29 septiembre 2009

1.Bioeconomia - Entropía, recursos naturales y economía ecológica



"Muchas discusiones infructuosas sobre la naturaleza de las expectativas podrían evitarse reconociendo desde el primer momento que las acciones conscientes del hombre son el resultado de sus creencias y de ninguna otra cosa."

- Georgescu-Roegen The Nature of Expectation and Uncertainty, 1958


1-- Extracto entrevista sobre Georgescu-Roegen


Nicholas Georgescu-Roegen fue un economista excepcional en la ciencia económica del siglo XX, ha sido uno de los padres de lo que, en la actualidad, se conoce como economía ecológica (y que él denominaba bioeconomía) Realizó aportaciones pioneras a varios campos de la teoría económica, a la vez que fue un crítico singular tanto por el estilo de sus argumentaciones, como por su vocación en trascender el limitado campo de la economía convencional. En su obra se entrelazan conceptos filosóficos, económicos, históricos, físicos y biológicos de una manera enriquecedora para el análisis y no como simples añadidos más o menos oportunos. No en vano un premio Nobel como Paul Samuelson le consideraba “el erudito entre los eruditos, el economista entre los economistas”.
Su obra principal, The Entropy Law and the Economic Process (La Ley de la Entropía y el Proceso Económico) publicada en 1971, a la edad de 65 años, supone el testimonio de ese esfuerzo, y creo que es una de las mayores y mejor informadas impugnaciones de la teoría económica convencional que se han escrito hasta la fecha. Ese libro fue contemporáneo de varios textos y acontecimientos importantes para la formación de la conciencia ecologista a escala planetaria (Informe Meadows, el “Manifiesto por la supervivencia”, la Cumbre de Estocolmo, etc.).
El autor del libro sobre Georgescu, Oscar Carpintero, trata en primer lugar, la polémica sobre “Los límites del crecimiento” con un artículo titulado “Energía y mitos económicos” en el que criticaba duramente la actitud de los economistas convencionales respecto de las tesis contenidas en el Informe Meadows aunque, a la vez, mostraba sus dudas respecto al crecimiento cero y el estado estacionario como “salvación ecológica”. Por otra parte, cuando en 1972 se celebró la Cumbre de Estocolmo, Georgescu-Roegen fue invitado y participó activamente en la Cumbre paralela auspiciada por la asociación pacifista Dai Dong. Además contribuir decisivamente a la elaboración del Manifiesto final, y consciente de las desigualdades en la distribución de los recursos a escala planetaria, realizó una propuesta radical para permitir la libertad de circulación de personas, sin ningún tipo de restricción, visado o pasaporte. Lo que contrasta con la actual prohibición y contención militar de las migraciones en la población más pobre a escala mundial. Por último, Georgescu-Roegen intentó influir en la mentalidad y prácticas de sus compañeros de profesión al redactar, con la ayuda de otros dos notables economistas ecológicos, el manifiesto “Hacia una economía humana”, que firmado por más de 200 economistas fue presentado y aprobado en 1973, en la reunión de la American Economic Association (buque insignia de la economía ortodoxa). Se trata de un bello texto donde se denunciaba la responsabilidad de las economías de los países ricos y su crecimiento económico en el deterioro ambiental, al mismo tiempo que se reclamaba un cambio de rumbo en las prácticas de los economistas que muchas veces servían de coartada para ese estado de cosas: se pedía una nueva visión de la economía global basada en la justicia, y la distribución equitativa de los recursos de la Tierra entre las generaciones presentes y futuras.
—¿Por qué tiene tanta importancia para algunas corrientes de la economía crítica?
—Georgescu-Roegen hizo dos cosas importantes: realizó aportaciones heterodoxas a la economía convencional y también contribuciones disidentes que traspasaban los estrechos límites del enfoque económico ortodoxo. En el primer sentido, fue uno de los “pioneros” de la economía matemática como lo atestiguan sus trabajos de los años treinta, cuarenta y cincuenta, pero a pesar de tener todo a su favor por su gran dominio de las matemáticas, fue siempre muy consciente de las ventajas y sobre todo de las limitaciones de este instrumento para explicar los comportamientos sociales y económicos. Georgescu-Roegen reparó pronto en que muchas veces se confundía el medio con el fin, y se intentaba “forzar” la realidad económica —a veces hasta la tortura— para adaptarla a las propiedades formales que los modelos económicos debían satisfacer. Nunca fue un economista matemático dócil, y siempre mantuvo afilada la punta crítica de su pensamiento. Solía realizar preguntas incómodas a sus compañeros de profesión. Su heterodoxia dentro de la corriente principal y su experiencia rumana de entreguerras le llevaron, por ejemplo, a cuestionar la validez de la teoría de los precios para el caso de una economía campesina superpoblada, poniendo sobre el tapete los supuestos “fantásticos” que se escondían tras dicha teoría y que la hacían prácticamente inaplicable a cualquier escenario. Al concebir el proceso económico desde un punto de vista evolutivo, que implica la aparición de cambios cualitativos, se atrevió a desenmascarar las limitaciones de predecir el futuro económico mediante modelos econométricos mecanicistas, con la salvedad de que dicha crítica, como te he dicho, no procedía de un economista ignorante de las matemáticas sino de un estadístico y matemático experimentado. Su ataque contra la “dogmática creencia de que el mecanismo libre de los precios es la única forma de asegurar una distribución racional de los recursos entre todas las generaciones” le complicó aún más las cosas con la Academia.
—Pero tú decías que Georgescu-Roegen fue algo más que un economista heterodoxo.
—Efectivamente, él fue más allá en su denuncia y construcción de alternativas teóricas. Se convirtió en uno de los primeros críticos sistemáticos de la epistemología mecanicista, pero no sólo a la hora de describir los comportamientos económicos de los individuos, sino —y esto es importa en economía Su obra es una de las mayores impugnaciones de la teoría económica convencional que se han escrito hasta la fecha — en lo que atañe a la descripción del proceso económico de producción de bienes y servicios. Un proceso que al tener una naturaleza físico-química, parecía haber quedado al resguardo de toda crítica. Si uno toma cualquier manual estándar de teoría económica verá que allí, cuando se describe el proceso de producción, los factores productivos (trabajo y capital) se transforman sin pérdida o fricción en mercancías listas para venderse, alimentando así un movimiento mecánico circular, reversible y autosuficiente, donde todo lo producido es consumido y viceversa; pero que oculta deliberadamente la contribución de los recursos naturales a la producción, así como la aparición de los residuos y la contaminación que necesariamente se generan en todo proceso de producción o consumo. Pero si el proceso económico implica el uso de energía y materiales, habrá que tener en cuenta las leyes que gobiernan la utilización de esos recursos, y conocer los resultados de las ciencias que se dedican a su estudio, en especial la termodinámica (y su ley de la entropía). Sólo de esta manera cabe argumentar sobre bases sólidas en contra, por ejemplo, del mito del crecimiento económico indefinido, o de la utilización eterna de la energía y los materiales contenidos en la Tierra.
Relacionó, por lo tanto, disciplinas del ámbito social,como la economía, con conocimiento físico, natural —Exacto. Georgescu-Roegen conectó economía y termodinámica ya desde finales de los cincuenta, dando realismo a la representación del proceso económico, e incorporando la distinción cualitativa entre los recursos naturales (con baja entropía) antes de que sean valorados monetariamente y de los residuos (alta entropía) una vez que han perdido su valor. Si el proceso de producción de mercancías transforma recursos de baja entropía en bienes y residuos de alta entropía, esto supone un aumento de la energía no aprovechable, o no disponible. Lo que explica que la ley de la entropía esté en la raíz de la escasez económica. Pero Georgescu-Roegen hizo algo más que resaltar este aspecto energético. Sabiendo, como sabía, que la Tierra es un sistema abierto en energía pero cerrado en materiales, llamó la atención sobre el hecho de que, en el futuro, la escasez fundamental no vendría tanto por lado de la energía (habida cuenta la existencia de la radiación solar), sino por la vertiente de los materiales. Y como la actividad económica es un potente instrumento de disipación material, esto le llevó a proponer su polémica “cuarta ley de la termodinámica”, para dar cuenta de este aspecto usualmente descuidado tanto por los economistas como por los termodinámicos.
—Pero, además, según creo, el ámbito biológico no está orillado en sus reflexiones e investigaciones.—En absoluto. Además de conectar economía y termodinámica, también contribuyó decisivamente a ver el proceso económico desde un punto de vista evolutivo, relacionando los resultados de la biología con la ciencia económica y entendiendo la economía como una rama de la biología interpretada ampliamente (no de manera reduccionista al estilo sociobiológico). Para Georgescu-Roegen, la teoría económica debía transformarse en bioeconomía por varias razones. De un lado, porque somos una de las especies biológicas del planeta y como tal estamos restringidos por las leyes naturales que gobiernan su funcionamiento. Esto supone que hay que atender la evolución de la humanidad como especie y no sólo como un individuo que nada más busca maximizar su utilidad o beneficio personal. De otra parte, somos la única especie que en su evolución ha violado los límites biológicos, lo que está poniendo en riesgo nuestra propia existencia.
—Su propuesta de acercamiento de la economía a las ciencias de la naturaleza, ¿cómo fue recibida por los economistas de orientación más ortodoxa? ¿Qué crees que ayudó a despertara Georgescu-Roegen de su sueño dogmático? —El “despertar del sueño dogmático” al que aludes es otro ejemplo de su coherencia. Creo que lo que le salvó fue esa manía por no cerrar los ojos ante las dificultades científicas recurriendo al viejo expediente de negar la realidad por complicada, por no ajustarse al corsé de los modelos económicos convencionales. Y eso fue lo que le llevó a ampliar las miras, a conectar con disciplinas científicas , que también hablaban sobre el mundo, y a las que la economía no podía cerrar los ojos, so pena de aislarse en mundos matemáticos imaginarios. Esta actitud explica además bastante de la reacción de los economistas convencionales, instalados en una estrechez de horizontes científicos muy común. Sigo creyendo que una de las mejores declaraciones para describir la actitud de los economistas convencionales hacia las aportaciones bioeconómicas de Georgescu-Roegen la escribió Mark Blaug hace ahora dos décadas. En un libro sobre los Grandes economistas desde Keynes, Blaug reconocía que, a pesar de su gran mérito, las últimas obras de Georgescu-Roegen habían sido respetuosamente recibidas y rápidamente dejadas de lado”.
—¿Es cierto que propuso un Programa Bioeconómico Mínimo para enfrentar la situación de crisis ecológica? ¿En qué consistía? —Efectivamente. Su análisis le llevó a la conclusión de que los problemas a los que nos enfrentamos no son estrictamente económicos ni ambientales, sino bioeconómicos. Desde 1972 Georgescu-Roegen esbozó la dimensión política de su Bioeconomía proponiendo una serie de medidas generales (que llamó Programa Bioeconómico Mínimo), gobernadas por el principio de precaución (que él formulaba como “la minimización de los arrepentimientos futuros”) y un principio de conservación y reciclaje. De entre las medidas que proponía hay un par de ellas que me parecen de especial interés por su vigencia (teniendo en cuenta la fecha en que las realizó, pues ahora podrán parecernos algo ya sabido). Por un lado, su propuesta de prohibir completamente la producción de armamento para “asesinarnos a nosotros mismos”. Como economista sabía el coste de oportunidad de los recursos, y habiendo sufrido dos guerras mundiales, nunca le convencieron los argumentos que justificaban la carrera armamentista como disuasión. Frente a ello ponía, por analogía, el siguiente ejemplo: “es absurdo e hipócrita continuar la producción creciente de tabaco si, declaradamente, nadie tiene intención de fumar”. En segundo lugar, conocía también hasta qué punto la agricultura química estaba poniendo en serio peligro la seguridad alimentaria de las personas y la salud de los ecosistemas. Propuso desde el principio la necesidad de reducir gradualmente la población mundial hasta el nivel en que pudiera alimentarse únicamente con agricultura ecológica, pues sólo de esta manera se preservaría la riqueza y la fertilidad de los suelos a largo plazo para la alimentación de las generaciones futuras. Estas y otras propuestas las cerraba Georgescu-Roegen animándonos a curarnos del “círculo vicioso de la maquinilla de afeitar”, por el cual nos aferramos al absurdo de afeitarnos más rápido cada mañana para así tener tiempo suficiente para trabajar en una máquina que afeite más rápidamente y así tener más tiempo para trabajaren otra máquina que todavía lo haga más rápido... y así ad infinitum. Reflexión que, de paso, nos coloca frente al viejo dilema de cómo usar nuestro ocio y de retornar, por una vez, a la antigua sabiduría que nos aconsejaba trabajar para vivir y no lo contrario.
—¿Cómo puede definirse la economía ecológica o bioeconomía? Economía ecológica y economía del medio ambiente, ¿son términos sinónimos? —Por empezar por el final. Quisiera aclarar que, en contra de lo que puede sugerir la similitud de nombre, ambos no son términos sinónimos. Por un lado, la economía ambiental, o del medio ambiente, es un intento más por extender la vara de medir del dinero hacia los problemas relacionados con la contaminación y el uso de recursos naturales sin ninguna modificación teórica sustancial. Implícitamente, se asume la idea de que el medio ambiente es una variable más dentro del sistema económico (como lo pueden ser el factor trabajo, o el capital), y lo único que hay que hacer es aplicar el instrumental adecuado para llevarlo al redil de lo mercantil. Pero esto no es tarea fácil. ¿Cuál es, por ejemplo, el valor monetario de la absorción de dióxido de carbono por las plantas?, ¿cuál es el valor monetario de la digestión de residuos que realizan los microorganismos descomponedores, o los ríos? ¿Se pueden compensar esas funciones en términos monetarios?
Sin embargo, hay otra forma de enfocar este asunto. Tal y como recuerda la economía ecológica, la relación de inclusión entre economía y medio ambiente es precisamente la contraria: es el sistema económico el que se inserta dentro de un sistema más amplio que es la Biosfera, cuyo funcionamiento está gobernado por leyes físicas y biológicas que condicionan y limitan el funcionamiento de los diferentes subsistemas, entre ellos el económico. Por tanto, la economía ecológica cuestiona que la simple monetarización de los costes y beneficios ambientales (cuando sea posible) vayan a mejorar, por ejemplo, la sostenibilidad de las economías industriales, sugiriendo que esa sostenibilidad es, sobre todo, una cuestión del tamaño o escala que ocupa el sistema económico dentro de la biosfera. Y a ese tamaño debemos acercarnos en términos físicos o territoriales, esto es, dando cuenta del impacto de las actividades de producción y consumo en unas unidades entendibles por la propia Naturaleza. Esto obliga a apoyarse en las enseñanzas de las disciplinas que analizan el comportamiento de la propia Biosfera (termodinámica, biología...). Por eso tiene razón Martínez Alier cuando sugiere que, en la actualidad, podemos tomar como sinónimos la bioeconomía de Georgescu- Roegen y la economía ecológica.
Georgescu ponía de relieve la importancia de tener presente la naturaleza entrópica del proceso económico, su estrecha relación con los fenómenos de la escasez y la contaminación, además de alentar sobre los peligros del análisis económico reduccionista (en este caso energético). También ayudó a su difusión la interesante entrevista que le realizó Jorge Wagensberg en 1979, y que fue publicada por la revista Algo.Pero sin duda los dos economistas que han hecho una mayor labor por acercar la obra de Georgescu-Roegen al público hispánico han sido Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo, sobre todo desde finales de los ochenta. Martínez Alier no sólo tuvo una relación de amistad importante con el economista rumano, sino que fue el responsable de la única conferencia que Georgescu-Roegen impartió en España durante la primavera de 1980 en la Universidad Autónoma de Barcelona. Además, ha desarrollado un esfuerzo notable en la elaboración de varios homenajes internacionales a Georgescu-Roegen durante los últimos años de su vida y posteriormente. Por su parte Naredo, por ejemplo, lo cita abundantemente en su, ya clásico, La economía en evolución (1987), y contribuyó decisivamente para que en 1996 apareciera por fin la edición en castellano de la principal obra de Georgescu-Roegen (La ley de la entropía y el proceso económico) acabando así, 25 años después, con la anomalía de que dicho libro no estuviera aún vertido a este idioma.
Finalmente, ¿cuál sería en tu opinión el principal legado de Georgescu-Roegen? —Si hubiera que ceñirse a una sola cosa, resaltaría su talante transdisciplinar, su disposición a traspasar las fronteras de la teoría económica, de abrirla a los resultados de las disciplinas científicas vecinas como forma de romper el aislamiento; recordándonos la importancia de los cimientos biofísicos sobre los que se asientan las actividades económicas, sus posibilidades y limitaciones. Y todo ello haciéndolo con una independencia de criterio, falta de papanatismo y rigor intelectual muy poco comunes

entrevista completa en:

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Entropía, recursos naturales y economía ecológica

Jorge Riechmann (Revista Daphnia)
Ha caracterizado a la doctrina económica convencional una irresponsable despreocupación por el sustrato material, biofísico, sobre el que se construyen las economías humanas. Buena muestra de ello son dos creencias que, a modo de incuestionados axiomas, subyacen al entero edificio de la mainstream economics: la de que existe una cantidad infinita de recursos naturales y la de que estos son indefinidamente sustituibles entre sí, y con el capital y el trabajo humanos. Ninguna de ambas creencias tiene fundamento en la realidad. La primera viene a ser la quintaesencia de lo que Kenneth E. Boulding bautizó como la "economía del cowboy"; habría que rogar a nuestros economistas que se quitasen el sombrero de ala ancha, pues dificulta bastante la visión, y tomasen nota de que la expansión hacia el salvaje Oeste hace ya tiempo que topó con la barrera del Océano Pacífico. En cuanto a la segunda creencia -la sustituibilidad indefinida-, es tan razonable como la actitud de aquel señor del chiste que, al ver que con cierta estufa sus gastos en combustible se reducían a la mitad, se compró otra estufa del mismo tipo convencido de que con dos ¡podría calentar la casa sin combustible alguno!
La crisis ecológico-social ha puesto de manifiesto que semejante despreocupación por el sustrato biofísico sobre el que se apoyan las economías industriales y la atención prioritaria a los flujos monetarios y el intercambio mercantil conducen finalmente a tener que pagar un precio trágico (en devastación ambiental, sufrimiento humano y aniquilación de vida).
Desde hace decenios, y con intensidad renovada en los cuatro últimos, se consagran muchos esfuerzos a una reformulación de la teoría económica que sea capaz de dar cuenta de lo que Wendell Berry llamó la Gran Economía: la "economía" de la biosfera, la economía que sostiene la red total de la vida y todo lo que depende de la buena salud de la Tierra y sus ecosistemas. Una parte importante de estos esfuerzos se centran en esclarecer lo que ciencias naturales como la física y la biología tienen que aportar a la ciencia económica: por ejemplo, conocimientos sobre los límites con que topan los sistemas económicos a causa de su inserción en sistemas biofísicos que contienen a los primeros.
Entre los fenómenos y nociones biofísicas esenciales para la comprensión de aquella Gran Economía se encuentran, muy en primer lugar, las leyes de la termodinámica, en especial la segunda (conocida como principio de entropía), o lo que es lo mismo: las constricciones que los principios termodinámicos imponen sobre los procesos socioeconómicos. El gran economista rumano -afincado en EEUU- Nicholas Georgescu-Roegen fue un pionero en la exploración de estas cuestiones a partir de los años sesenta del siglo XX.
Pero si -por la primera ley de la termodinámica- la materia-energía no se pierde, sino que solamente se transforma, ¿no desaparecen como por ensalmo todos los problemas de límites al crecimiento económico que preocupan a los ecologistas? Pues no, a causa del segundo principio (o la segunda ley) de la termodinámica. Los diversos tipos de energía (de trabajo almacenado) no son igualmente convertibles en trabajo útil. Si se quiere decir de otra forma: existen formas de energía de "buena" y "mala" calidad para nosotros.
La entropía es una medida de la disponibilidad de la energía: mide la cantidad de energía que ya no se puede aprovechar transformándola en trabajo. Un aumento de la entropía supone una disminución de la energía disponible: ni el carbón ni el petróleo pueden quemarse dos veces. Podemos vincular la idea de entropía con los recursos naturales que empleamos para nuestra subsistencia de la siguiente forma: el recurso natural más básico y fundamental es la materiaenergía de baja entropía (vale decir: materia- energía con alto grado de orden y disponibilidad). El mineral de hierro con alta concentración de metal es un recurso precioso para nosotros, mientras que el hierro disuelto en el océano es prácticamente inutilizable.
En la Tierra existen de forma natural "depósitos de baja entropía", islas de entropía negativa o "neguentropía" que desde los comienzos de la Revolución Industrial hemos ido agotando rápidamente: se trata de las reservas de combustibles fósiles, los yacimientos minerales, etc. Dilapidar de forma irresponsable la riqueza natural que constituyen estos "depósitos de baja entropía" restringe cada vez más las opciones vitales de los seres humanos que nos sucederán. En cierto sentido, el imperativo de una sociedad ecológicamente sustentable podría formularse como un imperativo de minimización de entropía.
La economía convencional ha tenido en cuenta, más o menos, la primera ley de la termodinámica; pero no la segunda, que es incomparablemente más importante que la primera a efectos prácticos. Si uno observa la representación clásica del proceso económico en los manuales al uso, verá que en realidad se trata de una máquina de movimiento perpetuo, o sea, un objeto imposible. La termodinámica enseña que esos diagramas circulares, ese movimiento pendular entre producción y consumo en un sistema completamente autárquico, no corresponde a la realidad. El hecho de que el sistema económico se halle inserto dentro de sistemas biofísicos que forman una biosfera altamente compleja, y que dependa para su funcionamiento de fuentes de materiales de baja entropía y de sumideros para los desechos de alta entropía producidos; el hecho de que el principio de entropía gobierna todos los procesos del mundo material, sencillamente se ignora en la economía convencional.
En cierta ocasión Kenneth Boulding afirmó que "quien crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un mundo finito, o es un loco o es un economista". Podríamos parafrasear la humorada del modo siguiente: quien crea que se puede violar la ley de la entropía, o es un loco o es un economista convencional. Pues, en efecto, los economistas convencionales tienen tantos problemas con la ley de la entropía como con los fenómenos de crecimiento exponencial en sistemas cerrados (y por razones parecidas).
La economía ecológica, por el contrario, sitúa la segunda ley de la termodinámica en el centro de sus reflexiones. Parte de la premisa de que el proceso económico es entrópico en todas sus etapas materiales. La segunda ley de la termodinámica tiene importantes implicaciones económico-ecológicas. Lo que muestra es esencialmente que la actividad económica está constreñida por ciertos límites insuperables. Señala, así, los límites al reciclado: el reciclado perfecto es imposible.
Sólo se puede recuperar una parte de los materiales; siempre hay un resto que se pierde irrecuperablemente. Por lo demás, el problema se desplaza al terreno de la entropía energética: reciclar exige siempre utilizar energía, en cantidades que pueden ser muy grandes, inabordables.) Los neumáticos pueden reciclarse; las partículas de neumático adheridas al asfalto no. El plomo de las baterías puede recuperarse en un alto porcentaje; el plomo emitido a la atmósfera junto con los gases de escape de los automóviles no. El cierre total de los ciclos es imposible, y las pérdidas de materia inevitables.
Alguien tan lúcido como Barry Commoner pecó, sin embargo, de optimismo tecnológico insuficientemente consciente de los límites que las leyes de la termodinámica imponen a la ecologización de la economía. En efecto, hace años postulaba que "los elementos químicos que constituyen los recursos del planeta pueden ser reciclados y reutilizados indefinidamente, siempre y cuando la energía necesaria para recogerlos y refinarlos esté disponible".
Ahora bien: sin entrar en otros problemas que plantearía la extremosidad de este planteamiento, el reciclado perfecto es un imposible termodinámico, y por eso esta "solución" falla. Un ejemplo aducido a veces en este contexto prueba en realidad lo contrario de lo que se supone que tendría que probar. "A pesar de su enorme dispersión, más de la mitad del oro extraído hasta ahora sigue controlado, y se reúne cuando es necesario gastando energía". El ejemplo se vuelve contra la intención de quien lo propuso: a pesar de que el oro ha sido un metal valiosísimo para todas las civilizaciones, y de que los seres humanos lo han reunido, atesorado y conservado (o sea, reciclado) como ningún otro material en toda la historia humana, sólo algo más de la mitad de todo el oro extraído en toda la historia humana está hoy disponible. ¡Piénsese lo que ha ocurrido y ocurrirá con materiales menos preciados! Y no vale replicar que, con las escaseces crecientes o con los nuevos impuestos ecológicos, el latón o el papel llegarán a ser tan valiosos como el oro: sería una salida fraudulenta por la tangente, que no tendría en cuenta hechos termodinámicos básicos, por no hablar de los supuestos irreales sobre la organización social y la psique humana.
En definitiva, el reciclado perfecto es imposible; y precisamente podríamos enunciar el segundo principio de la termodinámica también de la siguiente forma: la energía no puede reciclarse, y la materia no puede reciclarse nunca al cien por cien.
La segunda ley de la termodinámica también impone límites al aprovechamiento de los recursos naturales. Detrás de las distintas leyes de rendimientos decrecientes con que tropieza el género humano se halla por lo general la estructura entrópica de nuestro mundo. Por ejemplo, en lo que se refiere a los recursos naturales: a medida que consumimos los mejores yacimientos minerales, los depósitos de combustibles fósiles más accesibles, sólo nos van quedando (en una corteza terrestre progresivamente más desorganizada) depósitos de materia-energía con mayor entropía, y por ello menos disponibles, menos útiles, menos aprovechables y cada vez más caros de explotar. "Cada vez nos acercamos más al momento en que la obtención de una tonelada de petróleo implique el consumo de tanta energía como la que contiene ese petróleo. En esa tesitura de nada sirve ya la sabiduría del economista, según la cual todo es sólo una cuestión de precios, pues el precio debe ser pagado en la única divisa fuerte de este mundo, a saber, en energía" (Christian Schütze).
Jorge Riechmann es profesor de Filosofía Moral y Política en la UAM y colaborador del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud de CCOO. 
 


1 comentario:

JOAKO dijo...

Esto me pasa por no leer los post en orden de publicación, ahora comprendo mejor los posteriores,. Muy interesante este Georgescu y su teoria bioeconomica o economia ecologica, me quedo con lo de que somos un sistema abierto en energia y cerrado en materiales, creo que es ahí donde está la clave, lo que nos hace darnos cuenta del todo del sistema, en el cual la economia es un subsistema.
¡Bravo, excelente post!

Comence las clases el pasado lunes.