RICHARD KOO,El efecto de la compra de deuda en la economía real será escaso

Entrevista al economista Richard Koo en El País, donde habla de como las compras de deuda a gran escala (Quantitative Easing) van a alimentar los precios en los mercados financieros, sin tener efecto en la economía real, una visión similar a la teoria de debt deflaction de Fisher y que cogieron otros economistas posteriores como Minsky o los propulsores de la teoría monetaria del circuito, o también de la Modern Monetary Theory (todos postkeynesianos), que señalan los pobres efectos de la política monetaria en una situación de desapalancamiento de todos los agentes. http://economia.elpais.com/…/actuali…/1421525764_829654.html

1. Antecedentes, Recesión de balance, leer articulos anteriores de R.Koo, sobre la crisis de Japón de los noventa, antesala de la crisis 2007-2017

http://brujulaeconomica.blogspot.com.es/2009/02/11-otros-economistas.html


2.RICHARD KOO | ECONOMISTA JEFE DEL BANCO DE INVERSIÓN JAPONÉS NOMURA

“El efecto de la compra de deuda en la economía real será escaso o nulo”

Frankenstein, Drácula, Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Las tres novelas fueron escritas en épocas de crisis, con la bancarrota pisándole los talones a sus autores. La Gran Recesión no ha dejado aún nada parecido, aunque sí ha alumbrado a algún economista clarividente. El taiwanés Richard Koo es uno de ellos: ha dado lo más parecido a una explicación como la de Irving Fisher para entender la Gran Depresión. Es esta: si todo el mundo (familias, empresas, bancos y Gobiernos) trata de reducir sus deudas a la vez, lo más probable es un colapso de la demanda y una caída de los precios, que hará más difícil pagar las deudas y dejará una lesión económica difícil de curar, que Koo bautiza como “recesión de balance”.
El economista jefe del banco de inversión Nomura tenía un asiento en primera fila en la crisis que estalló en Japón en 1990, y ha sido un martillo con los errores de su Gobierno. Pero en una larga conversación telefónica afirma que los fallos de Japón “son un juego de niños al lado de los europeos”. Y dispara una ráfaga inquietante contra la próxima jugada del Banco Central Europeo (BCE): “El mercado lleva semanas descorchando champán, pero los efectos de las compras de deuda sobre la economía real serán escasos o nulos”.
Pregunta. ¿Por qué ese escepticismo con un instrumento que ha funcionado relativamente bien en EE UU o Reino Unido?
Respuesta. Las compras de deuda a gran escala (QE, por sus siglas en inglés) van a funcionar en los mercados: en parte ya lo ha hecho, no hay más que ver la cotización del euro o los intereses de la deuda. Pero es muy dudoso que eso haga funcionar la economía real: en EE UU y Reino Unido no han tenido efectos sustanciales, casi todo el dinero se ha quedado en los mercados; en la eurozona los efectos sobre la economía real serán escasos o nulos. El problema de Europa es que nadie quiere pedir prestado: lo que quieren empresas y familias es devolver la deuda. Los mercados llevan semanas excitados, pero con los tipos de interés próximos a cero la política monetaria apenas tiene tracción. La solución no es esa.
P. ¿Cuál es?
R. Europa necesita una expansión fiscal. Con los tipos a cero, la política monetaria no es eficaz: y la compra de deuda a gran escala tiene consecuencias a largo plazo más peligrosas que los déficits prolongados. Los estadounidenses no lo han comprendido del todo: en plena recesión de balances, con todo el mundo desapalancándose, su economía es drogodependiente del QE, que le puede pasar factura. En Europa es aún peor: hubo estímulos al inicio de la crisis, pero Grecia causó una alarma injustificada en todo el continente, que empezó con los recortes demasiado pronto. Es curioso. Japón cometió ese error en 1997. EE UU, en 1937.
P. Europa no ha aprendido nada, dice usted en sus libros.
R. EE UU hizo un gran trabajo de limpieza en su sistema financiero, que ya está en condiciones de dar crédito, aunque los riesgos empiezan ahora: una vez desaparezca la trampa de liquidez se verá que el QE es otra trampa. Europa no ha hecho el mismo trabajo de la limpieza, y en la eurozona la transmisión de la política monetaria es través de la banca. Nadie va a pedir créditos por mucha liquidez que dé el QE si la demanda no se recupera. En estas condiciones, el estímulo monetario es inútil: solo el sector público puede evitar un estancamiento secular con estímulo fiscal.
P. Eso es tabú en Alemania.
R. Europa tiene un problema con los traumas históricos de Alemania. Draghi es consciente de la necesidad de un estímulo, pero apenas puede sugerirlo. Las reformas reciben mucha atención, pero cuando toda la economía está reparando sus balances solo tienen efectos a la larga. El BCE está muy lejos de la realidad: el 80% del problema es de demanda.
P. ¿Qué opina de Draghi?
R. Evitó un accidente grave con las barras libres de liquidez. Pero mire los datos en la economía real: un desastre. EE UU tiene grandes desafíos, pero gente como Ben Bernanke y Larry Summers entendieron lo básico. ¿Dónde están los Bernanke, los Summers de la UE?
P. Japón lleva 25 años en crisis. ¿En Europa va a ser peor?
R. Mucho peor. El paro en Japón fue del 5,5% en el peor momento. La UE ha perdido ya a una generación y puede perder otra si persiste en el error.
P. Los Tratados impiden hacer más política fiscal.
R. Quizá las reglas sean idiotas: si un país se ajusta, le puede ir bien; si todos lo hacen, y todos los agentes se desendeudan, la consecuencia es una depresión. En tiempos normales la regla del déficit del 3% del PIB está bien: en medio de una recesión de balance es una chaladura. Europa debe cambiar el tratado.
P. Vaya usted con esa propuesta a Berlín: buena suerte.
R. Puede haber una alternativa: exigir que los bancos compren solo deuda pública de su país para reducir los riesgos de contagio. Grecia tiene un problema fiscal y necesita una reestructuración, pero el resto de países tienen suficiente ahorro como para aguantar déficits fiscales. Díganles a los alemanes que no quieren su dinero.




DEMYSTIFYING QUANTITATIVE EASING

http://www.economonitor.com/lrwray/2012/11/12/demystifying-quantitative-easing/

It is “QE Week” at EconoMonitor and here’s my contribution.
No, we aren’t celebrating either the Monarch or the ship. We’re talking about the Fed’s Quantitative Easing. I’m going to discuss the basics of QE and explain why it’s Much Ado about almost Nothing.



  • This past September the Fed announced full speed ahead with QE3. Three’s a charm, or so they hope. This time, the Fed promised to buy $40 billion worth of mortgage backed securities (MBSs) every month through the end of the year, and to keep what is essentially a zero interest policy (ZIRP) in place through mid 2015. The Fed also announced that it will purchase other long-maturity assets to bring the total monthly purchases up to $85 billion, with the bias toward the long end expected to put downward pressure on long term interest rates. The Fed made clear that QE3 is open-ended, to continue as long as necessary to stimulate to a robust economic recovery.
    There are two reasons why economic stimulus has come down to reliance on the Fed’s QE. First, policy-makers have bought the Austerian view that fiscal policy is out-of-bounds; some believe it doesn’t work, others believe government has “run out of money”. Both of those views are pure nonsense, but beyond the scope of this blog.
    The second reason is that Chairman Bernanke is enamored with the view that proper monetary policy could have avoided the American Great Depression as well as the Japanese lost decade(s)—two and counting. Essentially, he staked his academic career on the argument that there’s more that the central bank can do, beyond pushing its overnight rate (fed funds rate in the US) to zero (ZIRP).
    When the crisis hit the US in 2007, Bernanke followed the Japanese example by quickly relaxing monetary policy, rapidly pushing down the policy interest rate. After some fumbling around, the Fed also gradually opened its discount window to lend an unprecedented amount of reserves to troubled institutions. As I’ve discussed in previous blogs, all told the Fed spent and lent a cumulative total of $29 trillion to rescue the banks.
    And the Fed’s balance sheet literally exploded—which has got our quantity theory Monetarists and Austrians and Ron Paul followers hyperventilating about hyperinflation. The following graph documents the spectacular growth of the Fed’s liabilities, most of which are “deposits”, that is bank reserves. (See here for discussion: http://www.levyinstitute.org/pubs/wp_698.pdf)
    But that didn’t put the economy on the road to recovery. (Surprise, surprise! Bailing out Wall Street doesn’t help Main Street.)
    And so the Chairman got the chance to try out his pet theory. The Fed should go beyond ZIRP to try unconventional policy, namely, it should continue to buy assets even after it had driven short term interest rates to the zero lower bound. Over the course of the three rounds of Quantitative Easing the Fed has bought prodigious amounts of Treasuries and MBSs.  The following graph shows what the Fed bought. (For detailed explanation, and a key to the abbreviations, see here: http://www.levyinstitute.org/pubs/wp_698.pdf)

    When the Fed buys assets, it purchases them by crediting banks with reserves. So the result of QE is that the Fed’s balance sheet grows rapidly—to, literally, trillions of dollars. At the same time, banks exchange the assets they are selling (the Treasuries and MBSs that the Fed is buying) for credits to their reserves held at the Fed. Normally, banks try to minimize reserve holdings—to what they need to cover payments clearing (banks clear accounts with one another using reserves) as well as Fed-imposed required reserve ratios. With QE, the banks have ended up with humongous quantities of excess reserves.
    As we said, normally banks would not hold excess reserves voluntarily—reserves used to earn zero, so banks would try to lend them out in the fed funds market (to other banks). But in the ZIRP environment, they can’t get any return on lending reserves. Further, the Fed switched policy in the aftermath of the crisis so that it now pays a small, positive return on reserves. So the banks are holding the excess reserves and the Fed credits them with a bit of interest. They aren’t thrilled with that but there’s nothing they can do: the Fed offers them a price they cannot refuse on the Treasuries and MBSs it wants to buy, and they get stuck with the reserves.
    A lot of people—including policy makers—exhort the banks to “lend out the reserves” on the notion that this would “get the economy going”. There are two problems with that. First, banks can lend reserves only to other banks—and all the other banks have exactly the same problem: too many reserves. A bank cannot lend reserves to your household or firm. You do not have an account at the Fed, so there is no operational maneuver that would allow you to borrow the reserves (when a bank lends reserves to another bank, the Fed debits the lending bank’s reserves and credits the borrowing bank’s reserves). Unless you are a bank, you cannot borrow them.
    The second problem is that banks don’t need reserves in order to lend. What they need is good, willing, and credit-worthy borrowers. That is what is sadly lacking. Those who are credit-worthy are not willing; those who are willing are mostly not credit-worthy.
    And we should be glad that banks are not currently lending to the uncredit-worthy. Here’s why: that’s what got us into this mess in the first place.
    Indeed, the mountain of debt that US households are buried under makes the whole Bernanke notion that we need to get banks lending again just plain ludicrous. I don’t want banks to lend. I don’t want households to borrow. What we need is to work off the private debt—pay it down or default on it.
    Some believe that the path to recovery is to get firms to borrow. Again, I think that is wrong-headed. Firms are actually wallowing in cash—they’ve cut costs, fired workers, and stopped spending in order to shore up their cash reserves. They don’t need banks. Indeed, they mostly stopped using banks to finance their spending a long time ago, as they shifted to commercial paper and other nonbank funding.
    Yes, I know that the story is different for small firms—they don’t have cash flow and they aren’t considered credit-worthy so they cannot borrow. They are in a sense collateral damage—Wall Street screwed the economy and households and small business are paying the price. The solution is not more debt for them. If anything, small firms need to do the same thing that most households need to do: reduce debt.
    So, we’ve got banks that don’t want to lend and households and small firms that shouldn’t borrow. We’ve got bigger firms hoarding cash. We have what Richard Koo calls a “balance sheet recession”: too much debt and a strong incentive to de-lever. Firms and households are not only cutting spending, they are also trying to sell assets to pay back debt. And so asset prices are falling.
    All the more reason why banks don’t want to lend. The assets that could serve as collateral are falling in value.
    Is there a way out? Yes there is. There is only one entity in the US that can spend more in a balance sheet recession: Uncle Sam. But Washington won’t let Sam do it. And so we will not recover.
    That is the lesson Chairman Bernanke should have learned from Japan: if you don’t ramp up the fiscal stimulus, and keep it ramped up until a full blown recovery has occurred, you will remain trapped in recession.
    To be sure, it is not Bernanke’s fault that Washington won’t spend more. He’s not in the White House; he’s not in the Treasury; and he’s not in Congress. He has nothing to do with fiscal policy. He’s playing with the only hand he was dealt: monetary policy. And in a balance sheet recession, that hand is impotent.
    So at most, the Chairman is guilty only of creating irrational expectations. He’s the Wizard of Oz, but that steering wheel he’s spinning is not attached to the economy.
    What QE comes down to, really, is a substitution of reserve deposits at the Fed in place of Treasuries and MBSs on the asset side of banks. In the case of Fed purchases of Treasuries, this reduces bank interest income—making them less profitable. Some held out the unjustifiable hope that less profits for banks would equate to more inducement to increase lending. Won’t work, and a bad idea even if it did.
    We want banks to make good loans to willing and credit-worthy borrowers. We don’t want to make banks so desperate for profits that they make crazy loans (again!).
    On the other hand there could be some benefits to banks that manage to unload trashy MBSs by selling them to the Fed. If you were a bank that was stuffed full of all the NINJA mortgages (no income, no job, no assets) made back in 2006, you’d be quite willing to sell those to the Fed—if the Chairman wants to play the role of dope, you’ll happily dupe him. I suspect that as a result of the bail-out plus three rounds of QE, a lot of the trash has been moved to the Fed’s balance sheet.
    That’s good for banksters but it’s horrible public policy. Effectively the banks are moving sure losers off their balance sheets in order to get safe reserves that earn next to nothing. That’s a good trade! But, again, it doesn’t induce them to make more loans, does nothing to stimulate Main Street, and creates all sorts of moral hazard in the financial system. Uncle Ben has taught banks an invaluable lesson: too dumb to fail!
    Let’s summarize QE this way. You have a checking account and a saving account at your bank. Your bank makes you an offer you cannot refuse to shift some funds from your saving account to your checking account. (Let us say they will give you a toaster as a reward—and you really like toasted bread.) Will this shift of funds induce you to run out and spend more? Probably not. Especially if you are worried about the future, your spouse was recently fired, and you are underwater in your mortgage. You might even spend a bit less because you earn less on interest in the checking account.
    QE essentially amounts to shifting funds from a bank’s saving account at the Fed (Treasuries) to its checking account at the Fed (Reserves). It reduces bank earnings by a hundred or two basis points.
    And that is supposed to simulate the economy?

    Comments (40)


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    -1
    WalidM's avatar
    WalidM· 113 weeks ago
    - See more at: http://www.economonitor.com/lrwray/2012/11/12/demystifying-quantitative-easing/#.dpuf

    Caso Hepatitis C : Precio justo

    http://www.elmundo.es/cronica/2015/01/18/54b9689322601d537b8b4573.html
    Gonzalo Suarez
  • RAYMOND SCHINAZZI HA GANADO 440 MILLONES CON EL SOVALDI

  • SU PADRE, DE ORIGEN SEFARDI, TRABAJÓ 20 AÑOS EN CAMPOFRÍO

  • ESTARÍA 'ENCANTADO' DE MEDIAR ENTRE ESPAÑA Y LA FARMACÉUTICA QUE COMPRÓ LA PATENTE PARA ACORDAR UN 'PRECIO JUSTO' POR SU FÁRMACO

  • CALCULA QUE QUE SU PÍLDORA CURARÁ DECENAS DE MILLONES DE VIDAS

    Cuando era un joven científico, Raymond Schinazi viajaba cada verano a España para visitar a su familia. Su padre, de nacionalidad egipcia, fue expulsado de su país a principios de los 60 por su sangre sefardí y sólo encontró su refugio en la fábrica de Campofrío en Burgos. Pero los Schinazi no querían que su prometedor retoño se criara en otra dictadura, así que le enviaron a Bath (Inglaterra) para que estudiara Ciencias Químicas.

    Nadie imaginaba que, cuatro décadas más tarde, aquel espabilado chaval se convertiría en el creador de fármacos que salvarían millones de vidas. El más destacado es Sovaldi, su droga contra la hepatitis C, una enfermedad que aniquila medio millón de vidas al año. Nunca ha habido un lanzamiento farmacológico más rentable que la píldora milagro del doctor Schinazi. Pero su astronómico precio -hasta 60.000 euros por tratamiento- ha provocado una polémica a la altura de su eficacia: numerosos gobiernos, incluido el español, se resisten a recetárselo a todos los enfermos.
    -Sí, soy el padre de Sovaldi -proclama orgulloso Schinazi, de 64 años, desde un congreso médico en San Francisco-. Yo fundé Pharmasset, el laboratorio que lo descubrió, contraté a los científicos, conseguí la financiación, aporté las ideas básicas de la investigación...
    Un grueso acento yanki camufla los orígenes egipcios de Raymond Schinazi. Aunque, a veces, salta al castellano que aprendió de sus ancestros para subrayar alguna frase: "Adoro España, ¡es mi segundo hogar!". El químico detalla con pasmosa naturalidad el número de vidas que han salvado los inventos de su laboratorio: "Según mis cálculos, sólo los retrovirales contra el VIH han evitado siete millones de muertes". ¿Y el Sovaldi? "¡Tiene aún más potencial! A largo plazo, curará a decenas de milllones de pacientes. Por eso, no entiendo a qué esperan los gobiernos para dárselo a los enfermos".
    Sovaldi, su droga contra la hepatitis C
    -¿Conoce la polémica que ha provocado su fármaco en España?Los enfermos incluso han organizado encierros para que se lo receten de forma gratuita.
    -Por supuesto. Y creo que el gobierno debe actuar ya. Tiene que recetárselo de inmediato a los enfermos más graves, porque si no morirán. Además, pueden contagiárselo a otras personas, con lo que se agravaría el problema.
    -En pleno recorte sanitario, ¿está justificado pagar tanto por un fármaco?
    -La alternativa es no hacer nada. Unos enfermos morirán, otros recibirán trasplantes, el resto sufrirá cirrosis o cáncer y serán hospitalizados decenas de veces... A la larga, saldrá mucho más caro. Eso sí, los gobiernos deben negociar con la farmacéutica pararebajar los precios todo lo posible.

    EL EJEMPLO EGIPCIO

    Así ocurrió en su país natal, donde la hepatitis C es una epidemia colosal: sufren la peor tasa de contagios del mundo -el 10% de la población- por el uso de agujas contaminadas en campañas de vacunación en los años 60 y 70. Schinazi admite que ayudó "indirectamente" al gobierno egipcio para que negociara una rebaja con Gilead, la multinacional que le compró la patente en 2011. Hoy, el tratamiento sólo cuesta 900 dólares a los egipcios, la centésima parte que en EEUU.
    -Otros países, como India, también disfrutan de Sovaldi a precios humanitarios. ¿A qué se debe esta diferencia de precios?
    -La farmacéutica negocia precios asequibles con los países pobres, que no pueden pagar la tarifa estándar. Imagino que nadie estará en contra de ayudar al Tercer Mundo, ¿no? España, pese a todos sus problemas económicos, puede pagar más que Egipto.
    [Los críticos de la farmacéutica argumentan, sin embargo, que estos acuerdos buscan evitar que los fabricantes de genéricos indios copien por las bravas el Sovaldi. Así, Gilead cobra un pequeño canon y, sobre todo, protege los mercados de países de ingresos altos y medios, los más lucrativos para estos fármacos de última generación].
    -¿Estaría dispuesto a mediar para que España, su "segundo hogar", disfrute de mejores precios?
    -Me encantaría. El precio depende del PIB del país. Creo que los españoles pueden acordar una tarifa más baja que Francia. [Allí el tratamiento de 12 semanas cuesta 41.000 euros, mientras que España, según se ha publicado, pagará unos 25.000 euros].
    '35.000 euros me parece un precio justo para España. A largo plazo, se gastaría más dinero en trasplantes'
    -Para usted, ¿cuál es un precio justo para el Sovaldi en España?
    -Creo que unos 35.000 euros por curar a una persona de una enfermedad mortal es asumible para un país rico como España. Además, a largo plazo, te ahorras dinero en trasplantes, en tratamientos oncológicos... Y no olvidemos que el fármaco irá bajando de precio en los próximos años.
    -Pero fabricar el Sovaldi cuesta la centésima parte de ese precio. Explique a los españoles por qué tienen que pagar tanto.
    -El fabricante tiene que recuperar los 11.000 millones de dólares que les costó comprar la patente. También debe costear los fármacos que nunca triunfan en el mercado. Y, por supuesto, ha de obtener beneficios para sus accionistas. Sin eso, nadie financiaría las investigaciones para descubrir nuevos tratamientos. Puede sonar duro, pero es algo que he aprendido a lo largo de mi carrera.
    Esta biografía arranca en 1950 en Alejandría. Cuando nació Schinazi, la ciudad egipcia aún conservaba la tolerancia cosmopolita del viejo Oriente Medio. Pero el paraíso se esfumó con el estridente nacionalismo de Gamal Abdel Nasser y la crisis de Suez de 1956. Los Schinazi, como todas las familias sefardíes de Egipto, vieron confiscados sus bienes a comienzos de los 60. De golpe, esta próspera familia de comerciantes se vio arrinconada en un campo de refugiados a las afueras de Nápoles.
    El padre buscó cobijo en su antigua nación, España, de la que sus antepasados sefardíes fueron expulsados en 1492. A través de un contacto, obtuvo un trabajo en las oficinas de Campofrío en Burgos, donde trabajó casi dos décadas y llegó a ejercer de director de exportaciones. Sin embargo, el joven Raymond se marchó a Inglaterra, donde cursó el bachillerato con la beca de una ONG que ayudaba a los refugiados judíos.
    Raymond Schinazi siempre tuvo clara su vocación científica. La heredó de su tío, André Nahmias, toda una eminencia mundial en el estudio del virus del herpes. Así, obtuvo una plaza en la Universidad de Bath, donde se sacó la licenciatura. Luego completó el doctorado con una tesis sobre la elipticina, un fármaco contra el cáncer extraído de plantas.
    Eso sí, cada verano, Schinazi se reunía con su clan en tierras españolas. Juntos recorrieron todo el país: la playa, las montañas, las principales ciudades... "Estoy muy agradecido a tu país por acoger a mi familia cuando más lo necesitaba", asegura hoy. "Gracias a España, mi padre obtuvo un trabajo, pudo prosperar y mantener a su familia. No lo olvidamos".

    'QUE NOS AYUDE'

    En Burgos, la tierra de sus ancestros, Francisco Javier aguarda inquieto a que Schinazi devuelva el favor a España a través de su píldora mágica. Hace 22 años que le diagnosticaron hepatitis C y sufre una cirrosis galopante, pero aún no ha conseguido que su médico le recete Sovaldi. "Si el doctor ayuda a que el gobierno nos pague las medicinas, le estaríamos eternamente agradecidos", ruega este enfermo de 63 años, sorprendido al descubrir la conexión burgalesa del medicamento que tanto ansía.
    Pero, antes de idear este fármaco, Schinazi tuvo que mudarse a EEUU, donde centró sus primeras investigaciones en las distintas variantes del herpes. Así siguió hasta los años 80, cuando se descubrió que un virus causaba el sida. El científico decidió volcar todas sus energías en desarrollar un fármaco contra la enfermedad más temida del momento. "Habíamos aprendido mucho del virus del herpes, pero nos faltaba aplicar este conocimiento al VIH", explica.
    Su trabajo fue vital para el desarrollo de los cócteles de fármacos que han convertido el letal virus en una suerte de mal crónico. A finales de los años 90, de su equipo salieron retrovirales tan populares como la Emtricitabina. Según los cálculos de la Universidad de Emory (Atlanta), donde se encuentra su laboratorio, hasta el 94% de los que recibieron algún tratamiento contra el virus en aquella época se beneficiaron de drogas diseñadas por Schinazi.
    Mientras el VIH acaparaba la atención popular, la epidemia de la hepatitis C cabalgaba sigilosa. Durante décadas, ni siquiera estaba confirmada la existencia de la enfermedad: hasta 1989, cuando fue identificada formalmente, se la conocía como "hepatitis ni A ni B". Y eso que era -y es- un problema sanitario de primera magnitud: hoyafecta a más de 150 millones en todo el mundo y mata cada año a 500.000 enfermos, de los que 10.000 viven en España.
    Sin embargo, apenas existían fármacos. Los compuestos que se empleaban para combatirlo, como el interferon, tenían una eficacia limitada y terribles efectos secundarios. Pero Schinazi estaba seguro de que si aplicaba sus conocimientos sobre el VIH a este virus, podría desarrollar un tratamiento eficaz: "Me dije a mí mismo: 'Este virus está a la espera de que alguien lo cure'".

    EL MILAGRO

    En 1998, Schinazi creó una empresa, Pharmasset, para financiar sus investigaciones. Su trabajo cristalizó en la molécula PSI-7977, que presentó 13 años más tarde en un congreso médico en San Francisco. La eficacia del fármaco sorprendió a los hepatólogos allí congregados: los 10 pacientes que lo habían tomado durante tres meses se habían curado por completo, sin recaídas. ¿Milagroso?
    Dos semanas después, la multinacional Gilead compró Pharmasset -en realidad, sólo les interesaba la molécula PSI-7977- por 11.100 millones de dólares. De ellos, 440 millones correspondían a las acciones de Schinazi. Fue un negocio lucrativo para todos: en el primer semestre de 2014, Gilead facturó 5.800 millones de dólares por el Sovaldi, todo un récord para un fármaco debutante.
    Hoy, el científico ya trabaja en nuevos medicamentos para otras dos enfermedades. Una es la hepatitis B: "Creo que podremos curarla fácilmente". La otra, el VIH: "Eso es más difícil: no creo que viva lo suficiente para ver la cura definitiva". Pero, si le dieran a elegir un mal que le gustaría exterminar, elige un tercero: "Me encantaría acabar con el virus de la gripe: aunque no le demos importancia, mata a millones de personas al año", reflexiona Schinazi, divorciado, con una hija y dos nietos.

    EXTINCIÓN DEFINITIVA

    Pero la búsqueda de nuevos compuestos no es su única ocupación. También trabaja en la promoción del Sovaldi como herramienta para erradicar la hepatitis C del mundo. Según él, si la OMS se coordinara con las principales potencias sanitarias, el mal podría extinguirse de la Tierra en 20 años. "Aquí no estamos hablando de un retroviral que sólo frena la enfermedad, como con el VIH, sino de una cura completa", argumenta. "Si damos el fármaco a todos los enfermos, ya no se la contagiarán a nadie más. Sería maravilloso".
    En el caso de España, aboga por tratar de inmediato a los enfermos más graves. Luego, crearía un plan a largo plazo -"unos 10 años es suficiente"- para ir curando al resto de infectados antes de que desarrollen cáncer, cirrosis y otras complicaciones. "A largo plazo, saldría más barato", insiste. "También se podría establecer unsistema de copago para los pacientes más ricos".
    -Usted ha cobrado 440 millones por su trabajo. ¿Está justificado tanto beneficio?
    -Cuando estaba mendigando para pagar mis investigaciones, que costaron más de 200 millones de dólares, cualquiera podría haber comprado mi empresa por un precio modesto. Pero sólo me hicieronuna oferta cuando quedó claro que nuestro fármaco iba a ser eficaz y rentable. ¿Eso es justo? Hay que premiar a la gente que asume riesgos. Es la única forma de que la ciencia avance.
    -¿A qué ha dedicado el dinero de la venta de su fármaco?
    -Admito que tengo la vida resuelta. Pero también doné 20 millones a mi universidad, monté una fundación, hago donaciones a organizaciones benéficas y he reinvertido en nuevas investigaciones, porque mi principal deber como científico es salvar vidas... Ah, también pagué muchos impuestos aquel año. ¡Deberían poner mi nombre a una calle!
  • What Good Are Economists? RJS

    What Good Are Economists?

    http://www.project-syndicate.org/commentary/are-economists-good-by-robert-j--shiller-2015-01

    NEW HAVEN – Since the global financial crisis and recession of 2007-2009, criticism of the economics profession has intensified. The failure of all but a few professional economists to forecast the episode – the aftereffects of which still linger – has led many to question whether the economics profession contributes anything significant to society. If they were unable to foresee something so important to people’s wellbeing, what good are they?
    Indeed, economists failed to forecast most of the major crises in the last century, including the severe 1920-21 slump, the 1980-82 back-to-back recessions, and the worst of them all, the Great Depression after the 1929 stock-market crash. In searching news archives for the year before the start of these recessions, I found virtually no warning from economists of a severe crisis ahead. Instead, newspapers emphasized the views of business executives or politicians, who tended to be very optimistic.
    The closest thing to a real warning came before the 1980-82 downturn. In 1979, Federal Reserve Chair Paul A. Volcker told the Joint Economic Committee of the US Congress that the United States faced “unpleasant economic circumstances,” and had a “need for hard decisions, for restraint, and even for sacrifice.” The likelihood that the Fed would have to take drastic steps to curb galloping inflation, together with the effects of the 1979 oil crisis, made a serious recession quite likely.
    Nonetheless, whenever a crisis loomed in the last century, the broad consensus among economists was that it did not. As far as I can find, almost no one in the profession – not even luminaries like John Maynard Keynes, Friedrich Hayek, or Irving Fisher – made public statements anticipating the Great Depression.
    As the historian Douglas Irwin has documented, a major exception was the Swedish economist Gustav Cassel. In a series of lectures at Columbia University in 1928, Cassel warned of “a prolonged and worldwide depression.” But his rather technical discussion (which focused on monetary economics and the gold standard) forged no new consensus among economists, and the news media reported no clear sense of alarm.
    Interestingly, contemporary news accounts reveal little evidence of public anger at economists after disaster struck in 1929. So why has the failure to foresee the latest crisis turned out so differently for the profession? Why has it – unlike previous forecasting failures – stoked so much mistrust of economists?
    One reason may be the perception that many economists were smugly promoting the “efficient markets hypothesis” – a view that seemed to rule out a collapse in asset prices. Believing that markets always know best, they dismissed warnings by a few mere mortals (including me) about overpricing of equities and housing. After both markets crashed spectacularly, the profession’s credibility took a direct hit.
    But this criticism is unfair. We do not blame physicians for failing to predict all of our illnesses. Our maladies are largely random, and even if our doctors cannot tell us which ones we will have in the next year, or eliminate all of our suffering when we have them, we are happy for the help that they can provide. Likewise, most economists devote their efforts to issues far removed from establishing a consensus outlook for the stock market or the unemployment rate. And we should be grateful that they do.
    In his new book Trillion Dollar Economists, Robert Litan of the Brookings Institution argues that the economics profession has “created trillions of dollars of income and wealth for the United States and the rest of the world.” That sounds like a nice contribution for a relatively small profession, especially if we do some simple arithmetic. There are, for example, only 20,000 members of the American Economic Association (of which I am President-Elect); if they have created, say, $2 trillion of income and wealth, that is about $100 million per economist.
    A cynic might ask, “If economists are so smart, why aren’t they the richest people around?” The answer is simple: Most economic ideas are public goods that cannot be patented or otherwise owned by their inventors. Just because most economists are not rich does not mean that they have not made many people richer.
    The fun thing about Litan’s book is that he details many clever little ideas about how to run businesses or to manage the economy better. They lie in the realm of optimal pricing and marketing mechanisms, regulation of monopolies, natural-resource management, public-goods provision, and finance. None of them is worth even a trillion dollars, but, taken together, Litan’s conclusion is plausible indeed.
    The 2010 book Better Living through Economics, edited by John Siegfried, emphasizes the real-world impact of such innovations: emissions trading, the earned-income tax credit, low trade tariffs, welfare-to-work programs, more effective monetary policy, auctions of spectrum licenses, transport-sector deregulation, deferred-acceptance algorithms, enlightened antitrust policy, an all-volunteer military, and clever use of default options to promote saving for retirement.
    The innovations described in Litan’s and Siegfried’s books show that the economics profession has produced an enormous amount of extremely valuable work, characterized by a serious effort to provide genuine evidence. Yes, most economists fail to predict financial crises – just as doctors fail to predict disease. But, like doctors, they have made life manifestly better for everyone.

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    ¿Qué puede hacer el BCE? Dos parábolas. Luis Garicano

    ¿Qué puede hacer el BCE? Dos parábolas

    Mientras no entremos en un espiral de deflación, no será necesario ‘tirar dinero desde los helicópteros’

    Mientras en EE UU y el Reino Unido la recuperación es un hecho, la economía de la Eurozona flaquea al borde de la recesión y de la deflación. La decisión de cómo responder a esta situación está ocasionando serios enfrentamientos en el seno del Consejo del Banco Central Europeo entre Mario Draghi y los representantes alemanes, como contaba una reciente exclusiva de Reuters. ¿A qué se debe la existencia de visiones tan radicalmente enfrentadas entre Alemania y los demás países?
    Existen sin duda diferencias de intereses: Alemania, como acreedor,se beneficia de las caídas de precios, mientras que los deudores prefieren mayor inflación. Y también hay diferentes experiencias históricas: la hiperinflación en los años 20 del siglo XX que desembocó en el ascenso de Hitler ha marcado una preferencia absoluta de los votantes alemanes por la estabilidad monetaria.
    Pero hay también una profunda diferencia de diagnóstico de la crisis entre los analistas alemanes y los demás. Para entenderla de forma sencilla, sirven a modo de parábola dos famosas historias reales recogidas en el reciente libro de Tim Harford, El economista camuflado ataca de nuevo (2014). Empezamos con la primera, contada por dos economistas apellidados Sweeney, marido y mujer, en 1978.
    Había una vez en Washington una cooperativa formada por padres que intercambiaban entre ellos su trabajo de canguro para los hijos de los demás. El trabajo se pagaba con un ‘vale’ que equivalía a una hora de trabajo. La idea es buena porque (como el dinero de verdad) permite intercambios amplios. Juan puede hacerle de canguro a Andrés, pero a lo mejor no hay ningún día en el que Juan necesite salir y Andrés esté libre para devolverle el favor. Con este sistema, Juan cobra un vale de Andres, y puede usarlo para pagar a otro miembro de la cooperativa.
    Desgraciadamente, el número de vales en circulación empezó a declinar. Dada la escasez de transacciones y de posibilidades de acumular nuevos vales, los padres empezaron a salir menos para no gastar sus vales. Los vales llegaron a ser tan escasos que la gente sólo los usaba en ocasiones especiales. Es decir, la cooperativa entró en recesión con desempleo (no había trabajo suficiente para todos los padres que querían trabajar).
    Una solución hubiera sido que se ajustaran los precios (‘ven pero te pago medio vale’), pero la presión social en contra (‘ese es un caradura’) imposibilitaron este ajuste.
    Tras varios intentos fallidos, los miembros de la cooperativa dieron con la solución: emitir más vales. Una vez todos los miembros tenían su reserva de vales, la economía de esta cooperativa se puso en marcha de nuevo, y el número de intercambios aumentó.
    Esta economía en miniatura nos sirve para entender las razones para las políticas expansivas del BCE. El diagnóstico (que resulta de observar la caída de precios y el estancamiento de la actividad, junto con el bajo crecimiento del dinero en circulación M3) es que los consumidores y empresas, asustados por el parón económico, prefieren tener dinero en sus manos a gastarlo. Pero, igual que en la cooperativa, mi gasto es el ingreso de otra persona —si yo no gasto, la otra persona no ingresa—.
    La baja actividad (en este diagnóstico) es consecuencia de una ‘disfunción monetaria’ que lleva a la deflación, y una disfunción monetaria tiene que ser atacada con medidas monetarias, como dijo el gran economista Milton Friedman en dos famosos artículos de 1948 y 1969. Su propuesta ante una espiral deflacionista es una expansión monetaria tirando el dinero desde los helicópteros (a helicopter drop) —en la práctica, se trataría de mandar un cheque, financiado con dinero y no con emisión de deuda pública, a los hogares, por ejemplo de 500 euros—.
    Pues bien, dada la duración y profundidad de nuestros problemas, el influyente economista catalán Jordi Galí acaba de proponer en un reciente documento de trabajo del Center for Economic Policy Research medidas igualmente drásticas para Europa: una expansión fiscal financiada monetariamente.
    Los alemanes se resisten a este diagnóstico, no ya para hacer algo tan drástico, sino incluso si se trata solo de justificar una expansión monetaria cuantitativa menos drástica similar a la Americana, en la que se cambia dinero por deuda pública para deshacerlo después. Para entenderlo, contrastemos la parábola anterior con la de la recesión que sufrió otra economía en miniatura: un campo de concentración alemán en el que el economista inglés R. A. Radford fue confinado durante la II Guerra Mundial y que él describe en un precioso ensayo publicado en 1945 en la revista científica de la London School of Economics (LSE).
    Existía en el campo una economía perfectamente funcional. Cuando llegaban nuevas raciones de la Cruz Roja, los vegetarianos vendían carne, los no fumadores cigarrillos, los franceses vendían té, los ingleses café, etc. Había tiendas y servicios varios, pagados en cigarrillos. Había incluso exportaciones fuera del campo —se vendía mercancía a los alemanes—. Los precios se ajustaban con rapidez, bajando cuando llegaba un cargamento, subiendo cuando había nuevos presos, etc.
    Al final de la guerra, al acercarse los combates, la Cruz Roja traía cada vez menos paquetes. La economía del campo se empezó a paralizar, decayendo el comercio y la actividad.
    Esta recesión del final de la guerra, contrariamente a la primera, no tiene nada que ver con el dinero. ‘Imprimiendo’ más dinero, no se puede reactivar esta economía. Se ha producido un shock de oferta, los prisioneros deben acostumbrarse a la idea de que son más pobres, ajustar su nivel de vida, y no hay nada que un ‘banco central’ que emita cigarrillos, pueda hacer al respecto. De hecho, emitir dinero en este contexto no puede hacer más que crear inflación.
    Alemania ve el problema actual principalmente como un problema de oferta. Y es indudable que Europa se enfrenta (al menos en parte) a problemas de oferta. Como ha apuntado el economista Rubén Segura de BAML, las cuatro principales economías europeas perderán más del 5% de su población activa en los próximos 15 años, una cifra similar a Japón entre 1995 y 2010. Y más allá del problema demográfico, es indudable que muchos países tienen problemas de productividad, de burbujas pinchadas, de especialización en sectores que han resultado ser menos rentables de lo esperado (el inmobiliario, por ejemplo).
    Además, a Alemania le preocupa que una vez que empezamos a ‘jugar con el dinero’, luego no podremos parar. De hecho, en la cooperativa de Washington terminaron pasándose de emitir cupones y generaron fuerte inflación (algo que Paul Krugman, al que le gusta contar la historia, suele omitir).
    Todo eso es cierto, y sugiere que las reformas de oferta que mejoren la capacidad productiva de la economía siguen siendo cruciales. Pero hay un dato clave que apunta claramente a la necesidad de una respuesta del BCE: habiendo alcanzado el 0,4% en los últimos 12 meses, el crecimiento de los precios en la Eurozona está sistemáticamente por debajo del objetivo de inflación del BCE (el 2%), y el BCE sistemáticamente no ha acertado a predecir esta evolución. Pero los tipos de interés ya han llegado a 0%, es decir, por el lado convencional no hay nada más que el BCE pueda hacer para alcanzar su objetivo.
    Mientras no entremos en una espiral de deflación no es el momento aún de hacer algo tan drástico como comenzar políticas de ‘tirar dinero desde los helicópteros’, aunque hay que tener incluso estas políticas en la recámara. Pero mientras tanto, hay recorrido aún para políticas no convencionales menos radicales de expansión monetaria a la americana. Es hora de que Draghi cumpla los planes que ha estado anunciando y ponga en marcha ya un programa importante de expansión cuantitativa.

     Seguimos con el capítulo 19 , donde la genealogía pasa de instituciones relativamente persistentes a cambio, innovación, selección y destru...