29 diciembre 2010

Acoples / desacoples Economia China. Aplicación caso Volterra.

Siguiendo los argumentos del Sr.Monzo, sobre los riesgos del acople de la economia China con Usa,  por su alta interdependencia, por sus limites al crecimiento, por su dependencia energetica, su dependencia de las compras del exterior,  la baja  capacidad de la demanda privada para tomar el relevo si se agotan los estímulos públicos y, por otro lado, el posible aumento de la morosidad ligado a la financiación bancaria del plan de estímulo aprobado por el gobierno chino en 2008.  su bajo nivel de comercio interior, baja demanda por sus bajos sueldos y por su alto nivel de ahorro, ademas de las ineficiencias de un pais en terminados asutos muy planificado, aunque en otros con alto grado de flexibilidad y pragmatismo. Todos estos factores indican que China debe realizar reformas estructurales para evitar problemas futuros.

Las dos caras de la moneda de China :

A- El declive del dragón chino: alta dependencia de la demanda global y desarrollo economico  suicida
 
-Factores de riesgo de la economía china:
Desarrollo económico suicida con crecimientos desmesurados de macrourbes y megacomplejos industriales y la consiguiente reducción de superficie dedicada al cultivo agrícola. Sin duda, los casos de Linfen y Tianying, ubicadas en el centro del país, llaman la atención por el grado extremo de polución, pero, salvo las regiones de Tíbet y Xinjiang, todo el territorio de China es perjudicial para la salud.
Según el último estudio realizado por científicos chinos, el 40% de los mamíferos y el 76% de la flora están en peligro de extinción y la Academia China de Ciencias Sociales asegura que ha desaparecido ya la mitad de los pantanos que existían en el país y según un informe del Banco Mundial, China cuenta con 16 de las 20 ciudades con más polución del globo e incluso un estudio del Gobierno chino reconoce que en dos de cada cinco urbes la calidad del aire oscila entre “contaminada” y “peligrosa”.
El carbón cubre el 70% de las necesidades energéticas de un país que consume hoy casi cinco veces más recursos que en 1980 y continúa creciendo a un ritmo del 9% y si continúa la tendencia actual, y a pesar de los titánicos esfuerzos por introducir las renovables, la combustión actual de carbón se duplicará en 15 años .
Según la Agencia Internacional de la Energía, China sería el principal emisor de CO2 del planeta, con un volumen superior a los 6.000 millones de toneladas métricas por año, lo que obligará a China a costosísimas inversiones para reducir sus niveles de contaminación, mejorar los parámetros de calidad y medidas filosanitarias adicionales tras una virulenta campaña de los medios occidentales para defender la etiqueta ECO como medida de proteccionismo encubierto 

Reorientar el modelo de crecimiento hacia la demanda interna:  
China ya tiene una potente clase media que supera los 230 millones de personas, pero el nivel de ahorro de los chinos es muy alto y para lograr que consuman más el gobierno tiene que buscar la forma de que se reduzca ese ahorro.
Los expertos occidentales proponen el desarrollo de una red de protección social (salud, educación y pensiones), que hiciera que los ciudadanos no se preocupasen tanto por ahorrar como medida de precaución ante imprevistos y asimismo una reforma del sector agrario que permitiría elevar las rentas de las zonas rurales, las menos beneficiadas por el desarrollo económico, pues establecer políticas de incrementos salariales ayudaría a alimentar y sostener ese boom de consumo, (que actualmente supone el 25% del PIB de la nación frente al 70% de EEUU , pero para ello sería preciso que la renta per cápita de los chinos se incrementara notablemente ( 3.300 dólares anuales en la actualidad ) y reducir el abismo que existe entre las zonas costeras y las interiores.

Recalentamiento de la economía china:
 
Los bancos chinos, además de los cuatro billones de yuanes (580.000 millones de dólares) del programa estatal de gasto, concedieron otros 7,73 billones de yuanes (1,13 billones de dólares) en créditos durante los primeros siete meses de 2009 en un espectacular estímulo financiero para apoyar una economía afectada por la caída de las exportaciones.
Así, los bancos han emitido más de un billón de yuanes en nuevos préstamos en las primeras dos semanas del 2010 ( más del doble del promedio mensual de 400.000 millones de yuanes en la segunda mitad del año pasado), pero la agencia internacional de calificación Fitch ya ha advertido a China que “su crédito es insostenible y que los gastos de estímulo en respuesta a la crisis financiera global corren el riesgo de generar problemas serios.
Parte de ese dinero fue a parar al mercado bursátil y al inmobiliario, proporcionando un auge inesperado en tiempos de crisis, pero la burbuja podría estallar pronto pues muchos inversores son conscientes de que la inyección de dinero no podrá mantenerse a largo plazo (la concesión de nuevos créditos cayó en julio desde los 1,52 billones de yuanes hasta los 355.000 millones.)
Tampoco sería descartable el estallido de la burbuja inmobiliaria pues la inversión en bienes inmuebles aumentó en China un 75% en el 2009 hasta los 455.000 millones de euros y los expertos estiman que de producirse dicho crash causaría un impacto a nivel global 10 veces superior al que provocó el colapso del emirato petrolero de Dubai. 

Libre fluctuación de las divisas: 
Según un análisis publicado por The Wall Street Journal muchos países están buscando devaluar sus monedas para incrementar sus exportaciones y salir así de la crisis actual, ante la ineficacia demostrada por medidas como el “quantitative easing “, utilizado por EEUU y el Reino Unido para debilitar.sus monedas, pero que no han impedido que China siga con su anclaje con el dólar que le permite ir de la mano de la moneda estadounidense.

Los economistas abogan por una devaluación coordinada y esperan que esta guerra de las divisas consiga frenar el proceso deflacionista en el que se encuentra sumergido buena parte del mundo, (especialmente en Occidente), pues una a inflación ordenada sería la tabla de salvación de las economías empantanadas en la deflación,( al producirse una enorme transferencia de riqueza de los ahorradores a los prestatarios) y por la subida de tipos de interés por parte de la FED en el 2011

Dicha subida vendría motivada por el hecho de que los diferenciales de rentabilidad entre las emisiones de deuda pública entre los diversos países del primer mundo han aumentado en los últimos meses, (lo que conlleva un encarecimiento y mayores dificultades para obtener financiación exterior) y para evitar el riesgo de un posible escenario de inflación desordenada que aunada con el repunte de los precios del crudo podría dar lugar a episodios de estanflación en las economías occidentales mientras China sufriría una subida del IPC cercana al 5%.

Depreciacióndel yuan: 
   EEUU lleva muchos años presionando a China para que deje flotar su moneda, (yuan o renminbi), ya que consideran que la mantienen artificialmente depreciada, a pesar de que el yuan se apreció un 21% en los tres años que transcurrieron desde que en 2005 Pekín puso fin a la dependencia única del yuan con el dólar y pasó a ligarlo a una cesta de divisas, que incluye el euro y en 2008 impuso el anclaje con el billete verde para hacer frente a la crisis económica mundial, ( 6,8 unidades) .
China sería propietaria de 585.000 millones $ en bonos del Tesoro Público de EEU,e invierte en dólares para limitar la subida de su propia moneda, (pues un incremento acelerado de la misma haría a la industria china menos competitiva) lo que le convierte en el mayor acreedor de EEUU y le hace totalmente dolardependiente, por lo que ambas economías se retroalimentan al conjugar la exuberante liquidez china ( las reservas de divisas de China alcanzaron los 2 billones 400 mil millones de dólares a fines de 2009 , representando más del 30 por ciento de la totalidad del mundo) con la desorbitante Deuda Externa de EEUU (rozando los 13 Billones de dólares).

Simulacro de Guerra Comercial EEUU-CHINA: 
   A pesar de las múltiples presiones, las autoridades bancarias chinas han dejado bien claro que seguirán manteniendo un control estricto sobre la evolución de su moneda., pues si la divisa china se fortalece en exceso asistiríamos a una severa constricción de sus exportaciones y al consiguiente descenso de su Superávit , agravado por el aumento de los costes laborales y el previsible riesgo de deslocalización hacia India o Vietnam, cuyos salarios mensuales rondan los 60 euros.

   Sin embargo, en el supuesto de que China consiga mantener su anclaje al dólar,( lo que permitiría seguir engrasando su máquina exportadora y que sus reservas mantengan su valor), la respuesta inevitable por parte de EEUU sería desencadenar una guerra comercial, cuyos primeros escarceos tácticos serían la imposición por China de aranceles de entre 50,3 y 53,4% por los productos de pollo provenientes de Estados Unidos y la aprobación por la Cámara de Representantes de Estados Unidos de un proyecto de ley que busca ejercer presión sobre China para que aprecie el valor de su moneda mediante la imposición de aranceles por el Gobierno de EEUU.
Además, la implantación por EEUU y la UE de medidas proteccionistas (Fomento del Consumo de Productos nacionales), en forma de ayudas para evitar la deslocalización de empresas ; subvenciones a la industria agroalimentaria para la Instauración de la etiqueta BIO a todos sus productos manufacturados; Elevación de los Parámetros de calidad exigidos a los productos manufacturados del exterior y la imposición de medidas fitosanitarias adicionales a los productos de países emergentes ( tras una virulenta campaña de los medios occidentales para defender las etiquetas ECO y BIO como medida de proteccionismo encubierto), obligará a China a costosísimas inversiones para reducir sus niveles de contaminación y mejorar los parámetros de calidad.

Final del rally alcista de las bolsas: 
  Los inversores han empezado a sentir el vértigo de la altura y a cuestionarse el estado de solvencia de las compañías. y se espera que bajará el porcentaje de los resultados empresariales que se destinarán a dividendos así como el número de empresas que repartirán el mismo Las previsiones ya no son tan seguras, después de que la cotización cayera un 23 por ciento desde el 4 de agosto y la inseguridad generalizada crece con los anuncios de nuevas emisiones de acciones. Así, desde finales de junio, más de cien compañías han puesto a la venta nuevos paquetes de acciones por valor de 277.000 millones de yuanes, según las estimaciones y a eso se suma la entrada en Bolsa de otras empresas, lo que se traduce en 41.000 millones de yuanes más.
Posible crash bursátil: 
La continuación de la inestabilidad del sistema financiero hará que las entidades financieras necesiten más requerimientos de capital (estimándose un monto de más de 850.000 millones de $), debido a la existencia de activos tóxicos que deberán ser comprados por los bad banks ( bancos malos) o continuar con el goteo de intervenciones bancarias, prácticas que en ambos casos suponen una pérdida de la libre competitividad. y que podrían agudizar el riesgo de estancamiento de la crisis económica en EEUU con el consiguiente estrangulamiento de las exportaciones chinas.
Finalmente, no sería descartable la subida de tipos de interés para el 2011 (entre 0.5 y 1 punto) motivada por el hecho de que los diferenciales de rentabilidad entre las emisiones de deuda pública entre los diversos países del primer mundo han aumentado en los últimos meses, (lo que conlleva un encarecimiento y mayores dificultades para obtener financiación exterior) .
Dicha subida, tendría un inmediato impacto en hipotecas y préstamos bancarios, consiguiente asfixia económica de amplias capas sociales y un dramático aumento de la morosidad y los embargos de viviendas y locales comerciales y aunada con el repunte de los precios del crudo podría dar lugar a episodios de estanflación (a finales del 2010, se calcula que China sufrirá una subida del IPC cercana al 5%.) y producir un nuevo crash bursátil.
  Dicho crash tendría como efectos benéficos el obligar a las compañías a redefinir estrategias, ajustar estructuras, restaurar sus finanzas y restablecer su crédito ante el mercado (como ocurrió en la crisis bursátil del 2000-2002) y como daños colaterales la ruina de millones de pequeños inversores todavía deslumbrados por las luces de la estratosfera, la inanición financiera de las empresas y el consecuente efecto dominó en la declaración de quiebras.

Posible estrangulamiento de la producción de crudo: 
   La demanda de petróleo de China no ha dejado de crecer vertiginosamente llegando en la actualidad a unos 8.200 mb/d (9,72%) frenta a una producción de 3.860 mb/d, lo que hace que China sea netamente importador de unos 4.340 mb/d. ( cerca del 10% del total comercializado en el mercado y para el 2010, la OPEP estima que la demanda mundial de petróleo aumente unos 0,8 millones de m/d, mientras que China incrementará su demanda petrolera en 0,4 millones de b/d.
  Ello representa un 50% del total del incremento mundial de consumo petrolero para este año y convertiría a China en el segundo consumidor mundial , coadyuvado por el estancamiento del precio del crudo (a pesar de los sucesivos recortes de producción por parte de la OPEP) debido a la severa contracción de la demanda mundial y a la huida de los brokers especulativos que imposibilitará a los países productores conseguir precios competitivos (rondando los 90 $) y que permitirían la necesaria inversión en infraestructuras energéticas y búsqueda de nuevas explotaciones, por lo que no sería descartable un posible Estrangulamiento de la producción mundial del crudo en el horizonte del 2.018.

   Ello originará presumiblemente una psicosis de desabastecimiento y el incremento espectacular del precio del crudo que tendrá su reflejo en un salvaje encarecimiento de los fletes de transporte y de los fertilizantes agrícolas, lo que aunado con la aplicación de restricciones a la exportación de los principales productores mundiales para asegurar su autoabastecimiento terminará por producir el desabastecimiento de los mercados mundiales, el incremento de los precios hasta niveles estratosféricos y la consecuente crisis alimentaria mundial que afectaría especialmente a China.
Asimismo, la Desertización de amplias zonas industriales originará éxodos masivos de población , obligando a vivir una gran parte de la población china por debajo del umbral de la pobreza , siendo igualmente previsibles epidemias y episodios de hambruna, un notable incremento de la inestabilidad social y un severo retroceso de las clases medias y de las incipientes libertades democráticas.
GERMÁN GORRAIZ LOPEZ 

Fuente:
-http://www.lacartadelabolsa.com/index.php/leer/articulo/el_declive_del_dragn_chino_alta_dependencia_de_la_demanda_global_y_desarr

B- La expansión china pragmatismo y acople G-2 USA-China

   La China actual es el fruto directo de la decisión tomada por sus dirigentes hace 30 años, en 1978, de adoptar una política de reforma que ha girado en torno a dos grandes ejes: liberalización del sistema económico y apertura al exterior, con un objetivo prioritario y central que es la modernización y el desarrollo económico. En diciembre de 1978, un par de años después de la muerte de Mao, una reunión plenaria del Comité Central del Partido Comunista aprobó formalmente la nueva orientación de la política económica Deng Xiaoping, fue el  arquitecto general de la reforma china, hace unos 30 años abrió China al mundo, al permitir la libertad de empresa, a partir del cual se invirtieron miles de millones de dólares.

 El 1 de enero de 1979 EEUU pasaba a reconocer diplomáticamente a la República Popular China.

Deng Xiaoping impuso el pragmatismo sobre la ideología, "No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato."

Los reformistas se dieron cuenta de que el nivel económico y tecnológico más avanzado se encontraba en los países del mundo capitalista industrializado. Si China quería acceder a la tecnología moderna, si quería modernizarse, tenía que abrirse y relacionarse económicamente con estos países.
La nueva política de reforma se estructura en torno a dos grandes ejes: la liberalización del sistema económico, con una paulatina extensión del papel de las fuerzas del mercado, y la apertura al exterior. La agricultura fue el primer sector en el que se abordó la reforma: en un plazo de tiempo muy breve, las comunas fueron desmanteladas y se restableció un sistema de explotación familiar de la tierra que, en la práctica, es parecido a la propiedad privada. Se aumentó notablemente el grado de autonomía de las empresas mediante el denominado “sistema de responsabilidad por contratos”. Se permitió y favoreció la propiedad privada y se liberalizaron los precios.

En 1978,  las empresas estatales eran  responsables del 77 % de la producción industrial, un porcentaje que paso al  30  % en 2007.

Su volumen de comercio exterior se ha multiplicado por 104 entre 1978 y 2007, pasando de 20.600 millones de dólares a 2,17 billones de dólares. China ha sido en 2007 el segundo exportador del mundo (después de Alemania) y el tercer importador (tras EEUU y Alemania). Gracias a sus fuertes superávit en la balanza comercial, se ha convertido en el primer país del mundo en reservas de divisas (1,5 billones de dólares de reservas en 2007 a los 3 billones en la actualidad)

China sólo recibió 916 millones de dólares en 1983, mientras que en 2007 el flujo de inversión fue de 74.800 millones, multiplicándose por 81. China había recibido hasta ese año un total de 770.000 millones de dólares de inversión extranjera directa.

Esta ultima década se ha asistido a la explosión de un nuevo fenómeno: las inversiones chinas en el exterior. En buena medida movidas por el afán de China de asegurarse suministros de materias primas y recursos naturales, las empresas chinas han pasado de unas inversiones en el exterior de 2.500 millones de dólares en 2002 a 18.600 millones de dólares en 2007.

China ha crecido a una tasa media anual del 9,8% durante las tres décadas de reforma. La mejora del nivel de vida ha sido espectacular. En estas tres décadas la renta per cápita real ha crecido a una tasa media de casi el 8% cada año, pasando de 190 dólares en 1978 a 2.360 dólares en 2007. Hay estudios que indican que entre 2020-2030  puede ser la primera potencia mundial.

En los años 60 y primeros 70 el crecimiento se debió, en más del 50%, al crecimiento del stock de capital de la economía, correspondiendo a la mejora de la productividad solamente un 15% del crecimiento. A partir de 1978, por el contrario, el aumento de la productividad ha sido el responsable de un 50% del crecimiento.

http://www.offnews.info/verArticulo.php?contenidoID=12405

-Importancia del canal cambiario:

El acoplamiento del yuan al dólar es parte del esfuerzo de China no beneficia a una salida para la economía de EEUU.

Brasil, India y China son como "misiles" alimentados por el flujo de inversiones estadounidenses y europeas, los países en desarrollo tratan de "atar lazos a esos misiles para que los saquen" de su lento crecimiento. "China trata de no ser enlazado", afirmó Eyzaguirre, aludiendo específicamente a la política de Pekín de mantener su divisa pegada al descendiente dólar.

Con el yuan chino cayendo paralelamente al dólar, ello puede resultar en una "desaceleración del crecimiento europeo", con un dólar barato socavando las exportaciones europeas y de otros países.

Un país, dos sistemas." Mao Zedong
http://www.uib.es/depart/deaweb/webpersonal/pepaguilo/archivos/Ecasia.pdf


-otros articulos relacionados:
http://articulosclaves.blogspot.com/2010/12/chimerica-alguien-se-atreve-decir-que.html

-Interdepencia, acople economia Usa-China:
http://jmonzo.blogspot.com/2008/09/lotka-volterra-interdependencia.html

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China, Usa,Europa, aplica la teoria de juegos,los gobiernos están más interesados en el efecto de las relaciones geoestrategicas, de aplicar sus " instrumentos" a gran escala y hacen caso omiso de los cortos, especulaciones varias....

28 diciembre 2010

Comercio intraindustrial vs Comercio interindustrial

-El comercio internacional ha sufrido en las últimas décadas modificaciones con relación a la composición de los flujos para un origen o destino determinado de los productos, pasando a tener un carácter mas intraindustrial (economias de escala, bajos costes unitarios, menor variedad) en oposición al intercambio de epocas anteriores que era mas interindustrial 

Ver las trasparencias a partir de la 33, competitividad caso español
http://www.economics.harvard.edu/faculty/antras/files/Ponencia_SAE.pdf

  
-Los cambios de la demanda relativa
a. Aumento de la calidad relativa de las exportaciones españolas
b. El mayor crecimiento en los ingresos predominante importadores españoles
- Los cambios relativos de suministro
a. Efectos de la heterogeneidad
b. Ajuste de marcado (aunque los precios relativos están subiendo)
- Flujos de capital, la IED, y la dinámica en cuenta corriente


 las diez principales conclusiones que se derivan de nuestro análisis son las siguientes:
1.       La robustez de las exportaciones españoles no se debe al crecimiento desproporcionado en ciertos sectores. La cuota de mercado española se ha mantenido constante en prácticamente todos los sectores manufactureros. La única excepción es el marcado incremento observado en el sector textil (véase la transparencia 39).
2.       Las empresas exportadoras españolas son más productivas que las no exportadoras y además existe gran heterogeneidad en productividad entre las exportadoras (véase las transparencias 43 y 44).
3.       Durante el período 2000-08, el crecimiento de las exportaciones fue marcadamente mayor para las empresas con más de 200 empleados que para las empresas con menos de 200 empleados (transparencia 45).
4.       Ello no es del todo sorprendente ya que, durante ese mismo período, los costes laborales unitarios crecieron más rápidamente para las empresas de menos de 200 empleados que para las de más de 200 empleados (transparencias 48 y 49).
5.       En cambio durante la reciente crisis, la caída en el volumen de exportaciones ha sido menor y el crecimiento en productividad mayor para las empresas pequeñas y medianas que para las grandes (transparencia 47 y 68).
6.       La distribución del tamaño de las empresas manufactureras españolas se aproxima a una distribución Pareto con un coeficiente igual a 1. Se puede demostrar que ello implica que el comportamiento de las exportaciones agregadas depende de manera muy desproporcionada de la evolución de la competitividad relativa de las empresas con mayor volumen de exportaciones (transparencia 50).
7.       Comparando los datos de España con los de otros países (y es aquí donde los resultados son aún preliminares), parece que los costes laborales unitarios de las empresas españolas con más de 500 empleados han crecido a menor ritmo que los mismos costes unitarios para las empresas con más de 500 empleados en Alemania, Francia e Italia, pero a mayor ritmo que las grandes empresas en el Reino Unido (transparencia 53).
8.       La robustez de las exportaciones españolas no parece estar relacionada con la expansión en mercados con tasas de  crecimiento desproporcionadamente altas (transparencias 56 y 57).
9.       La robustez de las exportaciones españolas no parece estar relacionada con la expansión en mercados con bajos niveles de competencia, donde pérdidas relativas de competitividad podrían no conllevar pérdidas significativas en cuotas de mercado. Al contrario, parece que las exportaciones crecieron más en destinos con altos grados de competencia, lo cual también podría interpretarse como evidencia de un incremento en calidad (transparencias 58 y 59).
10.   La robustez de las exportaciones españolas no parece estar relacionada con la inversión extranjera directa (IED). Al contrario y de forma un tanto sorprendente, encontramos que el crecimiento de las exportaciones tanto de las empresas con participación de capital extranjero como de las empresas con participación en empresas extranjeras fue menor que el de las empresas sin IED. Además este menor crecimiento se da para todos los tramos de tamaño de las empresas (transparencia 63, 64 y 65).
extraido de :

El Comportamiento de las Exportaciones -Pol Antràs

fuente:http://www.fedeablogs.net/economia/?p=8506



“Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”
José Ortega y Gasset
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El comercio interindustrial se explica, según los enfoques de la ventaja comparativa, las
diferencias tecnológicas de Ricardo, la dotación factorial de Heckscher-Ohlin o el
neoricardiano ciclo del producto de Vernon. Este es el tipo de flujos interindustriales es el que se
espera de los intercambios Norte de Europa con el Sur, al tener  aparatos productivos
dotados con diferentes tecnologías y dotaciones de factores; el comercio intraindustrial, por
el contrario, es propio de intercambios entre países con estructuras productivas similares y
similar  nivel de desarrollo  fruto de la especialización, las economias de escala.

“La UE no está aprovechando lasventajas comparativas que proporciona una periferia abundante en mano de obra en la misma medida que sus competidores”


Hay dos factores a tener en cuenta en estos analisis, cuanto más se desagregan los datos, menor sera el comercio intraindustrial, y  por otro lado la distribución asimétrica del comercio intraindustrial por
categorías de productos.

Según Grubel y Lloyd, El comercio total en un sector estará formado entonces por dos componentes, de los cuales uno -el llamadocomercio intraindustrial- será precisamente el valor de las exportaciones cubierto por un valor equivalente de las importaciones del mismo bien. El otro -comercio interindustrial- se puede identificar con el valor absoluto del saldo comercial

Las conclusiones derivadas del análisis confirman el mayor aprovechamiento por parte de EEUU de su periferia como factor de competitividad, a través de la integración industrial, frente a una postura más pasiva de la UE.
extraido de:
EL COMERCIO INTRAINDUSTRIAL NORTE-SUR.
LAS EXPERIENCIAS EUROPEA Y AMERICANA.
Gonzalo Escribano y Aurora Trigo, Departamento de Economía Aplicada, UNED
http://www.uned.es/deahe/doctorado/gescribano/biceintra.pdf
...... 




Estos informes nos demuestra que las empresas españolas deben ganar en dimensión, nuestro tejido industrial de pymes no puede avanzar si no gana dimensión y la unica forma posible es con una mayor colaboración, con una mayor integración entre ellas.
Por otra parte creo que España por si sola, por todos los problemas que arrastra no puede salir sola de su labertinto, debe ser con el apoyo de Europa, las pymes deben de aprender bien la lección, o bien se asocian con empresas europeas o tendran muy dificil su continuidad.
Por otra parte Europa “ no está aprovechando las ventajas comparativas que proporciona una periferia abundante en mano de obra en la misma medida que sus competidores”

- Europa debe de especializarse mas...por aquello de que  "el que mucho abarca poco aprieta"

27 diciembre 2010

Nuevas preguntas...Geoff Mulgan

l sistema bancario estadounidense
se enfrenta a pérdidas de más de
tres billones de dólares. Japón vive
una depresión. China se encamina
al crecimiento cero. Algunos todavía
tienen la esperanza de que la cirugía
de urgencia restaure el statu quo. Pero
unos más creen que estamos en uno
de esos raros puntos de inflexión
después de los cuales nada vuelve a
ser lo mismo.
Pero si un sueño ha terminado,
¿qué otros sueños nos esperan en las
sombras? ¿Se adaptará el capitalismo? ¿O deberíamos hacernos
de nuevo una de las grandes preguntas que ha animado
la vida política durante casi dos siglos: qué puede venir tras el
capitalismo?
Hace sólo unos años esta pregunta fue aparcada, considerada
tan juiciosa como preguntar qué vendría después de la
electricidad. Los mercados globales habían puesto a China y la
India en su órbita, el triunfo del capitalismo parecía completo y
el islam medievalista y los maltrechos ejércitos que rodean las
cumbres del g8 empujaban para ser su último y débil competidor.
Las empresas multinacionales, se decía, iban a comandar
imperios más grandes que la mayoría de los Estados-nación, y
en ciertos aspectos se habían ganado la afiliación de las masas
gracias a sus marcas.
Pero la lección del propio capitalismo es que nada es permanente:
“Todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, como
dijo Marx. En el capitalismo hay tantas fuerzas que lo socavan
como fuerzas que lo empujan hacia delante.
En este ensayo contemplo en qué se podría convertir el
capitalismo al otro lado del desplome. No pronostico ni el
resurgimiento ni el colapso. Sugiero más bien una analogía
con otros sistemas que en el pasado parecieron igualmente
inmutables. En las primeras décadas del siglo xix las monarquías
europeas parecían haber visto la desaparición de sus
enemigos revolucionarios, cuyos sueños fueron enterrados
en el fango de Waterloo. Los monarcas y los emperadores
dominaban el mundo y habían demostrado ser extraordinariamente
adaptables. Al igual que los defensores del capitalismo
de hoy, sus partidarios podían sostener plausiblemente que
las monarquías tenían sus raíces en la naturaleza. Entonces lo
natural era la jerarquía; hoy es la codicia individual. Entonces
se había experimentado la democracia de masas y demostró ser
un fracaso. Hoy el socialismo es visto del mismo modo, como
un experimento bienintencionado que fracasó porque estaba
en contra de la naturaleza humana.
Lo que sucedió con el ejército es otro marco útil para pensar
en el capitalismo del futuro. Estamos a pocas generaciones de
distancia de esas sociedades en las que el ejército estaba en la
cumbre del estatus y el respeto. La guerra era parte del orden
natural, la forma inevitable de resolver disputas. Pero, contra
todo pronóstico, en buena parte del mundo los ejércitos fueron
domesticados y civilizados, convertidos de crueles amos y
señores en servidores profesionales.
No sugiero que el capitalismo vaya a desaparecer, como
tampoco lo ha hecho la guerra. Las economías de mercado
complejas e interconectadas seguirán proporcionando inmensos
excedentes alimentados por el flujo continuado de nuevo
conocimiento científico. Pero al igual que la monarquía pasó
del centro del escenario a un lugar más periférico, el capitalismo
no dominará la sociedad y la cultura en el mismo grado en que
lo hace hoy. El capitalismo puede, en resumen, convertirse en
un sirviente y no en un amo, y el desplome acelerará este cambio.
Las depresiones del pasado fueron crueles, pero también
arrojaron ideas procedentes de los márgenes al centro de la
discusión, aceleraron su movimiento por las tres etapas que
Schopenhauer afirmó que atravesaban todas las verdades nuevas:
primero ridiculizadas, después violentamente combatidas,
después consideradas evidentes.
n
Para comprender en qué puede convertirse el capitalismo primero
tenemos que comprender lo que es. No es tan sencillo. El
capitalismo incluye la economía de mercado, pero muchas economías
de mercado tradicionales no son capitalistas. Incluye
el comercio, pero el comercio, también, es muy anterior al
capitalismo. Incluye el capital, pero los faraones egipcios y los
dictadores fascistas también exigían excedentes.
El historiador francés Fernand Braudel ofreció quizá la
mejor descripción del capitalismo al referirse a él como una
serie de capas construida sobre la economía de mercado cotidiana:
de cebollas y madera, fontanería y cocina. Estas capas,
locales, regionales, nacionales y globales, se caracterizan por
una abstracción aún mayor, hasta que en la cima se hallan
las finanzas incorpóreas, que buscan rendimientos en todas
partes, sin compromiso alguno con un lugar o una industria
en particular, y convierten en commodity cualquier cosa, todo.
El capitalismo se convirtió en un “ismo” cuando la vigorosa
banca y el comercio de Ginebra y Venecia, Londres y Brujas, se
sumaron a la inventiva manufactura para crear un mundo en el
que los poseedores del capital abstracto se hicieron dominantes
y desplazaron a muchos otros competidores por esa posición
prominente, desde los soldados y los eruditos hasta los burócratas
y los creadores de cosas.
Ha habido más versiones de capitalismo en el camino a
los hedge funds y los derivados de hoy. Entre ellas, las estrechas
alianzas con el Estado (un cuarenta por ciento de la inversión
en Silicon Valley procedió del gobierno), el reinado de grandes
grupos industriales (como en Corea) o extraños híbridos de
capitalismo mercantilista comunista como en China y el capitalismo
liderado por magnates del sudeste asiático. Ha habido
libres mercados bucaneros, como en Estados Unidos en el siglo
xix, y otros muy socializados, como Suiza en el xx.
Pero como predijo Karl Marx, el capitalismo es expansivo:
los capitalistas del siglo xix compraban políticos, colecciones
de arte, paisajes y universidades con la misma fruición. El
capitalismo contemporáneo se siente como en casa con el
patrocinio corporativo, las calaveras de diamantes y los viejos
maestros, así como con programas de software y viajes al espacio.
Sus métodos se han expandido a la sanidad, la gestión de la
tierra y la caridad (aunque el “filantrocapitalismo”, la idea de
que los ricos pueden salvar el mundo, puede no sobrevivir a la
crisis). Cualquier cosa puede ser convertida en una commodity
para ser comprada y vendida –el sexo, el arte, la religión; si
algo se puede decir del capitalismo es que es inventivo. Hasta
el cambio climático se ha convertido en un potencial boom del
capitalismo, los contribuyentes subsidian nuevas olas de investigación
y desarrollo y los gobiernos han decidido patrocinar
los mercados de carbono que dan a los traders, los brokers y los
inversores una forma más de enriquecerse.
El capitalismo tiene una complicada relación con la política:
a veces es constreñido y dominado por ésta, y a veces trata
de dominarla. Tanto el Partido Conservador como el Liberal
británicos dependen sustancialmente de las donaciones de
hedge funds. El Labour ha sido rescatado por los financieros de
la City y ha pedido a una sucesión de banqueros que lideren
comisiones sobre temas tan lejanos a su competencia como la
sanidad pública y la reforma del Estado de bienestar. Boris
Johnson, alcalde conservador de Londres, cedió la supervisión
del consejo del empleo y las profesiones a un hombre que había
estado dirigiendo un hedge fund. Lo mismo puede observarse en
los Estados Unidos, donde los dos partidos están atrapados en
Wall Street, razón por la cual les ha sido tan difícil responder
a una crisis que tanto ha puesto en duda lo que daban por sentado
(los primeros pasos de Obama han parecido en ocasiones
menos seguros y menos radicales que los de Roosevelt, en parte
porque, mientras éste utilizó a consejeros relativamente ajenos
a Wall Street, Obama ha optado por hombres pertenecientes a
ese mundo, como Larry Summers y Tim Geithner).
El carácter expansivo y creativo del capitalismo alentó
tanto al hombre de Davos como a sus críticos radicales a dar
por sentado que el gran capitalismo, inevitablemente, se haría
aún más grande, se entrelazaría aún más con la política y la
cultura. En un momento en que se reclutaba a niñas de siete
años para vender a comisión muñecas Barbie a sus amigos, esa
idea parecía lógica. Desde los medicamentos que hacen cambiar
de opinión hasta los juegos de ordenador o los deportes
extremos, el capitalismo parecía estar llegando a lo más hondo
de los deseos humanos como en el pasado sólo lo habían hecho
las religiones.
Pero hace sólo algunas décadas había ya un gran interés
por saber qué sustituiría al capitalismo. Las respuestas iban del
comunismo al gestionalismo, y de las esperanzas de una edad de
oro del ocio a sueños de un regreso a la armonía de la comunidad
y la ecología. Hoy en día estas utopías pueden hallarse
en los movimientos que rodean el Foro Social Mundial, en los
extremos de todas las grandes religiones, en las subculturas
radicales que rodean internet y en forma moderada en miles
de grupos cívicos de todo el mundo. Van a encontrar nuevos
partidarios. Pero su debilidad y la debilidad de mucha de la
literatura anticapitalista actual (de David Korten, Wendell
Berry, Alain Lipietz o Michael Albert) es que ofrecen pocas
explicaciones de cómo podrían materializarse sus visiones y
cómo se vencerían intereses poderosamente afianzados.
La fortaleza intelectual del marxismo, por contraste, procedía
de su afirmación de que el capitalismo no era el sistema
todopoderoso retratado hoy por escritores como Michael
Hardt y Antonio Negri, sino más bien un sistema que estaba
condenado a destruirse a sí mismo. En el relato marxista,
el desarrollo tecnológico sería el que acarrearía el cambio y
se volvería revolucionario por medio de las contradicciones
entre las fuerzas y las relaciones de producción. En el siglo
xix se esperaba que el mecanismo fuera el empobrecimiento
del proletariado; en los relatos revisados en el siglo xx sería
la obtención de poder (o en algunos casos la proletarización)
de los trabajadores del conocimiento. En cualquier caso, el
capitalismo generaría a sus propios enterradores.
El hecho de que esto no sucediera, y de que el capitalismo
expandiera la riqueza a gran escala, ha empujado al marxismo
hasta la periferia, a partidos de protesta como el nuevo Nouveau
Parti Anticapitaliste francés o las pacificadas discusiones académicas
de un marxismo que se mezcla con las abstracciones
de la teoría literaria.
Pero el incansable capitalismo ha seguido dando pie a la
idea de que podría autodestruirse. Hace una generación el
científico social americano Daniel Bell escribió sobre las “contradicciones
culturales del capitalismo” con la idea de que el
capitalismo erosionaría las normas tradicionales sobre las que
descansa: disposición a trabajar duro, transmisión de legados
a los hijos, evitar un excesivo hedonismo. En los años noventa
Japón fue un buen ejemplo: sus adolescentes gandules rechazaron
la ética del trabajo de sus padres que había producido
el milagro económico.
Argumentos parecidos han presentado la demografía como
el talón de Aquiles. El materialismo capitalista ha minado los
incentivos para que la gente tenga hijos, sacrifique ingresos y
placer por el duro trajín de la vida familiar (la meritocracia alienta
aún más a los padres a preservar sus ambiciones de mejora con
sólo uno o dos hijos). De ahí las tasas de nacimiento enormemente
reducidas en Europa y entre los estadounidenses blancos.
En algún momento los desequilibrios demográficos resultantes
amenazan con minar el contrato generacional del que depende
toda sociedad, con un creciente grupo de viejos exigiendo más
a un cada vez más reducido grupo de trabajadores jóvenes. El
colapso del índice de ahorro –de alrededor de cero en 2007 en
Estados Unidos, cuando debería ser cercano al treinta por ciento
para hacer frente al envejecimiento– es un claro síntoma de un
capitalismo que ha perdido la capacidad de proteger su propio
futuro. (Irónicamente, puede ser que China, a pesar de sus altos
índices de ahorro, se halle más en riesgo conforme la política de
un solo hijo la transforma de un país joven en uno viejo a una
velocidad que no se ha conocido en la historia del hombre.)
Otros críticos han puesto el énfasis en la vulnerabilidad
del capitalismo ante el éxito. Las extraordinarias mejoras de
productividad en la manufactura reducen su parte del pib y
dejan que las economías se hagan más dependientes de los servicios,
cuyo crecimiento es inherentemente más difícil. Hay una
vulnerabilidad semejante en el consumo. Habiendo satisfecho
con éxito las necesidades materiales de la gente, el capitalismo
queda amenazado si la gente pierde interés en trabajar duro y
hacer dinero y prefiere las consultorías de tipo new age, los años
sabáticos de la mediana edad y los fines de semana de tres días.
La única respuesta del capitalismo es invertir aún más en crear
nuevas necesidades propiciadas por la ansiedad por el estatus, o
por la belleza y el cuerpo, un resultado perverso que puede hacer
que las sociedades capitalistas con mayor desarrollo estén más
perturbadas psicológicamente que sus contrapartes pobres.
n
Todas estas críticas han dado en algunos blancos, aunque
ninguna ofrece claridad en cuanto a cómo pueden resolverse
las contradicciones del capitalismo. Ni tampoco dicen mucho
sobre la dinámica turbulenta del capital en sí mismo. Para
encontrar una visión perspicaz sobre cómo la crisis actual
puede conectar con estas tendencias de largo plazo no hay que
voltear hacia Marx, Keynes o Hayek, sino hacia el trabajo de
Carlota Pérez, una economista venezolana cuyos escritos están
atrayendo cada vez más atención.
Pérez es una estudiosa de los patrones a largo plazo del cambio
tecnológico. Según ella, los ciclos económicos comienzan
con la aparición de nuevas tecnologías e infraestructuras que
prometen riqueza; éstas a su vez atizan la locura de las inversiones
especulativas, con alzas extraordinarias en las acciones y
otros valores. Durante estas fases las finanzas van en ascenso y
las políticas del laissez faire se convierten en la norma. Los booms
son seguidos por caídas dramáticas, ya sea en 1797, 1847, 1893,
1929 o 2008. Después de estas caídas, y de periodos de inestabilidad,
el potencial de las nuevas tecnologías e infraestructuras
es eventualmente completado, pero sólo una vez que aparecen
nuevas instituciones mejor alineadas con las características de
la nueva economía. Cuando eso ha ocurrido, las economías
gozan de brotes de crecimiento y progreso social, como la belle
époque del milagro de la posguerra.
Antes de la Gran Depresión, los elementos de una nueva
economía y una nueva sociedad ya estaban disponibles –e
inflaron las burbujas especulativas de los años veinte–, pero
no fueron comprendidos por la gente en el poder ni fueron
incrustados en las instituciones. Entonces, durante los años
treinta, la economía se transformó, en palabras de Pérez, de
una basada en “acero, equipo eléctrico pesado, grandes trabajos
de ingeniería y química pesada... en un sistema de producción
masiva que abastecía a los consumidores y a los mercados masivos
de defensa. Se tuvieron que hacer innovaciones radicales en
el manejo de la demanda y en la redistribución del ingreso, de
las cuales el papel directamente económico del Estado es tal vez
la más importante”. El resultado fue el surgimiento del consumo
masivo, y una economía apoyada en mayor infraestructura
para electricidad, vías y telecomunicaciones. Durante los años
treinta no estaba claro qué innovaciones institucionales serían
más exitosas (el fascismo, el comunismo y el corporativismo
eran todos contendientes), pero después de la Segunda Guerra
Mundial emergió un nuevo modelo de capitalismo regulado
por el Estado, caracterizado por los suburbios y las autopistas,
los Estados de bienestar y la administración macroeconómica,
que apuntalaron el crecimiento de la posguerra.
Bajo esta luz, la Gran Depresión fue tanto un desastre como
un acelerador de la reforma. Contribuyó a introducir nuevas
políticas económicas y sociales en países como Nueva Zelanda
y Suecia, que posteriormente se convirtieron en la corriente
principal del mundo desarrollado. En los Estados Unidos llevó
a la reforma bancaria, al New Deal y al gi Bill. En Gran Bretaña
la depresión, tanto como la guerra, llevó a la creación del Estado
de bienestar y al nhs (Servicio Nacional de Salud).
Una implicación del trabajo de Pérez, y del de Joseph
Schumpeter antes que ella, es que parte de lo viejo debe borrarse
antes de que lo nuevo halle sus formas más exitosas. Sostener
a las industrias fallidas es, bajo esta luz, una política riesgosa.
Pérez sugiere que tal vez estemos en el borde de otro gran
periodo de experimentación e innovación industrial que llevará
a nuevos compromisos entre las exigencias del capital y las
exigencias de la sociedad y la naturaleza. Retrospectivamente,
estos acomodos periódicos son partes tan integrales del capitalismo
como las crisis financieras –en efecto: es sólo a través de
las crisis y de las reformas institucionales que el capitalismo se
adapta a un medio ambiente en transformación y redescubre la
brújula moral que es tan vital para que los mercados funcionen
bien. El acuerdo de finales del siglo xix vino en respuesta al
miedo a la revolución y nos trajo las pensiones estatales, la
educación universal, los sindicatos y el sufragio universal,
finiquitando los ideales del liberalismo del xix. Cincuenta años
después vino un segundo acuerdo, surgido de la depresión y
de la guerra, e hizo que variantes de las democracias sociales
y cristianas fueran la norma en cada país rico, incrementando
la contribución estatal del pib e introduciendo manos visibles
para guiar la mano invisible del mercado.
n
Si otro gran acuerdo está en camino, estará moldeado por la
triple presión de la ecología, la globalización y la demografía.
Predecir en detalle el papel de estas presiones no tiene sentido y,
como siempre, hay igual número de posibilidades tanto malignas
como benignas, desde un militarismo redivivo y la autarquía
hasta la estigmatización de las minorías y un acelerado colapso
ecológico. Pero las nuevas tecnologías –redes de alta velocidad
y nuevos sistemas de energía, fábricas bajas en carbono, software
open source y medicina genética– tienen un tema en común: cada
una, potencialmente, replantea con más claridad al capitalismo
como un sirviente y no como un amo, sea en el mundo del dinero,
del trabajo, de la cotidianidad o del Estado.
El capital mismo es un buen punto de comienzo. Una de las
rarezas de la economía contemporánea es que los sistemas de
distribución de capital se hayan divorciado de tal forma de la
economía real. Gran parte de la financiación del nuevo conocimiento
científico viene de los gobiernos, no de los mercados, y
gran parte de la financiación de las grandes compañías que producen
bienes, tecnologías y servicios se genera internamente y
no procede de los mercados de valores. Mientras tanto, la mayor
parte del trabajo de los mercados financieros ha involucrado un
capital financiero que actúa contra sí mismo, compensando y
apostando mediante instrumentos cada vez más opacos.
Incluso antes de la crisis hubo varias tendencias que iban
en sentido contrario, y todas intentaban restablecer el capital
como un sirviente de la economía real y forzar una mayor transparencia.
Había justificaciones prácticas (el riesgo de mercado
se amplifica mientras más grados de separación haya entre los
precios de bienes financieros y el valor precedente) y morales
(a más grados de separación, menos posibilidades tienen los
mercados de actuar con responsabilidad moral). Entre los
muchos movimientos en esta dirección se incluyen los intentos
aún tentadores por lograr que las inversiones en fondos de
pensiones tengan que rendir cuentas por sus efectos sociales
y ambientales (por ejemplo, a través de grandes fondos estadounidenses
como Calpers o Calvert); los razonamientos de
que la bolsa debe vigilar la transparencia y la integridad de sus
inversores; los planes de ilegalizar los paraísos fiscales; el lento
pero seguro crecimiento de una industria de inversión social
(que hoy significa una décima parte de los bienes invertidos
en Estados Unidos); y el crecimiento de un genuino capital de
riesgo que apuesta por nuevas ideas y tecnologías (tristemente,
gran parte de la industria británica no estaría a la altura de
esa definición). También estamos escuchando nuevamente la
propuesta de que los bancos públicos financien la vivienda, la
infraestructura o la innovación. Cuando el gobierno en Gran
Bretaña se canse de ser dueño de los bancos podría incluso
decidir que éstos sobrevivirían mejor como mutuas y no como
empresas cotizadas.
Otra parte intrigante de esta historia es el crecimiento del
capital en manos de fideicomisos y corporaciones de beneficencia,
que ahora se enfrentan al dilema de usar sus bienes
sustanciales (cinco mil millones de libras en Gran Bretaña)
no sólo para entregar un dividendo anual sino también para
reflejar sus valores. Bill Gates se vio a sí mismo en el filo de este
dilema cuando los críticos le señalaron que los vastos activos
de su fundación solían ser invertidos de maneras que iban en
contra de lo que buscaba conseguir a través de sus gastos.
Incluso el dinero puede ser repensado. Los privilegios
que acompañan a la habilidad de crear dinero acarrearán en
el futuro más responsabilidades, pero también puede ser que
veamos más entusiasmo por monedas alternativas que están
más implantadas, como las monedas locales en Alemania o
los bancos de tiempo.
El consumo es el segundo lugar en el que las señales de cambio
son inequívocas. En los países muy endeudados (incluidos
Estados Unidos y Gran Bretaña) simplemente va a tener que
haber menos deuda y más ahorro. Es una ironía que tantas de las
medidas tomadas para enfrentarse al impacto inmediato de la
recesión, como recortes del iva y paquetes de estímulos fiscales
avancen en la dirección opuesta a lo necesario a largo plazo.
Pero ya hay fuertes movimientos para contener los excesos del
consumo de masas: comida lenta, el movimiento de la simplicidad
voluntaria y las muchas medidas para detener la creciente
obesidad son todos síntomas de un giro hacia un consumo
que sea visto menos como una ayuda inofensiva y más como
un villano. El alcalde de São Paulo, Gilberto Kassab, prohibió
todos los carteles publicitarios en 2006. David Cameron ha
clamado contra el capitalismo tóxico como corruptor de los
niños, además de darle vueltas a la idea de cuentas personales
de carbono para limitar las formas de vida que consumen
grandes cantidades de ese elemento. El refuerzo de estas tendencias
es un giro en el equilibrio de la economía que la aleja
de los productos y los servicios y la acerca a una “economía de
apoyo” basada en las relaciones y los cuidados (desde guarderías
y terapias hasta entregas semanales de comida orgánica).
Las tecnologías en red contribuyen a esta tendencia, y en un
extremo del mercado hay una creciente subcultura de clubs que
reúnen a consumidores para que compren a los productores (el
Ebbsfleet United es un ejemplo de ello en Gran Bretaña: un
club de fútbol que es propiedad de unos veinte mil seguidores,
reunidos en la web, que ganó el Football Association Challenge
Trophy el año pasado).
Reflejo de estos cambios son los giros en la forma en que se
hacen las cosas a medida que el capitalismo se aleja de la destrucción
de la naturaleza para acercarse un tanto al equilibrio
con ella. Visiten las fábricas de bmw en Alemania y verán un
nuevo modelo de capitalismo que trata de reutilizar todos los
materiales necesarios para hacer un coche. Estos sistemas de
producción señalan distintos ideales de fabricación que serán
celebrados en la Expo de Shanghái en 2010, donde la economía
que crece más rápidamente en el mundo presentará una visión
del capitalismo de bajo carbono muy distinta de la versión que
China ha adoptado en las dos últimas décadas.
También el conocimiento está distinguiendo entre los
modelos capitalistas y las alternativas cooperativas. Hace una
década, todas las políticas industriales del gobierno hacían
hincapié en la creación y protección de la propiedad intelectual.
Las universidades eran obligadas a comercializar sus ideas
con el argumento de que sin incentivos financieros no habría
forma de galvanizar la biotecnología o la siguiente generación
de inteligencia artificial. Pero, en contra de las expectativas,
también han prosperado otros modelos. Una elevada proporción
del software utilizado en internet es open source. Los creative
commons están ganando terreno en la cultura como alternativa
a los derechos de autoría tradicionales, y la Wikipedia se ha
convertido en un inesperado símbolo del poscapitalismo.
En tercer lugar deberíamos buscar cambios en el mundo
del trabajo. Las variedades de trabajo son muchas, con
grandes disparidades de sueldo, satisfacción y poder. En
algunos sectores la depresión dará un nuevo impulso a la
vieja idea de que los trabajadores deben emplear el capital
y no al revés. Cooperativas como el grupo Mondragón (que
tiene más de 100.000 empleados y ha duplicado su tamaño
cada década) y empresas propiedad de los empleados como
John Lewis han prosperado. También en otros sectores se
ha producido una tendencia a largo plazo hacia el hecho de
que más gente quiere que el trabajo sea un fin además de un
medio, una fuente de satisfacción además de ingresos. La
cuestión decisiva aquí, con todo, es si el capitalismo puede
encontrar un nuevo acomodo con respecto a la familia. El
capitalismo está siendo llevado cada vez con más intensidad
a la vida familiar, y muchas de las áreas de mayor perspectiva
de crecimiento de empleo están en la periferia de la familia,
con la sanidad y los cuidados. Pero en todas partes de ese
ámbito hay también señales de una tensa división entre
trabajo y familia, pues una creciente proporción de empleados,
especialmente las mujeres, tienen al mismo tiempo que
cuidar de niños pequeños y padres ancianos. Innumerables
pruebas confirman el papel vital que la familia tiene en el
cultivo de las habilidades y las actitudes de futuros ciudadanos,
pero seguimos sin contar con una nueva arquitectura
de derechos y flexibilidades.
Muchos de estos cambios están obligando a los Estados
a reconsiderar de nuevo cómo socializar nuevos riesgos. Los
dos últimos acuerdos –el de finales del siglo xix y el de
mediados del xx– eran en su raíz sobre el riesgo, pues los
gobiernos asumieron la tarea de proteger a su gente contra
los riesgos de la pobreza en la tercera edad, la mala salud y el
desempleo. China parece dispuesta a alcanzar a Occidente
en este respecto; necesita desesperadamente crear un Estado
de bienestar y un servicio de sanidad viables si el Partido
Comunista quiere mantener legitimidad y contener una violenta
reacción política contra los excesos capitalistas. En el
resto del mundo la batalla será la atención. A medida que
las poblaciones envejecen es en principio viable para todo
el mundo asegurarse, e incluso que ese seguro sea calibrado
con resultados de adn y formas de vida. Pero la experiencia
indica que es difícil diseñar mercados de seguros para la
atención que sean al mismo tiempo eficientes y considerados
justos. Para la mayoría la distancia entre lo que se necesita
y lo que se ofrece está creciendo a medida que la esperanza
de vida sigue creciendo y la discapacidad se convierte en la
norma. En una generación podríamos estar en el umbral de
una mayor expansión de la previsión colectiva, surgida de
nuestro compartida vulnerabilidad ante la discapacidad, la
demencia y quedar sin hijos o cónyuges que nos cuiden. Esa
previsión estará conformada por el acceso a información
mucho más precisa sobre predisposiciones individuales, o
por la efectividad de los tratamientos, y sin duda hará uso
de los recursos empresariales. Pero es muy improbable que
sea capitalista.
Los gobiernos también podrían verse más arrastrados a los
servicios financieros. Hasta ahora la industria de los servicios
financieros ha sido notablemente lenta en ofrecer productos
más ajustados a las necesidades contemporáneas: como hipotecas
variables que puedan interrumpirse durante los periodos
de desempleo. Pero algunos gobiernos (como el de Dinamarca
y el de Singapur) han creado cuentas presupuestarias personales
para ciudadanos, y no resulta difícil imaginar que algunos
ofrezcan servicios mediante los que la gente pueda tomar prestado
dinero durante un periodo de recapacitación, permiso por
paternidad o desempleo y después pagarlo mediante el sistema
de impuestos durante veinte o treinta años, o por medio de una
tasa sobre los hogares, con costes de transacción mucho más
bajos que en los bancos.
Cuentas de bienestar personal; presupuestos personales
en sanidad; asignaciones personales de carbono. Todo esto
pueden ser partes distintas de la arquitectura de un Estado
reformado que crea un fondo común de riesgos y, al mismo
tiempo, personaliza sus servicios. Todo puede ser parte de
nuevos pactos que combinen nuevos riesgos con mayores obligaciones
de ahorrar, de pagar por sanidad y educación, y de
compartir los costes que procederán de una mayor flexibilidad
en el trabajo.
Los últimos acuerdos fueron sobre el Estado, y los Estados
están siendo devueltos a papeles mucho más activos a medida
que la recesión se profundiza. Pero algunas de las garantías de
seguridad más importantes están más allá del alcance directo
del gobierno. En Estados Unidos la proporción de gente que
dice que no tiene a nadie con quien hablar de asuntos importantes
ha subido del 10 al 25 por ciento en veinte años. La
biología y las ciencias sociales contemporáneas han confirmado
hasta qué punto somos animales sociales que dependemos
de los demás para nuestra felicidad, para nuestro respeto por
nosotros mismos, nuestra valía o nuestra vida. No hay ninguna
contradicción inherente entre capitalismo y comunidad. Pero
hemos aprendido que esas relaciones no son automáticas:
tienen que ser cultivadas y premiadas, y las sociedades que
invierten grandes proporciones de sus excedentes en poner
anuncios para persuadir a la gente de que el consumo individual
es el mejor camino a la felicidad acaban pagando un
elevado precio.El hecho de que nuestras relaciones sociales importen
tanto como nuestros ingresos puede cambiar el modo en que
se piensa en la política. El efecto a corto plazo del desplome
será concentrar toda la atención en la desalentadora caída del
producto interior bruto. Pero la tendencia a más largo plazo
consiste en considerar el pib como algo menos importante
que otros indicadores de éxito social, incluido el bienestar.
En el transcurso del último año, la ocde ha movilizado un
reluciente grupo de premios Nobel para que adviertan sobre
lo que puede haber “más allá del pib”: el presidente Sarkozy
ha anunciado su disposición a adoptar algunas de sus ideas
y Obama querrá medidas de éxito que tengan en cuenta las
mejoras en la salud, ciudades más verdes y mejor educación
y no sólo cuánto dinero ha gastado la gente.
Lo que también está más allá del pib es una idea más plural
sobre cómo deberían gestionarse las empresas. Durante décadas
las empresas cotizadas han sido la norma. Pero la crisis
actual nos está recordando que las formas empresariales más
diversas pueden ser más resistentes. Las sociedades concesionarias
de hipotecas que no se privatizaron han sobrevivido
mejor que las que lo han hecho. Las organizaciones caritativas
tienden a sobrevivir a las recesiones mejor que las empresas
convencionales y en Gran Bretaña alrededor de 55.000 organizaciones
con fines sociales podrían recuperarse más rápidamente
que firmas sin misión social. No es de sorprender
que los conservadores estén dándole vueltas a ideas políticas
para fortalecer las instituciones financieras sin ánimo de lucro
(credit unions) y los fondos de inversión en la comunidad, las
cooperativas de alimentos y las empresas de prestación de
servicios energéticos, todo parte de una búsqueda de una
visión económica que sustituya la de los años ochenta del big
bang y las grandes compañías de servicios privatizadas.
La crisis del capitalismo es, naturalmente, global, y ha
mostrado las limitaciones de las instituciones globales que
cobraron forma hace medio siglo. China está destinada a
convertirse en el actor dominante de un fmi y un Banco
Mundial fortalecidos, seguida de la India y Brasil. El g20
está sustituyendo al g8 como club realmente importante.
Y a la espera se hallan nuevas instituciones para sentar
políticas sobre el carbón y gestionarlo, para encargarse de
todo, desde la migración global hasta la regulación de la
biotecnología, junto a instituciones menos formales que
ayuden a la sociedad mundial a implicarse, desde e-parlamentos
hasta plataformas para campañas globales como
Awaaz, un periódico online.
Nadie puede saber cuál de estas posibilidades cristalizará.
En principio, hay un número infinito de direcciones
que pueden tomar los sistemas sociales. Pero la historia
sugiere que en momentos clave la evolución es altamente
selectiva. Sólo unos pocos modelos resultan ser sostenibles,
afines con las tecnologías, los valores y las estructuras de
poder prevalecientes.
En la primera fase de la crisis quienes con más éxito
han exigido ayuda han sido las grandes, decadentes (y bien
conectadas) industrias de la última era del capitalismo.
Pero las discusiones avanzan: sobre cómo los planes de
recuperación pueden apoyar el crecimiento del empleo y
arreglar el futuro (como en las infraestructuras para coches
eléctricos de San Francisco o el inmenso programa de
trabajos verdes de Corea), en lugar de tratar de arreglar
los errores del pasado. No está claro todavía qué políticos
serán capaces de articular una visión de un “capitalismo
sirviente” mejor ajustada al siglo xxi. David Cameron
ha hecho algunos intentos, por muy duro que eso pueda
ser para el descendiente de generaciones de corredores
de bolsa. Gordon Brown es hijo de la casa de un pastor
protestante, pero también está profundamente implicado
en la crisis. Obama debería estar idealmente preparado
para ofrecer una nueva visión, aunque se ha rodeado con
abanderados del sistema que ahora parece estar viniéndose
abajo.
El resultado es que se está abriendo un gran espacio
político. En el corto plazo, se llenará de ira, miedo y confusión.
A largo plazo puede que se llene de una nueva
visión del capitalismo y sus relaciones con la sociedad y
la ecología, una visión que será más clara acerca de cuánto
queremos crecer y cuánto no. En el pasado, las democracias
han domesticado, guiado y revivido el capitalismo una y
otra vez. Han impedido la venta de personas, de votos, de
cargos públicos, el trabajo infantil y el tráfico de órganos, y
han impuesto derechos y reglas mientras vertían recursos
para satisfacer la necesidad que tiene el capitalismo de
ciencia y habilidades; ha sido con esta mezcla de conflicto y
cooperación como el mundo ha alcanzado el extraordinario
progreso del último siglo.
Para descubrir lo que vendrá ahora, quizá deberíamos
mirar hacia arriba. Los perfiles de las ciudades son la prueba
más simple de lo que la sociedad valora y dónde se
controlan sus excedentes. Hace algunos siglos los mayores
edificios de las ciudades del mundo eran fuertes, iglesias y
templos: después, por un tiempo, se convirtieron en palacios.
Brevemente, en el siglo xix, los edificios civiles, las
estaciones de ferrocarril y los museos les hicieron sombra. Y
a finales del siglo xx eran en todas partes los bancos. Pocos
creen que esto vaya a seguir siendo así mucho tiempo más.
Pero qué vendrá ahora: ¿grandes palacios de ocio y estadios
deportivos, universidades y galerías de arte, torres de agua
y jardines colgantes, o quizás emporios de biotecnología?
Tenemos que reavivar nuestra capacidad para imaginar y
para ver a través de la tormenta, todavía en formación, que
tenemos ante nosotros. ~

Traducción de Ramón González Férriz y Julio Trujillo
Geoff Mulgan. New York Times Syndicate



http://letraslibres.com/pdf/12342.pdf

21 diciembre 2010

En busca de equilibrio -Jeffrey Sachs

En busca de equilibrio
Los países ricos han prometido repetidamente a los países pobres apoyo financiero y logístico que nunca se ha materializado | Ningún problema actual ¿pobreza, energía limpia y seguridad nacional¿ está más allá de nuestros medios técnicos e intelectuales | Es tiempo de rehacer la mente y el espíritu | Los estadounidenses están más desplomados que nunca; los bienes abundan, pero la felicidad escasea notablemente


Jefrrey Sachs, economista estadounidense, promovió en las décadas de 1980 y 1990 la llamada "terapia de choque" para combatir la hiperinflación. Especialista en temas mundiales de desarrollo sostenible, dirige el Instituto Earth, en la Universidad de Columbia (Nueva York).

La mejor idea del 2010 vino del reino montañés himalayo de Bután. De pie frente a líderes mundiales durante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas celebrada en septiembre, el primer ministro Jigmi Thinley formuló la cuestión económica decisiva de nuestro tiempo: “Conforme toda nuestra gente se eleva por encima de las amenazas de supervivencia básica, ¿cuál será nuestro esfuerzo colectivo como sociedad progresista?”.

Propuso una respuesta: hagamos, dijo, que “la búsqueda consciente de la felicidad” sea un nuevo pilar de la cooperación global, el “noveno Objetivo de Desarrollo del Milenio”. Mirando todo desde el costado de la sala, me encontraba deleitado mientras vítores y aplausos espontáneos corrían por toda la asamblea por primera vez en un largo día de discursos.

Efectivamente, en el mundo abundanpreocupaciones y escasea felicidad. El problema, como lo explicó incisivamente el primer ministro Thinley, no es realmente una escasez de bienes materiales, ni siquiera en un año de recesión económica. El mundo es más rico que nunca en la historia; ese es ciertamente el caso de los países más ricos, aun los que sufren crisis cíclicas. La felicidad, según la gran tradición de budismo himalayo de Bután, no viene de la cruda búsqueda de ingresos sino, en palabras de Thinley, de un “juicioso equilibrio entre las ganancias de comodidad material y el crecimiento de mente y espíritu en un ambiente justo y sustentable”.

En ese sentido, el mundo está lejos del equilibrio. Por mucho que los economistas intenten restaurar el equilibrio en la oferta y la demanda agregada, al valor relativo de las monedas nacionales, los desequilibrios de nuestra sociedad son mucho más profundos que las singularidades de los agregados macroeconómicos. Hay poco de juicioso en nuestro equilibrio actual de ganancias materiales y el crecimiento de la mente y el espíritu. La humanidad ha mostrado aún menos capacidad para equilibrar la producción y la sostenibilidad ambiental. El gran reto para el 2011 y después es encontrar ese nuevo equilibrio juicioso.

La sensación de desequilibrio en ningún lado es mayor que en Estados Unidos. Con todos los problemas verdaderamente reales del estallido de una burbuja residencial, alto desempleoydéficit presupuestario fuera de control, Estados Unidos sigue siendo la economía más productiva y dinámica del mundo. Las largas filas, de día y de noche, frente a las dos megatiendas de Apple en Manhattan reflejan una economía que todavía puede producir profusamente lo más nuevo y ver cómo se esparce como incendio natural por toda la nación y elmundo. No obstante, los estadounidenses están más desplomados que nunca. Los bienes abundan, pero la felicidad escasea notablemente. Parte del problema, por supuesto, es que los bienes abundan en promedio, pero no así para las decenas de millones de familias que viven en la pobreza o que se tambalean precariamente al borde de esta. La desigualdad en el ingreso de Estados Unidos es pasmosa: el valor neto del 1% de las familias más ricas es igual al valor neto del 90% más pobre.

Las llamativas desigualdades actuales de Estados Unidos superan las que precedieron a la Gran Depresión, y probablemente al exceso de la era dorada de los capitalistas estadounidenses del siglo XIX que amasaron grandes fortunas de procedencia dudosa.

El rescate de los banqueros y de los bancos del 2009 recordó a los estadounidenses que la riqueza ostentosa lleva aque la política ostentosa cause lo necesario para una seria tanda de infelicidad y una seria necesidad de reforma política y económica.

Pero los problemas son aún más profundos. Estados Unidos cayó en su propia trampa, voluntariamente y con pleno con- sentimiento. Los estadounidenses han votado por candidatos que prometen reducciones fiscales para los ricos, recortar programas sociales para los pobres y rechazar legislaciones que combatan el cambio climático inducido por los humanos, siendo Estados Unidos uno de sus principales contribuyentes mundiales. Los estadounidenses respaldaron fuertemente las invasiones de Afganistán e Iraq, hasta que esos violentos percances les salieron mal. Las familias estadounidenses se endeudaron hasta el cuello, hasta que los reveses del mercado llevaron a una epidemia de juicios hipotecarios de vivienda y bancarrotas personales.

Yno sólo es culpa de Estados Unidos. El mundo es el autor de sus excesosy crecientes desequilibrios. En su búsqueda de crecimiento económico superhumano, China ha saqueado sus ríos y su aire. Brasil e Indonesia han aceptado una intolerable destrucción de los bosques que aún quedan en el mundo.Ypese a 16 encuentros anuales desde que en 1994 entró en efecto el tratado de cambio climático, el mundo entero no ha acordado un plan práctico para evitar el peor de los cambios climáticos inducidos por el hombre ni para adaptarse eficazmente a los cambios climáticos que ya se sufren.

El mundo ha mostrado negligencia similar para proteger a su gente más vulnerable. No hay consuelo en el hecho de que 140 líderes mundiales vinieran en septiembre a las Naciones Unidas para volverse a consagrar a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aceptados mundialmente para combatir la pobreza, el hambre y las enfermedades. Pese a la guerra, la inestabilidad y la recesión, han conservado un lugar en la política y la conciencia globales.

No obstante, los países ricos han prometido repetidamente a los países pobres apoyo financiero y logístico que nunca se ha materializado. Casi un año después del devastador terremoto de Haití, que dejó a cientos de miles de personas desplazadas y sin techo, el Congreso de Estados Unidos no ha asignado ni un centavo de los fondos de reconstrucción, pese a las repetidas promesas de ayuda.

Conforme entramos en un nuevo año y década y nos acercamos al último lustro de la fecha impuesta para el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, debemos tener como objetivo un nuevo “equilibrio juicioso”. La desesperada embestida de la década pasada para obtener rendimientos y ganancias militares nos ha bajado de nivel. Es tiempo de rehacer la mente y el espíritu. La clave está en pensar con mucha mayor claridad los deseos y las necesidades y, por tanto, reequilibrar nuestra energía personal y política.

El primer reequilibrio debería ser entre los ricos y los pobres. Las brechas tradicionales entre los mundos “desarrollado” y “en desarrollo” se están cerrando, gracias a unnotable crecimiento de las economías emergentes. El pequeño G-8 –Estados Unidos, Europa y Japón– ya ha cedido a un G-20 más grande, que incluyea China, India, Brasil y otras varias economías emergentes. Urge agrandar aún más el círculo para que los países más pobres de la actualidad puedan meter un pie en la prosperidad y participar plenamente en el liderazgo mundial.

Por supuesto, debemos hacer lo mismo dentro de nuestras propias divididas sociedades. Estados Unidos y otras sociedades altamente desiguales necesitan reequilibrar una cultura de superriqueza acompañada de pobreza denigrante. Ciertamente no hay ninguna barrera técnica para garantizar que todo niño, pobre o rico, pueda acceder a un sistema de salud decente, educación de calidad y plena participación en la economía. Los ricos de Estados Unidos tienen una riqueza que supera sus necesidades más extravagantes. Reunirse en el esfuerzo para acabar con la pobreza impulsaría enormemente su felicidad, así como la de otros.

El segundo reequilibrio debe ser entre el presente y el futuro. Nuestra economía consumista impulsada por los medios alimentó la alocada búsqueda de consumismo sobre todo lo demás de los últimos 20 años. En vísperas de la crisis financiera, los estadounidenses y muchos otros dejaron de ahorrar y, en cambio, se fueron encima de las tarjetas y contrataron créditos hipotecarios de riesgo ofertados por prestamistas irresponsables. Mientras examinamos el naufragio financiero, decidámonos a dejar de engañar al futuro.

El tercer reequilibrio debe ser entre la producción y la naturaleza. Nuestro PNB registra rutinariamente cada árbol caído, capa freática sobreexplotaday pesca excesiva de vida marina en peligro de extinción como parte de nuestro ingreso nacional, cuando la realidad es que simplemente es un agotamiento de nuestro capital natural. Hemos llegado a las fronteras planetarias de la supervivencia ecológica. Es tiempo de llegar a una nueva conciencia de nuestra fuerza destructiva y retroceder antes de que sea demasiado tarde.

El cuarto reequilibrio debería ser entre el trabajo y el ocio. Cuando los grandes economistasymejoradores sociales del pasado intentaron idear un futuro de esplendor tecnológico, se imaginaron que la humanidad se lo cobraría con mucho más tiempo de ocio y consideración por los placeres más finos de la vida: disfrutar las artes, aprendizaje para adultos, tiempo para los amigosymayor recreación. Sin embargo, el esplendor tecnológico ha llegado y nuestro frenesí es más grande que nunca, por lo menos en Estados Unidos y otras economías híperconsumidoras. Si en cambio nos damos un reposo y reducimos nuestras horas de trabajo, puede haber mayor diseminación del trabajoymucha mayor consideración por nuestra salud y bienestar a largo plazo.

El quinto reequilibrio debe ser en nuestra concepción de seguridad nacional. Estados Unidos actualmente destina a su ejército alrededor de 750.000 millones de dólares, pero únicamente 15.000 millones a ayudar a que los países más pobres del mundo luchen contra enfermedades, hambre y hambrunas. En Afganistán, casi 100.000 millones de gasto militar son acompañados por mil o dos mil millones anuales para apoyar el desarrollo, suma absurdamente baja. La tragedia y la ironía, por supuesto, es que la inestabilidad en Yemen, Somalia y otros sitios no tiene raíces ideológicas per se sino en el hambre, el analfabetismo, la falta de empleo, la desesperación y ladesesperanza. Todos los ejércitos y los misiles guiados del mundo nunca construirán los pozos, las clínicas, las escuelas y las granjas productivas que por sí solas pueden llevar verdadera paz a los países azotados por conflictos.

Todas las grandes tradiciones religiosas del mundo hacen recomendaciones similares a lo tan maravillosamente expuesto por el primer ministro Thinley. El Evangelio también nos advierte que podemos ganar el mundo, pero perder nuestras almas. Entramos en el 2011 confundidos, desmoralizados y sintiéndonos empobrecidos; no obstante, vivimos la mayor productividad y prosperidad de la historia humana. Ningún problema actual –pobreza, energía limpia y seguridad nacional– está más allá de nuestros medios técnicos e intelectuales. Nuestros problemas yacen en otro lado, en nuestra confusión sobre las fuentes de la felicidad final. Si podemos avistar la fuerza de nuestras herramientas y el anhelo por los placeres más profundos de la vida, entonces el 2011 puede ser el inicio de una nueva era de bienestar. La decisión es nuestra y de nadie más.

http://www.lavanguardia.es/20101220/54089918733/en-busca-de-equilibrio.html

20 diciembre 2010

La inteligencia de la crisis económica

- La inteligencia de la crisis económica
Claves de razón práctica 198 (diciembre 2009” pp. 34-43).


Las crisis económicas son circunstancias en las que se
incrementan al máximo las exigencias a las que está expuesta
la humanidad. La primera de ellas consiste en entenderlas bien
y afrontarlas inteligentemente. Si queremos gobernarnos
conforme a criterios de racionalidad y de justicia, esa
inteligencia que nuestras sociedades están obligadas a
desarrollar podría sintetizarse en torno a una serie de principios
que el mundo actual exige: anticipación, confianza,
responsabilidad y cooperación. Están condenadas al fracaso
aquellas formulaciones que conciban un mundo en el que no
existiera el riesgo o en el que fuera posible prescindir de la
confianza, así como aquellas soluciones de la crisis pensadas
desde una idea de la responsabilidad que no está a la altura de
la actual complejidad social o que plantean una salida unilateral
o proteccionista a la crisis. Nos hace falta, por el contrario,
capacidad de anticipación de los riesgos colectivos, construccion
de la confianza, clarificación de la responsabilidad e inteligencia
cooperativa.
1. Una crisis política
Las situaciones de crisis no son las más propicias para someter
a prueba los conceptos con los que tratamos de interpretarlas.
Parece como si en ellas los tópicos se instalaran con mayor
finalidad. Uno de los que ha hecho furor es el que achaca la


crisis económica a un fallo del mercado y anuncia gozoso un
retorno del estado. Seguramente han contribuido a fortalecer
esta impresion de vuelta al keynesianismo clásico las medidas
presupuestarias y monetarias decididas por muchos estados,
principalmente las decisiones de rescate financiero adoptadas
desde septiembre de 2008. Por supuesto que la crisis
únicamente puede explicarse como una conjunción de fracasos,
pero se ha monopolizado tanto la acusación contra el mercado
que me parece necesario, para comprender bien su naturaleza,
insistir en que se trata, sobre todo, de una crisis de la política,
es decir, de los estados (que son, hoy por hoy, los principales
actores politicos).
Todas las apariencias apuntan hacia los excesos del
mercado como responsables de la crisis actual: los bancos han
olvidado las reglas prudenciales, los inversores han arriesgado
excesivamente, las agencias de rating han inducido al error
sobre la apreciación de los riesgos… El mercado ha cometido
muchos errores y es normal que la crisis los sancione. Ahora
bien, afirmar que el mercado es el único culpable equivale a no
haber entendido bien el correspondiente fracaso de las
instituciones políticas. Y un mal diagnóstico no presagia nada
bueno cuando se trata de pensar también las soluciones.
Uno de los planteamientos menos afortunados a la hora
entender la crisis económica ha sido interpretarla en el interior
del debate entre neoliberalismo y socialdemocracia, como si ese
fuera el verdadero campo de juego ideológico en el que se
habrían de mover las posibles soluciones, y sin entender que es
precisamente esa alternativa la que ha dejado de tener sentido
a la hora de abordar las crisis globales. El neoliberalismo ha
salido, lógicamente, peor parado de la crisis, pero eso no da
motivo para especiales celebraciones entre quienes auguran un
retorno del estado y no están en condiciones de aclarar qué
puede significar ese retorno. Lo que hay que explicar —y a lo
que debe hacerse frente— es que el estado que emerge tras la
crisis es un estado menos poderoso, debido a la naturaleza
global de la crisis y a la limitada eficacia de los instrumentos
tradicionales de la política económica.

En el curso de los últimos años los estados han cometido
grandes errores de política monetaria y presupuestaria. El
incremento del efecto de apalancamiento en la economía
mundial es imputable más al fracaso de la política macroeconómica, especialmente de la política monetaria
norteamericana, que a un fallo de los mercados, cuyo único
error ha sido reaccionar como era previsible a las incitaciones
de la política. Fue el estado el que incitó a los bancos a
desarrollar sus créditos subprimes, ya con la administración
Clinton en 1999, presionada por las asociaciones que
denunciaban el carácter discriminatorio de los préstamos
hipotecarios. En Francia, unas semanas antes de que se
desatara la crisis, tanto los parlamentarios de la izquierda como
los de la derecha, discutían una proposición de ley sobre el
acceso universal al crédito. Interesa subrayarlo para poner de
manifiesto que también las decisiones públicas, y no sólo las
decisiones de los actores en el mercado, están dictadas por
unas agendas electorales de corto plazo y con un gran riesgo
de convertirse pronto en algo incoherente.
Se dice con frecuencia que la crisis se ha debido a una
insuficiencia de regulación financiera, pero se olvida que tan
mala es una falta de regulación como una mala regulación. No
podemos perder de vista el hecho de que los bancos han
tomado el camino de la titulización porque les incitaba a ello
una regulación que no imponía ninguna exigencia de capital
sobre ese tipo de créditos, fuera la que fuera su calidad,
mientras cargaba pesadamente en capital los créditos
registrados en los balances de los bancos, especialmente los
créditos de peor calidad como las subprimes. Los reguladores
parecen no haber tenido suficientemente en cuenta que el
sistema bancario puede ser afectado tanto por la explosión de
riesgos exteriores a los balances como por la de los riesgos
interiores a los balances, una vez que esta explosión sobrepasa
una cierta amplitud y adquiere una dimension sistémica. La
regulación bancaria se ha revelado como algo ineficaz debido a
su naturaleza microprudencial, es decir, que toma en cuenta el riesgo vinculado al insolvencia de una entidad bancaria, pero no
la insolvencia del sistema bancario en general.
Este me parece ser el principal fallo de la política ante una
crisis de carácter global: el gran error de los estados ha sido
olvidar su responsabilidad en materia de riesgos sistémicos. El
sistema político, absorbido por los riesgos sociales más
inmediatos, ha incumplido sus responsabilidades en materia de
supervision y prevención de riesgos sistémicos, que había
delegado en otras instancias a quienes no corresponde esa
responsabilidad, como el mercado o las autoridades
independientes.
Probablemente estemos saliendo de la era del estado de
bienestar entendido como aquel estado cuya única fuente de
legitimidad era la redistribución y entramos en otra nueva en la
que tan importante al menos es la prevención de riesgos
sistémicos. La crisis nos está haciendo descubrir que la
protección contra los riesgos sistémicos es tan decisiva como la
lucha contra las desigualdades sociales y que esto sólo es
posible si se cumplen aquellos deberes. Para esta nueva tarea
carecen de utilidad tanto el programa de disolución neoliberal
de los estados como el intervencionismo clásico
socialdemócrata; de lo que se trata es de salvar una de las
instancias más importantes de configuración de la voluntad
política pero en un contexto global que exige otras estrategias.
La recomposición a la que nos va a obligar la crisis incluye
una renovación global del papel de los estados para devolverles
los márgenes de maniobra que han ido perdiendo. El debate
entre partidarios y detractores distrae la atención del problema
fundamental: no es una cuestión de más o menos estado, ni
siquiera de reforma del estado, sino de redefinición de sus
misiones en una sociedad del conocimiento global, es decir, en
un mundo en el que la soberanía está avocada a la impotencia
y en el que los poderes públicos no tienen más conocimientos
que los actores a los que deben regular. Si no reflexionamos
nuevamente en este contexto sobre las finalidades de la política
—para las cuales el estado no es más que un medio— seguiremos impediendo que el estado cumpla las misiones que le son propias.
2. Ser más inteligentes que la crisis
Hablamos mucho de la sociedad y la economía del conocimiento
y tal vez no hayamos caído en la cuenta de que, para estar a la
altura de sus desafíos, nos hace falta ser, por así decirlo, más
listos que los problemas que plantea. La verdad profunda de
esas denominaciones —sociedad del conocimiento, economía
del conocimiento— no es otra que la advertencia de que en el
origen de nuestros problemas hay un fracaso cognitivo y el
mejor instrumento para superarlo es aprender de ellos,
desarrollar el saber correspondiente.
En la sociedad del conocimiento necesitamos formas de
gobierno que gestionen adecuadamente el saber. Hemos
prestado una gran atención a la importancia que el
conocimiento tiene en nuestras sociedades, pero no hemos
reparado tanto en las consecuencias ambivalentes de la
producción del conocimiento, por ejemplo, en el sistema
financiero global a la hora de gestionar los riesgos económicos.
En este contexto habría que encuadrar la crisis actual, que
responde a un desajuste entre la capacidad de innovación de
los mercados financieros y nuestra capacidad colectiva de
configurarlos inteligentemente. Mientras que los mercados
financieros han crecido espectacularmente durante las últimas
tres décadas, las expectativas sociales en relación con la
regulación pública de estos mercados han experimentado un
avance muy pobre. La innovación financiera está siempre al
menos un paso por delante de la reglamentación. Hay una
asimetría entre el conocimiento privado y el conocimiento
público. La aceleración de la producción de conocimiento en las
finanzas globales contrasta con la escasa capacidad de las
instituciones reguladoras.
Las innovaciones financieras han sido impulsadas por dos
fuerzas. De una parte, el entorno extremadamente competitivo,
en el que cada institución financiera trata de obtener una
ventaja, aunque sea temporal, sobre sus rivales. La segunda
fuerza procede de las modificaciones del entorno regulatorio
doméstico e internacional. En ocasiones, incluso antes de que la
nueva regulación estuviera puesta en marcha, las instituciones
financieras buscaban modos de escapar o creaban nuevos
productos que les permitían esquivarlas. Todo ello ha creado
una “dialéctica regulatoria” consistente en que unos intentaban
controlar y otros escapar de ese control. Además, había una
asimetría en cuanto a la información que ponía constantemente
a los reguladores en una constante desventaja. Los reguladores
apenas han podido anticiparse a las tendencias y se han tenido
que contentar con poner un cierto orden en los cambios que ya
se habían producido.
La política y el derecho no sólo son incapaces de
contrarrestar la desterritorialización de los mercados mediante
el desarrollo e implementación de normas vinculantes
globalmente, sino que también están perdiendo “competencia
cognitiva” (Nonet / Selznick 1978, 112) para estar a la altura
de la innovación económica. Un ejemplo de ello puede
encontrarse en la ambivalencia de la reglamentación financiera.
Diversos estudios empíricos han advertido que algunas medidas
políticas y legales han agravado los problemas, como es el caso
de los acuerdos de Basilea, cuya naturaleza pro-cíclica es ahora
evidente. Las disposiciones acerca de fondos propios inducen a
la expansion del crédito en los periodos favorables y a su
restricción en los momentos malos. Estas regulaciones no sólo
han contribuido a la expansión de los productos derivados que
están en el origen de la crisis actual, sino que también han
incrementado la inestabilidad del mercado crediticio. De hecho,
ya se han alzado diversas voces que advierten de que tales
disposiciones, en la actual coyuntural económica, deberían ser
reconsideradas.
El Acuerdo de Basilea del año 1988 llegó por primera vez a
establecer unos principios de supervisión bancaria de alcance internacional, cuyo núcleo consistía en que los bancos
aseguraran con una cantidad adecuada el riesgo de sus
préstamos con su propio capital. Esto era un procedimiento
para enfrentarse preventivamente a las posibles crisis que
tuviera su origen en la desconfianza entre los bancos. A la
pérdida de confianza se respondía mediante un criterio “capital
adecuado”. Esta “capital requirements directive” se basaba en
la experiencia de que las instituciones financieras están
infracapitalizadas, si tenemos en cuenta los riesgos de liquidez,
de crédito y de operaciones a los que están expuestos en un
sistema financiero cada día más globalizado. Aunque este
acuerdo fue un éxito en cuanto a la unificación internacional de
las normas, enseguida se puso de manifiesto que era un cálculo
demasiado estático del riesgo. El sistema global reaccionó a
esta imposición con una serie de innovaciones financieras.
Nuevos instrumentos y métodos financieros como los productos
derivados no eran tenidos en cuenta en ese modelo. Si había
regulaciones para las operaciones crediticias de los bancos, no
existían métodos eficaces para calcular los llamados “riesgos de
mercado” que surgían especialmente en los productos
derivados.
Por definición toda crisis financiera conduce a la
constatación de una insuficiencia de capital en las instituciones
concernidas. Pero es ilusorio pensar que las exigencias en
materia de capital pueden constituir una protección eficaz
contra la crisis sistémica. Ninguna institución financiera está en
condiciones de proveer suficiente capital para hacer frente a
una crisis sistémica. La búsqueda del menor riesgo a cualquier
precio, sea haciendo salir los riesgos del balance de los bancos
(mediante la titulización y los productos derivados) o mediante
exigencias de capital cada vez más elevadas, tiene unos efectos
indirectos incontrolables sobre el sistema financiero, al que se
terminan exportando irresponsablemente los riesgos. Todo esto
no hace sino poner de manifiesto la naturaleza intrínsecamente
sistémica de los riesgos a los que se enfrentan las instituciones
bancarias, riesgos que deben ser abordados de otra manera.
Los acuerdos de Basilea II, en 2004, constituyeron
precisamente un intento de sustituir ese control estático y
cuantativo por un acuerdo institucional más flexible a través del
principio de “aprovisionamiento dinámico” que permitiera
contrarrestar los efectos pro-cíclicos en los cálculos de
adecuación de los fondos propios. Se hizo también desde la
experiencia de que, en última instancia, no hay regulación
eficaz sin una cooperación más intensa con los “regulados”. La
actual crisis económica ha puesto de manifiesto la insuficiencia
de estas disposiciones, pero nos ha permitido avanzar en la
comprensión del marco que se requiere para una regulación
inteligente del sistema financiero. Es difícil aventurar cuándo y
cómo se producirá un nuevo acuerdo, pero no cabe duda de
que deberá constituir un ejercicio de inteligencia adaptativa y
realizarse en un marco de cooperación.
No es exagerado decir, por tanto, que entre las causas de
la crisis hay un fracaso cognoscitivo. ¿Por qué razón el sistema
financiero aparece como más inteligente y dinámico que el
mundo de la política y el derecho? Pues fundamentalmente
porque la economía tiene una actitud cognitiva, flexibilidad y
una enorme capacidad de aprendizaje, mientras que la política
y el derecho están acostumbradas a un estilo normativo, que se
traduce en una tendencia a dar órdenes allí donde tendrían que
aprender. La política y el derecho tienden a reaccionar de
manera normativa frente a las decepciones, mientras que la
estructura de expectativas que dirige las operaciones de la
economía en general, y del sistema financiero en particular, se
caracteriza por una predominancia de las expectativas
cognitivas, adaptativas y abiertas al aprendizaje. Por eso la
economía y el sistema financiero van por delante tanto en lo
que se refiere a la definición de los problemas como a la
formulación de los modos de enfrentarse a ellos.
La complejidad y la velocidad de la innovación financiera
han situado a los bancos y a las instituciones aseguradoras en
una posición de liderazgo cognoscitivo. El proceso de
debilitación de la autoridad del estado en materia de cuestiones
financieras es bien conocido: “donde los estados fueron señores
de los mercados, son ahora los mercados quienes, en muchas
cuestiones cruciales, dominan a los gobiernos de los estados”
(Strange 1996). Las autoridades públicas han quedado detrás
en cuanto a sus capacidades técnicas y de saber experto. Si los
reguladores y los supervisores no pueden estar a la altura de
tales innovaciones no podrán regularlas efectivamente
(Steinherr 1998).
Esta es la razón por la que puede afirmarse que no habrá
solución verdadera a la crisis mientras los actores públicos no
sean capaces de generar el saber necesario. Hasta ahora, el
énfasis sobre el papel de los estados y de la jerarquía como
medio de control ha impedido prestar atención a los aspectos
cognitivos y cooperativos de la gobernanza. No se puede
ejercer la responsabilidad de la supervisión y la regulación si no
se dispone del saber correspondiente, que permita comprender
los nuevos instrumentos financieros y alertar a los operadores
sobre sus riesgos específicos. Para tener un sistema financiero
sano es esencial que las autoridades de tutela y los inversores
dispongan de información que les permita evaluar
correctamente los riesgos, algo de lo que han sido incapaces en
la actual crisis.
No se trata de prohibir la innovación financiera, pues esta
es legítima y puede hacer grandes servicios a muchos sectores
de la economía. No son los instrumentos financieros los que
han provocado la crisis sino la utilización que de ellos se ha
hecho. De lo que se trata es de impedir el abuso y exigir su
trasparencia, lo cual evidentemente no será fácil puesto que la
innovación se presentará en los próximos años bajo formas que
no se puede prever. El objetivo debe ser corregir las practicas
peligrosas e inaceptables sin suprimir las innovaciones útiles
para la colectividad. Esta función es especialmente difícil, ya
que en los últimos años han ido adquiriendo una gran
significación ciertos tipos de riesgo que no pueden ser
manejados con los tradicionales instrumentos económicos y
políticos.
Y es que para entender los actuales problemas de
gobernanza del mercado financiero global hay que considerar las características y consecuencias de la producción del
conocimiento en el sistema financiero y la relevancia del
conocimiento para la política. Estas nuevas situaciones nos
plantean interrogantes para responder a los cuales son de
escasa utilidad las viejas soluciones que estaban asociadas o
bien a la primacía del mercado o bien a la intervención directa y
unilateral de los estados. Si las soluciones han de ser
innovadoras es porque los problemas son inéditos. ¿Qué nuevas
formas de gobernanza corresponden a la creciente
desterritorialización y autonomía de las transacciones
financieras? ¿Cuáles serán las instituciones y los sistemas de
regulación apropiados para un mundo de innovación financiera
y de globalización? ¿Cómo superar las dificultades de la política
a la hora de configurar una gobernanza mundial e intervenir
con eficacia en los procesos de globalización? La politica tiene
que decidir, en definitiva, si aspira a desempeñar esa función o
se contenta con el papel de víctima.
3. La construcción económica de la confianza
La actual crisis económica pone de manifiesto una pérdida
sistémica de la confianza que revela hasta qué punto es frágil la
arquitectura de la confianza en la economía del conocimiento. Y
es que la confianza es fundamental en la economía y,
especialmente, en los mercados de valores. Los inversores
confían en que los balances sean correctos, que los analistas
informen y las autoridades supervisoras sean competentes; los
pequeños inversores confían en los grandes inversores, cuyo
modo de gestionar los fondos generalmente no conocen; se
supone que en el sistema hay suficientes controles y que
actuan con independencia de los intereses o las preferencias
personales de quienes desempeñan esa función; de las
agencias de rating y de los auditores se espera no sólo que
valoren sino que estén especialmente atentos a cualquier
problema relevante para el sistema; deben dar la alarma cuando los acreedores se hacen insolventes o cuando las
empresas presentan datos inexactos en sus balances. Por eso
el fracaso de las agencias de rating es uno de los aspectos más
inquietantes de esta crisis.
La desconfianza actual puede ser interpretada como una
reacción de los inversores contra un sistema financiero opaco,
cuya magnitud no terminan de comprender. “La complejidad
matemática de las innovaciones y trasacciones financieras ha
sobrepasado no solo la capacidad de los reguladores para
seguirlas (mucho más la de control a priori) sino también la
capacidad de muchas empresas para entenderlas” (Cerny 1994,
331). La economía no es, ciertamente, una realidad simple,
pero cuando la complejidad inevitable se transforma en
opacidad sospechosa, los actores se bloquean y los mercados
dejan de funcionar.
La crisis de confianza es conjurada apelando a unas
medidas políticas y jurídicas que puedan restablecer la
confianza de consumidores y los inversores. Ahora bien,
aunque la intervención de los presupuestos públicos haya
permitido evitar una espiral de pánico, la conducta de los
actores económicos sigue siendo negativa y continúa habiendo
una desconfianza que bloquea el mercado crediticio. Lo que
todo ello pone de manifiesto es que la dificultad de controlar los
procesos es uno de los problemas fundamentales del gobierno
de las sociedades globales del conocimiento.
¿Por qué la confianza es necesaria e inevitable en una
sociedad compleja? De entrada, porque en una economía
avanzada la confianza en la estabilidad del valor del dinero no
la proporciona el conocimiento de las personas. Se trata de una
confianza en el sistema, que es condición indispensable para
actuar económicamente en la inseguridad del futuro. En la
medida en que se invierte dinero en países a los que no se ha
viajado, o se presta a empresas cuyas personas y productos no
se conoce, crece la necesidad económica de certezas
sistémicas. Todo el saber de los inversores y de los bancos no
es suficiente para valorar las posibilidades de crédito a partir
únicamente de la propia observación; se necesita el saber de un tercero y por eso las instituciones de crédito recurren a
observaciones externas. El riesgo ya no se refiere solo a los
componentes individuales de un sistema, entendido además
como mecánico y en el que rigiera una perfecta división del
trabajo, sino al modo de operar del sistema en su conjunto, en
virtud del cual determinados riesgos concretos, a causa de su
interconexión, podrían desembocar en una desestabilización
sistémica (Willke 2001, 9).
Es ya un lugar común afirmar que las sociedades
contemporáneas se caracterizan por la ampliación tanto de sus
espacios de posibilidad como también de sus riesgos. Los
riesgos son de tal naturaleza que no permiten ninguna
alternativa entre el riesgo y el no riesgo. Buena parte de las
decisiones económicas tienen consecuencias que soprepasan el
ámbito de lo pronosticable. La interdependencia y complejidad
económicas hace especialmente difícil calcular las
consecuencias de las decisiones y los riesgos. La dinámica
propia de los mercados obliga a tomar decisiones en orden a un
futuro que se mantiene como algo intransparente (Nassehi
1997, 339). También la prevención tiene sus riesgos, sobre
todo cuando es redundante (Wildavsky 1988). De entrada,
dificulta una reacción proporcionada con respecto a los nuevos
riesgos, dado que reduce las oportunidades de aprender en el
trato con nuevos riesgos. La lógica de la prevención colisiona
con la lógica de la innovación. Si la primera trata de excluir
todo lo que sea posible los errores, la segunda consiste en
experimentar continuamente con nuevas posibilidades. La
innovación es un proceso que entiende los errores como
oportunidades de aprendizaje.
En este contexto, los tradicionales mecanismos de
valoración y control no están en condiciones —o sólo de manera
muy limitada— de absorber la inseguridad. La economía del
conocimiento pone de manifiesto hasta qué punto dependemos
del saber de los demás y por qué la confianza es un recurso del
que no podemos prescindir, aunque pueda fallar. Por esta razón
el fenómeno de la confianza es cada vez más objeto de
atención. La inabarcabilidad social hace que la confianza sea un recurso tan escaso como importante. La confianza se convierte
en un asunto de gran relevancia a medida que aumenta la
dimensión de no-saber a la que debemos enfrentarnos. Aquí se
hace valer esa idea de Luhmann de que la confianza es un
mecanismo de reducción de la complejidad social (1989). La
confianza permite tolerar una mayor complejidad e
incertidumbre; responde a la necesidad de mecanismos de
producción de seguridad para compensar la ausencia de un
cálculo racional cierto en la medición de los riesgos.
Por esta razón cada vez resultan más importantes las
organizaciones que estructuran las inseguridades y ayudan en
la toma de decisiones. Las agencias de rating responden
precisamente a esta demanda de construccion de la confianza,
de aquellas “infraestructuras de la seguridad” (Hammer 1995)
que proporcionan confianza, calculabilidad y protección. Las
agencias de rating proporcionan valoraciones acerca de la
fiabilidad de los deudores posibilitando así mayores primas de
riesgo. Por eso se las ha podido definir como “guardians of
trust” (Shapiro 1987, 645) e incluso como “quasi regulatoryinstitutions” (Sinclair 1999, 159). Responden a la creciente
demanda de mecanismos basados en el conocimiento que
permitan hacer frente a los riesgos del sistema financiero
global. Como dice Michael Power (1997, 123), la sociedad
actual es sólo superficialmente una sociedad de la
desconfianza. La economía no sólo requiere una mayor
necesidad de confianza, sino que también necesita unas
“desconfianzas que generan confianza”. Las auditorías y los
correspondientes certificados contribuyen así a configurar la
confianza y facilitan la adopción de las decisiones económicas.
Las agencias de rating transforman la contingencia
indeterminada en complejidad estructurada y manejable. Con
su asesoramiento acerca de la probabilidad de los impagos, las
agencias califican la indeterminación y la traducen en una
combinación de letras que puede ser fácilmente entendida. De
todas maneras, conviene no olvidar que, del mismo modo que
la regulación produce inevitablemente sus propios riesgos, las
agencias de rating, al facilitar la gestión de las inseguridades económicas, aumentan también la velocidad de las
transacciones financieras.
En cualquier caso, está claro que debemos mejorar los
modelos de determinación del riesgo. En una economía global
del conocimiento los acontecimientos futuros no pueden ser
controlados con unos mecanismos que son estáticos y
cuantitativos. Instrumentos tradicionales como el balance, que
han proporcionado tradicionalmente racionalidad, cálculo y
credibilidad, han perdido buena parte de su eficacia;
instituciones que han venido desempeñando funciones de
control apenas están en condiciones de suministrar un saber
cierto que pueda ponerse al servicio de la regulación. La
cuestión de la racionalidad del riesgo sigue siendo uno de
nuestros principales desafíos, es decir, el problema de saber
cuáles son los instrumentos cognitivos y operativos de los
bancos, las agencias de rating y las autoridades supervisoras a
la hora de gestionar los actuales riesgos del sistema financiero.
Hemos de mejorar los instrumentos de ponderación de
valores y riesgos en unos momentos en los que, desde el punto
de vista objetivo, la capacidad de supervisión ha disminuido en
los últimos años en virtud del aumento de los productos no
sujetos a balance, los llamados “knowledge assets”, como
patentes, software, alianzas estratégicas, etc. (Boisot 1999;
Litan / Wallison 2000). Cada vez es más relevante la
cuantificación de bienes intangibles, cuya indeterminación pone
en cuestión la validez de las actuales valoraciones. Y desde el
punto de vista temporal, partimos de la dificultad de que la
aceleración de la producción del saber “desfuturiza” el
accounting y le quita valor. Cada vez es más difícil sacar
conclusiones desde el pasado hacia el futuro, especialmente en
campos como las tecnologías de la información o los servicios
financieros. La competencia no sólo obliga a una permanente
revision de los productos y servicios, sino que conduce
paralelamente a que el saber experto reduzca su tiempo de
validez. 4. El principio de responsabilidad
La idea de un mundo interconectado, que nos ha servido como
lugar común para designar la realidad de la globalización,
implica, en principio, un mundo de responsabilidad escasa,
cuando no difusa o abiertamente irresponsable, sobre el que no
puede establecerse ningún control y del que nadie se hace
cargo. La interconexión significa, por una parte, equilibrio y
contención mutua, pero también alude al contagio, los efectos
de cascada y la amplificación de los desastres, como es el caso
de la actual crisis financiera. El mundo interconectado es
también ese “mundo desbocado” del que hablaba Giddens a la
hora de calificar los aspectos menos gratos de la globalización
(2002).
La actual crisis económica es, en última instancia, una crisis
de responsabilidad y el procedimiento que mejor lo ha
representado ha sido la extensión de productos financieros
como la titulización, que traducían la voluntad de desplazar los
riesgos hacia el infinito, es decir, aceptar riesgos sin querer
asumir las consecuencias. Eso es lo que he denominado antes
“riesgos sin riesgos”. Se ha producido así una verdadera
perversion de la función de crédito, la más esencial de todas las
que llevan a cabo los bancos. Estos han construido líneas de
productos y combinaciones de valores que proponían a unos
inversores cada vez más ávidos de rentabilidad. Vistas las
cosas con la comodidad de la retrospectiva, la máquina de
enriquecerse estaba en marcha y nadie sabía pararla. La crisis
ha puesto así de manifiesto que la globalización financiera es
mucho más frágil que la globalización comercial.
La titulación ha actuado como un mecanismo global de
irresponsabilización, que diseminaba y disimulaba a la vez los
riesgos, haciendo opacos los mercados. Este y otros productos
financieros permitían evacuar o neutralizar los riesgos de las operaciones de préstamo transfiriendo la carga hacia los
mercados de naturaleza especulativa. La opacidad de los
mercados impedía el control y toleraba riesgos excesivos,
títulos opacos cuyos riesgos nadie era capaz de evaluar. El
desarrollo de nuevos instrumentos financieros exóticos y no
líquidos; el aumento de los productos derivados cada vez más
complejos; el hecho de que muchas instituciones financieras
sean opacas o poco reglamentadas han contribuido a la falta de
transparencia. Esta opacidad ha destruido la confianza de los
inversores. La dificultad de evaluar los precios, los riesgos o la
toxicidad se ha transformado en incertidumbre general.
Todo ello no hubiera sucedido si, al mismo tiempo, no
hubiera habido una dejación de responsabilidad por parte de los
estados, de los bancos centrales y las instituciones financieras
mundiales. Los dirigentes económicos y financieros han
cometido el error de confiar absolutamente en la capacidad
autorreguladora de los mercados financieros y han aceptado
esta irresponsabilidad de los mercados de crédito, sometidos al
mismo modelo de comportamiento que el que funciona en las
bolsas. A esto se han añadido unas operaciones de rescate que
serán inevitables pero que no van a servir para promover las
conductas responsables. Se han beneficiado de esas medidas
aquellos actores económicos que pueden asumir riesgos
excesivos sin tener que sufrir las consecuencias en virtud de las
catástrofes en serie que su quiebra podría producir en el resto
de la economía.
La crisis nos exige construir una nueva responsabilidad
financiera, algo que se llevará a cabo más a través del control y
la supervisión que mediante la regulación normativa. Nuestros
dirigentes deberían comprender que les corresponde poner a
los grandes actores económicos y financieros cara a sus
responsabilidades: responsabilidad de los prestamistas,
limitando la titulización, es decir, la opacidad de los riesgos en
el mercado de los productos derivados, de manera que las
deudas no sean instrumentos de especulación; responsabilidad
de los accionistas, reservando el derecho de voto a quienes se
comprometen establemente con la empresa para permitirle llevar una verdadera estrategia; responsabilidad de los estados
que se deben entender sobre un sistema de paridades estables,
impidiendo así las oscilaciones violentas de divisas,
desconcertantes para los agentes económicos.
Así pues, nos hace falta construir nuevos acuerdos de
responsabilidad. Pero conviene no perder de vista que estos
compromisos han de conseguirse en medio de una red cada vez
más densa de dependencias, donde las obligaciones pierden
visibilidad y nitidez. Al mismo tiempo, un mundo de crecientes
interdependencias aumenta también el número de
consecuencias de las acciones que no resultan fáciles de
imputar. No deberíamos dejarnos seducir por la tentación de
simplificar la realidad y personalificar en exceso la
responsabilidad. La crisis actual no es imputable ni a los
paraísos fiscales ni a las remuneraciones de los directivos,
contrariamente a la crisis de 2001-2003, en la que esas
remuneraciones jugaron un papel determinante en la formación
de la burbuja de las empresas digitales. Por el hecho de que la
crisis nos haya permitido descubrir el exceso de ciertas
remuneraciones no hay que pensar que dicho exceso es la
causa de la crisis. Por eso mismo, el hecho de que los estados
puedan limitar esas remuneraciones en las empresas que
salven de la quiebra no debería llevarnos a pensar que el nivel
anterior de esas remuneraciones era la causa de la dificultad de
las empresas y que en adelante, gracias a esa simple medida,
no volverán a producirse.
Este conjunto de circunstancias y otras similares justifican
la denominación de “irresponsabilidad organizada” (Beck 1988)
a la hora de calificar a nuestras sociedades, aunque también
cabe preguntarse si no se trata más bien de una falta de
organización, de que no hemos sido capaces de organizar
socialmente la responsabilidad a la vista de que algunas de
esas dinámicas contradicen claramente muchos de nuestros
derechos y nuestros deberes. La debilitación del sentido de
responsabilidad no es una cuestión que pueda achacarse
únicamente a los políticos o a la desafección ciudadana, sino
que resulta más bien de esa mezcla de debilidad institucional y fatalismo que caracteriza a nuestros compromisos
democráticos. Se pueden organizar muchas cosas para
identificar la responsabilidad y transformar dinámicas ciegas en
procesos gobernables.
La dificultad procede, en última instancia, de que han
cambiado las condiciones en las que se pensaba y ejercía la
responsabilidad social. Tenemos por delante la tarea de
concebir y articular una forma de responsabilidad compleja
(Innerarity 2009, 118). El problema estriba en cómo
representar esa responsabilidad en un momento en el que ha
perdido evidencia la relación entre mi comportamiento
individual (como prestamista, consumidor, accionista, votante o
cliente) y los resultados globales. La ilustración de esta nueva
articulación entre lo propio y lo común sólo se conseguirá si
desarrollamos un concepto de responsabilidad que haga justicia
a la actual complejidad social y corresponda a nuestras
expectativas razonables de conseguir un mundo que pueda ser
gobernado, del que nos hagamos cargo.
5. La inteligencia cooperativa
La mayor forma de inteligencia social, la más requerida
actualmente por nuestros principales desafíos (no solo el
económico, también los que se refieren a las amenazas
ecológicas, la seguridad o los desequilibrios sociales), es, sin
duda, la inteligencia cooperativa. Esta cooperación es
especialmente importante en unos momentos en los que el
sistema financiero ha perdido casi por completo su referencia
territorial y, por tanto, se ha liberado de los marcos estatales
de regulación y control (O’Brian 1992). Una de las principales
dificultades de la gobernanza financiera procede precisamente
de que ni el sistema legal ni el politico siguen el ritmo del
sistema financiero global, ya que derecho y política apenas se
conciben más allá de la forma del estado nacional. Los estados
sólo son capaces de concebir su inserción en la globalización bajo la forma de un juego de suma cero, conflictivo por
definición, y únicamente aceptable en un cuadro estrictamente
inter-estatal. Pero el marco interestatal es incapaz, por
insuficiente, de tratar eficazmente una crisis global y, de
manera más general, de prevenir los desequilibrios económicos
y financieros globales. Una cosa son las respuestas
coyunturales a la crisis que los estados puedan acometer y otra
la articulación de un nuevo orden económico justo e inteligente.
El marco de referencia de los estados es claramente insificiente
para lograr esto segundo. Si queremos apuntar en la dirección
de este ambicioso objetivo no tenemos más remedio que
superar esa desproporción entre la dimensión mundial de los
problemas y la impotente provincialidad de las soluciones, entre
el carácter global de los mercados financieros y el carácter
doméstico de los bancos centrales y las agencias supervisoras.
Cualquier solución pasa por interpretar correctamente el
carácter global de la crisis actual y sacar las consecuencias
correspondientes: los mercados de la titulización y de los
productos derivados se han venido abajo igualmente en todo el
mundo, de la misma manera y por las mismas razones; a la
crisis financiera ha seguido la crisis económica según las
mismas modalidades en casi todos los países; las innovaciones
financieras más críticas han sido conglomerados muy
globalizados en cuanto a su implantación geográfica, su
estrategia financiera y su gestión. La crisis actual no es una
crisis norteamericana que se hubiera internacionalizado
rápidamente en virtud de los vínculos económicos y financieros
que unen a Estados Unidos con el resto del mundo. Es una
crisis global, en el sentido fuerte del término, tal vez la primera
crisis verdaderamente global. Este hecho se verifica al
comprobar que la globalidad ha contribuido a la gravedad de la
crisis. Normalmente las relaciones económicas y financieras
tienden a jugar un papel moderador en las crisis nacionales.
Los movimientos internacionales de capital y las variaciones de
las tasas de cambio permiten atenuar el impacto inicial
derivándolo parcialmente sobre el “resto del mundo”. Pero en el
caso de una crisis global, por el contrario, no hay “resto del mundo” que pueda desempeñar esta función moderadora y la
crisis no puede sino desplegar su lógica interna hasta el final.
De hecho, ya se ha observado que las crisis sincronizadas a
nivel internacional eran más fuertes y más costosas
económicamente que las otras crisis. Esto es aún más cierto
para las crisis globales, en la medida en que no estamos
dotados de instituciones capaces de gestionar esta globalización
y sus riesgos.
No haber entendido lo que significa la globalización de la
economía y el carácter global de la crisis explica muchos de
nuestros errores anteriores y posteriores. La falta de
cooperación ha sido un factor del desencadenamiento de la
crisis. Más grave que los fallos de supervisión financiera en
Estados Unidos o en Europa es la ausencia de una estructura de
coordinación internacional. Los desequilibrios acumulados por
AIG o por Lehmann Brothers han podido alcanzar tales
proporciones porque los controladores han sido incapaces de
intercambiar un mínimo de información. Todavía más asombros
e inquietante resulta el hecho de que esta ausencia de
colaboración no se limita a las relaciones transatlánticas sino
que afecta también a las relaciones entre los controladores de
la Unión Europea y a las relaciones entre controladores de
seguros y controladores bancarios en el mismo país.
Las respuestas a la crisis no han mejorado sustancialmente
esta cooperación escasa. Hasta ahora los estados han
respondido a la crisis con medidas que toman poco en cuenta
su impacto sobre los demás países. Cuando rechazan reconocer
el carácter global de la crisis y la necesidad de un tratamiento
global, los estados asumen una gran responsabilidad en la
prolongación de la crisis. Las reuniones del FMI, del G20 y la
Unión Europea no han conseguido superar el estadio de la
adición de políticas nacionales, dejando a la crisis sin
tratamiento global. Pero conviene no perder de vista que las
políticas poco cooperativas no hacen otra cosa que debilitar
todavía más la economía global. Contra la tentación del
proteccionismo o las soluciones unilaterales debe recordarse
que lo que falló tras la crisis del 29 no fue el mercado sino los estados y su falta de colaboración. La reforma de las normas
financieras y su vigilancia deben llevarse a cabo a nivel
internacional. Aunque la idea de un regulador financiero global
sea de momento poco realista (y tal vez no sea ni siquiera
deseable como tal), la solución a la crisis requiere una mayor
coordinación de las políticas de regulación y supervision
financiera.
En este contexto Europa tiene una ventaja especial debido
a su larga trayectoria de cooperación, en virtud de la cual la
Unión Europea se ha convertido en un marco jurídico y de
responsabilidad democrática que no tiene equivalente a nivel
mundial. Ahora bien, tampoco Europa tiene el tamaño crítico
que sería necesario para erigirse como polo de regulación; su
importancia procede más bien del hecho de que ha conseguido
mutualizar en su seno una parte de las regulaciones
internacionales, lo que la convierte en el actor mejor situado
para llevar esta reforma al nivel mundial. Pese a esta ventaja,
también es cierto que nos encontramos todavía muy lejos de
lograr una sincronización satisfactoria entre los sistemas
politicos, jurídicos y económicos. En Europa, aunque el Banco
Central Europeo desarrolla sus funciones de política monetaria,
las facultades de supervision siguen en manos de los bancos
nacionales. Este marco estatal es claramente estrecho y así lo
han indicado quienes aconsejan la creación de un organismo de
supervision supraestatal (por ejemplo, en el reciente Informe
Larosière y su propuesta de crear un Consejo Europeo de
Riesgos Sistémicos) en estrecha relación con el Banco Central
Europeo, aunque no tenga que ser necesariamente en el seno
de este.
En última instancia, el desafío que se nos plantea es llevar
a cabo una gobernanza inteligente de la economía financiera y
esto exige que revisemos a fondo la función de la política en
una sociedad del conocimiento de manera que gane capacidad
de gobernar los acontecimientos, autoridad supervisora,
comprensión de la complejidad, vision de conjunto, inteligencia
sistémica, competencia estratégica y anticipación. El verdadero
objetivo de la política sería poner en marcha formas de “cooperación cognitiva”, es decir, crear las condiciones para
combinar óptimamente lógicas funcionales heterogéneas,
estructuras de gobernanza y recursos de conocimiento,
promoviendo de este modo procesos de aprendizaje colectivo.
Sólo así podríamos conseguir que las quejas correctas dieran
paso a las soluciones eficaces.
Tenemos que desarrollar un nuevo paradigma para la
regulación y la supervision que no puede ser exclusivamente de
control y sanción; una supervision inteligente, de acuerdo con
la actual lógica de un mundo cada vez más heterárquico e
innovador, no puede llevarse a cabo mediante los tradicionales
instrumentos de la autoridad jerárquica. La regulación
entendida como orden y control, que asignaba una función
esencial a los estados está siendo progresivamente desplazada
hacia las reglas del global accounting. Los acuerdos del GAAP y
los IFRS ponen de manifiesto que la regulación global ya no
puede ser entendida como algo realizable por los estados. Ni
las formas jerárquicas de control, como el puño de acero del
estado, ni la anárquica mano invisible del mercado son
adecuadas para entender las interacciones complejas entre los
diferentes actores que están implicados en el espacio
regulatorio. Un concepto de regulación abierto a formas
heterárquicas de coordinación y cooperación estaría mejor
preparado para articular la relación entre actores mutuamente
interdependientes.
Las formas de regulación basadas en normas son
insuficientes para gobernar la dinámica del sistema financiero
que se ha establecido en la sociedad del conocimiento global.
La regulación legal se enfrenta permanentemente a
innovaciones que no solamente no había previsto sino que
desconoce. Los sistemas politicos y legales tienen que cambiar
porque el sistema financiero permanentemente escapa de la
regulación construyendo nuevos instrumentos y productos.
Mecanismos de coordinación social como la regulación de los
riesgos del sistema financiero han perdido su efectividad. De
ahí que una solución a este problema no pueda alcanzarse con
más regulación a través de reformas de contenido sino con una mejor regulación gracias a los procedimientos entre los que
destaca la posibilidad de participación de los afectados. La crisis
económica va aponer a prueba nuestra inteligencia cooperativa,
tanto en lo que se refiere a pactos locales como a nuestra
capacidad global de cooperación entre los estados, o a la
interacción entre bancos y supervisores con el fin de conseguir
un modelo innovador de supervision bancaria.
La cooperación se ha convertido en un nuevo paradigma
para resolver crisis y conflictos en un momento en que revelan
los límites del mercado y del estado, es decir, tanto las
pretensiones de que la evolución espontánea, desregulada, de
la economía se desarrolle conforme a una racionalidad
satisfactoria como de quienes confiaban ese suplemento de
racionalidad a una dirección jerárquica y controladora sobre los
mercados. Me atrevería a formularlo así: el nuevo escenario de
la discusión no es el que enfrenta a liberales y
socialdemócratas, al mercado y al estado, sino la deliberación
en torno a qué tipo de cooperación es más apropiada para
resolver los problemas a los que tenemos que enfrentarnos.
Seguramente estamos muy lejos de encontrar un equilibrio
entre ambos extremos; tal vez la manera de articular esas dos
posibilidades irá variando a lo largo de la historia y en unos
momentos se requerirá liberar la iniciativa, mientras que en
otros será necesario fortalecer la regulación. Lo que es seguro
es que todo ello no se podrá realizar con éxito más que en el
contexto de lo que podríamos llamar una racionalidad
cooperativa, es decir, mediante procedimientos de gobernanza
que articulen previsión, confianza y responsabilidad. Y esto es
algo que sólo se puede hacer en la medida en que
fortalezcamos nuestro sentido de lo público y común, desde los
espacios domésticos hasta las dimensiones globales de nuestra
común humanidad.
La crisis económica y financiera ha puesto de manifiesto
una vez más que el estado sólo (incluso el más poderoso) no
tiene la dimensión crítica en la era de la globalización, que la
lógica actual de competitividad internacional entre los estados
es incompatible con el tratamiento de los problemas globales y que por eso mismo debemos avanzar hacia un modelo de
cooperación. Es un cambio de paradigma profundo ya que
estamos habituados a pensar en un mundo multipolar, es
decir, un mundo de relaciones de fuerza no cooperativas.
Vivimos en un mundo que no puede ser dejado a su suerte,
a la mera evolución, si es que no queremos pagar el enorme
precio que ello supone en términos de injusticia, degradación
del medio ambiente e inseguridad, pero que tampoco puede ser
dirigido jerárquicamente, de manera unilateral o confiando en
un control que se ha demostrado ineficaz. La verdadera
respuesta es la construcción, a todos los niveles, de inteligencia
cooperativa, en un momento en el que se nos plantean desafíos
que no puede resolver nadie aisladamente, ni solo el mercado
ni solo el estado, ni los supervisores ni los supervisados, ni un
estado al margen de los otros, ni el proteccionismo de corto
plazo. Por eso me permito concluir sentenciando que nunca
como hasta ahora estuvo tan requerida la inteligencia y la
voluntad de cooperación. BIBLIOGRAFÍA:
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