03 febrero 2013

Crisis, endeudamiento, demanda.....AB.RH


Porque Japón es un ejemplo de una aplicación errónea de las políticas para salir de una crisis de demanda a una crisis de endeudamiento.

Políticas que sólo han comportado que su deuda pública alcance el 200% del PIB y su crecimiento, como podemos ver en el Grafico 1, haya sido escaso.

Porque para salir de una crisis de endeudamiento se tiene que generara inflación, para que los tipos de interés negativos generen una transferencia de riqueza entre acreedores y deudores y puedan desendeudarse; y cómo podemos ver en el Grafico 2 no han sabido hacer.

“One way of viewing the Fed’s interest-rate policy is that it has, in effect, transferred wealth from savers to borrowers, says James Camp of Eagle Asset Management” The Economist.

Porque para generar inflación, se tiene que imprimir dinero, como ha hecho la Fed y podemos ver en le Grafico 3.

La deflación, como podemos ver en el Grafico 4, es lo que agravo la Gran depresión y hasta que no se empezó a generar inflación con la 2ª Guerra Mundial, no se salió de la crisis de endeudamiento que estallo en 1929.

Y este es el mismo motivo por el que Japón, aún no ha salido de la crisis de deuda, que estallo en 1990, fruto de una burbuja inmobiliaria.

Pero parece que Japón está dispuesto a empezar a imprimir dinero para generar inflación, porque cuando los tipos de interés del BOJ ya están cerca de 0, la única opción para bajarlos es la inflación.

Algo que le han pedido varios economistas, entre ellos Paul Krugman “quién exigía poner en marcha la “máquina de imprimir dinero” y ponerse a comprar títulos de deuda pública a mansalva. En resumen, en una situación de deflación, con precios a la baja, incluso unos tipos de interés minúsculos del 0,25% son demasiado altos para favorecer el desendeudamiento y favorecer la inversión y el consumo.” Manuel Estapé Tous.

Ahora sólo hace falta que Alemania también lo permita, para que podamos salir de la crisis de endeudamiento, aunque en esto será más difícil, porque Alemania son los acreedores y nosotros los deudores y, dudo que estén dispuestos a hacernos transferencias de riqueza vía intereses negativo, por mucho que se lo pida Paul Krugman.

Japón cambia de rumbo

Es el primer país del Grupo de los Siete ricos que varía su política económica por el apoyo masivo del electorado a las medidas expansivas

Shinzo Abe prometió aumentar los estímulos a la economía y recurrió al manual keynesiano El Banco de Japón ha cambiado su objetivo de inflación, doblándolo, al pasar del 1% al 2%

Si uno descarta a Estados Unidos, con una política monetaria agresiva y una política fiscal con moderadas restricciones en el gasto, Japón es el primer país de las siete grandes democracias industriales que se baja en marcha del tren de la austeridad que reina en la eurozona para coger el tren en la dirección opuesta.

La explicación podría radicar en que lejos de sufrir “la peor crisis económica desde la Gran Depresión de los años treinta” los países desarrollados occidentales experimentan en la actualidad la repetición del tremendo pinchazo que sufrió Japón en su burbuja financiera e inmobiliaria (1989-1992). Una burbuja descomunal: la capitalización bursátil de la bolsa de Tokio equivalía a la mitad de la capitalización bursátil mundial, y los alrededores del Palacio Imperial de Tokio tenían un valor equivalente a todo el parque inmobiliario del estado de California. Desde entonces hasta ahora, casi un cuarto de siglo, el PIB japonés apenas ha crecido, fruto de un crecimiento bajísimo y de la débil pero persistente deflación de precios.

En The Holy Grail of Macroeconomics. Lessons from Japan’s Great Recession (el santo grial de la macroeconomía, lecciones de la gran recesión japonesa), Richard C. Koo explica hasta qué punto pueden ser largos los procesos de desendeudamiento.

Al margen de la literatura económica existente –e ignorada por nuestros gobernantes–, quiénes dijeron basta hace algo más de un mes fueron los electores nipones que votaron masivamente en favor del hoy primer ministro Shinzo Abe, que hizo campaña centrándose en la necesidad de cambiar radicalmente de política económica en favor de políticas expansivas tanto desde la vertiente presupuestaria como desde la monetaria.

Hace tan solo un año, su antecesor en el cargo aprobó doblar el IVA con el objetivo de acelerar la consolidación fiscal. Y como ha ocurrido en Grecia, Portugal y España el aumento de la presión fiscal apenas incrementó la recaudación al frenar la actividad y así siguió aumentando el volumen de deuda respecto al PIB, un proceso que puede denominarse la trampa de la austeridad. Shinzo Abe prometió aumentar los estímulos a la economía y recurrió al manual keynesiano con inversión y obra pública que no parecen inútiles en un país con infraestructuras deterioradas y riesgos de catástrofes naturales. Lejos quedaban las críticas editorializadas por The Economist a mediados de los años noventa ironizando sobre la (in)utilidad de gastar dinero en puentes hacia ningún sitio o en abusos ecológicos como asfaltar los lechos de los ríos (para impulsar la demanda de cemento, paralizada absolutamente por el colapso inmobiliario.

Si el gasto público ha evitado una Gran Depresión en Japón, las medidas de ajuste iniciadas en los últimos años ante una deuda que supera el 200% del PIB han provocado una recaída en la recesión.

Mientras tanto, el Banco de Japón, que desde mediados de los años 90 bajó sus tipos por debajo del 1% y posteriormente del 0,25%, se ha mostrado mucho menos audaz a la hora de adoptar medidas no convencionales (desde 2005 apenas ha incrementado el tamaño de su activo). A mediados de los noventa, a Japón le salían consejeros por doquier, desde el padre del monetarismo, Milton Friedman, para quien los problemas económicos del país respondían a “una década de política monetaria inepta”, al neokeynesiano Paul Krugman, quién exigía poner en marcha la “máquina de imprimir dinero” y ponerse a comprar títulos de deuda pública a mansalva. En resumen, en una situación de deflación, con precios a la baja, incluso unos tipos de interés minúsculos del 0,25% son demasiado altos para favorecer el desendeudamiento y favorecer la inversión y el consumo.

Pero lo que ha puesto los pelos de punta a Ángela Merkel y a su ex asesor económico, hoy presidente del Bundesbank, ha sido que Shinzo Abe cumpliese su promesa de forzar un cambio en la política monetaria del Banco de Japón, en su objetivo de inflación, doblándolo del 1% al 2%, y en la necesidad de favorecer una depreciación del yen. Este trío de sapos que han tenido que tragarse los responsables del Banco de Japón demuestra, además, la relatividad, de la independencia de los bancos centrales.