Geoeconómia y geopolitica en la competencia sistémica
Europa en la competencia sistémica
Este ensayo analiza la posición de Europa en un sistema internacional en transición acelerada, marcado por la competencia geopolítica, la fragmentación económica y el agotamiento de las instituciones supranacionales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. A partir del marco RMS (Riesgo, Monetario, Sistema), el texto sostiene que la actual parálisis europea no es un fallo coyuntural ni exclusivamente político, sino el resultado estructural de una estrategia prolongada de aplazamiento: la transformación de conflictos económicos y sociales no resueltos en riesgos financieros gestionables en el tiempo.
Durante décadas, la financiarización permitió “comprar tiempo” y sostener la estabilidad social sin acometer reformas profundas. Sin embargo, este mecanismo ha alcanzado sus límites en un contexto de competencia sistémica entre dos modelos coherentes y asimétricos: el imperio financiero-monetario estadounidense, basado en el privilegio del dólar y la coerción geoeconómica, y el Estado productivista chino, que subordina las finanzas a una estrategia industrial y política de largo plazo. Europa queda atrapada en una tenaza sistémica entre ambos, sin una arquitectura fiscal, industrial ni estratégica equivalente.
El ensayo argumenta que la Unión Europea ha pasado de ser un proyecto de convergencia económica en un mundo estable a enfrentarse a un entorno de divergencia estratégica permanente para el que no fue diseñada. La inoperancia de sus instituciones no es accidental, sino funcional a una arquitectura incompleta que bloquea la acción cuando esta resulta más necesaria.
Finalmente, el texto plantea que Europa se encuentra ante una disyuntiva histórica: completar su arquitectura institucional y estratégica, avanzando hacia una capacidad real de decisión en un mundo sin reglas compartidas, o aceptar una trayectoria de ajuste permanente, irrelevancia geopolítica y erosión democrática. El tiempo comprado se ha agotado; lo que está en juego ahora no es una reforma técnica, sino la viabilidad política del proyecto europeo en el nuevo orden global
Introducción
Europa ante el fin del tiempo comprado
Europa entra en la década de 2020 sin un colapso visible, pero también sin una dirección clara. No hay una crisis única que explique su malestar —ni un shock financiero comparable a 2008, ni una ruptura institucional explícita— y, sin embargo, la sensación dominante es la de agotamiento. Agotamiento económico, político, estratégico y narrativo. Esta paradoja es el punto de partida del presente ensayo.
La hipótesis central es que la Unión Europea no atraviesa una crisis coyuntural, sino el final de una fase histórica: la del aplazamiento estructural. Durante décadas, Europa logró sostener estabilidad social, integración económica y legitimidad política sin resolver plenamente sus tensiones internas fundamentales —productividad desigual, divergencias fiscales, dependencia externa, déficit de soberanía estratégica— gracias a un entorno internacional benigno y a una arquitectura financiera que permitía desplazar los costes hacia el futuro.
Ese entorno ya no existe.
El orden internacional que hacía posible la integración europea descansaba en cuatro supuestos hoy erosionados:
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Seguridad externalizada bajo el paraguas estadounidense.
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Energía abundante y barata procedente de terceros.
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Globalización estable, con reglas multilaterales relativamente previsibles.
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Finanzas despolitizadas, donde el mercado global absorbía desequilibrios.
La ruptura simultánea de estos pilares no ha producido una explosión inmediata, sino algo más inquietante: una inercia paralizante. Las instituciones siguen funcionando, las reglas se aplican, los mercados operan… pero cada vez con menor capacidad de orientar el futuro.
Este ensayo propone leer esta situación no como una suma de errores políticos, sino como el resultado lógico de una arquitectura diseñada para la convergencia en un mundo estable, que se vuelve disfuncional cuando el sistema entra en competencia sistémica y exige decisiones distributivas, industriales y estratégicas explícitas.
Aquí es donde entra el marco RMS (Riesgo, Monetario, Sistema). Este enfoque permite reinterpretar la trayectoria europea como una secuencia de transformaciones del conflicto:
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el riesgo social se convirtió en riesgo financiero,
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el tiempo político se gestionó mediante instrumentos monetarios,
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y el sistema institucional se rigidizó para evitar decisiones irreversibles.
Durante años, esta combinación funcionó. Hoy, se ha convertido en una trampa.
Ambos modelos son internamente coherentes. Europa, en cambio, opera con una arquitectura fragmentada que separa moneda, fiscalidad, industria y poder político. El resultado no es neutralidad, sino vulnerabilidad estructural.
El objetivo de esta introducción no es anunciar un colapso inminente, sino algo más preciso: mostrar que Europa ha llegado al límite de su estrategia histórica de comprar tiempo. Las decisiones que se evitaron cuando eran opcionales empiezan a ser inevitables. Y las instituciones diseñadas para posponer conflictos se enfrentan ahora a un entorno donde no decidir también es una decisión, con costes acumulativos.
Las secciones siguientes desarrollarán esta tesis paso a paso:
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primero, reconstruyendo el origen funcional de la financiarización como estrategia de aplazamiento;
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después, aplicando el marco RMS para entender por qué la respuesta europea se bloquea;
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y finalmente, analizando qué tipo de reformas mínimas permitirían pasar de una lógica reactiva a una estrategia consciente en un mundo sin reglas compartidas.
Europa no está ante una crisis clásica. Está ante el final de una época en la que podía permitirse no elegir.
Sección 1 – Marco teórico RMS
Riesgo, dinero y sistema: cómo se gobierna el tiempo**
Para comprender por qué Europa parece incapaz de responder estratégicamente a un entorno cada vez más hostil, es necesario abandonar explicaciones morales o psicológicas —“falta de liderazgo”, “exceso de burocracia”, “miopía política”— y reconstruir el funcionamiento interno de su arquitectura. El marco RMS (Riesgo, Monetario, Sistema) permite hacerlo con precisión analítica.
RMS no es una teoría normativa, sino un instrumento de lectura: identifica cómo los sistemas políticos avanzados gestionan conflictos estructurales cuando el crecimiento, la cohesión social y la legitimidad democrática dejan de alinearse.
1. R – Riesgo: del conflicto político al riesgo financiero
Toda economía política enfrenta conflictos distributivos: entre capital y trabajo, entre generaciones, entre regiones, entre estabilidad y cambio. Cuando estos conflictos no pueden resolverse políticamente —por bloqueo institucional, fragmentación social o costes electorales—, los sistemas tienden a transformarlos en otra cosa.
Siguiendo a Greta Krippner, la financiarización debe entenderse como una respuesta funcional, no como una conspiración ideológica: cuando el crecimiento real dejó de sostener simultáneamente beneficios, salarios y Estado del bienestar, el riesgo social fue desplazado hacia el sistema financiero.
En Europa, este proceso adoptó una forma específica:
el acceso al crédito sustituyó a la negociación salarial,
la vivienda y los activos financieros reemplazaron a la renta como fuente de bienestar percibido,
la deuda pública permitió sostener servicios sin resolver la base fiscal común.
El conflicto no desapareció: se convirtió en riesgo financiero.
Durante años, esta conversión produjo estabilidad. Pero el riesgo no eliminado tiende a concentrarse. La crisis de 2008 mostró que los balances bancarios y soberanos se habían convertido en el nuevo espacio donde se acumulaban tensiones sociales no resueltas.
Desde entonces, Europa vive con una paradoja central:proteger a los ciudadanos del riesgo implica desestabilizar el sistema financiero; proteger al sistema financiero implica trasladar el riesgo a los ciudadanos vía inflación, precariedad o recortes.
2. M – Monetario: el dinero como gestión del tiempo
El segundo eje del marco RMS es monetario, pero no en un sentido técnico, sino temporal. Siguiendo a Wolfgang Streeck, las democracias capitalistas han sobrevivido durante décadas mediante estrategias sucesivas de comprar tiempo.
El dinero —y especialmente el crédito— se convierte en una herramienta para posponer decisiones políticamente costosas:
primero inflación,
luego deuda pública,
finalmente expansión financiera y política monetaria no convencional.
En la UE, esta lógica alcanzó su máxima expresión tras 2012. El BCE, sin mandato fiscal ni respaldo político pleno, asumió el papel de estabilizador sistémico:
contuvo primas de riesgo,
evitó fragmentación financiera,
permitió a los Estados seguir operando sin resolver la arquitectura fiscal.
Esta intervención fue decisiva, pero también ambigua: estabilizó el presente a costa de rigidizar el futuro. El tiempo comprado no se utilizó para completar la unión fiscal, energética o de capitales, sino para mantener el equilibrio existente.
El resultado es una dependencia estructural del instrumento monetario: cuando la inflación obliga a retirarlo, no aparece una alternativa política equivalente. El sistema queda expuesto.
3. S – Sistema: estabilidad por diseño, fragilidad por acumulación
El tercer componente del marco RMS es el sistema institucional. La UE fue diseñada para un mundo de baja conflictividad geopolítica, crecimiento tendencial y convergencia gradual. Sus rasgos clave:
toma de decisiones por consenso o mayorías cualificadas,
separación estricta entre política monetaria y fiscal,
prioridad de reglas sobre discrecionalidad,
integración económica sin soberanía política plena.
Este diseño es altamente eficaz para evitar decisiones erróneas. Pero es débil para tomar decisiones estratégicas cuando el entorno exige rapidez, escala y asunción explícita de costes.
El sistema europeo no colapsa: se bloquea. Y ese bloqueo no es accidental, sino funcional. Evita rupturas, pero también impide reconfiguraciones profundas. En términos RMS, el sistema ha optimizado la estabilidad de corto plazo a costa de su adaptabilidad de largo plazo.
4. RMS como clave interpretativa del impasse europeo
La fuerza del marco RMS reside en su integración:
el riesgo se desplaza pero no se resuelve,
el dinero compra tiempo pero pierde eficacia marginal,
el sistema estabiliza pero se rigidiza.
Europa no está paralizada por incompetencia, sino atrapada en una arquitectura de aplazamiento que ha agotado su capacidad de absorción. Lo que antes era una solución racional se ha convertido en una trampa estructural.
Este marco permitirá, en las siguientes secciones, comprender por qué la UE responde de forma reactiva frente a EE. UU. y China, por qué sus reformas tienden a ser incompletas, y qué tipo de cambios mínimos serían necesarios para salir de la lógica del ajuste permanente sin provocar desintegración
La financiarización como estrategia de aplazamiento
De solución funcional a límite histórico**
La financiarización no fue un accidente ni una desviación ideológica repentina. En el marco RMS, debe entenderse como una solución funcional de aplazamiento ante el agotamiento del modelo de crecimiento de la posguerra. Su problema no es su origen, sino su persistencia más allá de su ventana de eficacia.
1. Financiarización: una respuesta racional a un bloqueo político
Siguiendo a Greta Krippner, la expansión del sector financiero en las economías avanzadas no surge primariamente de una victoria doctrinal del neoliberalismo, sino de una decisión política defensiva. Cuando, desde los años setenta, los gobiernos dejaron de poder satisfacer simultáneamente tres objetivos:
crecimiento sostenido,
salarios reales crecientes,
expansión del Estado del bienestar,
la alternativa no fue elegir ganadores y perdedores, sino desplazar el conflicto hacia el tiempo.
La financiarización permitió:
a los hogares mantener niveles de consumo vía endeudamiento,
a los Estados financiarse sin elevar impuestos de forma visible,
a las empresas sostener beneficios vía valorización financiera más que productiva.
No resolvía el conflicto distributivo, pero lo desactivaba políticamente.
2. Comprar tiempo: la lógica secuencial del aplazamiento
Wolfgang Streeck conceptualiza este proceso como una cadena histórica de compra de tiempo. Cada fase sustituye a la anterior cuando esta pierde legitimidad o eficacia:
Inflación (años 70): erosiona salarios y deuda, pero deslegitima la política monetaria.
Deuda pública (años 80): traslada el ajuste al futuro, pero genera conflictos fiscales.
Deuda privada y financiarización (años 90–2000): individualiza el riesgo y despolitiza el conflicto.
Europa adopta plenamente la tercera fase, pero con una particularidad crítica: lo hace sin soberanía fiscal común.
3. El caso europeo: financiarización sin Estado
En EE. UU., la financiarización está respaldada por:
un Tesoro federal,
un presupuesto común,
una moneda hegemónica.
En China, el sistema financiero está subordinado a objetivos productivos y políticos.
Europa, en cambio, combina:
una moneda común,
deudas nacionales,
mercados financieros integrados,
decisiones fiscales fragmentadas.
Esto convierte la financiarización europea en un sustituto permanente de la política, no en un complemento. El resultado es una arquitectura que puede estabilizar crisis, pero no reorientar el modelo económico.
4. De solución funcional a trampa estructural
Durante dos décadas, la financiarización funcionó. Permitió:
integración sin conflicto abierto,
convergencia nominal,
expansión del mercado único.
Pero el propio éxito generó nuevas fragilidades:
zombificación de sectores productivos,
dependencia crónica de tipos bajos,
inflación de activos frente a estancamiento salarial,
creciente desigualdad territorial y generacional.
En términos RMS, el riesgo dejó de dispersarse y empezó a reconcentrarse sistémicamente. La crisis de 2008 no fue el colapso del sistema, sino la señal de que el mecanismo de aplazamiento había alcanzado su límite operativo.
5. El presente: cuando ya no queda tiempo que comprar
Hoy, la financiarización ha perdido su capacidad de seguir posponiendo decisiones:
la inflación limita la política monetaria,
el endeudamiento restringe la política fiscal,
la competencia geopolítica exige inversión productiva real.
Europa entra así en un estado de ajuste permanente: reformas parciales, reglas más estrictas, compensaciones sociales decrecientes. No hay colapso, pero tampoco salida.
La financiarización, que fue un amortiguador, se convierte en un acelerador de vulnerabilidad frente a sistemas que sí integran finanzas, producción y poder político.
Puente hacia la siguiente sección
Esta dinámica no puede entenderse en abstracto. La financiarización europea se vuelve problemática en relación con dos modelos externos que operan con lógicas distintas y coherentes.
Economía -Escenarios
https://drive.google.com/drive/folders/1unhzZN9cdC7sC3K6YNSuAa63oDsYRGQq
https://docs.google.com/document/d/1I7OQukO-I6Pd1yRa3dhN86xtsSRWO1IoOABoGb7bKzk/edit?tab=t.0
https://drive.google.com/drive/folders/1xFdc6yWZmb25inLpyut0OMW0GtG13Gfd
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Soluciones
Blanchard recomienda responder a los aranceles de Trump con la creación de un mercado de eurobonos. Un beneficio para Europa y un perjuicio para EEUU sin daños colaterales para la economía europea
https://articulosclaves.blogspot.com/2026/01/propuesta-de-blanchard.html
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https://brujulaeconomica.blogspot.com/2026/01/la-tenaza-sistemica-europa-ante-la.html
https://articulosclaves.blogspot.com/2025/12/competir-cuando-el-rival-es-un-sistema.html