEUU a precios constantes, pero no se traduce en un aumento del PIB relativo a precios corrientes”. La explicación que encuentra es que las economías estadounidense y europea producen combinaciones diferentes de bienes, un factor que no se refleja en las mediciones convencionales de productividad. Y esa diferencia en la composición de la producción afecta a los precios a los que deben calcularse las medidas de productividad para realizar una comparación entre países. Admite que el dominio estadounidense en el sector tecnológico se traduce en un mayor crecimiento económico en EEUU, pero no produce una divergencia en el PIB relativo ni en el nivel de vida. Krugman, de esta manera, intenta desmontar un ejemplo que tuvo mucho éxito en algunas publicaciones: Misisipi, el estado más pobre de EEUU, tiene una renta per cápita similar a la de Alemania.

Una crítica velada

Lo que subyace en el argumento de Krugman es una crítica velada a quienes piensan que, como las tecnologías de la información y comunicación (TIC) aumentan la productividad, y ahí está la fortaleza de EEUU, la economía crece más, pero echando mano de un reciente artículo de la Reserva Federal de Chicago, recuerda que las TIC representan apenas el 8% del valor añadido generado en EEUU, por lo que su aportación al crecimiento del PIB es limitada Es verdad, viene a decir, que son responsables de la mitad del avance de la productividad, pero su peso no es tan determinante.

 

Su corolario no deja lugar a dudas: “Dominamos”, asegura Krugman, “sectores en los que la producción por hora aumenta rápidamente con el tiempo, por lo que la productividad estadounidense, medida a precios constantes, crece más rápido que en Europa”. Ahora bien, matiza, los bienes que producen esos sectores (equipos informáticos o teléfonos) se abaratan progresivamente en relación con los bienes producidos tanto por trabajadores no informáticos en EEUU como por trabajadores en Europa. Por lo tanto, afirma, la productividad relativa de Europa, medida por el valor de los bienes producidos —por hora en paridad de poder adquisitivo—, no ha disminuido. Esto explica, sostiene, que el poder adquisitivo de Europa, y por ende su nivel de vida material, “no ha disminuido en relación con EEUU a pesar del menor crecimiento de la productividad en Europa”.

 

Frente a estas tesis, algunos cualificados economistas, entre ellos Luis Garicano, exdiputado por Ciudadanos, aseguran que la medición que hace Krugman de la productividad es errónea porque ignora los efectos positivos de la innovación sobre la renta per cápita de los trabajadores, y que se manifiesta en salarios notablemente más elevados que los que perciben los asalariados europeos del mismo sector.

 

Garicano y el resto, es más, cuestionan que se utilice la paridad de poder adquisitivo (PPA) como herramienta para comparar la realidad económica entre países. Apoyándose en un célebre artículo del Nobel Angus Deaton, argumentan que los PPA, aunque parezca lo contrario, no miden lo mismo y, de hecho, el deflactor (el índice que utilizan los institutos de estadística para eliminar el efecto de la inflación) tiende a divergir a lo largo del tiempo. El resultado es que la innovación (donde EEUU saca una notable ventaja a Europa) ha producido un aumento de salarios y ganancias empresariales en los EEUU y, por consiguiente, ampliado la brecha con la UE año tras año. Es decir, frente a lo que sostiene Krugman, el liderazgo estadounidense en tecnología e innovación no genera los mismos beneficios para EEUU y Europa.

 

La controversia entre economistas no es sólo sana intelectualmente, sino que alimenta la necesidad de revisar algunos parámetros con los que se mide el nivel de vida y, en general, el bienestar material, que va más allá que el monetario, que es lo que mide el PIB. Sobre todo, en un tiempo en el que los cambios tecnológicos han traído transformaciones impensables hace pocos años y que sin duda la inteligencia artificial (IA) acelerará.

 

Como ha puesto de manifiesto un reciente artículo del Instituto Peterson de Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés), el problema de visibilidad de la riqueza per cápita es estructural y lo achaca a que la arquitectura de la medición del PIB se desarrolló a mediados del siglo XX para hacer un seguimiento de una economía organizada en torno a las manufacturas.

 

Esa arquitectura ha funcionado bien durante mucho tiempo y continúa haciéndolo para la mayor parte de la actividad económica, pero no para la IA y otros avances tecnológicos. Ni, por supuesto, para la medición del bienestar material. Hoy, de hecho, ni siquiera se sabe con cierta precisión cuánto aporta la IA al crecimiento económico por ausencia de una metodología común.

 

Hay que decir que las críticas al PIB vienen de lejos, y ya en un artículo seminal de los economistas William D. Nordhaus y James Tobin (1973) se acusaba tanto a la ciencia económica como a la política económica de “una obediencia ciega al progreso" material agregado y de descuidar sus costosos efectos secundarios. La maximización del PIB, decía aquel artículo, “no es un objetivo apropiado de la política económica”, y añadía: “Todos los economistas lo saben, y sin embargo, el uso cotidiano del PIB como medida estándar del desempeño económico se presenta como algo evangelizador”.

Los fallos del sistema de medición

La discusión va mucho más allá que un debate entre economistas de élite, sino que pone el dedo en la llaga sobre un viejo contencioso que tiene que ver con la importancia que se le da al PIB como el instrumento más adecuado para medir la renta real de los ciudadanos, incorporando otros parámetros, y que no son sólo monetarios.

 

Lo que se sabe es que un país puede tener un elevado PIB per cápita, es el caso de Irlanda gracias al efecto puramente contable de las inversiones de EEUU para pagar menos impuestos, pero, al mismo tiempo, sus niveles de prestaciones sociales, que en última instancia contribuyen a la calidad de vida, no son comparables —caso de EEUU— a la que puedan tener en Dinamarca o Alemania, sin que esa contribución a la renta personal aparezca en el PIB.

 

La desigualdad, de la misma manera, no está en el PIB, cuando hay evidencias de que la falta de cohesión y el excesivo desequilibrio monetario son factores que lastran el crecimiento a medio y largo plazo. Robert Kennedy lo dijo certeramente antes de ser asesinado: el PIB —inventado a finales de los 30 del siglo pasado— mide todo menos aquello que da valor a nuestras vidas (la asistencia sanitaria, la educación, un buen sistema judicial, la calidad del aire y, por supuesto, la seguridad en las calles).

 

Tampoco el PIB capta, como sugiere Krugman, que un país puede estar atrasado en términos de innovación, pero dado el poder monopolístico de mercado que tienen las grandes tecnológicas (de esto no hay controversia alguna) todos los países, en particular los más ricos, se pueden beneficiar de la inversión que hacen los territorios más innovadores, ya que el acceso a las plataformas digitales son a coste cero, más allá de entregar nuestros datos sin cobrar nada a cambio. Es decir, los europeos innovamos menos, pero tenemos acceso a precios similares a los productos que inventan en EEUU, por lo que nuestra riqueza relativa no se ha visto mermada.

 

O expresado de otra forma, los estadounidenses poseen más bienes materiales —lo que capta el PIB—, pero los europeos, por el contrario, disponen de más tiempo libre, trabajan menos horas y disfrutan de más vacaciones, además de disfrutar de mayor esperanza de vida a la luz de la existencia de programas sociales más amplios, como la atención médica garantizada, o menor violencia física por las restricciones al uso de armas de fuego. ¿Cómo se ve reflejado en el PIB, por ejemplo, el menor nivel de inseguridad económica y laboral en Europa respecto de EEUU debido a la gran exposición de la renta estadounidense a la evolución de los mercados financieros, lo que puede generar situaciones de ansiedad?

Populismo y verborrea

La discusión tiene importancia no sólo porque afecta a algunos fundamentos del análisis económico, sino también por razones políticas. El populismo y la verborrea que hoy devoran a los parlamentos nacionales en Europa han construido una imagen irreal de Europa basándose exclusivamente en el PIB, cuyas limitaciones y carencias para identificar los niveles de vida y de riqueza relativa son evidentes. Este error ya fue identificado por un Grupo de expertos, presidido por el Nobel Stiglitz, que convocó la OCDE después de la gran crisis financiera, y su principal conclusión fue que la excesiva dependencia del PIB como indicador del desempeño económico (crecer a cualquier precio sin tener en cuenta las externalidades negativas) indujo a error a los responsables políticos que no previeron la crisis de 2008.
 
De hecho, el debate iniciado por Krugman subraya, en última instancia, la distinción entre crecimiento material (la producción de bienes que recoge el PIB) y el bienestar económico, que política y socialmente es lo más relevante. Y lo cierto es que Europa, con todos sus importantes problemas como la vivienda o el deterioro de algunos servicios públicos, ha logrado mantener sus niveles de vida a pesar de ir a la zaga de EEUU en innovación. En gran medida porque la globalización ha permitido a los consumidores europeos beneficiarse de los avances tecnológicos desarrollados en otros lugares. Algo que, evidentemente, no quiere decir que haya que renunciar a la innovación, toda vez que es el motor de la productividad, que, al fin y al cabo, como suele decirse, (junto a la demografía) lo es todo en economía.
El debate lo abrió hace unas semanas el economista Paul Krugman, conocido en EEUU y en el mundo académico por sus posiciones liberales en el sentido estadounidense del término. Lo que defiende Krugman, convertido en el pepito grillo del establishment económico, es que, en contra de lo que se suele argumentar (incluido Mario Draghi), Europa no se está quedando atrás respecto de EEUU. Krugman, de hecho, según sus palabras, niega que Europa haya perdido “todo el dinamismo que alguna vez tuvo y se está convirtiendo en un museo de sus antiguas glorias”. Europa no está en declive, viene a decir Krugman. Por el contrario, “está a la par de EEUU”.

https://www.elconfidencial.com/espana/mientras-tanto/2026-06-07/debate-mas-interesante-ultimos-anos-mundo-ignora_4368416/



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