Hace muchos años una amiga me dejó un libro sobre economía de los recursos naturales. El libro estaba magníficamente escrito presentando claramente el modelo básico, la asignación óptima intertemporal de recursos, el monopolio.... A mí, el libro me decepcionó pero no supe por qué. Muchos años más tarde comprendí que una parte nada desdeñable de nuestra historia nos la hemos pasado dándonos garrotazos a ver quién tenía qué. Y que un libro de economía de los recursos naturales que no explicara por qué se producen los conflictos y cómo se pueden arreglar está incompleto. Lo mismo me ocurre con las páginas web que hablan de economía y cine y donde se habla de la información asimétrica, etc. ¿Dónde están las películas de vaqueros? Otros ejemplos de situaciones a las que nos enfrentamos todos los días pero que no cuadran con los análisis tradicionales son coger un taxi, entrar en una institución educativa, un evento deportivo, publicar un artículo, obtener una estrella Michelin...
La economía de las contiendas (EC) estudia situaciones en las cuales los agentes luchan por obtener un bien o premio que, en principio, no tiene propietario. Se distingue así de partes ya muy asentadas en nuestra disciplina como el equilibrio general en la que lo primero que se especifica es quien tiene qué. La EC estudia cómo se asignan los derechos de propiedad y por lo tanto estudia algo más básico: por qué los agentes tienen lo que tienen[2].
Esta lucha se realiza a través de gastos, inversiones, esfuerzos, etc. que no son recuperables y que propician la consecución del premio. Hirshleifer (1994), en un afortunado juego de palabras llamó a las contiendas "The Dark Side of the Force" porque nos ilustra que el egoísmo no sólo tiene los efectos benéficos que conocemos desde Adam Smith. Las guerras también son, en muchos casos, producto de ese egoísmo sin escrúpulos[3].
La economía de las contiendas es un fruto más del frondoso árbol de la Teoría de Juegos como buena parte de la Economía Política, la Organización Industrial, el Diseño de Mecanismos, etc. y como veremos intersecta con esas disciplinas en el estudio de ciertos campos. Puede decirse que las contiendas son un mecanismo de asignación de recursos, diferente de la autoridad y del mercado. La EC se aplica a campos tan diversos como la política (donde los partidos tratan de conseguir la victoria a través de mítines, anuncios, cuando no comprando votos), la guerra o la litigación por un recurso, la búsqueda de rentas, los lobbies, la asignación de un premio o un contrato, las competiciones deportivas o televisivas, las patentes, etc[4].
Las contribuciones pioneras fueron las de Tullock (1967) sobre el coste del monopolio, Krueger (1974) sobre las tarifas como producto de la búsqueda de rentas y Becker (1983), que estudió los lobbies. A partir de ahí la EC se ha expandido para estudiar problemas que la economía tradicional no era capaz de tratar[5].
La EC ha permitido estudiar el funcionamiento de los grupos de presión. Así Olson (1965)conjeturó que los grupos de presión pequeños tenían un impacto desproporcionado sobre el gobierno debido a que en los grupos grandes existía un problema de free riding en el que cada miembro del grupo grande esperaba escabullirse de sus tareas. Esteban-Marquillas y Ray (2001) probaron que eso sólo ocurre cuando el premio es un bien privado (una subvención) pero no cuando es un bien público (una ley). Amegashie (2018) estudia la conjetura de que hay empresas que son "Too Big to Fail". En su modelo, esto no ocurre ya que, en equilibrio, el Estado no rescata a las empresas más grandes, sólo a las que no alcanzan determinado tamaño. Esto es consistente con el tratamiento del gobierno norteamericano de Lehman Brothers y Bear Stearns en la crisis financiera del 2008-2010.
Un área donde la EC ha sido capaz de generar resultados novedosos es el de la economía del deporte, y en particular del deporte rey, el futbol. Yildizparlak (2017) estudia las siete ligas más importantes del fútbol europeo y encuentra que el impacto en el resultado de jugar en casa es más importante en Italia que en el resto de las ligas, siendo Rusia la liga en la que este efecto es de menor cuantía. Con respecto al talento de los jugadores del club, este es muy importante en la Premier League, mientras que en la liga francesa este factor es el de menos importancia entre todas las ligas. Se encuentra que la calidad del equipo es un factor más importante en los encuentros que se juegan fuera que en aquellos que se juegan en casa (como parece lógico)[6].
Generalmente la contienda se formaliza como un juego en forma normal, esto es, un juego estático. Pero se han usado también juegos dinámicos para estudiar fenómenos como el efecto New Hampshire (ENH), por el que los candidatos a la presidencia de US que vencen en los primeros rounds son una buena apuesta para ver quién ganará la contienda, las contiendas de eliminación (Wimbledon, Champions), donde los premios tienden a concentrarse en las últimas rondas o el efecto desánimo en el que los candidatos rezagados tiran la toalla (como hacen muchos atletas en carreras de fondo que no pueden ganar). También se ha estudiado el efecto Mateo (proveniente de la cita bíblica "porque al que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado") según el cual el éxito temprano en educación, riqueza, fama, citas, etc. provoca un efecto cascada que convierte a esos afortunados en líderes muy por encima de otros. La ocurrencia o no de este efecto depende de la manera de modelizar la contienda, por lo que su existencia (que en algunos foros se toma como garantizada) ha de tomarse con cuidado[7].
Este efecto es distinto del ENH en el que, por ejemplo en una contienda al mejor de tres sets, el perdedor de la primera ronda tiene que ganar dos sets para ganar y por tanto el premio esperado es menor que para el ganador del primer set. El efecto Mateo consiste en que en una guerra en la que un contendiente ha conquistado las fuentes energéticas del otro, el perdedor de esa fase de la guerra tiene todavía peores expectativas para lo que viene al no tener fuentes energéticas.
Palacios-Huerta (2012) ha presentado una aplicación del ENH poniendo en duda la equidad del actual orden de ejecución de penaltis en los desempates futbolísticos ya que, dado que en promedio el 80% de los penaltis acaban en gol, el que ejecuta primero tiene ventaja. Propone que si el orden de los dos primeros penaltis es, digamos, AB, en los dos siguientes se invierta el orden (BA) y así sucesivamente. Tal orden se ha implementado en algunos campeonatos[8].
Finalmente nos encontramos con la pregunta del millón. ¿Cómo organizar una contienda de la manera más efectiva socialmente? La respuesta depende de qué objetivos sociales se consideren apropiados. Se suele considerar que la suma de esfuerzos es un criterio razonable (piénsese en un espectáculo deportivo o televisivo) aunque a veces sólo el esfuerzo de ganador puede ser relevante (piénsese en un concurso de arquitectura en que sólo el diseño ganador se va a implementar). Un resultado típico del primer enfoque es que es óptimo tratar de igualar la contienda lo más posible, poniendo hándicaps a los contendientes más aventajados como se hace en el golf, las carreras de caballos y la NBA, donde los equipos más débiles tienen preferencia a la hora de elegir jugadores y que no se debe excluir a ningún contendiente no importa cuan débil pueda ser. Pero si el objetivo social es el segundo, las prescripciones cambian totalmente y puede ser socialmente óptimo excluir a contendientes débiles, ayudar a los que ya son más hábiles y perjudicar a los menos dotados (Serena, 2017).
Resumiendo, la EC presenta una nueva forma de aproximarse a la comprensión de problemas que ya conocíamos como los recursos naturales, la política, la organización industrial, los deportes, etc., complementando así el acervo del conocimiento existente. Y es capaz de estudiar otras cuestiones que la economía tradicional no había sido capaz de abordar como las guerras, la búsqueda de rentas, los concursos, etc. En ese sentido la EC es un campo prometedor de donde cabría esperar algunas indicaciones para hacer un mundo mejor.
[1] Agradezco a Carmen Beviá sus comentarios que han mejorado enormemente este trabajo.
[2] No me entendáis mal. La economía tradicional nos ha dado un entendimiento profundo de muchos temas importantes como la existencia y eficiencia del equilibrio perfectamente competitivo, las ganancias del comercio internacional, el papel de los precios diseminando información, el oligopolio, etc. Pero sin estudiar las contiendas, la economía está incompleta.
[4] Las contiendas también se usan en biología para modelizar la lucha entre las especies
[5] Una explicación más detallada de estos temas y de otros se halla en mis surveys de 2007y 2017, este último escrito con Marco Serena.
[6] Un resultado curioso es que el parámetro que mide la importancia de los empates prácticamente coincide en todas las ligas con el que maximizaría el esfuerzo de los equipos.... lo que me recuerda el cuento de Bustos Domecq (alias de Borges y Bioy Casares) sobre la realidad del fútbol ("¿Debo deducir que el score se digita?"), "Esse Est Percipi".
La economía conductual ofrece una combinación única de hallazgos
procedentes del ámbito de las ciencias sociales. Hace uso de las
potentes herramientas analíticas de los economistas, tradicionalmente
aplicadas a la comprensión de los incentivos y motivaciones que nos
empujan a todos. Pero también palía la principal carencia de la economía
no conductual: su concepción restrictiva de racionalidad, basada en
supuestos de agentes capaces de aplicar con facilidad herramientas
matemáticas para identificar las mejores soluciones para ellos y sus
negocios.
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Consagrada por la concesión del premio Nobel de Economía a
Richard Thaler en 2017, la economía conductual vive un momento de
esplendor. Combina distintos hallazgos de las ciencias sociales,
incluidas las poderosas herramientas analíticas de los economistas, con
pruebas reveladoras sobre el comportamiento humano procedentes de otras
disciplinas, en especial la psicología y la sociología. La autora
explora la evolución de la economía conductual y algunos de sus
hallazgos clave sobre incentivos y motivaciones; también analiza las
influencias sociales, el aprendizaje social, la presión social y el
pensamiento de grupo, la heurística y el sesgo; la toma de decisiones en
condiciones de riesgo y de incertidumbre, el sesgo del presente y la
procrastinación, además de las políticas conocidas como nudging o
«pequeño empujón». El resultado es una amplia descripción de cómo
proporciona la economía conductual a los negocios y a los reguladores
una útil comprensión de cómo piensan, eligen y deciden las personas de
carne y hueso.
La economía conductual parece estar de moda. Los gobiernos
incorporan hallazgos conductuales a las políticas. Los negocios
comerciales la usan en sus estrategias de marketing. Las lecciones
extraídas de la economía conductual moldean las relaciones entre
empleadores y empleados. Incluso en los compartimentos estancos del
mundo académico, la mayoría de equipos de investigación aplicada —sobre
todo los científicos sociales, pero también los naturales, desde los
neurocientíficos hasta los ecologistas, informáticos e ingenieros
informáticos— están deseando incorporar a economistas conductuales a sus
equipos. ¿La razón? La economía conductual ofrece una combinación única
de hallazgos procedentes del ámbito de las ciencias sociales. Hace uso
de las potentes herramientas analíticas de los economistas,
tradicionalmente aplicadas a la comprensión de los incentivos y
motivaciones que nos empujan a todos. Pero también palía la principal
carencia de la economía no conductual: su concepción restrictiva de
racionalidad, basada en supuestos de agentes capaces de aplicar con
facilidad herramientas matemáticas para identificar las mejores
soluciones para ellos y sus negocios. A Herbert Simon se deben los
primeros intentos por reconceptualizar la racionalidad en la economía
mediante su noción de «racionalidad limitada», es decir, racionalidad
marcada por los límites en la información disponible o por la capacidad
de procesamiento cognitivo (Simon, 1995). Los economistas conductuales
modernos han llevado estos planteamientos más allá, combinando hallazgos
relevantes del campo de la psicología para explicar cómo los incentivos
económicos y las motivaciones cambian, a menudo de manera fundamental,
por circunstancias de tipo psicológico. Ni la economía ni la piscología
sirven por sí solas. Sin la economía, la psicología carece de estructura
analítica y de propósito, sobre todo a la hora de describir las
decisiones diarias. Sin la psicología, a la economía le faltan
consistencia externa e intuición. Juntas, en cambio, ambas disciplinas
resultan de lo más esclarecedoras. Juntas nos permiten comprender muy
bien qué y cómo piensan, eligen y deciden las personas de carne y hueso
de una manera que ninguna disciplina académica ha conseguido explicar
por sí sola. Ello genera no solo nuevas reflexiones teóricas, también
nuevas visiones prácticas y políticas que, bien gestionadas, tienen la
capacidad de cambiar formas de vida y de proporcionar prosperidad y
bienestar en un amplio número de ámbitos.
El pasado
A muchos observadores la economía conductual les puede parecer una
novedad, para lo bueno y para lo malo. El entusiasmo por esta disciplina
ha cobrado impulso más o menos en los últimos diez años. El primer hito
fue la concesión del premio Nobel de Economía de 2002 conjuntamente al
psicólogo del comportamiento económico Daniel Kahneman y a Vernon L.
Smith, economista experimental cuyas ideas y herramientas inspiraron a
los economistas conductuales, aunque la economía experimental y
conductual no sean la misma cosa. El segundo hito fue la concesión del
Nobel de Economía 2017 al economista conductual Richard Thaler, que ha
expuesto sus contribuciones en su divertido libro Misbehaving [Portarse
mal] (Thaler, 2016). Thaler es famoso sobre todo por sus trabajos en
finanzas conductuales y políticas públicas conductuales —más conocidas
como nudging («empujoncito» o «impulso»), término acuñado en su libro
superventas escrito en colaboración con el catedrático de derecho Cass
S. Sunstein, Un pequeño empujón, de cuya publicación se cumple este año
el décimo aniversario (Thaler y Sunstein, 2008). Estos pensadores han
ejercido una influencia enorme en las políticas modernas, pues han
asesorado nada menos que a los reguladores del presidente Barack Obama y
del primer ministro británico David Cameron. La creación de una unidad
de nudging o «impulso» en el gabinete ministerial de Cameron propició la
aparición de unidades similares en todo el mundo, desde Australia hasta
México y el Líbano, por nombrar solo algunas.
El progreso de la economía conductual entre ambos hitos, los premios
nobeles de 2002 y 2017, refleja su transición de una disciplina en gran
medida teórica a otra de inmensa relevancia política en el mundo real,
en el diseño de políticas tanto públicas como comerciales. También tiene
mucho que ofrecer a las personas de la calle, en el sentido de
ayudarlas a entender cómo toman las decisiones. Pero la economía
conductual es una disciplina mucho más antigua de lo que pueden sugerir
los dos hitos del siglo XXI. Hay quien diría que toda economía debería
ser conductual, puesto que el comportamiento es lo que guía las
elecciones y la toma de decisiones. Después de todo, la economía se basa
en el estudio de las decisiones. Pero, a partir del siglo XIX, la
economía empezó a distanciarse del comportamiento, entendido este como
la psicología de la elección, hacia la observación de las elecciones
interpretadas como medida de unas preferencias manifiestas. Al
proporcionar un relato sencillo y convincente de estas preferencias
cuando hacemos una elección, los economistas asumen que quienes toman
las decisiones lo hacen constreñidos por reglas de comportamiento
estrictas, en concreto dan por supuesto que los consumidores buscan
satisfacción máxima y los negocios buscan beneficios máximos. En la
economía tradicional se da por hecho que consumidores y compañías hacen
esto lo mejor que pueden, usando reglas matemáticas para identificar las
mejores soluciones. Cuando los economistas modernos construyeron
modelos matemáticos precisos que expresaran las reglas de
comportamiento, eliminaron toda complejidad psicológica de la toma de
decisiones en la vida real.
Pero históricamente y antes de que la economía moderna confinara el
análisis de las elecciones al ámbito de las matemáticas, los economistas
dedicaron mucho tiempo a pensar en cómo los incentivos y las
motivaciones que forman parte del análisis económico se ven afectados
por factores psicológicos, remontándose hasta Adam Smith. A Adam Smith
se lo asocia siempre con la defensa del libre mercado, expuesta en su
obra maestra Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de
las naciones, en la que defiende que «la mano invisible» del mecanismo
de fijación de precios debería poder operar sin la intervención de los
gobiernos. Pero en su también obra maestra de 1759, Teoría de los
sentimientos morales, Smith escribió largo y tendido sobre la compasión y
otras emociones sociales que impulsan nuestras interacciones con
quienes nos rodean, conceptos clave en la investigación de la economía
conductual moderna.
El presente
Hemos hablado mucho del origen de la economía conductual y poco de lo
que hacen, de hecho, los economistas conductuales. Para comprenderlo en
profundidad puede ser útil echar un vistazo a la variedad de temas que
exploran los economistas conductuales, así veremos el poder y la
relevancia de sus aportaciones. La literatura sobre economía conductual
es ingente y hacerle justicia en el capítulo de un libro es imposible,
pero hay unos cuantos temas clave dominantes y aquí nos centraremos en
los más potentes y duraderos a la hora de ilustrar los problemas que
plantea la toma de decisiones en el mundo real. Estos incluyen: análisis
conductuales de incentivos/motivaciones; influencias sociales;
heurística, sesgo y riesgo; tiempo y planificación y los efectos de la
personalidad y las emociones en la toma de decisiones (para análisis
detallados de esta y otra literatura sobre economía conductual, ver
Baddeley, 2017 y 2018b).
Incentivos y motivaciones
Ya hemos dicho que la economía tiene que ver sobre todo con los
incentivos y las motivaciones. El incentivo tradicional ha sido el
dinero, por ejemplo, cuando se explica la decisión de trabajar como un
acto de equilibrio en el que el salario persuade a los trabajadores de
que renuncien a su tiempo libre. En la economía conductual, los
psicólogos aportan una explicación más amplia de la motivación,
concretamente, diferenciando las motivaciones extrínsecas de las
intrínsecas. Las motivaciones extrínsecas incluyen las recompensas y los
castigos que nos son externos (el más obvio es el dinero, pero los
castigos físicos serían otro ejemplo). Luego están las motivaciones
intrínsecas, como el orgullo por el trabajo bien hecho, el sentido de la
responsabilidad y el compromiso intelectual. Debemos algunos de los
experimentos conductuales más famosos al psicólogo Dan Ariely y su
equipo (ver Ariely, 2008). Algunos de estos estudios experimentales
muestran que las decisiones de los participantes de dar dinero a una
organización benéfica o a un bien público están en parte motivadas por
factores sociales: las personas son más generosas cuando sus donativos
se hacen públicos que cuando no se divulgan. Las motivaciones
intrínsecas son el motor del esfuerzo, a menudo tanto o más que los
incentivos monetarios externos. A los estudiantes, por ejemplo, los
motiva más un desafío intelectual que el dinero. Esto demuestra que no
actuamos movidos solo por incentivos y desincentivos externos, sean
estos dinero, recompensa/castigo físico o repercusiones sociales. El
ajedrez, los juegos de ordenador y también los desafíos físicos
asociados a los deportes concitan la atención y el entusiasmo de las
personas incluso cuando no hay recompensas monetarias por medio.
Identificar las motivaciones intrínsecas y extrínsecas, sin embargo,
no es fácil. Existe la complicación añadida de que los incentivos
extrínsecos tienden a «desplazar» los intrínsecos. Hay un estudio
clásico al respecto conducido por los economistas conductuales Uri
Gneezy y Aldo Rustichini. Una guardería israelí que se enfrentaba al
problema de padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos decidió
instituir un sistema de multas. Sin embargo, las multas tuvieron el
efecto contrario, ya que aumentaron los retrasos de los padres en lugar
de reducirlos: Gneezy y Rustichini atribuyeron esto a un problema de
efecto desplazamiento: la introducción de la multa eliminó el incentivo
de los padres de cumplir con su deber llegando a tiempo a recoger a sus
hijos. Los padres interpretaban la multa como un precio: al pagar la
multa estaban pagando un servicio, de manera que recoger a sus hijos se
convertía en un intercambio económico en el que el deber de ser
puntuales perdía importancia (Gneezy y Rustichini, 2000).
Los economistas conductuales han dedicado mucho tiempo a explorar un
conjunto específico de motivaciones: las sociales. Probablemente lo que
mejor las ilustra sea el famoso experimento conductual llamado juego del
ultimátum, inventado por Werner Güth y sus colegas (Güth et al., 1982).
En el juego del ultimátum, el encargado del experimento le da a un
participante una suma de dinero que tiene que distribuir. Por ejemplo:
dale a Alice cien dólares y pídele que proponga dar una parte de este
dinero a un segundo participante en el experimento, Bob. A Bob se le dan
dos alternativas: aceptar la oferta de Alice o rechazarla. Si Bob
rechaza la oferta de Alice, entonces ninguno de los dos recibe nada. La
ciencia económica estándar predice que Alice jugará motivada por su
interés propio e intentará hacer a Bob la oferta más baja posible que
crea que este pueda aceptar. En este caso, ofrecería un dólar a Bob y,
si Bob es igual de racional, aceptará un dólar porque un dólar es mejor
que cero. En la realidad, sin embargo, en un espectro muy amplio de
estudios sobre el juego del ultimátum, incluidos estudios conducidos en
culturas, contextos socioeconómicos diversos e incluso con monos en los
que los incentivos eran zumo y fruta, los proponentes son mucho más
generosos y ofrecen mucho más que el equivalente a un dólar. Por otro
lado, los receptores a menudo rechazarán incluso ofertas relativamente
generosas. ¿Qué está pasando? Los economistas conductuales explican
estos resultados y los de otros juegos similares aludiendo a nuestras
preferencias sociales. No nos gusta ver resultados desiguales,
experimentamos aversión a la inequidad y la experimentamos de dos
maneras: aversión a la desigualdad desventajosa y aversión a la
desigualdad ventajosa. La desventajosa es cuando nosotros no queremos
ser víctimas de la desigualdad. En el juego del ultimátum, Bob sufrirá
aversión a la desigualdad desventajosa cuando Alice le haga una oferta
mezquina y ello puede llevarlo a rechazar ofertas relativamente
generosas, Por otro lado, la aversión a la desigualdad ventajosa trata
de no querer ver a quienes nos rodean tratados injustamente. Así, en
nuestro ejemplo, Alice no hará la mínima oferta posible a Bob porque su
razón le dice que sería injusto. Como es lógico, nos preocupa mucho más
la aversión a la desigualdad desventajosa que la ventajosa, pero se ha
demostrado —con un gran número de estudios experimentales— que ambas
tienen una fuerte influencia en nuestra tendencia a la generosidad. La
reina de Reino Unido, Isabel II, y el príncipe Felipe, duque de
Edimburgo, durante una visita al remodelado King Edward Court Shopping
Centre de Windsor, Inglaterra, febrero de 2008
Influencias sociales
A partir de estas constataciones sobre preferencias sociales, los
economistas conductuales han explorado otras maneras en que las
influencias sociales afectan nuestras decisiones y nuestras elecciones. A
grandes rasgos, estas influencias sociales pueden dividirse en
informativas y normativas (Baddeley, 2018a). Las influencias
informativas tienen que ver con cómo aprendemos de los demás. En
situaciones en las que no tenemos mucha información o nos enfrentamos a
un conjunto complejo e incierto de resultados potenciales, nos parece
lógico fijarnos en lo que hacen otros, deduciendo que deben saber mejor
que nosotros cuál es la actuación más correcta. Los economistas han
analizado este fenómeno en términos de actualización de nuestros
cálculos de probabilidades y el ejemplo clásico sería la elección de
restaurante descrita por Abhijit Banerjee (Banerjee, 1992). Estamos
recién llegados a una ciudad, quizá de visita turística, y vemos dos
restaurantes, se parecen mucho, pero no tenemos ni idea de cuál es
mejor. Vemos que uno está lleno y que el otro está vacío y, quizá en
contra de lo que dictaría el sentido común, no elegimos el vacío, que
puede ser más cómodo y tranquilo. ¿Por qué? Porque deducimos que todas
esas personas que han preferido el restaurante lleno al vacío saben lo
que hacen y seguimos su ejemplo, usamos sus acciones (su elección de
restaurante) a la manera de información social. Respondemos a estas
influencias informativas de manera racional: quizá no sea la
racionalidad extrema que constituye la piedra fundacional de gran parte
de la ciencia económica, pero aun así es sensata, pues resulta de un
proceso de razonamiento lógico.
Las influencias sociales normativas son racionales de una manera
menos obvia y tienen que ver con cómo respondemos a las presiones de los
grupos que nos rodean. Para explicar estas presiones sociales, los
economistas conductuales recurren a conceptos clave acuñados por
psicólogos sociales tales como Stanley Milgram, Solomon Asch y sus
colegas. Stanley Milgram suscitó controversia con sus experimentos de
descargas eléctricas. El experimentador ordenaba a los participantes que
aplicaran lo que estos creían eran fuertes descargas eléctricas a otras
personas a las que no podían ver. Los participantes en los experimentos
de Milgram sí oían a las personas a las que se suponía estaban
aplicando descargas eléctricas. En realidad eran actores, pero los
participantes en el experimento no lo sabían y un número significativo
de ellos (no todos) se mostraron dispuestos a aplicar lo que se les
decía que eran descargas eléctricas potencialmente letales. Los actores
simulaban estar sufriendo mucho dolor, gritaban y, en algunos casos,
guardaban un silencio inquietante después de la descarga. Milgram
explicaba que el hecho de que los participantes en su experimento
estuvieran dispuestos a actuar de esta manera en apariencia despiadada
probaba que eran susceptibles a la obediencia a una autoridad. Tendemos a
hacer lo que se nos dice, sobre todo enfrentados a situaciones física y
psicológicamente duras. La evidencia de Milgran se usó en parte para
explicar algunas de las atrocidades asociadas al Holocausto, en un
intento por dar respuesta al enigma de por qué ciudadanos corrientes no
solo se convierten en observadores pasivos de atrocidades, sino también
participan en ellas. Otro conjunto de experimentos de piscología social
que han influido en los economistas conductuales los debemos a Solomon
Asch (Asch, 1955). Este diseñó un experimento con líneas para poner a
prueba la conformidad: se pedía a los participantes que miraran el
dibujo de una línea y, a continuación, lo emparejaran con otra línea de
la misma longitud. Era una tarea fácil, pero Asch y sus colegas la
complicaron enseñando a los participantes lo que habían elegido los
demás. Sin que los participantes lo supieran, entre los grupos que
decidían sobre la longitud de las líneas había cómplices del
experimentador a los que a este había dado instrucciones de mentir sobre
la longitud de las líneas. Para ilustrarlo con un ejemplo sencillo:
imaginemos que veinte participantes tienen que completar juntos la
tarea, pero diecinueve de ellos están compinchados con el
experimentador, de modo que hay un único participante genuino. Si el
resto propone una respuesta incorrecta y absurda a esta sencilla
pregunta sobre líneas, ¿qué hará el participante número veinte? Asch y
sus colegas comprobaron que muchos de los participantes genuinos
(aunque, y esto resulta revelador, no todos) cambiaron de opinión
respecto a la respuesta correcta y eligieron una obviamente incorrecta
cuando vieron la elección de los demás. En otras palabras, muchos
participantes parecían inclinados a asegurarse de que sus respuestas
coincidían con las de los otros participantes de su grupo, sin
considerar la posibilidad de que estos pudieran estar equivocados o
mintiendo. Las respuestas emocionales de los participantes eran
variables. Aquellos que defendían sus respuestas originales, lo hacían
con seguridad. Los conformistas que cambiaban sus respuestas para
adecuarlas a las del grupo variaban: algunos dudaban de sí mismos y eso
les provocaba malestar; otros culpaban a otros participantes de sus
equivocaciones. ¿Por qué iba a cambiar de opinión una persona y elegir
una respuesta que parece a todas luces equivocada? Este experimento no
resuelve el dilema entre lo racional y lo irracional. Elegir la
respuesta incorrecta solo porque ves a otros hacerlo puede parecer
irracional. El premio Nobel de Economía Robert Shiller propuso una
explicación distinta, consistente con la toma de decisiones racional:
quizá los participantes reales pensaron que era más probable que su
decisión individual fuera equivocada a que lo fuera la de diecinueve
personas. Sopesaron las probabilidades y llegaron a la conclusión de que
las posibilidades de que un número tan elevado de personas estuviera
equivocado eran pequeñas y, por tanto, tenía sentido imitarlas (Shiller,
1995).
Las influencias sociales pueden dividirse en informativas y
normativas. Las primeras tienen que ver con cómo aprendemos de los demás
mientras que las segundas con cómo respondemos a las presiones de los
grupos que nos rodean
De manera más general, muchos de nosotros usamos las elecciones de
otros a la hora de elegir y actuar, como en el caso de la elección del
restaurante expuesto arriba. Cuando copiamos a otras personas, estamos
usando una regla de uso común, una sencilla herramienta de toma de
decisiones que nos ayuda a desenvolvernos en situaciones complejas, en
especial aquellas caracterizadas por sobrecarga de información de
elecciones posibles. En el mundo actual, la ubicuidad de información y
reseñas en línea es otra manera de usar las elecciones y acciones de
otros a modo de guía. Por ejemplo, cuando nos compramos un ordenador o
reservamos un hotel, consultamos lo que han hecho y opinan otros antes
de decidir. En estas situaciones, cuando seleccionar de entre gran
cantidad de información y muchas opciones posibles supone un desafío
cognitivo, tiene sentido seguir a los demás y adoptar lo que los
economistas conductuales llamarían «heurística» gregaria. Seguir a la
mayoría es una manera rápida de decidir. Lo que nos lleva a la abundante
e influyente literatura sobre heurística y sesgo desarrollada a partir
de los extensos trabajos experimentales en dicho campo de Daniel
Kahneman y su colega Amos Tversky.
Heurística, sesgo y riesgo
¿Qué es la heurística? La heurística son las reglas de toma de
decisiones rápidas que usamos para simplificar nuestras elecciones
diarias y que a menudo funcionan bien, pero en ocasiones crean sesgos.
En otras palabras, en determinadas situaciones, la heurística nos lleva a
cometer errores sistemáticos. El psicólogo Gerd Gigerenzer hace la
importante observación, sin embargo, de que las reglas heurísticas a
menudo constituyen una buena guía para la toma de decisiones porque son
rápidas y frugales. Suelen funcionar bien, sobre todo si se da a las
personas técnicas sencillas que les permitan usar la heurística de
manera más efectiva (Gigerenzer, 2014).
Cuando seleccionar de entre gran cantidad de información y muchas
opciones posibles supone un desafío cognitivo, tiene sentido seguir a
los demás y adoptar lo que los economistas conductuales llamarían
«heurística» gregaria
Si hoy buscamos en Google «sesgo conductual», obtendremos una lista
larga y desordenada; a la hora de elaborar una taxonomía de la
heurística y de los sesgos que lleva asociados, es una buena opción
empezar por la taxonomía de las reglas heurísticas de Daniel Kahneman y
Amos Tversky, descrita en su artículo de la revista Science de 1974
(Tversky y Kahneman, 1974) y resumido para los legos en la materia en
Kahneman (2011). Kahneman y Tversky identifican tres categorías de
reglas heurísticas, basándose en evidencias procedentes de un amplio
espectro de experimentos que condujeron y que incluyen la heurística de
disponibilidad, de representatividad y de anclaje y ajuste.
La heurística de disponibilidad consiste en usar información de fácil
acceso, ya sean acontecimientos recientes, primeros momentos o sucesos
emocionalmente vívidos o convincentes. Nuestros recuerdos de este tipo
de información importante distorsionan nuestra percepción del riesgo. Un
ejemplo clásico es el impacto que tienen las noticias vívidas y
sensacionalistas en nuestras elecciones y que están vinculadas a una
clase específica de heurística de la disponibilidad, la heurística
afectiva. Por ejemplo, relatos vívidos de accidentes graves de avión o
tren permanecen en nuestra memoria y nos conducen a evitar aviones y
trenes cuando, objetivamente, tenemos más probabilidades de que nos
atropelle un coche al cruzar la calle, algo que hacemos todos los días
casi sin pensar. Podemos calcular mal el riesgo —pensar que los
accidentes de avión y tren son más probables que los accidentes
peatonales— y ello se debe a que la información sobre accidentes de
aviación está más disponible, es de acceso más inmediato y nos resulta
más memorable.
La heurística de la representatividad se refiere a los juicios por
analogía: juzgamos la probabilidad de diferentes resultados según la
similitud que presentan respecto a cosas que ya sabemos. En algunos de
sus experimentos, Kahneman y Tversky pidieron a los participantes que
leyeran el perfil de una persona y juzgaran las probabilidades que tenía
esa persona de ser abogado o ingeniero. Descubrieron que muchos de los
participantes juzgaban las probabilidades de que la persona descrita
fuera un abogado o un ingeniero dependiendo de lo que se pareciera su
perfil a sus ideas preconcebidas y estereotipos de cómo son los abogados
y los ingenieros.
La aversión que experimentamos ante la inequidad tiene una fuerte influencia en nuestra tendencia a la generosidad
Un
voluntario de la ONG española Proactiva Open Arm ayuda a desembarcar a
una inmigrante, a la que han rescatado a 20 millas de las costas libias,
en el puerto de la ciudad italiana de Crotona, marzo de 2017
La heurística de anclaje y ajuste habla de cómo tomamos decisiones de
acuerdo a un punto de referencia. Por ejemplo, cuando se pidió a los
participantes de los experimentos de Kahneman y Tversky que adivinaran
el número de países africanos miembros de Naciones Unidas, se comprobó
que era posible manipular sus respuestas pidiéndoles que hicieran girar
primero una rueda para obtener un número. Aquellos que obtenían un
número más bajo al girar la rueda también daban un número menor de
países africanos en Naciones Unidas.
Otra aportación fundamental de Kahneman y Tversky procede de sus
análisis de heurística y sesgo: su teoría conductual del riesgo, lo que
ellos llaman «teoría prospectiva» (Kahneman y Tversky, 1979). Dicha
teoría la formularon sobre la base de una serie de experimentos
conductuales que ponían de manifiesto fallos fundamentales en la teoría
de la utilidad esperada, la teoría de riesgo estándar que usan los
economistas. Las diferencias entre estos dos enfoques de la comprensión
de la toma de decisiones de riesgo son complejas, pero una de las
características fundamentales de la teoría de la utilidad esperada es
que da por hecho que las preferencias de riesgo de las personas son
estables: si alguien asume un riesgo, entonces es una persona que asume
riesgos. No cambiará sus decisiones si las opciones arriesgadas que se
le presentan vienen enmarcadas de forma distinta. Esto está relacionado
con tres rasgos fundamentales de la teoría prospectiva: La primera es
que las preferencias de riesgo son cambiantes. Así, según la teoría
prospectiva, las personas tienden más a correr riesgos para evitar
pérdidas, lo que nos lleva a la noción clave de la teoría prospectiva:
la «aversión a las pérdidas». La economía estándar predice que, con
independencia de si nos enfrentamos a ganancias o a pérdidas, decidimos
en función de la magnitud absoluta del impacto que tiene para nosotros
esa decisión. En la teoría prospectiva, sin embargo, las personas se
enfrentan de manera distinta a las pérdidas y a las ganancias: nos
preocupan mucho más las primeras que las segundas, y una de las
consecuencias de esto es que estamos dispuestos a asumir riesgos mayores
para evitar pérdidas que para obtener ganancias. Esto a su vez conduce a
la tercera característica clave de la teoría prospectiva: Tomamos
decisiones de acuerdo a nuestro punto de referencia. Y este casi siempre
es el statu quo, nuestro punto de partida. Esta característica está
directamente vinculada con la heurística de anclaje y ajuste, ya
descrita.
Tiempo y planificación
Hay todo un subgénero de la literatura sobre economía conductual que
explora nuestra capacidad de planificar nuestras elecciones y decisiones
en el tiempo. La economía tradicional predice que, con el tiempo, vamos
adquiriendo unas preferencias estables, lo mismo que ocurre con el
riesgo. Esto significa que el horizonte temporal no importa. Si somos
impacientes, somos impacientes con independencia del contexto. Los
economistas conductuales proponen, en cambio, apoyándose en evidencias
considerables procedentes de experimentos, que en el corto plazo somos
desproporcionadamente impacientes; sufrimos, en suma, lo que en economía
conductual se llama «sesgo del presente». Sopesamos los beneficios y
costes que llegarán antes y los que llegarán más tarde. Por ejemplo, si
estamos decidiendo entre gastar mediante la tarjeta de crédito hoy o
mañana y comparando esta elección con gastar dentro de un año o un año y
un día, la economía estándar predice que nuestras elecciones serán
consistentes en el tiempo. Es decir, que si preferimos gastar hoy,
entonces también preferiremos gastar mañana. Pero los experimentos
conductuales muestran que somos desproporcionadamente impacientes en el
corto plazo comparado con el lago plazo. Preferimos gastar hoy a mañana,
pero cuando planificamos el futuro preferimos gastar dentro de un año y
un día que dentro de un año. Sopesamos las recompensas inmediatas.
Economistas conductuales como David Laibson han plasmado esto
incorporando a la economía estándar teorías de descuento social
alternativas, en concreto en forma de descuento hiperbólico (Laibson,
1997). Se trata de algo más que una curiosidad académica, porque tiene
importantes consecuencias en nuestra vida diaria, al explicar muchos
comportamientos, desde la procrastinación a la adicción. El sesgo del
presente puede explicar por qué aplazamos acciones costosas o
desagradables. También explica determinados malos hábitos o ausencia de
buenos. Un experimento especialmente revelador fue el conducido por los
economistas Stefano DellaVigna y Ulrike Malmendier en su estudio sobre
hábitos de ir al gimnasio. Al consultar los datos de un gimnasio real,
encontraron que había clientes que suscribían un contrato anual y luego
iban solo al gimnasio unas cuantas veces, aunque se les había ofrecido
la modalidad de pagar por visita (DellaVigna y Malmendier, 2006). En el
curso de un año, a veces más, estos usuarios muy ocasionales del
gimnasio estaban de hecho pagando sumas de dinero considerables por
visita, algo innecesario de haber predicho de manera más exacta su
comportamiento futuro cuando se apuntaron al gimnasio. Esto es difícil
de explicar en términos de análisis económico estándar, pero una vez los
economistas conductuales aportan el sesgo del presente, el
comportamiento de estas personas resulta más comprensible. Los usuarios
planean en un principio ir muchas veces al gimnasio, pero cambian de
planes cuando se enfrentan a la elección inmediata entre ir al gimnasio
frente hacer otra actividad (más) agradable.
Los experimentos conductuales muestran que somos
desproporcionadamente impacientes en el corto plazo comparado con el
largo plazo. Preferimos gastar hoy a mañana, pero cuando planificamos el
futuro preferimos gastar dentro de un año y un día que dentro de un año
El sesgo del presente también explica por qué comemos de más y nos
cuesta tanto renunciar a la nicotina, al alcohol y a otras drogas.
También hay matices en la manera en que algunos de nosotros gestionamos
nuestra susceptibilidad al sesgo del presente. Los más sofistica dos
somos conscientes de que estamos padeciendo un sesgo del presente, de
manera que nos imponemos una obligación futura, usando lo que los
economistas conductuales llaman mecanismos de compromiso. Por ejemplo,
podemos congelar nuestra tarjeta de crédito dentro de un bloque de hielo
para impedir que nuestro futuro yo gaste de forma impulsiva. En torno a
estos mecanismos de compromiso han surgido nuevos negocios, incluidas
herramientas en línea de seguimiento como Beeminder. Cuando uno se
registra en Beeminder, se marca unos objetivos y, si no los cumple,
Beeminder le cobra.
El
paso de los transeúntes se refleja en la fachada de un centro comercial
de la zona de compras de Omotesando, Tokio, marzo de 2013
Una característica clave del sesgo del presente es que no todos somos
igual de susceptibles. Algunos tenemos más autocontrol que otros y hay
una extensa y creciente literatura sobre diferencias individuales,
incluidos rasgos de la personalidad y el papel que desempeñan a la hora
de explicar nuestros distintos grados de susceptibilidad al sesgo del
presente. Siguiendo las enseñanzas de los psicólogos, los economistas
conductuales están empleando test de personalidad para ayudar a explicar
algunas de las diferencias en la susceptibilidad a sesgos como el del
presente. Uno de los conjuntos de test más usados hoy por los
economistas conductuales es el test de los Cinco Grandes Factores de la
Personalidad (conocido en inglés por el acrónimo OCEAN). Estos cinco
factores son: Apertura a la experiencia, Responsabilidad (tesón),
Extraversión, Cordialidad/Amabilidad y Estabilidad emocional. En su
análisis del impacto de las diferencias individuales en el éxito
económico, Lex Borghans y el premio Nobel de Economía James Heckman
encontraron, por ejemplo, que el tesón es un rasgo de la personalidad
estrechamente relacionado con el éxito en la vida, lo que confirmaba
hallazgos anteriores del psicólogo Walter Mischel, famoso por el
experimento del malvavisco, que estudiaba la capacidad de niños de
resistirse a la tentación cuando tenían que elegir entre comerse un
malvavisco hoy o dos mañana. Aquellos niños que mostraban mayor
autocontrol a la hora de resistir la tentación también tenían más
probabilidades de triunfar en la vida (Borghans et al., 2008; Mischel,
2014).
El futuro: más allá del «empujoncito»
Todas estas aportaciones de la economía conductual están cambiando la
economía tradicional y también están influyendo en el diseño de
políticas mediante el llamado «empujoncito», como se subrayaba en la
introducción. ¿Hay, por tanto, nuevos horizontes para la economía
conductual o sabemos ya todo lo que hay que saber? Hacen falta más
pruebas que demuestren lo sólidas y efectivas que son en realidad las
políticas de impulso y, en ese sentido, ya se han hecho progresos. Otra
área ignorada en gran medida hasta fecha reciente es la macroeconomía
conductual. El economista británico John Maynard Keynes fue uno de los
primeros en analizar las influencias psicológicas, en concreto las
convenciones sociales, en los mercados financieros y las consecuencias
para la macroeconomía en general (ver, por ejemplo, Keynes, 1936).
Algunas de las propuestas de Keynes están siendo reformuladas hoy, por
ejemplo, por los premios nobel de economía George Akerlof y Robert
Shiller (ver, por ejemplo, Akerlof, 2002; Akerlof y Shiller, 2009).
Estas reflexiones las ha complementado recientemente el economista
estadounidense George Katona con sus teorías macroeconómicas, en
concreto su análisis de los sentimientos del consumidor (Katona, 1975).
La influencia de Katona está presente en el Índice de Sentimientos del
Consumidor de la Universidad de Michigan, cuyos resultados siguen
usándose ampliamente en la actualidad (ver, por ejemplo, Curtin, 2018).
Existe un importante obstáculo, sin embargo, para la macroeconomía
conductual: es difícil agregar de forma coherente dentro de un modelo
macroeconómico las complejidades del comportamiento identificado por
economistas conductuales en un contexto microeconómico. No obstante, se
están diseñando nuevas metodologías, en forma, por ejemplo, de modelos
computacionales basados en agente y aprendizaje automático. Si estos
nuevos métodos consiguen aplicarse con éxito al desarrollo de modelos
macroeconómicos conductuales coherentes, entonces la economía conductual
generará más aportaciones innovadoras nuevas y emocionantes en la
próxima década de lo que lo ha hecho en la última.
Bibliografía
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macroeconomic behavior», en American Economic Review, vol. 92, n.º 3,
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Heuristics and bias», en Science, vol. 185, n.º 4.157, pp. 1.124-1.121.
Cita esta publicación
Baddeley, M., "Economía conductual: pasado, presente y futuro", en
¿Hacia una nueva Ilustración? Una década trascendente, Madrid, BBVA,
2018.
En una unión monetaria que se encamina hacia una unión bancaria, el
contagio de los riesgos financieros de un país sobre los restantes es
todavía más evidente. Además, la política monetaria está restringida a
nivel central y sólo de un modo indirecto puede atender las necesidades
particulares de los países que la integran. Sin embargo, los países de
la zona euro no son simétricos, ni en el comportamiento de la inflación,
ni en las características de sus sistemas financieros, mercados de
crédito, o en la propensión a sufrir fuertes oscilaciones en el precio
de algunos activos, como la vivienda. Estos hechos apoyan la existencia
de autoridades macroprudenciales nacionales, con capacidad de elegir sus
propios instrumentos, junto con otra autoridad supranacional que
realice labores de coordinación.
La crisis financiera apuntó con toda
crudeza hacia la necesidad de reforzar las medidas para asegurar la
estabilidad financiera y minimizar el riesgo sistémico en las economías.
Ese es el origen de las políticas macroprudenciales que José Luis
Peydró nos introdujo aquí.
En esta entrada pretendemos dar una visión general del estado de las
políticas macroprudenciales en Europa, dadas las circunstancias
particulares que concurren en una unión monetaria, y comentar su
aplicación en España.
En una unión monetaria que se encamina hacia una unión bancaria, el
contagio de los riesgos financieros de un país sobre los restantes es
todavía más evidente. Además, la política monetaria está restringida a
nivel central y sólo de un modo indirecto puede atender las necesidades
particulares de los países que la integran. Sin embargo, los países de
la zona euro no son simétricos, ni en el comportamiento de la inflación,
ni en las características de sus sistemas financieros, mercados de
crédito, o en la propensión a sufrir fuertes oscilaciones en el precio
de algunos activos, como la vivienda. Estos hechos apoyan la existencia
de autoridades macroprudenciales nacionales, con capacidad de elegir sus
propios instrumentos, junto con otra autoridad supranacional que
realice labores de coordinación.
El Mecanismo Único de Supervisión Europea (SSM en inglés) asigna las
responsabilidades macroprudenciales conjuntamente tanto al BCE como a
las autoridades macroprudenciales nacionales. En particular, las
autoridades nacionales tienen la capacidad de implementar las medidas a
nivel nacional, mientras que el BCE se encarga de diseñar y asignar las
distintas herramientas a las autoridades nacionales. Existe un tercer
organismo, la Junta Europea de Riesgo Sistémico
(ESRB en inglés) que tiene encargada la misión de vigilancia del
sistema financiero europeo y la valoración y prevención de los riesgos
sistémicos. Para ello monitoriza toda la actividad macroprudencial
europea y lanza recomendaciones, constituyéndose en una especie de
centro de recogida de información.
Este organigrama tricefálico plantea varias dudas. En primer lugar,
puede resultar complicado establecer una clara división de poderes entre
las funciones macropru del BCE y de la ESRB, pues en ocasiones parecen
solaparse. En segundo lugar, el ESRB debería disponer de mayor capacidad
coercitiva para forzar la coordinación entre países y evitar
comportamientos de “gorrón”, que se producen cuando algunos países se
aprovechan de la legislación de los países de su entorno para evitar
introducir medidas impopulares. Por último, la política monetaria y la
macroprudencial pueden, en ocasiones, entrar en conflicto, deteriorando
la credibilidad del BCE en su apuesta por sus distintos objetivos. Esto
puede suceder cuando su estrategia monetaria se correlaciona con
tendencias anormales en el precio de algunos activos, como consecuencia,
por ejemplo, de prolongados periodos de tipos de interés muy bajos. Una
solución a estos tres problemas sería transferir la autoridad
macroprudencial supranacional al ESRB, garantizando una plena
coordinación con la política monetaria a través de la representación del
BCE en el ESRB.
No existe una herramienta macroprudencial única que sea superior al
resto desde el punto de vista de la eliminación de los riesgos
sistémicos, por lo que los países miembros tienen disponible una amplia
batería de medidas, desde los requisitos contracíclicos de capital hasta
los límites a la relación préstamo-valor (Loan-to-Value en inglés, LTV)
más adecuados para evitar burbujas en el mercado monetario. Una lista
más extensa de los instrumentos disponibles puede encontrase aquí. En el Gráfico 1 pueden observarse las acciones macropru realizadas por los países en Europa, según el último informe publicado por el ESRB.
Gráfico 1. Número de medidas sustantivas notificadas al ESBR
España no ha sido especialmente activa durante el periodo 2014-17[i]
en la implementación de medidas macropru, pues no figura haber
comunicado ninguna actuación sustancial al ESRB. En virtud del artículo 136 de la Directiva 2013/36/EU (CRD IV) la autoridad designada para fijar los colchones de capital contracíclicos (countercyclical capital buffers)
es el Banco de España. Cada tres meses, como parte de su labor
macroprudencial, el Banco de España decide la tasa de exceso de capital
que impone a las entidades de crédito en función de los riesgos
detectados. Al no detectar riesgos importantes procedentes de la
evolución del crédito, el Banco de España sigue manteniendo la tasa del capital buffer en un 0%, lo que explica en parte su no aparición en el gráfico anterior.
El Banco de España fue pionero en Europa, mucho antes de la crisis
financiera internacional, en la implementación de medidas macropru a
través de su programa de provisiones dinámicas, una versión de los
colchones de capital contracíclicos que hoy sigue gestionando. Jesús
Saurina explicaba aquí
la racionalidad detrás de las provisiones dinámicas y sus potenciales
efectos positivos sobre la capacidad de resistencia de los bancos (y del
conjunto del sistema financiero) a situaciones adversas. Pese a
adelantarse a su tiempo, el programa macropru del Banco de España no fue
capaz de evitar una crisis financiera con consecuencias macroeconómicas
devastadoras a nivel agregado en el sector real de la economía.
Básicamente por dos razones: su labor de supervisión se descosió por los
bajos de las interferencias políticas regionales en las Cajas de
Ahorros, y no actuó de forma eficaz para frenar la burbuja que durante
la expansión se fue generando en el mercado español de la vivienda. Así,
a pesar de la obsesión del Banco de España por provisionar el riesgo de
los bancos, los LTVs se situaron, hasta el estallido de la crisis, en
valores anormalmente elevados.
Precisamente la experiencia de España es una llamada a no olvidar
otras herramientas macroprudenciales, más allá de las que impactan
directamente sobre los balances bancarios, y de permanecer vigilante
para preservarlas de intereses políticos espurios. Pese a tenerlo
durante varios años planificado a partir de la Recomendación ESRB/2011/3 del ESRB,
no ha sido hasta hace unas pocas semanas que en España se ha creado una
verdadera autoridad macroprudencial, con el nombre de Autoridad
Macroprudencial Consejo de Estabilidad Financiera (AMCESFI),
siendo el penúltimo país de Europa en hacerlo. Este retraso explicaría
el resto de la no aparición de España en el Gráfico 1. Según esta nota de prensa,
con la creación de la AMCESFI España cuenta (habría que añadir que por
fin) con mecanismos de supervisión macroprudenciales similares a los de
los principales países europeos.
La AMCESFI está adscrita al Ministerio de Economía y Empresa y
participada por el BdE, la CNMV y la Dirección General de Seguros y
Fondos de Pensiones (DGSFP). Preside su Consejo la Ministra de Economía,
siendo el Gobernador del BdE su vicepresidente. Los precedentes antes
comentados del fracaso de la política macroprudencial en España por las
interferencias políticas, junto con el hecho de que la DGSFP dependa
directamente del Ministerio de Economía, o de que la presidencia de la
CNMV haya sido un cargo altamente politizado, deja la participación del
BdE en una clara posición de debilidad con respecto al poder político, y
puede restar credibilidad a la institución recién nacida.
La AMCESFI tendrá la capacidad de implementar un amplio abanico de
medidas macroprudenciales. Sin embargo, el correcto diseño de la
política macropru plantea una serie de retos entre los que se encuentran
los siguientes: la identificación y cuantificación de las posibles
disyuntivas entre los instrumentos macropru y el crecimiento (véase Boar et al, 2017);
la elección del grado de delegación de las políticas macropru en los
distintos países europeos, y las posibles ventajas de la coordinación
(véase Rubio, 2018); la coordinación entre las políticas monetaria y macropru (ver este informe del Bundesbank);
el efecto del límite cero del tipo de interés sobre las posibilidades
de coordinación entre políticas; o la interacción entre la política
macropru y la fiscal, incluyendo la elección sobre el grado de
progresividad de los impuestos. En futuras entradas en este blog iremos
explicando algunos de los resultados que estamos obteniendo en un
proyecto de investigación sobre la interacción de estas políticas, en el
que también participan otros profesores.
[i] En un Gráfico similar para el periodo 2014-15 tampoco se observa ninguna comunicación macroprudencial de España.
Javier Ferri es Profesor de la Universidad de Valencia e
investigador asociado de Fedea. MSc in Economics por la University
College London y Doctor en Economía por la Universidad de Valencia. Ha
sido investigador invitado en la Adam Smith Business School de la
University of Glasgow. Colabora como investigador con los Ministerios de
Economía y Hacienda, la Fundación Rafael del Pino y el BBVA
Research. Su interés de investigación actual se centra en la
modelización macroeconómica para estudiar temas relacionados con la
política fiscal, el mercado de trabajo y el sector financiero.
Emi Nakamura is an empirical macroeconomist who has greatly increased
our understanding of price-setting by firms and the effects of monetary
and fiscal policies. Nakamura’s distinctive approach is notable for its
creativity in suggesting new sources of data to address long-standing
questions in macroeconomics. The datasets she uses are more
disaggregated, or higher-frequency, or extending over a longer
historical period, than the postwar, quarterly, aggregate time series
that have been the basis for most prior work on these topics in
empirical macroeconomics. Her work has required painstaking analysis of
data sources not previously exploited, and at the same time displays a
sophisticated understanding of the alternative theoretical models that
the data can be used to distinguish.
Nakamura is best known for her use of microeconomic data on
individual product prices to draw conclusions about the empirical
validity of models of price-setting used in the macroeconomic
literature; this has been a critical issue for analysis of the short-run
effects of monetary policy. Studies of the adjustment of individual
prices—in particular, measures of the average time that prices are
observed to remain unchanged—have long been a key source of evidence
regarding the importance of price rigidity. However, until very recently
most evidence of this kind came from studies of a very small number of
markets, so that the question of how typical these specific prices were
remained an important limitation. The availability of new data sets that
allow changes in the prices of a very large number of goods to be
tracked simultaneously has radically transformed this literature over
the past fifteen years, and Nakamura, together with her frequent
co-author Jón Steinsson, has played a leading role in this development.
In their most-cited paper, “Five Facts About Prices: A Re-Evaluation of Menu Cost Models” (QJE
2008), Nakamura and Steinsson study the BLS data on individual prices
used to construct the published consumer and producer price indices for
the U.S. economy, documenting a variety of facts about changes in
individual prices that can then be compared to the implications of a
popular theoretical model of price adjustment, the “menu cost” model.
They give particular attention to the average frequency of price
changes, an important issue in the numerical calibration of quantitative
models of the effects of monetary policy. While past studies using
other sources had concluded that the median time between price changes
in the U.S. economy was nearly a year, the first work using the BLS
microdata (by Mark Bils and Pete Klenow) had argued that the BLS data
underlying the CPI showed that prices actually changed much more
frequently (a median duration of prices only a little over 4 months).
Bils and Klenow actually did not use the BLS micro dataset, but rather
an extract from it for the period between 1995 and 1997 that reported
average frequencies of price changes at a very disaggregated level.
Nakamura and Steinsson instead obtained access to the actual micro data
used by the BLS, which has all the price observations collected by the
BLS and for the period from 1988 to 2005.
Revisiting Bils and Klenow’s conclusion using their superior dataset,
Nakamura and Steinsson show that one’s conclusions about the frequency
of price changes in the CPI data depend on the method used to
distinguish sales from changes in “regular prices.” They also study the
changes in individual wholesale prices and consumer prices. They find
both that changes in regular prices occur much less often than price
changes that include sales (they find a median duration of 8-11 months
for regular prices, depending on the precise method used to classify
price changes), and that producer prices (for which there is less of a
need to filter out “sales”) also change quite infrequently. A first
reason why this paper is so influential is that it gives very convincing
microeconomic evidence for much more substantial “stickiness” of
individual prices than the surprising results of Bils and Klenow had
implied. The paper is also valuable for documenting features of the data
on individual price changes that can be used to test the realism of
specific models of price adjustment. Nakamura and Steinsson stress two
features of the data that are contrary to the predictions of a popular
class of models of price adjustment (“menu-cost” or “S-s” models): clear
seasonality in the frequency of price adjustments, and the failure of
the hazard function for price changes to increase in the time since the
last change in price.
The ability of a “menu-cost” model to account for the quantitative
characteristics of the micro data on price changes is considered further
in “Monetary Non-Neutrality in a Multi-Sector Menu Cost Model” (QJE 2010,
also with Steinsson). Prior numerical analyses of the implications of
menu-cost models (such as the influential paper by Golosov and Lucas)
had assumed that all goods in the economy were subject to menu costs of
the same size (in addition to being produced with the same technology),
with the parameters common to all goods being assigned numerical values
to match statistics for the set of all price changes (such as the
overall frequency of change in prices and the average absolute size of
price changes). But one of the facts documented by Nakamura and
Steinsson in “Five Facts” is that there is tremendous heterogeneity
across sectors of the U.S. economy in the frequency of non-sale price
changes.
In the “Monetary Non-Neutrality” paper, they calibrate a multi-sector
menu-cost model to also match the distribution across sectors of both
the frequency of price changes and the average size of price changes.
They find that the real effects of a monetary disturbance are three
times as large in their multi-sector model as in a one-sector model
(like that of Golosov and Lucas) calibrated to the mean frequency of
price change of all firms. Indeed, whereas Golosov and Lucas argue that
price rigidity is not an empirically plausible explanation for the
observed effects of monetary disturbances, if one takes account of the
micro evidence on the frequency of price adjustments, Nakamura and
Steinsson show that their calibrated multi-sector model (with nominal
shocks of the magnitude observed for the U.S. economy) predicts output
fluctuations that would account for nearly a quarter of the U.S.
business cycle. This would be roughly in line with the fraction of GDP
variability that is attributed to monetary disturbances in atheoretical
vector-autoregression studies. The paper’s emphasis on the importance of
taking account of sectoral heterogeneity when parameterizing the degree
of price stickiness has been highly influential.
More recently, Nakamura and Steinsson have devoted considerable
effort to extending the BLS micro-level data set on consumer prices back
to 1977. This labor-intensive, multiyear data-construction project is
of interest because the extended database now includes the period in the
late 1970s and early 1980s when inflation was much higher and more
volatile than it has been since 1988. The first paper making use of the
extended data set is with Patrick Sun and Daniel Villar, “The Elusive
Costs of Inflation: Price Dispersion During the U.S. Great Inflation” (QJE, forthcoming).
The paper considers how the firms’ adjustment of their prices to
changing market conditions differs in a higher-inflation environment.
The authors find that “regular” (i.e., non-sale) prices were adjusted
more frequently in the earlier (higher-inflation) part of their data
set, and by about the amount that would be predicted by a model of
optimal price adjustment considering a fixed cost (a “menu cost”) of
adjusting the firm’s price. They conclude from this that it is
important, when assessing the welfare costs expected to follow from
choosing a permanently higher rate of inflation, to take account of the
increased frequency of price adjustments that should be expected to
occur, keeping prices from being as far out of line with current
conditions as would otherwise be expected in a more inflationary
environment.
The paper also seeks to measure the degree to which there is greater
dispersion in the prices of similar products in a higher-inflation
environment. Some common models of price adjustment imply that there
should be: given staggering of the times at which different firms’
prices happen to be reconsidered, the price that is optimally chosen
would vary depending on the rate at which prices in general increase
from week to week. If so, this should be an important source of
increased distortion of the allocation of resources in a
higher-inflation environment. Measurement of the degree of dispersion in
the prices of genuinely identical goods is difficult, since different
prices for different firms’ goods might reflect heterogeneity of the
goods, so that they would have different prices even with fully flexible
prices.
For this reason, the authors propose instead to look at the how the
average size of price changes (when prices are adjusted) differs between
high- and low-inflation periods; the idea is that if prices are
adjusted to their currently optimal level whenever they are changed, the
size of the price changes that are observed indicates how far prices
have drifted from their optimal level just before they are adjusted.
They find that the average size of price increases, when they occur, is
about the same (a 7 percent increase on average) in their pre-1988
sample as in their post- 1988 sample. Again, they interpret this as
evidence that the timing of price changes adjusts endogenously when the
rate of inflation increases, in such a way as to reduce the distortions
created by inflation relative to what one would expect if the timing of
price adjustments were independent of the degree to which a given firm’s
prices have gotten out of line with current market conditions. The
authors conclude that the welfare costs of chronically higher inflation
may not be as large as welfare calculations based on sticky-price models
with an exogenous frequency of price adjustment would suggest. The
paper is simultaneously an important contribution to policy debates
about the costs of inflation; to our understanding of historical facts
about price adjustment in the US; and to the empirical basis for
assessing the realism of alternative theoretical models of
price-setting.
Another area in which Emi Nakamura has had a significant impact is in
the study of the effects of government spending shocks, a classic issue
in macroeconomics that has been of renewed interest following the
widespread use of fiscal stimulus measures by governments in response to
the global financial crisis. Estimates of the size of the government
spending multiplier have been quite dispersed and remain highly
controversial. Nakamura’s work with Jón Steinsson in “Fiscal Stimulus in
a Monetary Union: Evidence from U.S. Regions” (AER 2014) brought new data and a fresh identification approach to an important debate.
An important problem in estimating the fiscal multiplier is the
difficulty of finding truly exogenous changes in government spending.
Researchers have for a long time argued that changes in military
purchases are a plausible candidate for exogenous variations in
government spending. However, there have not been large variations in
aggregate military spending since the Korean War, so that aggregate
military spending is of limited use for identifying the government
spending multiplier for the U.S. economy of the past 50 years. An
important insight of Nakamura and Steinsson’s paper is that while in the
aggregate there may not have been large variation in U.S. military
spending, there has been sizeable variation in regional military
spending, and those regional variations can thus be used to estimate a
government spending multiplier. Another important problem with previous
studies is that the output effects of government spending should very
likely (according to standard theory) depend on the nature of the
monetary policy reaction. Some have argued that typical studies
under-estimate the multiplier by failing to take account of the extent
to which output effects are reduced by the typical monetary response to
output booms resulting from government purchases outside of deep
recessions, even though the likely response during a deep recession
would (arguably) be quite different. Nakamura and Steinsson’s strategy
sidesteps this problem, since the monetary policy reaction is common to
all states, and so should not be a factor in explaining the differential
effects on output across states.
A further complication in estimating government spending multipliers
is that their size depends on how changes in government spending are
financed. Previous studies have struggled with how to take into account
financing considerations. An advantage of Nakamura and Steinsson’s
empirical strategy is that regional military spending is financed by
federal taxation and thus regions that receive a large chunk of military
spending will not have tax structures that are different from regions
that do not receive military spending. Thus, considering variations in
regional military spending and relating it to regional output variations
should provide a much more reliable estimate of the government spending
multiplier than previous studies.
The paper offers much more than a clever instrument for measuring the
multiplier effect of government purchases. The authors point out that
the multiplier estimated for the effect of relatively higher purchases
in one state on relative economic activity in that state need not be the
same as the multiplier for the effect on national GDP of a nation-wide
increase in government purchases (the central issue for debates about
the effectiveness of “fiscal stimulus” as a response to recession),
because of spillovers between states of the effects of increased
purchases in any given state. These spillovers occur not only because
increased income in one state leads to increased purchases from
out-of-state suppliers, while the national economy is less open, but
also because increased relative government spending in one state is not
financed by increased relative taxation of that state’s residents, while
increased national spending will require increased revenue to be raised
from US taxpayers in aggregate. Steinsson and Nakamura address the
likely magnitude of the difference between the two multipliers by
developing and analyzing a quantitative multi-region New Keynesian
general-equilibrium model and asking what the national multiplier would
be in the case of a model parameterization that can account for their
estimated relative state-level effects. The paper provides an excellent
example of work that combines non-structural empirical work with careful
model-based analysis of what can be learned from the estimates and
makes a substantial contribution to an applied literature of
considerable importance for macroeconomic policy.
Nakamura has also made important contributions to empirical analysis
of the effects of monetary policy. “High Frequency Identification of
Monetary Non-Neutrality: The Information Effect’’ (QJE, 2018, also with
Steinsson) studies interest-rate changes in a thirty-minute window
around 106 scheduled Federal Reserve announcements between January 2000
and March 2014. As is standard in related literature, financial-market
changes observed during this thirty-minute window are attributed to
information released in the Federal Reserve announcement. However,
unlike some earlier proponents of such “high-frequency identification”
of shocks to monetary policy, Nakamura and Steinsson recognize that the
news revealed need not only represent a change in expected monetary
policy for given economic fundamentals; it could also contain news about
the state of the economy that the Fed is aware of but the markets might
not have been aware of yet, or news about how the Fed interprets the
current state of the economy differently than markets had believed prior
to the announcement. The paper's contribution is to draw inferences
about monetary non-neutrality while allowing for the possible presence
of such information effects, and to build and estimate a theoretical
model that can explain the observed effects of Fed announcements.
This problem motivates the development of a model in which Fed
announcements can have both an information effect and a pure monetary
policy shock, allowing estimation of how big each component in the
observed Fed announcements is. The results of this estimation suggest
that the proposed model can explain well the observed effects of Fed
announcement shocks; that about two-thirds of the announcement shock
represents news about future economic fundamentals, and hence that only
one-third represents a pure monetary policy shock; and that, despite the
great importance of the information effect, the observed responses to
Fed announcements are consistent with a high degree of monetary
non-neutrality in the U.S. economy. These are important results about
fundamental questions in monetary economics, and the paper represents a
significant improvement upon prior methodology.
While Nakamura’s most characteristic contributions have been to
empirical research, her work is always guided by a sophisticated
understanding of the structure of theoretical models, and some of her
contributions are primarily theoretical. An important example is her
paper “The Power of Forward Guidance Revisited” (AER 2016, with
Steinsson and Alisdair McKay). This paper addresses a question about
monetary policy that has been a focus of considerable interest in light
of central-bank responses to the recent financial crisis both in the US
and elsewhere, namely, the extent to which central-bank commitments
about future policy (possibly indicating that interest rates should
remain at their current level for years into the future) can be an
effective way of influencing financial conditions and stimulating
aggregate demand, even in the absence of any change in the current level
of short-term interest rates.
Simple New Keynesian DSGE models imply that advance commitments to
maintain a highly accommodative policy in the future should have a
substantial stimulative effect; in fact, in the case of a commitment to
low interest rates extending several years into the future, the models
predict an immediate effect on both economic activity and inflation that
is so strong as to make it difficult to regard this as a realistic
prediction—and one that is certainly not consistent with the more modest
effects of actual experiments with forward guidance. This has been
called “the forward guidance puzzle.” Nakamura and her co-authors argue
that the unrealistic implication of the simple New Keynesian models
results from the feature that each agent has a single intertemporal
budget constraint, as a result of assuming complete financial markets
and no borrowing constraints. They analyze the effects of a long-horizon
commitment to a fixed nominal interest rate in a model that instead
allows for the existence of uninsurable income risk and borrowing
constraints and find that while the effects of expectations about
monetary policy at shorter horizons are similar to those predicted by
the simpler model, the predicted effects of a long-lasting commitment to
a fixed nominal interest rate are much weaker. Essentially, they find
that in the case of a household with a significant probability of having
a point in time over the next several quarters at which its borrowing
constraint binds, expectations about monetary policy farther in the
future than the time at which the constraint binds do not affect its
current ability to spend, and this substantially reduces the predicted
effects on current aggregate demand of commitments about policy years in
the future.
Their alternative model thus implies that forward guidance is a less
powerful tool for getting out of a sharp contraction than simpler models
would imply, though it hardly implies that it is irrelevant. The paper
is both a contribution to an important policy debate and a useful
methodological contribution to the literature on the application of New
Keynesian models to assess alternative monetary policies. It has
stimulated an active recent literature on “heterogeneous-agent New
Keynesian models,” which explores the implications for other aspects of
macroeconomic dynamics of introducing income heterogeneity and borrowing
constraints.
Nakamura has recently published a JEP article on
“Identification in Macroeconomics,” with Steinsson and a new working
paper on the role of women’s labor force participation in the slow
recovery from recessions observed over the last few decades. The former
is an interesting generalization of the approach discussed above in her
fiscal policy paper and also in the price-setting papers: using
cross-section variation to identify macroeconomic phenomena and
disciplining the aggregate implications with careful structural
modeling. This approach is common to several of Nakamura’s most
influential papers and is methodologically eclectic. It takes advantage
of advances in the availability of new and larger data sets to explore
cross-section variation, while also recognizing that this alone does not
deliver the macroeconomic implications that are of interest to her.
The macro implications require modeling of aggregation that takes into
account the heterogeneity in the micro data, and equilibrium
considerations. Moreover, the macro models have implications for the
cross section that are testable and provide additional discipline and
ability to distinguish competing macro hypotheses. This approach has
also been applied in several of her recent papers on the wealth effect
from housing, delivering significantly different implications from work
focusing only on the micro data.
The working paper “Women, Wealth Effects, and Slow Recoveries” (with
Fukui and Steinsson) on slow recoveries from business cycle downturns
documents that the slow recovery phenomenon coincides with the
convergence of female’s labor force participation to that of males.
That is, as female labor force participation rose during the mid and
late-20th century, employment recovered quickly from downturns as women
entered the labor force in higher numbers during recoveries. However,
as female labor force participation has risen and converged towards
men’s, that dynamic has faded. The paper argues that this effect alone
accounts for 70 percent of the slowing of economic recoveries. This is
an interesting “opposite number” of another labor market finding: that
firms adjust faster during downturns, as they adjust to long-run trends
more when they are firing. This result suggests a similar finding
during upturns, when there is capacity to draw new workers into the
labor market.
Prior recognition for Nakamura’s accomplishments includes a CAREER
Award from the NSF (2011), a Sloan Research Fellowship (2014), the
Elaine Bennett Research Prize from the AEA (2014), being named a member
of “Generation Next: Top 25 Economists Under 45” by the IMF (2014), and
being named one of the decade’s top eight young economists by the
Economist (2018). She serves as a Co-editor of the AER, on the CBO’s
Panel of Economic Advisers, the AEA Committee on National Statistics,
and the BLS Technical Advisory Committee; these appointments testify to
the role she has quickly gained in the profession as an expert on issues
relating to data construction. Her contributions to the general
methodology of empirical macroeconomics, and to the empirical basis for
analyses of the effects of monetary and fiscal policies, make Emi
Nakamura an outstanding candidate for this year’s John Bates Clark
Medal.
Juan Francisco Jimeno La American Economic Association (AEA) premia con la John Bates Clark Medal a economistas
menores de 40 años que hayan hecho una contribución relevante al
pensamiento y al conocimiento económicos. Creado en 1947, este
reconocimiento se concedió cada dos años hasta 2010 y anualmente desde
entonces. Se trata del premio para economistas jóvenes de mayor
prestigio y se considera una antesala del Premio Nobel de Economía.
En otras entradas (por ejemplo, aquí y aquí) hemos presentado a ganadores de ediciones anteriores de la Clark Medal. En esta ocasión, la galardonada es Emi Nakamura, Ph.D. por Harvard University y, en la actualidad, Chancellor’s Professor of Economics en
la Universidad de California, Berkely. Emi es la primera
macroeconomista (y la cuarta mujer tras Susan Athey, Esther Duflo y Amy
Finkelstein, en 2007, 2010 y 2012 respectivamente) que recibe este
galardón.
Se trata de una elección muy reveladora, en primer lugar, por
concederse tras un largo periodo en el campo de la macroeconomía
tradicional (el antecedente más cercano es 1993), donde la presencia de
mujeres es muy reducida (probablemente, la menor entre todos los campos
de la economía). Y en segundo lugar, cuando escuchamos en demasiadas
ocasiones que la Macroeconomía ha quedado desacreditada por su incapacidad de anticipar y gestionar la última crisis, la AEA señala con este premio que en dicho campo “están pasando cosas” y que allí el conocimiento económico también progresa.
Es habitual escuchar que “lo que los economistas saben de verdad es
Microeconomía, pero lo que les gustaría saber es Macroeconomía”. Pues
bien, Emi nos ha enseñado varias cosas sobre las causas de las
fluctuaciones económicas y la relevancia del modelo neokeynesiano para
entenderlas. Para apreciar sus contribuciones, conviene contextualizar
la situación de la macro en relación con estas cuestiones.
Se suele atribuir la paternidad de la macroeconomía moderna a John Maynard Keynes.
Sin embargo, buena parte de la investigación macroeconómica en la
actualidad se realiza con el llamado modelo neokeynesiano que, en
realidad, debe más a Ragnar Frisch
que a Keynes. La inmensa mayoría de las versiones de este modelo son
dinámicas y se basan en el paradigma impulso-propagación propuesto por
Frisch. Dicho paradigma concibe las fluctuaciones económicas como el
resultado de perturbaciones exógenas (sobre preferencias de los agentes,
tecnológicas, asociadas a las políticas económicas) que se transmiten
generando variaciones en las variables macroeconómicas en función de las
características estructurales de la economía.
Las reminiscencias de Keynes en el modelo neokeynesiano se limitan a
suponer que entre dichas características estructurales que determinan
los efectos de perturbaciones económicas la más fundamental es la
derivada de las rigideces nominales de precios y salarios. La
cuestión prioritaria es, por tanto, comprender cómo, cuándo, por qué y
cuánto ajustan las empresas los precios de sus bienes y servicios y los
salarios de sus trabajadores ante determinadas perturbaciones
económicas.
Es sobre esta cuestión donde Emi Nakamura ha hecho sus contribuciones
más importantes. Ante la insatisfacción sobre cómo los modelos
macroeconómicos introducían las causas de las rigideces nominales de
precios y salarios (costes de menú, “precios a la Calvo”,
etc.), Emi tomó el camino más difícil, pero también el correcto:
construyó bases de datos microeconómicos que informan de la frecuencia,
magnitud y timing con el que las empresas cambian sus precios y
las analizó con solvencia estadística y profundo conocimiento de las
cuestiones teóricas a las que hay que dar respuesta. (Tan importante es
reconocer lo que dicen los datos como reconocer qué cosas de las que
dicen los datos son relevantes y por qué lo son). Entre sus primeros
trabajos, destacan uno sobre la dinámica de la fijación de precios (presentado en una conferencia organizada por el Banco de España cuando todavía era estudiante de doctorado) y, sobre todo, el publicado en el Quarterly Journal of Economics
en 2008, también parte de su tesis doctoral, que pronto se convirtió en
la referencia para contrastar si una teoría de determinación de precios
es coherente con lo observado en la realidad. Y dicha coherencia es
especialmente importante en un momento como el actual en el que reina el
desconcierto, incluso entre los propios bancos centrales, acerca de los
factores que explican el comportamiento agregado de la inflación (como
explicamos aquí).
Pero sus contribuciones no se limitan al análisis de las rigideces
nominales de precios y a la introducción de nuevos enfoques
metodológicos en la investigación en Macroeconomía. Más recientemente,
Emi ha realizado aportaciones muy interesantes y relevantes sobre, por
ejemplo, la identificación de perturbaciones de gasto público y de los
multiplicadores fiscales asociados a ellas (aquí),
sobre por qué los anuncios de tipos de interés futuros por los bancos
centrales pueden no ser instrumentos tan eficaces de la política
monetaria como se deduce del modelo neokeynesiano (aquí) o sobre cómo mejorar la identificación de modelos macroeconómicos (aquí) para importar la llamada "revolución de la credibilidad" también a este campo.
Así pues, Emi se ha ganado una posición destacada entre los
macroeconomistas que han descubierto la importancia de los datos
microeconómicos y de la heterogeneidad en las decisiones de los agentes
económicos a la hora de construir teorías y realizar análisis
macroeconómicos rigurosos. En definitiva, se trata de un premio a la
macroeconomía joven (y en femenino) muy merecido y que, sin duda, no
será más que un aviso de lo que todavía está por venir.
-
La esencia de la macro es el análisis de equilibrio general que,
difícilmente, pueden ser identificados con técnicas experimentales o
cuasi-experimentales. Creo que hay más posibilidades en la
identificación de respuestas a shocks estructurales con el uso cada vez
más extensivo e intensivo de datos micro. Esto es lo que dicen, creo que
acertadamente, Nakamura y Steinson:
"We use the term “identified moments” as a short-hand for “estimates
of responses to identified structural shocks,” or what applied
microeconomists would call “causal effects”. We argue that such
identified moments are often powerful diagnostic tools for
distinguishing between important classes of models (and thereby learning
about the effects of policy). To illustrate these notions we discuss
the growing use of cross-sectional evidence in macroeconomics and
consider what the best existing evidence is on the effects of monetary
policy."